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Apología de la lectura y de la androginia literaria

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Fue a orillas de un río en donde la escritora inglesa Virginia Woolf gestó las reflexiones que conforman “Una habitación propia”; fue a orillas de otro río, el Ouse, donde años más tarde quizás hizo esa reflexión final acerca de ella misma, la mujer, la guerra, la locura y la muerte con varias piedras entre los bolsillos, antes de hundirse para siempre. Hoy nos han dado la tarea de sentarnos a la orilla de nuestros propios ríos mentales para pensar acerca de ser una mujer en Guatemala, donde pareciera que solo algunas han ido emergiendo, han ido haciéndose visibles, en la medida en que se van sacando esas enormes piedras que les han metido en los bolsillos.

Guatemala es un país matrioshka, un país que en su interior alberga otra Guatemala, que alberga en su interior otra Guatemala, y así hasta llegar a la más pequeña, a la esencia, esa en la que todos son una sola: la meta que no hemos alcanzado. En ellas se reparten los ricos y los pobres; los de la provincia y los de la ciudad; los indígenas y los mestizos. Demasiada fragmentación como para hablar hoy de “la mujer” y pretender hacerle justicia a las luchas, los sueños y los conflictos que se van resolviendo o complicando dependiendo de la Guatemala que a cada una le haya tocado vivir. Con esa advertencia parto de mi experiencia, y de las que he observado, para delinear tan solo una pieza de este panorama.

De más está decir que la mía es una posición privilegiada. Al punto de que cuando me pidieron hablar acerca de “ser mujer”, inmediatamente recordé una anécdota de Mario Roberto Morales, a propósito de Luis de Lión: “Yo descubrí que era indio hasta que bajé a la Antigua”, le dijo De Lión. “¿Entonces, antes de bajar qué eras?”, preguntó Morales. “Persona”, respondió.

La primera habitación propia

Emigré hace doce años desde Quetzaltenango a la capital. Soy la primera hija de una familia pequeña, que pudo cubrir todas sus necesidades gracias al trabajo imparable de mi padre, un hombre que no fue a la escuela, pero aprendió a leer, a escribir y a trabajar, y de esa manera me puso a mí y a mi hermana en relación con los libros, que nunca faltaron en casa, y con la educación, a la que afortunadamente tuvimos acceso, igual que mi madre, quien se graduó de maestra de educación primaria gracias a una beca financiada por gente particular que creyó en ella. Ese detalle que pareciera tan simple, creo que significa para mí el inicio de este camino que transito todos los días. La lectura y la educación, en ese orden, me permitieron encontrar temprano una primera habitación propia. Ese espacio de silencio, reflexión y aislamiento, pero al mismo tiempo de contacto con la experiencia vital y los grandes sueños y conflictos de la humanidad, la literatura. De la lectura, al impulso de la escritura casi no hay distancia, y temprano empecé a tratar de contar mis propias historias. Las escribía a mano y las guardaba.

Yo tenía 15 años el día que mi madre descubrió el anuncio de un certamen nacional dirigido a los estudiantes de nivel medio, estaba organizado por la editorial Óscar de León Palacios y la Escuela Normal Rural “Pedro Molina” de Chimaltenango. Me dio las bases, y cuando vio mi desinterés, transcribió a máquina uno de mis relatos, lo fotocopió y lo envió en mi nombre. Poco tiempo después recibí un telegrama en el que me contaban que mi historia había sido seleccionada. Viajé a Chimaltenango con mi padre para recibir un lote de libros para mí y uno para mi colegio, un diploma y una pequeña cantidad en efectivo. El año siguiente, y los dos posteriores, aprovechando que había repetido tercero básico —no fui una estudiante ejemplar— volví a participar y a viajar a la “Pedro Molina” para recibir mis premios de manos de Óscar de León Castillo y Carmen de León Vera, quienes fueron los primeros que, de esa manera, me indicaron que leer y escribir eran el camino correcto.

Literatura y realidad

Un día recibí una citación de Irmalicia Velásquez Nimatuj, que en esa época era la directora del periódico El nuevo quetzalteco, para una entrevista acerca de mi experiencia con los premios. El día que nos reunimos me ofreció también mi primer trabajo: la elaboración del contenido de una página para jóvenes muy al estilo del suplemento periodístico que estaba de moda: “Aula 2000”. La página fue un fracaso, pero fue mi entrada al periodismo y a la vida del freelance. El día que renuncié del banco en el que me había quedado trabajando después de terminar mi práctica supervisada, me fui a meter a las oficinas del periódico, que estaban improvisadas en un apartamento ubicado detrás de la Municipalidad de Quetzaltenango. Cuando terminaba mi trabajo, ayudaba a alguien más. Transcribir y editar las notas mecanografiadas que enviaban los corresponsales departamentales fue mi siguiente labor y mi primera experiencia en el campo de la edición y la corrección de estilo. Después de un tiempo me contrataron como reportera.

El primer día de trabajo formal me habían pedido que llegara “arreglada”, no me gustó la idea, pero no me iba a poner con “peros” tan temprano. Fui la primera en llegar a la oficina, con falda, saco y zapato de medio tacón. Recibí una llamada. La policía informaba de unos allanamientos en la zona 2 por el secuestro y asesinato de una mujer. No había nadie más en la redacción, así que busqué una cámara, rollos y la llave de la motoneta que estaba en el primer nivel. Cuando subí a la moto, se me rompió la falda. Me bajé, corrí a buscar un par de grapas que hicieran menos evidente el accidente y me fui. En el lugar ya estaba el jefe de los reporteros. Ese día cubrí mi primera noticia y prometí no volver a usar falda ni tacones para ir a trabajar.

El ascenso en el periodismo de provincia era pasar a un medio de la capital. Así le llegó el turno al reportero más antiguo, que luego de darme unas buenas clases de fotografía, me presentó a todas sus fuentes y se fue. De esa manera salté a la cobertura de nota roja, sucesos y tribunales, y un tiempo después, pasé del menudeo noticioso para hacerme cargo de los temas de fondo. El periodismo fue una experiencia que me hizo salir de la comodidad de ver la vida desde los libros y la literatura y me permitió darme los primeros raspones con la realidad del país. Me abrió los ojos y la sensibilidad. Yo tenía 20 años y la fe aún intacta.

El matrimonio y la maternidad, esos paréntesis

Lo más difícil de mis años en el periodismo de provincia fue la preocupación paterna. Él había trabajado y se había esforzado para que nada nos faltara, nada nos pasara, y yo había decidido salir para meterme en la boca del lobo. Si bien Quetzaltenango ha sido un lugar con menos índices de violencia que la ciudad capital, esa era la época de los secuestros y asesinatos, de las fugas de la cárcel, las recapturas y las audiencias de juicio a bandas que operaban en la región, como Agosto Negro. Eso implicaba que las noches que me tocaba turno, recibiera constantes llamadas desde casa preguntando a qué hora iba a salir, quién me iba a ir a dejar, lo que añadía una ración más de tensión a la que ya de por sí implicaba la responsabilidad que tenía encima. Un día las cosas se complicaron en la nueva jefatura del periódico, me harté de la gente, de la presión y renuncié. De paso también dejé la universidad. Estaba estudiando Comunicación en una ciudad donde no había otro periódico en donde trabajar. Me quedé en el limbo. La única salida probable era retomar lo que había querido hacer desde que salí del colegio: estudiar literatura, una carrera que estaba a 200 kilómetros de distancia, y que volvía a poner a mi padre en conflicto.

En cuestión de días conseguí un pensionado cerca de la universidad y me mudé. Dos meses después, la niña de 21 años que era entonces tuvo que volver. Estaba embarazada de un muchacho que se había quedado en Quetzaltenango, y que recibió la noticia como la segunda de ese tipo en menos de una semana. Me quedé sola, dejé la universidad, tuve que volver a la casa paterna donde ardía Troya. Un exnovio se acercó para ofrecer “devolverme la dignidad perdida”, eso tranquilizó a mi padre, y eso me permitía irme de la casa, así que en cuestión de semanas un abogado me casó, poco tiempo después perdí al niño. La obligación matrimonial exigía reponer el hijo, así que tres meses después me separé, y, cuando se cumplió el tiempo que estipula la ley, me divorcié y volví a la capital.

Si alguna vez he reflexionado acerca de ser mujer, fue a raíz de ese momento en el que me vi biológicamente alterada, religiosamente rechazada, y culturalmente obligada a albergarme en convenciones sociales que hacían que el caos volviera, en apariencia, a su orden establecido, y la familia recuperara la calma. Fue cuando reparé en la importancia de la independencia económica en relación con la independencia general. Así como en la injusta mácula social que recae solo en la mujer, cuya vida es la única que parece cambiar drásticamente al enfrentarse a la responsabilidad de una familia, ya sea sola o en compañía. No necesito recurrir a ninguna estadística para asegurar que esos son casos multiplicados, y que los dedos señaladores siguen diestros para apuntar hacia aquellas que por una u otra razón se salieron del contorno socialmente trazado. Y eso lo saben y temen las que prefieren seguir aguantando dentro de un matrimonio disfuncional o una estructura injusta. El miedo, esa arma de la que se ha valido la religión y los gobiernos, también gana batallas a nivel familiar, dentro de una sociedad en la que hasta las personas que parecieran pensantes y tener cierto grado de sensibilidad, denigran verbalmente a las mujeres cuando gozan sin tapujos de las mismas libertades masculinas, una sociedad en donde su placer sin inhibiciones es causa de anhelo y desprecio. Y con eso no ha podido ninguna entidad gubernamental o no gubernamental, ningún método educativo hasta hoy, porque la raigambre es profunda. Quizá se vaya arreglando el día que la mujer decida descender al fondo de sí misma para desenredar raíces y consciente de todo ello, así como de sus fortalezas y debilidades, resista, no le haga concesiones a una sociedad injusta, establezca sus propios valores éticos y morales, trate de vivir con convicción a partir de ellos, y con esa libertad emprenda la búsqueda de sí y de la vida que quiere alcanzar, así, siendo un ser humano más libre, con el paso del tiempo las que así lo decidan habrán poblado este país con nuevos seres humanos, tan libres como ellas y, por lo mismo, con mayor respeto de la libertad ajena.

La segunda habitación propia

El día en que leí Una habitación propia de Virginia Woolf ya había empezado todo de nuevo a 200 kilómetros de distancia. Vivía en un apartamento pequeñito cerca de la universidad de San Carlos, en donde llevaba algunos años en la carrera de Letras, y acaba de empezar a dirigir un proyecto electrónico de difusión de arte y literatura, la Revista Luna Park. Allí, en esa segunda habitación propia, en donde lo único que me pertenecía era mi ropa, mis libros y unos cuantos trastos, tuve mi primer encuentro con su obra. Se trataba de un recorrido histórico por la experiencia de las escritoras que le antecedieron, esas que aprovecharon la coyuntura del Romanticismo en el siglo XIX europeo para ocupar los espacios de expresión que la Ilustración les había negado, porque también les había vedado el acceso a la educación. El panorama que planteó me llevó a pensar paralelamente en Guatemala y en algunas de las escritoras que habían abierto aquí la ruta hacia el presente.

Sor Juana de Maldonado y Paz, la religiosa antigüeña de la época de la Colonia quien, de acuerdo con la investigación de otra de las grandes precursoras, Luz Méndez de la Vega, fue la primera poeta y dramaturga centroamericana. Descubrimiento y análisis que no queda fuera de la polémica, tomando en cuenta que, según el propio testimonio de Luz, de alguna manera el mismo cayó en manos del historiador Luis Luján Muñoz, quien se lo apropió y lo publicó antes de ella sin darle el crédito que le correspondía.

En el siglo XIX, Pepita García Granados hizo una dupla fantástica con el poeta José Batres Montúfar y se convirtió en un antecedente de la irreverencia y la transgresión verbal y social que ya a finales de los años 70 caracterizaría a la obra de la poeta Ana María Rodas. A finales de ese mismo siglo, la quetzalteca Vicenta Laparra de la Cerda fundó junto a su hermana el primer periódico femenino del país, La voz de la mujer y abrió así un camino en el que muchos años después se hizo escuchar la de la periodista Irma Flaquer en columnas valerosas como “Lo que otros callan”, que le valió ser vilmente silenciada y desaparecida por las fuerzas represoras del gobierno.

Ya a principios del siglo XX, aparece María Cruz, poeta, hija de un diplomático, y por ende, viajera, en cuya obra sobresalen, entre otras, las traducciones que hizo de los poetas malditos franceses y de Edgar Allan Poe; obra y vida que bien pudieron ser antecedentes de la de otra escritora, hija de un diplomático, Alaíde Foppa, quien dentro de su obra poética dejó también la traducción de la poesía de Paul Eluard, y de Miguel Ángel Buonarroti, antes de ser desaparecida por los elementos de inteligencia militar que mantenían el control durante los años 80.

El caso de Luz Méndez de la Vega es uno más en la lucha de las precursoras. De su poesía se recuerda y se remarca, como en Rodas, el tinte de lucha feminista, el esfuerzo por hacerse escuchar en un espacio que parecía no pertenecerle, mediante la visibilización del cuerpo, del deseo, de la inconformidad con los roles sociales, así como el hecho de la unión de su voz a la de quienes exigían un país más digno y más justo. Su obra, sin embargo también exploró otras áreas de la condición humana en hermosos textos existencialistas que reunió en libros como Eva sin Dios o De las palabras y la sombra, poemario que en 1983 ganó el Certamen Permanente Centroamericano, en el que concursó con un seudónimo masculino. Otro es el caso de Isabel de los Ángeles Ruano que, vestida como hombre y exiliada de la realidad, todavía ronda por las calles del centro. Su lucha fue en solitario y el exilio hacia dentro de sí misma ―esa tercera habitación propia―. Allí se quedó después de dejar un intenso legado poético que la convierte en una voz imprescindible de la literatura guatemalteca. Claro que estas no fueron las únicas luchas, ni las últimas, sin embargo, son algunas de la que fueron trazando el camino para que hoy, cuando se habla de literatura guatemalteca, siempre se tenga en mente lo que están escribiendo las mujeres.

Apología de la lectura y de la androginia literaria

Una de las últimas veces que vi a Luz Méndez de la Vega fue en Editorial Cultura, en las vísperas de la entrega del libro que reúne su poesía: Ligera y diáfana. Entró del brazo de Max Araujo a la oficina en donde estábamos trabajando la escritora y editora Carmen Lucía Alvarado y yo. “Miren, es importante que conozcan a Lucecita porque ella ha sido una gran feminista”, dijo Araujo. “Sí, Max”, contestó Luz, “pero eso ya pasó, ustedes ya no tienen esa necesidad, yo lo necesité, eran otros tiempos, pero ahora ustedes son libres”, finalizó.

En ese momento, Luz Méndez de la Vega nos confirmó algo que ya intuíamos: Literariamente el camino había sido abierto, ahora nos corresponde embarcarnos en la lucha de todo escritor, la búsqueda de una voz propia para hacer Literatura a secas, la cual, ya sea que nos lo propongamos o no, dará testimonio de nuestro entorno y sus circunstancias, porque el artista, incluso cuando no lo sabe, no puede evitar ser la voz de ese sujeto colectivo que socialmente conforma.

Ese día en el que se hiciera literatura sin etiquetas lo esperó Virginia Woolf, y así lo dejó asentado en sus ensayos sobre el tema; ese día seguramente también lo esperaron las que empezaron a abrir el camino literario en Guatemala: “el día en el que hombres y mujeres puedan dirigirse a esa amplia zona del alma que carece de sexo... el día en que tanto hombres como mujeres puedan beneficiarse igualmente con sus páginas”.

Se trata, pues, de un camino por andar, un sueño en construcción, tomando en cuenta que las mujeres que escriben en Guatemala siguen siendo una minoría, no digamos las que han tomado a la escritura como algo que va más allá de una simple actividad ocasional.

La raíz de este hecho es profundamente social, en Guatemala las mujeres han tenido mucho menos acceso a la educación en relación con los hombres, para quienes también, y especialmente fuera de las áreas urbanas, ha sido una carencia. Por otro lado están aquellas que sí tuvieron acceso a la educación, y no pudieron aprovecharla al máximo debido a la condena cultural del destino trazado: la subordinación hogareña y económica, ante la que toda formación intelectual pasa a segundo plano o bien a un plano inexistente. O el caso, entre otros, de las que tuvieron un acceso parcial que les dificulta encontrar trabajos dignos y que, además de laborar jornadas enteras, al regresar a casa deben hacerse cargo del cuidado de los hijos y el marido, porque si bien la necesidad las ha llevado a buscar un empleo y llevar gastos compartidos, el trabajo de la casa sigue siendo indivisible.

Este panorama delinea además el espacio de una minoría en relación directa con el número de lectores en general que hay en el país, y más aún con el número de gente que tiene el tiempo y el dinero para acercarse a la lectura, o bien que tuvo la fortuna del acceso a la educación. Un derecho que le ha sido negado en este país a un enorme porcentaje de la población por causas tan macabras como las que alguna vez expresó uno de nuestros famosos dictadores: “No hay que enseñarle a leer a los indios porque no van a querer trabajar en las fincas”. Y es que los que llevan las riendas del poder saben mejor que nadie que los libros son el camino, tanto para hombres como para mujeres, hacia la libertad ―“sin la cual no existe eso que llamamos persona”, dice Octavio Paz―  hacia la capacidad de análisis y el cuestionamiento de lo establecido, elementos que tanto bien harían en Guatemala para lograr un cambio de mentalidades a nivel cultural, y cambios de raíz a nivel social que sean de beneficio para todos.

En un país como Guatemala en el que la mayoría de la población está en desventaja en todos los órdenes, la lucha sigue siendo por el reconocimiento y la cobertura de las necesidades y los derechos de todos como seres humanos, que es en esencia lo que somos, y que es en el fondo de todas las luchas, la mayor reivindicación posible.

La tercera habitación propia

El rostro de una joven Virginia Woolf me acompaña junto al de otros escritores en la sala de mi casa: un apartamento ubicado dentro de un hotel en el centro de la ciudad. Mi vida, mi trabajo, mis proyectos, incluso mis amigos, giran alrededor de los libros, la literatura: esa habitación primigenia que  junto a un espacio propio me han facilitado una ruta interior, a través de la cual realizo pequeños viajes de ida y vuelta que son búsqueda y deseo de afinar mi voz y mi libertad. Cada vez que los hago, emerjo con más fuerza, más ligera, más despierta para observar mi entorno y acercarme a comprenderlo. Es entonces cuando escribo y siento que floto mejor. 

En cuestión de días conseguí un pensionado cerca de la universidad y me mudé. Dos meses después, la niña de 21 años que era entonces tuvo que volver.
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“Miren, es importante que conozcan a Lucecita porque ella ha sido una gran feminista”, dijo Araujo. “Sí, Max”, contestó Luz, “pero eso ya pasó, ustedes ya no tienen esa necesidad, yo lo necesité, eran otros tiempos, pero ahora ustedes son libres”, finalizó.
Su primera habitación propia: ese espacio de silencio, reflexión y aislamiento, pero al mismo tiempo de contacto con la experiencia vital y los grandes sueños y conflictos de la humanidad: la literatura.
“La lectura y la educación, en ese orden, me permitieron encontrar temprano una primera habitación propia”
“Soy la primera hija de una familia pequeña, que pudo cubrir todas sus necesidades gracias al trabajo imparable de mi padre, un hombre que no fue a la escuela, pero aprendió a leer, a escribir y a trabajar”
“El periodismo fue una experiencia que me hizo salir de la comodidad de ver la vida desde los libros y la literatura, y me permitió darme los primeros raspones con la realidad del país”
“De la lectura, al impulso de la escritura casi no hay distancia, y temprano empecé a tratar de contar mis propias historias. Las escribía a mano y las guardaba”.
“En un país como Guatemala en el que la mayoría de la población está en desventaja en todos los órdenes, la lucha sigue siendo por el reconocimiento y la cobertura de las necesidades y los derechos de todos como seres humanos”
“El panorama que planteó (Virginia Woolf) me llevó a pensar paralelamente en Guatemala, y en las escritoras, algunas de ellas, claro está, que habían abierto aquí la ruta hacia el presente”
“…las mujeres que escriben en Guatemala siguen siendo una minoría, no digamos las que han tomado a la escritura como algo que va más allá de una simple actividad ocasional”.
“Quizá se vaya arreglando el día que la mujer decida descender al fondo de sí misma para desenredar raíces y consciente de todo ello, así como de sus fortalezas y debilidades, resista, no le haga concesiones a una sociedad injusta, establezca sus propios valores éticos y morales”
“Si alguna vez he reflexionado acerca de ser mujer, fue ya lejos de ese momento en el que me vi biológicamente alterada, religiosamente rechazada, y culturalmente obligada a albergarme en convenciones sociales que hacían que el caos volviera, en apariencia, a su orden establecido”