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Apuesta micropolítica
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Apuesta micropolítica

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Fue algo que desarrollé el día que caminaba por la 5ª avenida de la zona 1 y una tanqueta gigantesca apareció detrás de mi anunciando el golpe de Estado del 83. Mucha gente corría a mi alrededor, yo me quedé congelada y pegada al suelo hasta que un soldado me tiró del brazo arrancándome del medio.
La ciudad es un buen lugar para vivir si se vive de espaldas a sus problemas, a la política y la violencia que la desborda.
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Como un acto deliberado contra la comodidad capitalina sugiero considerar el significado de las almohadas. No se precipiten en juzgar mi liviandad. Permítanme, cuando menos, explicar este asomo de teoría. Hasta donde yo sé todas las personas privilegiadas de esta ciudad poseemos una almohada. Cuando digo privilegiadas me refiero a individuos que pueden comprarse una o varias en una tienda por departamentos, que combine con las sábanas y el aroma del detergente.

Si se ha recurrido a ollas de cangrejos, a dinosaurios o al mismo epicentro de Xibalbá como metáforas que explican nuestras extrañas relaciones como sociedad, por qué no poner atención a este artefacto tan, digamos por ahora, posmoderno. Actualmente la configuración de los hitos que nos representan son porosos, cuestionables, han perdido toda noción de contenido. Cosas como la Torre del Reformador, la Catedral y las obras públicas siguen siendo importantes en nuestra percepción de ciudad pero hace años yo le perdí la fe a los monumentos y aun más a los pasos a desnivel como promesa de modernidad cuando el alcalde capitalino se empecinó en bautizarlos con nombres de dictadores.

En cambio, las almohadas… Es éste un artefacto que contiene culturas, conoce a fondo nuestros fantasmas y peores pesadillas. Es un signo vivo y mutable que absorbe nuestra identidad o genera aspiraciones. Hay para alérgicos y ortopédicas, forradas con sedas de la India, con rellenos de plumas de ganso o retacitos de esponja. Y, en el plano más amplio del asunto que me ocupa, es un signo devenido en frontera que nos separa de esa masa de personas que no cuentan a las almohadas dentro de su rango de necesidades para la sobrevivencia y no por ser faquires precisamente.

Debo confesar que este tipo de especulación me acompaña muchas veces. Es un tic nervioso que no tiene un matiz triunfante, musculoso o de orden intelectual. Más bien delata mi condición urbana, mi aprecio a esos fenómenos infinitos que causan las imágenes y mi necesidad de buscar cosas simples que me expliquen mejor las cosas. Dicho así, almohada fue la imagen que escogí el pasado martes para situar ese lugar que nos separa a los capitalinos de todo eso que consideramos barbarie, que de manera genérica llamamos campo, área rural o el interior de la República. Ese lugar incierto del cual emergió la marcha campesina que ingresó a la ciudad el pasado martes y que algunos acompañamos desde su entrada por el puente Belice.

¿Por qué lo hice? Me hubiera podido quedar descansando precisamente con mi almohada, mi pequeño paraíso; nadie me lo hubiera echado en cara. Tomar el impulso tiene que ver con una promesa que hice hace varios años atrás, cuando comenzaban a regresar al país los grupos de refugiados en México, las Comunidades en Resistencia. En aquella oportunidad mi amiga Ana Cofiño me pidió que dibujara la imagen que  sirvió como anuncio de su entrada a la capital y animaba a las personas a ir recibirlos. Para entonces yo sufría ataques de pánico. Fue algo que desarrollé el día que caminaba por la 5ª avenida de la zona 1 y una tanqueta gigantesca apareció detrás de mi anunciando el golpe de Estado del 83. Mucha gente corría a mi alrededor, yo me quedé congelada y pegada al suelo hasta que un soldado me tiró del brazo arrancándome del medio. Esa imagen contenía toda la cultura militar con la cual mi generación aprendió a convivir en silencio. Pero ese instante avivó el recuerdo de un padre asesinado sobre el pavimento un par de años atrás y un justificado arranque de sentido de preservación que me desconectó de la realidad por mucho tiempo. Cuando entraron las Comunidades en Resistencia no fui, me producía pánico unirme a manifestaciones, pero me prometí a mi misma asistir un día.

La ciudad es un buen lugar para vivir si se vive de espaldas a sus problemas, a la política y la violencia que la desborda. No hay mejor imagen para explicar ese estado de evasión que las palabras de preocupación de mi madre cuando, después del episodio de mi padre, dejó de leer los diarios, se volcó sobre el cuidado de sus mascotas y cada cierto tiempo preguntaba después de un largo suspiro “quien le va a dar de comer a las tortugas el día que yo me muera”. Han pasado los años y ahora comprendo que los traumas no se superan individualmente. Esto depende de un proceso de incorporación hacia ese plano colectivo (la familia, la sociedad, la comunidad) del que fuimos desarticulados y sustraídos abruptamente. Cuando realicé aquel dibujo para Ana me prometí a mi misma comenzar un proceso de reconstrucción y el año pasado; durante una estancia en Madrid, cuando sucedía la ocupación de la Plaza del Sol por el movimiento 15M, entendí que el cuerpo me estaba pidiendo cumplir aquella promesa.

Lo he dicho en varias oportunidades: no voy de redentora por la vida. Estoy segura que mi participación en la marcha campesina no hizo alguna diferencia. Todo esto responde a la urgencia personal de pronunciarse ante la tragedia, ante la épica de personas históricamente invisibles, ninguneadas y diferenciadas. Ante mi condición de capitalina, es un intento por explorar a través de otras vías qué es lo que mantiene vigentes estos sistemas de crueldad. Es obvio que todos somos herederos de los miedos y la confusión que provocaron tantos años de guerra.

Yo nací en 1960. Es decir, el mismo año cuando aquel grupo de oficiales militares se convirtió en el núcleo de las fuerzas que organizaron la insurrección, saque usted la cuenta. Mi infancia y adolescencia transitaron por una galería de imágenes surrealistas que evocan la atmósfera alucinada de películas como “Apocalipsis now”, particularmente desde un paisaje citadino donde circulaban carros sin placas, personajes oscuros mentalmente desestabilizados y reclutas que patrullaban la ciudad con ametralladoras más pesadas y grandes que sus piernas. Es por todo ese tipo de imaginarios y la posibilidad de abolirlos que estar ahí, en esa marcha, fue importante. Lo fundamental era sumarse a una voz colectiva de rechazo a la desprotección de las economías campesinas, a todo proyecto de corte neoliberal que busca su propia libertad de comercio y la manera asegurar el sistema donde siempre habrá alguien dispuesto a cobrar poco. Con todas las formas tradicionales de poder a su favor y esa creciente y estúpida pretensión capitalina de creernos globalizados, superados, ajenos a las dificultades de esos otros que viven tan lejos. Al final, cómplices de un movimiento voraz de bienes, servicios y capitales que son sólo para unos pocos, donde no estamos necesariamente incluidos. Pero, como he dicho, lo mío era algo menos solemne, que intenta sacudirse de los últimos vestigios de miedo. No había agenda paralela, sólo un grupo de amigos que nos unimos para hacer un acompañamiento.

Participar en la marcha campesina fue una oportunidad excepcional para darse un abrazo colectivo. También un lugar para encontrar sentido en medio de esta situación de país que nos está carcomiendo y confirmar lo imprescindible de asumir una micropolítica en estos tiempos. La micropolítica no es un vínculo partidista sino una convicción que se lleva como el caracol lleva su casa. Es un proyecto que invade cada una de mis acciones, mi trabajo, mis compromisos con la sociedad que me habita y viceversa. Es lo que me empuja últimamente a dejar la almohada cada mañana, a salir de mi cama blanda, a participar en la vida pública, a escribir y fortalecer mis opiniones, a recuperar los hilos de conciencia que alguna vez se desajustaron. La política en este país es un panorama bastante deprimente, desolador, confuso e inaceptable como forma de vida o plataforma de acción. La micropolítica es por ahora mi única apuesta.

Meses atrás muchos vimos con cierto espanto cómo un grupo empresarial intentó envolvernos nuevamente con sus cantos de sirenas. La marca Saúl E. Méndez y sus proyectos salpicados con palabras bonitas y corrección política, recurrían al concepto “tejido social” como llevar una corbata verde pistacho. La regeneración del tejido social no es algo que sucede inmediatamente después de presenciar un desfile de modas, lamentablemente es un proceso muy largo, doloroso y de responsabilidades inconmensurables. Tal vez la más compleja de estas responsabilidades es enfrentar la verdad de la historia. Pero es ésta la única forma que conozco para comenzar a comprender por qué nos comportamos como pandillas, qué nos obliga a vivir con fronteras amuralladas, con garitas de control que requisan cada uno de nuestros actos cotidianos. Es éste un proceso entre razón y corazón pero que tiene como meta común el bajarse de los autos con vidrios polarizados e intentar reconocernos en lo más profundo de los ojos de esos otros que vienen del campo.

Después de esta develación, cualquiera podría echarme en cara mi teoría. Al principio de este texto he aportado suficientes elementos para tacharme de nihilista pero no voy a defenderme. Sólo he de concluir diciendo que la dimensión de cosas más cercanas y afectivas me han permitido sobrevivir muchos años de locura. Ante todo, construir una micropolítica que me rearticula como persona y anima a reincorporarme a esta realidad tan jodidamente marciana que es la nuestra.

*Rosina Cazali es curadora independiente.Vive y trabaja en Guatemala.

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