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“Cuando yo me propongo algo…”

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“… nos hemos acostumbrado a la libertad y tenemos el valor de escribir exactamente lo que pensamos…”, escribió Virginia Woolf, en 1929, en “Una habitación propia”, el ensayo en el que plantea la necesidad de que las mujeres tengan un espacio propio para crear, para hacer que se escuche su voz. En esta serie, Plaza Pública reanuda la pregunta: ¿Cómo construyen su habitación propia las mujeres guatemaltecas? Aquí responde Ana Lucía Martínez, futbolista.

El primer obstáculo que tuve por ser niña y querer practicar fútbol, fue que no existían equipos mixtos y nunca habían inscrito a una niña para que jugara en la liga del Campo Marte de fútbol 11.

Sí, ¿quién soy? Comenzaré diciendo mi nombre: Ana Lucía Martínez Maldonado. Hija, hermana, nieta, sobrina y amiga; me gradué de Ingeniera Química y soy futbolista profesional. Difícil de creer, ¿no? Lo digo así porque siendo una guatemalteca en una sociedad machista, tener un título universitario y practicar un deporte tradicionalmente de “hombres”, pareciera imposible. Sí, con orgullo lo digo y sabiendo que es y ha sido un camino difícil, de mucho trabajo, de superar obstáculos, de retarme a mí misma, he logrado las metas que me he trazado y he alcanzado los sueños que de pequeña  veía muy lejos y algunas veces pensé imposibles.

Exponer mis experiencias al lector es complejo porque por mi mente siempre han pasado miles y miles de pensamientos, que a veces no sabía si lo que pensaba era una realidad o si vivía una fantasía, pero trataré de ordenarlos un poco para compartir esta travesía de cómo llegué a donde estoy y cuáles han sido mis motivaciones.

Nací en la capital de Guatemala, me crié en la colonia 20 de Octubre de la zona 5, vengo de una familia humilde, trabajadora y grande, la cual se conforma por mis padres Miriam y Jorge; mi madre, una mujer comprometida con la defensa de los derechos humanos, principalmente de mujeres, quien es trabajadora social y mi padre, un gran ser humano, ingeniero civil, comprometido con la población que no tiene acceso a la vivienda; y mis hermanos Siggrid, Luis y Camilo. Debo aclarar desde el principio que sin ellos no hubiese alcanzado mis metas, cada uno ha sido muy importante y me ha apoyado de una forma incondicional.

Infancia 

Al pensar en mi infancia tengo claro que fue divertida, los recuerdos que vienen a mi mente son de jugar, de pintar, de dibujar, de reír, de SER FELIZ. De pequeña me desenvolví en dos lugares principalmente, en el colegio y en mi hogar. Escribo hogar, refiriéndome a mi casa y a la casa de mi tía abuela Imelda Batres, “Melita”, quien nos cuidó desde pequeños por el trabajo de mis padres.  

Desde los cinco años, me hice amiga de la pelota, recuerdo que en los recreos del colegio me ponía a jugar fútbol, pretendiendo que las columnas eran la portería. ¡Sí!, era una niña con muchas energías, que le gustaba estar corriendo de un lado al otro incansablemente. No sé cómo a una niña tan pequeña se le puede identificar tan fácilmente sus habilidades, pero mis maestras del kindergarten decían que yo iba a ser futbolista. Claro, en ese momento yo sólo quería jugar y divertirme.

En el colegio, me juntaba más con los niños porque siempre salían a los recreos a jugar con la pelota y ellos en ningún momento me apartaron por ser niña, para ellos era normal que jugáramos juntos. Mientras, en mi hogar, crecí rodeada de primos hombres y mi hermano menor, con el cual compartía mucho tiempo por la cercanía de edad, ya que con mis hermanos mayores tenemos una diferencia de más de 10 años.

La relación con mi hermano Camilo siempre ha sido especial porque desde pequeños hemos compartido muchas cosas y entre ellas estaba el amor al fútbol. Jugábamos sólo los dos adentro de la casa o en la calle, incluso algunas veces nos “entrenaba” un amigo de la familia, Mario, quien nos llevaba al Campo Marte, un polideportivo, a mi hermano y a mí para que pasáramos el rato jugando y él muchas veces nos enseñaba y dirigía en asuntos de fútbol, pero también practicábamos otros deportes como el basquetbol, voleibol y beisbol.

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Siempre me han gustado los deportes, no era de las niñas que jugaba con muñecas, siempre preferí hacer deporte o dibujar y pintar. Otro lugar que me ayudó mucho a que yo pudiera hacer deporte fue la casa de mi tía abuela “Melita”, al principio mis primos, los cuales la mayoría eran un poco más grandes que yo, no les parecía la idea de que una mujer jugara con ellos, supongo que porque pensaban que me podían golpear por ser niña o porque pensaban que el jugar pelota era para niños. En ese momento, es cuando intervino mi tía “Melita” y les dijo a mis primos: “Si no dejan jugar a la Lucía, les quito la pelota”. Por supuesto que mis primos aceptaron que jugara con ellos y yo sentí que era parte de la “banda” de primos; porque si ellos iban a jugar yo también lo haría e incluso, algunas veces, me defendieron de otros niños que no aceptaban la idea de que una niña jugara.

Mi primer equipo

Estudié en el Colegio Viena Guatemalteco, en el cual pude desenvolverme en los estudios y en el deporte. Estuve en el equipo de atletismo, natación y deportes colectivos. Siempre representaba a mi colegio en las “mañanas deportivas” y “kermeses” y conseguí alrededor de 90 medallas por las competencias. Hacer deporte en el colegio era normal pero nunca había estado en un equipo “formal” de fútbol.

Un día, a mis nueve años, mi hermano mayor Luis, me llevó al Campo Marte y recuerdo que vi un grupo de 20 niños jugando fútbol. Yo tenía muchas ganas de jugar con ellos, pero tuve que esperar que mi hermano hablara con el entrenador del equipo y entonces me di cuenta de que mi hermano me había llevado para que formara parte de mi primer equipo: “Travesuras”.

Estaba muy feliz en ese momento, pero veía que a algunos niños no les gustaba que yo estuviera allí y en los entrenos sentía que me querían lastimar, supongo que para darme un escarmiento y no volviera a llegar, pero al contrario, era tanta mi ilusión de jugar que cada vez me daba más cuenta de que podía ser mejor que ellos, aunque yo fuera niña. El primer obstáculo que tuve por ser niña y querer practicar fútbol, fue que no existían equipos mixtos y nunca habían inscrito a una niña para que jugara en la liga del Campo Marte de fútbol 11.

Pensaba que mi ilusión se frustraría, pero el entrenador Erick hizo todas las gestiones en la liga para que yo pudiera jugar y así fue como fui la primera niña en jugar en la liga y a partir de allí, otras niñas pudieron jugar, con la condición que a partir de los 12 años ya no podía haber equipos mixtos. Comencé entonces a jugar los sábados, mi papá me llevaba a los partidos, ya que es también aficionado del fútbol, y siempre me hablaba de los grandes jugadores de su época, entre ellos Maradona, el cual ha sido una de mis inspiraciones para que jugara, por su técnica, fuerza, liderazgo dentro de la cancha, era mi ídolo.

Entre los nueve y los 12 años jugué en la liga del Campo Marte con el Travesuras y después con el equipo Estudiantes, me encantaba ir todos los fines de semana a jugar, a pesar de que en algunas ocasiones pasaba malos ratos por ser niña: los padres de los niños de los otros equipos me decían cosas ofensivas e incluso los niños también lo hacían en algunas ocasiones al ver que era mejor que ellos.

A pesar de esos malos momentos jamás se apagó mi interés por practicar este deporte, tuve la bendición de tener siempre a mi lado personas que me apoyaban y eso hacía que yo me esforzara al máximo. De las personas más influyentes, ha sido mi madre, quien es feminista y una persona que lucha por los derechos de las mujeres, y siempre me ha dicho que soy capaz de hacer las cosas que yo quiera y que el hecho de ser mujer no me hace menos que nadie. Por otro lado, mi padre que nunca me ha dicho que no, siempre dándome ánimos, quien me enseñó valores que me han ayudado mucho a abrirme oportunidades. Gracias a mis padres, hermanos, primos y demás familia siempre he podido hacer lo que me gusta.

Adolescencia y primera convocatoria a selección

El fútbol era parte de mi día a día y mis papás lo sabían. Un día mi papá vio en el periódico un anuncio en donde decía que la selección sub 20 femenina se estaba preparando para una competencia y me comentó la idea de llevarme a entrenar con ellas. Me pareció una gran oportunidad, yo tenía 17,  pero yo realmente no sabía que era posible que pudiera estar en una selección. Aunque, en realidad, recuerdo haber estado de de pequeña en mi habitación, viendo un partido de la selección y le comenté a mi hermano: “un día voy a jugar en la selección y no van a perder y también voy a jugar en Europa”. Mi hermano simplemente se rió, pero para mí no eran sólo palabras, era algo que realmente quería hacer aunque sabía que sería muy difícil.

Llegó el día de mi primer entrenamiento con la sub 20 y estaba muy nerviosa, nunca había jugado con otras chicas que fueran muy buenas para jugar, recuerdo que me fatigué muy rápido y pensé que no era lo suficiente buena para estar ahí, pero a pesar del cansancio, logré terminar bien el entreno. Supe que debía entrenar duro para poder estar al nivel físico de mis demás compañeras y sólo tenía un mes para hacerlo, ya que se aproximaba la competencia. Tomé mi selección como un reto, sabía que no bastaba sólo el talento si no que debía tener una buena preparación física para poder jugar un partido de fútbol de un nivel más alto al que estaba acostumbrada y así fue: trabajé duro en cada uno de los entrenamientos y finalmente me convocaron para ser parte de la selección sub 20 de Guatemala. Aquel fue un sueño cumplido.     

Siempre he sido una persona competitiva, desde pequeña mi mamá me exigió siempre ser la mejor, tener las mejores notas en el colegio, ser el primer lugar en las competiciones, ganar, ganar y ganar. Ese espíritu inyectado por ella y asumido por mí, hizo que siempre me esforzara por ser la mejor, ser una persona responsable, disciplinada, planificada y con objetivos. Mis objetivos en el colegio siempre fueron tener las mejores notas y ser una atleta destacada. Como premio a mi esfuerzo durante los años de colegio, fui la abanderada en mi promoción con el mejor promedio y fui la abanderada como deportista.

Para algunos aquello podría parecer normal, pero realmente me esforzaba mucho. Mi éxito no fue una casualidad, fue algo que busqué y logré por tener una mentalidad ganadora y por siempre dar lo mejor de mí en cada una de las actividades que hacía. Algunas veces pensamos que con ser personas inteligentes basta, pero no, hay que dar siempre un extra para llegar a ser los mejores; algunas veces necesitamos motivaciones extras.

Una en mi caso, fue la pérdida inesperada de mi abuela “Mela”, por la violencia de este país, justo pasó en mi último año de colegio, fue el momento más triste de mi vida. Sentí que me arrebataron una parte de mí, me quitaron a la persona que me dedicó su tiempo mientras mis padres trabajaban, podría decir más cosas de cómo me sentía en ese momento tan difícil, pero prefiero mencionar que eso me ayudó, me sirvió para ser una persona fuerte, para valorar más las cosas y a mi familia, me dio la oportunidad de ser luz en mi familia, a pesar de los malos momentos; el ser una persona exitosa, el darle una alegría a ellos y a mí misma, fue una forma de agradecimiento a esa persona que me decía que estudiara para ser alguien en la vida, que las mujeres debemos superarnos y no depender de nadie más que de nosotras mismas.

 

Universidad, película y fútbol

Una de las decisiones más difíciles que tomamos en la vida es, ¿qué carrera estudiar en la universidad? Para mí lo fue. No sabía realmente lo que quería, quería estudiar de todo, no sabía si estudiar ingeniería, arquitectura o leyes. Ninguna se parecía en nada, pero tuve que tomar la decisión con ayuda de maestros del colegio, compañeros, mis papás y por supuesto, yo; llegué a la conclusión de estudiar Ingeniería Química, ¡qué carrera tan linda! Debo aceptar que esta etapa de mi vida fue muy estresante pero al mismo tiempo, muy satisfactoria.

Empezar la universidad y entrenar fútbol era difícil, pero me esforcé mucho. Sacrifiqué cosas, como el tiempo libre con mis amigos, falté a muchas reuniones familiares ¡que hasta la fecha me reclaman, Ja ja ja! Pero, en fin, siempre tuve claro que mis objetivos era ganar los cursos en la universidad y entrenar futbol para convertirme en una de las mejores futbolistas de Guatemala.

El primer año de universidad fue como una montaña rusa, primero una nueva experiencia, con más independecia, y, de repente, tuve la oportunidad de ser seleccionada para realizar el casting para una película que iban a realizar sobre una adolescente que jugaba fútbol. Por supuesto, mis compañeras de equipo y yo, en ese momento era UNIFUT, equipo de liga nacional femenina, —en el cual gané el premio tres veces de goleadora del torneo, logrando un récord de 32 goles en un mismo torneo —, estábamos muy emocionadas en participar en la filmación. Después del casting, me escogieron para ser la protagonista de Un día de sol. Me emocioné mucho y el proceso de grabación fue una experiencia única y diferente a lo que había vivido. Con eso, me empecé a dar cuenta que el practicar deporte y ser una persona responsable me podría abrir las puertas a cosas que jamás imaginé.

Compaginar diversas actividades es muy difícil, inclusive hubo personas que me decían que dejara el fútbol para dedicarle más tiempo a los estudios porque no iba a lograr graduarme de la universidad si no le daba el cien por ciento de mi tiempo. Pero dentro de mí yo sabía que podía. Por un lado tenía la presión de mi familia y por el otro, la meta de demostrarme a mí misma que podía lograr todo lo que me proponía. Algunas veces sentía miedo de fracasar, de tomar una mala decisión, de fallarle a quienes confiaban en mí.

 En mi casa no se tiene la figura de que la mujer es débil ni se pretende que la mujer debe prepararse para las cosas de la casa o que la mujer tiene que ser madre; no, ninguna de esas cosas, al contrario, se tiene la figura de la mujer como alguien fuerte, como alguien independiente, como alguien capaz, como alguien inteligente, como alguien que debe valorarse, respetarse, como alguien que toma decisiones y es dueña de su vida; eso sin tomar en cuenta la cultura y sociedad machista en la que vivimos. Los valores de mi casa me formaron como una mujer fuerte, segura y sobre todo soñadora.

Terminé mi carrera universitaria en cinco años. Durante ese tiempo tuve dos convocatorias, a selección sub 20  y a partir de los 19 años formé parte de la selección mayor femenina. También representé a la USAC en los JUDUCA, ganando medalla de oro y plata, así como medalla de bronce en los ODUCC. Realicé algunos viajes fuera del país, hubo derrotas y alegrías en los campeonatos, el mejor logro a nivel de selección fue obtener el tercer lugar en los Juegos Centroamericanos y del Caribe de Mayagüez con sede en Venezuela en el año 2010 y la experiencia  me marcó como futbolista.

Fue en el 2012 al enfrentar a Estados Unidos en el pre Olímpico de Vancouver en el que perdimos por un marcador de trece a cero. Aquel fue un partido que nunca olvidaré porque a pesar de que había entrenado duro junto con mis compañeras de equipo, el resultado fue amargo. En ese momento decidí que tenía que entrenar más duro, cuidarme dentro y fuera de la cancha, me mentalicé en ser mejor cada día, dejé de ser mediocre y comencé a pensar en ser un de las mejores futbolistas de Guatemala y tratar de estar al nivel de esas atletas que en ese momento me pasaron por encima.

Sí, esa experiencia me hizo ser la futbolista que soy ahora, me hizo alcanzar mis metas y lograr mis sueños. Siempre tuve el apoyo de mis papás y al cerrar pensum en la universidad, yo busqué la oportunidad de salir del país para convertirme en una jugadora de fútbol profesional.

Futbolista profesional

Mi primera oportunidad de jugar en el extranjero fue con el equipo Houston Dash de la NWSL y se dio gracias a una buena actuación individual en el torneo UNCAF realizado en Guatemala en el año 2014, donde me nombraron parte del “once ideal” del torneo. Estar en un equipo profesional de Estados Unidos era algo que no podía creer, estar con las mejores jugadoras del mundo, fue increíble. Recuerdo que los primeros días de entreno fueron muy difíciles, primero porque las veía más fuertes y rápidas que yo, segundo el clima era muy caliente (35°C), tercero no era mi idioma natal, cuarto era la primera vez que estaba sola en otro país.

Fue un shock para mí ver la realidad del fútbol en un país donde se tiene el cien por ciento de apoyo y cuentan con todos los recursos necesarios para poder practicarlo. Pensé que no iba a aguantar el ritmo de entrenamiento porque me llevaban mucha ventaja, pero no me di por vencida, nunca bajé los brazos y cada día me adaptaba a la forma de juego y todos los días esperaba ansiosa la hora de entreno porque era un reto para mí: Demostrarme a mí misma que era capaz de competir con las mejores. Aprendí mucho en esos tres meses entrenando a ese nivel porque me exigí al límite.

Después de estar ahí, me abrieron las puertas para ir a jugar a España, al equipo Dínamo de Guadalajara, de segunda división. Yo quería jugar en primera división pero sabía que debía empezar de abajo y demostrar de lo que era capaz para que en un futuro me tomara en consideración un equipo de primera. En el Dínamo, al principio fue difícil porque mi entrenador me exigía mucho en los entrenos y en los partidos, pero supe manejarlo, prueba de ello fue que me adapté rápido al equipo, logrando anotar en la liga nueves goles y estuve nominada al Balón de Oro de Castilla la Mancha. Al finalizar la temporada busqué la oportunidad de jugar en un equipo de primera división y fue el Rayo Vallecano quien me permitió estar a prueba un mes y luego de esa prueba, ellos tomarían la decisión.

Los primeros días de entreno en el Rayo Vallecano fueron de muchos nervios porque realmente quería hacer las cosas bien y sabía que tenía que hacer algo diferente para que me tomaran en cuenta. Al principio no me salía nada bien, no tomaba las mejores decisiones dentro del campo, entonces tuve que dejar de presionarme, aunque dentro de mí, sabía que era la oportunidad de mi vida en donde tenía que poner en práctica todos los años de entrenamiento. Empecé a tener más seguridad y más confianza en los entrenos y fue así como logré demostrar mi mejor rendimiento.

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Sueño cumplido

Al terminar la prueba con el Rayo regreso a Guatemala con la expectativa de que el club me llamara, pero en ese momento también me faltaba algo por terminar y era realizar mi trabajo de graduación para graduarme. Tardé dos años en todo el proceso de mi investigación, pero logré terminarla y obtuve el título de Ingeniera Química, algo que unos años atrás veía lejos pero que estaba culminando con una gran satisfacción. No estaba segura si el Rayo me llamaría pero de lo que sí estaba segura es que había dado lo mejor de mí para que ellos me tomaran en cuenta. Al final ese esfuerzo dio sus frutos porque recibí el llamado del equipo para convertirme en la primera futbolista profesional de Guatemala.

Mis 25 años han sido una aventura enriquecedora, con muchas experiencias, casi todas positivas. Claro, he tenido etapas difíciles pero cada una ha formado la persona que soy. Ha sido un camino difícil, de mucho sacrificio pero he logrado mis sueños y espero seguir alcanzando más metas para ser una de esas historias que inspiren a más mujeres a que luchen por sus sueños y que se den cuenta que cuando uno se propone algo, lo puede lograr. Rendirme nunca ha sido una opción.

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Algunas veces pensamos que con ser personas inteligentes basta, pero no, hay que dar siempre un extra para llegar a ser los mejores; algunas veces necesitamos motivaciones extras.