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Cambio de año, ¿cambio de algo?
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Opinión

Cambio de año, ¿cambio de algo?

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Despejada la resaca del agitado letargo del fin de año, busqué un tema que involucrara a toda la ciudadanía para inaugurar el 2018 en Plaza Pública. Parece complicado al saber que, desde las Navidades hasta el Día de Reyes, el nivel de interés y los sentimientos envueltos son diversos.

¿Qué podrían tener en común quienes celebran y quienes no, quienes les dan a las fiestas un sentido religioso y quienes se tiran a lo mundano?

No fue tan difícil encontrar la respuesta, que va más allá de un tema de interés común: es de directa incumbencia de tirios y troyanas. Usted está en el centro del asunto.

Se trata de la basura (mi basura, su basura, la de él y ella, la de ellos y ellas, la nuestra y la vuestra). De una manera u otra, cada habitante de las zonas urbanas contribuyó a generar desperdicios durante la agitada época. Una lista básica y típica: restos de cohetillos y deslumbres pirotécnicos; empaques de papel, cartón y plástico; restos de comida, como hojas de tamal; botellas de vidrio y latas de aluminio; bolsas, bolsas y más bolsas…

Arriésguese con una estimación del volumen generado.

¿Cuánto calculó? Nadie sabe el volumen nacional, pero, según un reporte de prensa, fueron 1 200 toneladas métricas de desechos sólidos tan solo en el municipio de Guatemala. Esto representa una monumental cantidad de materiales.

Es de conocimiento público la catástrofe ecológica que los desechos acarreados por el río Motagua han causado en las islas de Roatán, Honduras. Si usted cree que no tiene que ver con eso, piense en la ubicación de su residencia. Si vive al norte del acueducto del bulevar Liberación, zona 9, entonces sus desechos líquidos y sólidos se drenan en la cuenca del Motagua (y en la corriente marina que llega a Roatán). Si vive al sur, sus desechos contaminan el lago de Amatitlán y la cuenca del océano Pacífico.

Según los enfoques tradicionales, las causas de la tremenda contaminación con desechos son la falta de educación ambiental, aspectos culturales (nos apegamos ciega e irracionalmente a costumbres heredadas que volvemos no discutibles ni negociables), falta de visión de largo plazo y de acción por parte de las autoridades y, si quiere, falta de recursos para llevar a término los necesarios planes de manejo de desechos líquidos y sólidos.

Pero fíjese que esta visión nos tiene viajando en círculos y espirales. Aquí le propongo una perspectiva diferente. A ver qué le parece: lo que crea el problema de la basura es que no es de nadie y que no se le asigna utilidad o valor económico a nivel del hogar.

Veámoslo de esta manera: defendemos nuestro lugar en la fila, nuestro espacio domiciliar para estacionar, nuestra libertad de expresión y de iniciativa y otros tantos derechos de la sociedad moderna. Pero nadie quiere oír ni hablar de una locura llamada derechos sobre la basura.

Los desechos sólidos (dejaremos de lado la discusión de los líquidos) dejan de ser nuestros en cuanto salen de la casa. Los más civilizados pagan para que alguien se los lleve. Otros, con descaro o disimulo, los lanzan donde puedan. ¿Qué tal si los consideráramos nuestra propiedad? De ser así, nos interesaría lo que se hiciera con ellos, les daríamos un valor, los negociaríamos y obtendríamos dinero y otros beneficios.

Esto es posible hoy, aquí, ahora. Lo que hace falta es desarrollar y perfeccionar lo que llamarían el modelo de negocios.

El papel y el cartón tienen precio en el mercado de desechos. Se pagan por libra. Igual cosa sucede con el vidrio, el hierro, el aluminio, el plástico y mucho más. Algunas personas que sienten responsabilidad por la basura que generan la clasifican y pagan para que se la lleven. Es fantástico que lo hagan, y aún podrían explorar la posibilidad de convertirla en dinero.

Los desechos orgánicos son los más utilizables y no deberían salir de casa. Existen composteras que pueden instalarse dentro del hogar. La lombricultura es una actividad de patio que utiliza todos los desechos orgánicos (restos de comida, cáscaras, hojas, puntas y cualquier otra parte de los vegetales que no se usan en la cocina) y produce compost, que tiene valor económico o que puede fertilizar su jardín o huerto urbano. Puede ser material para hidroponía.

¿Lo ve? Cuando saca la basura, está renunciando a su derecho de obtener beneficios adicionales de esta (y convierte en problema de otros el daño que pueda provocar a la salud y al ambiente).

Los desechos no degradables ni reutilizables o reciclables son un caso aparte (volveremos en otro artículo para discutir las cinco erres de los mal llamados desechos: reemplazar, reducir, reutilizar, reciclar, recuperar).

Si algo que sacamos de casa no puede producir nuevos servicios o ingresos, debemos asegurarnos de minimizar al máximo su cantidad y de que no contamine. Este es un tema de civilidad, de ciudadanía, y, en el caso de las empresas, de responsabilidad social.

Recuerdo que hace algunos años un amigo apostó por la introducción al país de los aditivos para que los empaques plásticos fueran biodegradables (por ejemplo, bolsas plásticas que luego de su uso sean poco resistentes a la acción del clima y a los procesos de descomposición). Las bolsas biodegradables solucionarían un grave problema nacional, pero la industria de los plásticos y las empresas que los utilizan intensamente no le dieron una oportunidad. Un reciclador de plásticos acusó al promotor de querer quitarles el pan de la boca a los guajeros del mal llamado relleno sanitario.

Se acabó el espacio, pero no la necesidad de discutir el asunto. Nos rencontraremos en la sección de comentarios más abajo, en FB o en un siguiente artículo. Entre tanto, piense en el reto: hágase celoso propietario de su basura para que haya cambio no solo de año, sino también de paradigma.

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