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Varado en Guatemala a punto de recibir la ciudadanía
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Varado en Guatemala a punto de recibir la ciudadanía

La agente le hizo saber a Jorge que tenía cuatro faltas. Una por cada vez que ingresó a Estados Unidos de forma ilegal y una más por entrar al país con un pasaporte estadounidense falso
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Jorge Gómez creció en Llano Largo, en el kilómetro 17, Carretera al Atlántico. En el 2011 y con 22 años, después de dos intentos y dos capturas, finalmente logró cruzar la frontera de Estados Unidos. Desde entonces construyó su vida en el norte. Consiguió trabajo, se casó, tuvo hijos, empezó su propio negocio, siempre pagó sus impuestos, no tuvo faltas ni crímenes. Sin embargo, en Mayo de este año, cuando regresó a Guatemala para legalizar su estatus, su solicitud fue negada. Su familia está en California. Él, en Llano Largo, buscando regresar.

A Jorge le explicaron que se tenía que ir atrás, en la caja de herramientas y que el viaje le iba a costar US$5 mil. Era la tercera vez que lo intentaba.

“Fue en uno de esos camiones de doble cabina, un pickup,” dice Jorge, su voz serena, su acento genuinamente americanizado. Durante la entrevista Jorge usaría otro racimo de palabras en inglés, sorry, income, diner, down payment, BMW, attorney, Border Patrol, immigration officer, jumper. Jorge es quizás, después de haber vivido indocumentado por siete años en Los Ángeles, ya tan angelino como llanolarguense. ¿Llanolargueño?

Cerca de la media noche, en la Iglesia Torre Fuerte en Tijuana, Jorge se subió a la palangana del picop, entró a la caja de herramientas y se acostó. Sobre él el conductor colocó varias herramientas, ropa y otros bultos para esconderlo. “Casi no podía respirar”, recuerda años después en entrevista con Plaza Pública. El carro arrancó y tomaron la Carretera Ensenada camino a Estados Unidos. Al horas después llegaron a la frontera.

Medio inconsciente Jorge escuchó que el conductor hablaba en inglés con uno de los agentes migratorios. “No veía nada”, recuerda, “pero lo escuché, aunque entonces no entendía el inglés”. Lo que Jorge escuchó sería algo más o menos así:

-Where are you going, sir?-, diría el agente migratorio.

-Los Angeles-, respondería el conductor, entregándole su pasaporte. Era una madrugada fresca y despejada.

-Anything you want to declare? Any fruits or vegetables?

-No, sir- diría el conductor, pensando en el indocumentado mexicano —que realmente era guatemalteco— que llevaba en su caja de herramientas.

Mientras duraba la entrevista otro agente migratorio, con linterna en mano, se subió a la palangana del picop y abrió la caja de herramientas. El agente movió algunas cosas adentro, sobre Jorge, mientras el primero revisaba la papelería del conductor. Luego vinieron los perros.

El Departamento de Seguridad Nacional de los Estados Unidos estableció en 2009 el Programa de Entrenamiento Canino de Aduanas y Protección Fronteriza (o CBP Canine Program) con base en El Paso, Texas y con el objetivo principal de “detectar y aprender terroristas”. El CBP entrena y emplea, en su mayoría, pastores alemanes.

Jorge no veía a los perros, pero los escuchaba jadear y olfatear.

Al rato el agente cerró la caja de herramientas y quien revisaba los papeles del conductor los dejó pasar. “Supongo que las herramientas, la grasa y el aceite como que escondieron mi olor”.

Jorge permaneció en la caja otro rato, mientras llegaban a un llano deshabitado. Cuando salió estaba mareado. Dos horas después llegaron a Los Ángeles y sus tíos pagaron los US$5 mil acordados al conductor. Era todavía de madrugada cuando la tía de Jorge llamó a sus papás para avisarles que su hijo ya había cruzado la frontera y que estaban con él.

“No, no”, respondió el padre de Jorge, inquieto, nervioso. “Pasámelo, yo quiero hablar con él”.

“Recuerdo que se pusieron a llorar,” cuenta Jorge, viendo a su madre limpiando la cocina. “Después de eso fuimos a desayunar, a Denny’s”.

Días después Jorge empezó a trabajar con su primo como revendedor de metal.

Jorge Gómez Castellanos, de 29 años, nació en la Colonia el Milagro, en la zona 6 de Mixco. A los siete años junto a su familia, afectados por la violencia de la zona, se mudaron a la Colonia Santa Faz, en Chinautla, Zona 6. Unos cinco años después, Jorge tuvo un encontronazo con pandillas locales por una bicicleta. “La tenía bien chula”, dice Jorge, “pero se la robaron a mi hermano”.

Al tiempo Jorge, con la ayuda de una amiga, recuperó la bicicleta. “Pero luego me encontraron y me hicieron bajado”, declara. Los pandilleros, afirma Jorge, juraron venganza. “Una vez me tuve que esconder en un barranco y la otra, iba por las tortillas, cuando me empezaron a seguir pero la policía los paró y les encontraron un revólver”, cuenta. El papá de Jorge vendió la casa y se mudaron a Llano Largo, en el Kilómetro 17 de la Carretera al Atlántico.

“Acá es tranquilo”, añade sonriendo.

Jorge, graduado de mecánico, empezó a trabajar en los talleres de Hino Guatemala, en la sede de la zona 18. “Era un buen trabajo”, admite, “pero siempre tuve aspiraciones más grandes”.

Jorge sabía de algunos tíos y primos que vivían en Los Ángeles y “les iba bien”, dice. En 2011, con 22 años, Jorge optó por la visa mexicana y avisó a su casa que se iría a Tijuana, para tratar de cruzar la frontera y llegar con sus tíos que ya habían ofrecido ayudarlo a encontrar trabajo en California.

Sin embargo, la aventura de Jorge parecía terminar antes de empezar. En Ciudad de México fue detenido e interrogado.

“Solo a mí me pararon”, recuerda; hay molestia y pereza en su voz. “Me preguntaron que qué hacía en México y que si traía ticket para atrás, es decir, de vuelta”. Back ticket, ticket para atrás. El inglés ha calado profundo en el español de Jorge. “Luego vieron que llevaba una foto de mi sobrina; ella la había puesto ahí, en la mariconera, sin que yo me diera cuenta”.

-¿Quién es ella?-, preguntó el agente.

-Mi sobrina-, respondió Jorge, probablemente sentado en uno de esos cuartos grises y fríos del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México; el zumbido de los otros viajeros se metía debajo de la puerta.

-¿Por qué lleva esa foto?

-Usted sabe cómo son los niños. Ponen cosas por todos lados- dijo Jorge.

Entonces lo dejaron pasar.

Horas después Jorge llegó a Mexicali, Baja California, a pocos minutos de la frontera con Estados Unidos. Allí se reunió con otro grupo de migrantes que estaban por cruzar y recibieron un walkie talkie. El grupo donde estaba Jorge debía pasar la frontera, avisarle al coyote que habían cruzado y esperar en un punto estratégico para que éste los recogiera. El trato incluía que Jorge le debía pagar al coyote hasta que estuviera del otro lado.

De madrugada los migrantes llegaron hasta la frontera, rodearon el puesto de entrada y, siguiendo las instrucciones del coyote, encontraron un hueco en una reja. El agujero estaba cubierto por una tabla de yeso. La movieron, entraron a los Estados Unidos de América, regresaron la tabla y empezaron a correr.

“Le avisamos al coyote usando el radio, pero nunca respondió”, dice. “No sé si nunca pasó o si nosotros éramos carnada, pero ya no supe más de él”. El grupo donde iba Jorge se separó. Él se quedó con un muchacho que aseguró saber el camino. “Él dijo que ya había estado en Kentucky”.

Después de dos horas de caminata, Jorge y su amigo de Kentucky fueron arrinconados por la Policía Fronteriza, por Border Patrol. “Nos encajonaron”, dice. “Uno al frente, uno atrás y uno en cada lado”. Cinco horas después estaba de regreso en Tijuana. Jorge había dicho ser mexicano porque, “no quería que me regresaran hasta Guatemala”.

Días después Jorge volvió a cruzar la frontera, por sí solo, a través del cruce en San Ysidro, San Diego. No tomó mucho para que los agentes lo volvieran a capturar. Sin embargo, antes de cruzar un coyote le entregó a Jorge un documento falso, un pedazo de papel laminado con un nombre ficticio y demás datos de identificación.

El agente migratorio que tomó sus huellas, lo fotografió y registró, apuntó, para su mala fortuna, que el papel que llevaba era un pasaporte estadounidense y que Jorge se estaba haciendo pasar por ciudadano americano. Jorge recibió un veto de cinco años para ingresar a los Estados Unidos. Fue llevado a una cárcel en donde permaneció por tres días. Nuevamente dijo que era mexicano y lo trasladaron hasta San Luis Río Colorado, en Sonora, México sin nada más que la ropa que llevaba puesta.

“Me tocó pedir para comer”, dice. Con el dinero que recibió llegó hasta Mexicali y luego a Tijuana a la Iglesia Torre Fuerte. “Estaba listo para darme por vencido”, dice. “Empecé a buscar formas para irme a Guatemala”.

Luego, una noche en Tijuana, Jorge habló con su mamá por teléfono.

“Soñé que habías pasado, mijo”, dijo la madre de Jorge.

Esa misma noche el pastor de la iglesia le avisó a Jorge que había un conductor que estaba dispuesto a pasarlo por la frontera, en su picop, por US$5 mil, pero debía ir escondido en su caja de herramientas. Jorge, delgado y de 1.65 de estatura, aceptó. Horas después Jorge estaba desayunando con sus tíos en Denny’s en Los Ángeles y se había convertido en uno de los 11.1 millones de migrantes indocumentados que vivían en Estados Unidos en 2011 según el Pew Research Center.

Después de trabajar con su primo durante tres meses, Jorge encontró trabajo en un taller de mecánica. Ganaba US$750 a la semana en efectivo. “Me iba bien”, comenta, “y pagaba mis impuestos, siempre quise tener todo en orden pues eventualmente quería aplicar a la ciudadanía”. Adicional, Jorge enviaba dinero a su familia y ayudaba a pagar la educación de su hermano menor que también estudiaba para ser mecánico.

En 2012 Jorge conoció a su esposa Marlene Gómez, manager de una sucursal del banco Wells Fargo, en la iglesia. Marlene tenía una hija de tres años.  

“Me atreví a hablarle”, ríe Jorge. “La invité a comer. Fuimos a Universal Studios y después a la playa”.

La pareja continuó saliendo. Tiempo después Marlene resultó embarazada. Jorge, quien aún vivía con sus tíos, usó sus ahorros y rentó un apartamento de dos recámaras en la calle Washington. Sus ingresos eran suficientes para mantener a su familia, y Marlene renunció a su trabajo para dedicarse al 100% a sus hijos.

Después Jorge obtuvo un nuevo trabajo donde ganaba US$1 mil semanales. Al año recibió un aumento de US$150. Además, hacia trabajos de mecánica por su cuenta. Unos años después, los Gómez pusieron su propio negocio de organización de fiestas. “Invertimos mucho dinero”, afirma. “Y empleábamos a los hermanos de la iglesia. Siempre ha sido así. Nos apoyamos entre nosotros”. El negocio fue creciendo y la familia también. En 2013 nació su hijo. Jorge se sentía realizado.

“Ver la felicidad de mi esposa e hijos es todo”, sonríe. “Que mi familia esté bien, el hecho que pude ayudarles a mis papas, a mi hermano; eso era todo para mí. Teníamos también la ilusión de comprar una casa allá, montar un taller, pero para mientras, el negocio iba bien”.

Marlene, de madre nicaragüense y padre mexicano, pero nacida en Estados Unidos, podía patrocinar a Jorge para que éste obtuviera la ciudadanía. Sus abogados le sugirieron esperar un año mínimo después del matrimonio para demostrar que la unión era verdadera y así fortalecer su caso. Jorge, además, debía pedir perdón por los actos que había cometido en contra de Estados Unidos: haber atravesado la frontera de forma ilegal y permanecer sin ningún tipo de visa. En 2015 nació el segundo hijo de los Gómez.

Jorge entonces contrató los servicios del abogado Thomas Lee.

Lee por correo electrónico dijo a Plaza Pública que, basado en la información que Jorge le brindó durante su primera cita, estaba confiando en que recibiría su ciudadanía.

Jorge inició el proceso e ingresó la papelería necesaria. La primera vez su aplicación fue rechazada. “No te dan razón”, afirma. Lee, según Jorge, le pidió que esperara tres meses más. Así lo hizo y la segunda vez su archivo fue aceptado. Inició el proceso de toma de huellas y su abogado le indicó que todo estaba en orden. Lee preparó la papelería necesaria para que recibiera su ciudadanía —lo que implicaba pagar en efectivo por las faltas cometidas—. Sin embargo, para cumplir con el proceso debía regresar a Guatemala y presentarse ante la embajada de Estados Unidos para ser entrevistado.

“Pensé que todo estaba bien”, dice Jorge, quien desde que llegó a Estados Unidos en 2011 siempre había declarado impuestos y su record criminal permanecía limpio.

Jorge entonces avisó a sus padres que regresaría a Guatemala. Pidió permiso a su jefe para ausentarse un mes.

“Yo que tu chequearía otra vez”, le advirtió su jefe.

Sin embargo, Jorge había escuchado cómo otros compañeros de trabajo habían pasado por un proceso similar, de regresar a casa, presentarse ante la embajada estadounidense, declarar y en 15 días ya estaban de vuelta.

“No te vayas”, le repitió su jefe.

“Me confié”, añade Jorge.

El 22 de mayo pasado, Jorge, acompañado de su esposa e hijos, llegó a Guatemala. Lo primero que hicieron fue ir a desayunar a Pollo Campero de Zona 9. El padre de Jorge hablaba en español con sus nietos. Jorge se tomaba fotos con sus hermanos y sus tíos. “Fotos, videos; de todo,” afirma.

Jorge pasó los próximos días comiendo pizza en Al Maracone, paseando en La Antigua, en el IRTRA Petapa y atendiendo la lista de pendiente que debía cumplir antes de llegar a la embajada: exámenes de sangre, inyecciones, diagnóstico médico, tramitar antecedentes policíacos y penales. Su cita estaba programada para el miércoles 6 de junio.

El día de la cita Jorge llegó acompañado de su esposa. Ingresó a la embajada tranquilo. “Ella era la nerviosa”, sonríe.

Una vez dentro, una oficial llamó a Jorge a una de las ventanillas y fue juramentado. Le tomaron las huellas e hicieron algunas preguntas sobre su caso. “¿Tiene hijos?” y Jorge mostró el acta de nacimiento de su hijo e hija biológica. Luego, la agente le hizo saber que Jorge tenía cuatro faltas. Una por cada vez que ingresó a Estados Unidos de forma ilegal y una más por entrar al país con un pasaporte estadounidense falso y hacerse pasar por ciudadano americano. 

“Yo entré con un ID pero no era un pasaporte”, asegura Jorge.

“El oficial anotó que fue un pasaporte estadounidense y eso yo no lo puedo cambiar”, argumentó la agente y añadió que para esa falta no había perdón.

“Esto no es raro”, dice la escritora Valeria Luiselli, quien sirvió como intérprete y traductora en las cortes migratorias de Nueva York entre 2015 y 2016. “En la frontera puede pasar lo que sea”, agrega, “te puede tocar un oficial chingón, con ganas de ayudarte, o alguien malintencionado que despacha a las personas sin el debido proceso”.

Cabizbajo y derrotado, Jorge regresó a la casa de su hermana y contactó de inmediato a su abogado, pero el abogado le reclamó que había ocultado información porque no le dijo que el papel que llevaba, la segunda vez que ingresó al país, era un pasaporte.

“No era un pasaporte, no era un libro como los pasaportes, era una hoja suelta”, insiste Jorge.

Brevemente Jorge y su abogado discutieron posibilidades hasta que Lee le dijo que ya no quería llevar su caso. “You’re stuck in Guatemala”, le aseguró. “Estás varado en Guatemala”.

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Jorge y su esposa habían gastado cerca de US$22 mil durante todo el proceso.  

El 22 de junio, después de un mes en Guatemala y sin poder volver a Estados Unidos, Jorge acompañó a su esposa y tres hijos al aeropuerto. Era de madrugada. Jorge y su esposa acordaron no contarles muchos detalles a sus hijos. Los más pequeños, de 3 y 5 años, no lo entenderían, argumenta. Acordaron decirles que papi no iría de regreso ahora pero que pronto regresaría con ellos.

“Vente ya, vente ya”, le dicen sus hijos por teléfono a diario. Su hija más grande, de 9 años, está un poco más consciente de lo que pasa, admite Jorge, “pero tratamos de no decirle mucho. Incluso ahora hablamos menos porque ella se pone a llorar mucho”.

Después de que su esposa e hijos regresaron a Los Ángeles, los Gómez contactaron a otros abogados para ayudarlos a resolver su caso. Afortunadamente, la habitación que estaban rentando pertenece a la suegra de Jorge, quien le dijo que no se preocupara por el pago hasta que resolviera su situación. Su jefe también le aseguró que cuando regrese a Los Ángeles tendrá su trabajo asegurado. Finalmente, la esposa de Jorge sigue haciéndose cargo del negocio de organización de fiestas que abrieron en 2012.

Admite que le preocupan sus hijos y su esposa. “Ese negocio es pesado, el de organizar fiestas”, dice. “Tienes que mover muchas cosas, mesas, sillas, jumpers…

Jorge declara que sus abogados sugirieron que debe viajar a Tijuana y presentarse nuevamente en la frontera, “presentarme con los immigration officers”, dice, y como muchos migrantes deberá pedir asilo. La solicitud de asilo, junto a la papelería que ya tiene —el acta de nacimiento de sus hijos y el acta de matrimonio con su esposa, una ciudadana estadounidense— fortalecerán su caso.

Jorge entonces será detenido, no por un delito, sino por su solicitud de asilo, y deberá argumentar su caso. Mientras decide cómo lograr su regreso a Los Ángeles, sigue varado en Guatemala.

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