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Militares y cuerpos de primer socorro empiezan los trabajos de rescate en la aldea Quejá, Alta Verapaz, por la mañana del 8 de noviembre, después de que la aldea fuera parcialmente sepultada por un alud, el pasado jueves.

Aquí nada es firme. Triste crónica de una visita a Quejá

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Aquí nada es firme. Triste crónica de una visita a Quejá

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Esta es la crónica de una visita a la aldea Quejá, en Alta Verapaz, o lo que queda de ella. Solo es posible llegar en helicóptero, los caminos están destrozados, los sobrevivientes en shock y los rescatistas quebrados por las escenas que presencian.

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Las casas en la aldea Quejá parecen de cartón.

Parecían.

Los deslaves partieron en dos las paredes de concreto y las hizo cambiar de forma. Ahora están como arrugadas, separadas en dos y son inhabitables.

Las que existen. 

Otras solo ya no existen.

Quejá ahora es un lugar desolado donde solo están los perros, las gallinas y otros animales. No hay nadie en las viviendas, «es un momento muy doloroso para todo el pueblo», dijo acongojado el alcalde de San Cristóbal Verapaz, Ovidio Choc Pop.

Esta comunidad es parte del municipio de San Cristóbal, está sobre el camino conocido como W7, una de las rutas más importantes para Alta Verapaz. La carretera, de terracería, conecta al departamento con Quiché y es la ruta directa para comerciar con México. Si es tan importante para la economía debería estar en perfectas condiciones. En realidad, es una zona descuidada que padece constantes derrumbes. Las personas soterradas por los deslaves también son constantes.

Una zona de tragedias

Antes que las lluvias por la tormenta Eta provocara deslaves que soterró a personas, casas y caminos, en Quejá había unas 300 familias divididas en 2 sectores, según Marcos Choc, secretario  del COCODE de Santa Elena. Sumaban cerca de 200 hogares ahora dañados. En Saquixim, comunidad vecina, había otras 150. Al menos diez quedaron sepultadas bajo tierra.

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A la entrada de la «zona cero», nombre utilizado para referirse al punto central de la emergencia, ahora un río de tierra y agua se abre paso como camino. En la distancia se vislumbran escombros de viviendas. Pareciera que no hay nadie, que están en otro lugar, como si nadie hubiera vivido ahí.

Frente a los patios de las casas destrozadas, los animales sobrevivientes continúan su rutina diaria, los cerdos se bañan en el lodo, los patos nadan, los chompipes pican y pican entre el aguacero, varios perros cuidan el frente de cada hogar, pero hay silencio, solo interrumpido por los pasos que desde lejos se escuchan venir.

Esos pasos pertenecen a Edwin Gualim y su acompañante, unos de los pocos pobladores que aún rondan la comunidad.

«La lluvia empezó desde el sábado y siguió y siguió hasta ayer», cuenta. «Estaba viendo para la montaña cuando todo eso se derrumbó», y extiende la mano para señalar desde dónde bajó esa enorme masa que causó el desastre. «Eso pasó como a la 1 de la tarde, luego siguió lloviendo y rápido la gente reaccionó, tuvo que salir de aquí sin nada». Gualim dice que su familia está bien, hasta ayer por la tarde, la Coordinadora Nacional para la Reducción de Desastres (Conred) reportaba que, a nivel nacional, la tormenta Eta provocó 16,278 personas damnificadas, 69,520 evacuados, 9,174 albergados, 105 desaparecidos y 31 fallecidos.

Lluvias como las causadas por la tormenta Eta nunca pueden ser oportunas, pero lo son aún menos en Alta Verapaz, el departamento con mayor índice de pobreza extrema, 83.1% de sus pobladores viven en esta condición, según la Encuesta Nacional de Condciones de Vida (Encovi). El exceso de agua arruinó cosechas de maíz,las mismas que debía alimentar a las familias durante los próximos meses.

«Rápido venimos a ver qué fue lo que paso con las casas que se quedaron bajo tierra», cuenta el acompañante, Mario Lem, «pero el derrumbe siguió, entonces mejor fuimos a sacar a nuestras familias, somos en total 15 y las cosas no importan… Allá arriba se juntan muchos nacimientos de agua y cuando llueve se vienen, pero nunca había pasado algo así. En donde estamos tenemos dónde dormir, pero no comida ni agua».

Lo que narra Lem es en realidad más frecuente de lo que parece, aunqueigual de trágico. El 4 de enero de 2009 ocurrió un deslave similar en la aldea los Chorros, ubicada en la misma ruta que la aldea Quejá. Bajo el deslave quedaron sepultadas más de 30 jornaleros que viajaban en un camión, la Conred reportó al siguiente día que el acceso de maquinaria era imposible porque la tierra era inestable, por lo que la búsqueda de los cuerpos debió ser con palas. Tres semanas antes dos personas murieron, cinco quedaron heridas y dos desaparecieron también producto de un derrumbe en la zona.

Hay factores históricos y sociales que empujan a las personas a habitar zonas vulnerables, ha explicado el experto en gestión de riesgos Ricardo Berganza. «Todos los seres humanos tenemos prioridades, si tenemos problemas para comer, para vestirnos, o si tenemos problemas porque los delincuentes controlan el territorio, la gente va a tener prioridad de supervivencia. Sus prioridades no van a ser salirse de esta casa que está en riesgo, eso puede tratarse después».

Los rescatistas no siempre están preparados emocionalmente

Llegar al lugar no es sencillo. Durante las primeras horas, imposible. Edin Oswaldo Lem, oficial secretario de la 86 compañía de bomberos y miembro de la brigada de rescate de la región norte, fue uno de los primeros intentar llegar a Quejá.

El día que reportaron los primeros deslaves, 5 de noviembre, los rescatistas decidieron rodear la aldea Los Chorros que, al igual que en 2009, colapsó. El intento fue un fracaso, intentaron de nuevo a las 4 de la maña del viernes, otro grupo tampoco logró salir. El Ejército también quiso llegar pero de la misma forma careció de suerte. El bombero Lem narra estos intentos con la voz entrecortada y los ojos vidriosos. Los rescatistas lograron llegar al lugar hasta el día siguiente.

Empiezan las tareas de rescate. Frente al derrumbe y las casas soterradas, una casa aún en pie sirve para alojar a más de cien rescatistas, entre ellos bomberas y bomberos, brigadistas, militares y policías de varios puntos del país. A un lado, un grupo de pobladores prepara comida para alimentarlos.

Más abajo trabaja el primer grupo que intenta encontrar algún cuerpo, pero lodo y rocas impiden que sus herramientas penetren los escombros. Había más de 75 personas desaparecidas, estimaba en ese momento el vocero de los Bomberos Municipales, «ha habido más deslizamientos dificultando aún más, y puede llevarnos hasta una semana encontrarlos».

En otro punto de la zona cero un grupo distinto busca cuerpos. Entre ellos Edgar Chávez, mayor de Bomberos departamentales desde hace 28 años, narra que muchos de sus colegas a veces no están psicológicamente fuertes para esta tarea. «A la hora de encontrar un cadáver en condiciones como esta área se les prepara para ello… Me pereció impresionante ver a las señoras protegiendo a sus hijos y buscando cómo salir de este lugar».

Deben pasar al menos 72 horas para confirmar si no hay ningún sobreviviente. Según los rescatistas, hasta el viernes aún escuchaban gritos de niños y señoras pidiendo ayuda.

La única ruta fue el aire

Es viernes 6 de noviembre, cerca de las 13:00 horas, un helicóptero aterriza a las afueras del centro de San Cristóbal, desciende el coronel retirado Maynor Mus Tujab, exviceministro de defensa y nombrado por las autoridades locales como coordinador del primer reconocimiento vía aérea del lugar, que hasta el domingo era la única ruta de acceso a la comunidad.

Quien acompaña al coronel es la sargento técnico Berta Alemán, bombero rescatista del batallón humanitario de rescate del Ejército. Realizó el reconocimiento de la comunidad, que para el viernes reportaba 16 deslizamientos y desprendimientos. «Vi con mis propios ojos y sentí el dolor de la gente por haber perdido sus casas y todas sus propiedades, me partió el corazón», dijo aun con dificultades para respirar. Según su informe, el derrumbe se partió en dos e incomunicó a varias comunidades más. También consignó que el hambre ya empezaba a ser un problema.

El segundo vuelo llevó al alcalde de San Cristobal Verapaz, que descendió con más información. La brigada del Ejército ingresó por tierra desde Quiché ya había dado con algunos cadáveres. El primero era el de una señora de aproximadamente 50 años. Luego un niño y un bebé. Todos sin identificar. Fueron todos los cuerpos que encontraron.

El día siguiente, Sábado 7, desde temprano empezaron a llegar vuelos con las primeras bolsas de ayuda humanitaria a Santa Elena, (comunidad vecina en la que encontraron refugio). La mayoría de víveres eran donados de los vecinos de San Cristóbal Verapaz y la municipalidad. Para entonces las casi 3,000 personas de distintas comunidades afectadas y albergadas en los distintos puntos,  llevaban más de día y medio sin comer, los salvó el poco alimento que la comunidad de Santa Elena pudo compartir a sus refugiados.

Entre idas y venidas con alimentos, medicina y cuerpos de socorro, entre ellos la Brigada de Rescate Internacional Tlatelolco Azteca (TOPOS), descienden en el campo de futbol de San Cristobal, un helicóptero con Nidia Gonzales, una médico con las primeras personas rescatadas. Es una mujer embarazada que necesita llegar de urgencia al hospital del municipio, también un anciano al que se le ve desorientado. «Hay demasiado hacinamiento, la gente está en pésimas condiciones, las mujeres están lavando ropa con el agua del desagüe que pasa por la escuela. ¡Hay un lodazal! Había un aula con 30 pacientes niños y adultos, otra aula con 55, otra con 70 y 86 personas», detalla la doctora Nilda Gonzales.   

Ese mismo día, pero en la zona cero, encontraron dos cuerpos más, una menor de doce años y un menor de diez, aproximadamente. Al rededor de las 15:00 horas suena el silbato que reunirá a los encargados de cada institución socorrista para actualizar información.

Para las 17:00 horas el clima empezaba a empeorar de nuevo, llovía y un ambiente tenso se respiraba en el lugar.

Los rescatistas empezaron a designar espacios para pernoctar en el suelo, eligieron una casa que seguía en pie, resistía frente a un derrumbe. Ofrecieron a la periodista de Plaza Pública un espacio en la vivienda, pero un grupo de cinco personas prefirió abandonar el lugar a pie, ella los acompañó.

Para salir debían caminar por una hora hacia la comunidad Santa Elena, la única vía de salida era bajando desde la aldea Quejá, debían seguir y luego atravesar un río que aún arrastraba láminas, ropa y escombros. Quien los guiaba era un comunitario de Quejá, que pese a perder a uno de sus seres queridos en la tragedia, aun sonreía.

El camino entre las enormes montañas era fangoso. Una hora después, cuando llegaron a Santa Elena, llegó una noticia: ocurrió otro deslave, muy cerca de donde los rescatistas estaban planificando pernoctar.

Según Edgar Diéguez del cuerpo de Brigatec, los socorristas escucharon retumbos, partieron el grupo en cuatro y huyeron del lugar para refugiarse en la zona alta de las montañas, tal como lo establecía el plan de emergencia. Todos los rescatistas están a salvo, comfirmó Diéguez. Por suerte, el tercer deslave descendió hacia el sur, sin tocar el área de trabajo.

La lluvia provocó de nuevo impotencia en los pobladores. Mientras, el resto del departamento como Cobán, Carchá, Tactic, San Juan Chamelco, Lanquín, Santa Cruz, entre otros, colapsaban bajo grandes inundaciones nunca vistas.

El COVID19 ya no es prioridad

Es de noche en Santa Elena y llueve, los niños se divierten fuera quemando cohetillos. Una iglesia alberga varias familias, no cuentan con camas ni frazadas, hay niños por todas partes, algunos lloran.

Los helicópteros van y vienen.

«Yo soy de Quejá», cuenta un refugiado. «Salimos todos con la familia, sin ropa sin nada, los niños sin comida, unos 80 venimos de allá. ¿Qué vamos a hacer para alimentar a los niños?», se pregunta. «¿Dónde vamos a cocinar? Aunque sea para los niños. Solo unos cuantos han logrado comer.»

El sobreviviente cuenta que a los niños les dio paludismo «por el susto», también diarrea. «Las personas están enfermando, nos venimos bajo la lluvia. Necesitamos algo de comida y ayuda para los que perdieron a sus familiares».

Sebastián Cal, primero en transmitir por Facebook lo sucedido, comparte que las familias están distribuidas en varios puntos. «Entiendo que por lo difícil del acceso no ha llegado la ayuda, pero necesitamos ropa, alimento, colchonetas, hay niños que se quedaron en orfandad. Ahora nuestro plan es trasladar a algunas familias hacia Chixoy, porque aquí ahora no hay agua potable y desde hace 4 días estamos sin luz eléctrica».

Al luto se suma la falta de alimento, ropa y medicinas. ¿COVID19? El virus pasa a segundo plano. La mayoría de personas no tienen mascarillas, Cal añade que a Quejá nunca llegó el virus, pues tuvieron siempre los cuidados y protocolos, ahora están junto a otras comunidades y teme que el virus se pueda propagar.

Si bien la Comisión Presidencial de Atención a la Emergencia COVID19 (Coprecovid) emitió un guías de protocolos para los albergues, expertos consideran que no es posible cumplirlos pues ni siquiera los albergues estaban preparados para los efectos de la tormenta Eta. Por su parte, el Ministerio de Salud anunció que hará pruebas de coronavirus solamente a las personas sospechosas de estar contagiadas.

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Las comunidades que hoy cohabitan son Quejá, Chepenal, Finca Primavera, Santa Rosa y Sequixim.

La mayor interrogante para los comunitarios en este momento es qué van a hacer ahora que no podrán regresar a su comunidad, saben que pasarán meses en restablecerse, con la opción de que, por acuerdo de ley, el lugar sea declarado camposanto.

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