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Una mujer debe de tener dinero y un cuarto propio si ha de escribir

Bien nos dice Virginia Woolf, que los ojos de otros son nuestras prisiones y sus pensamientos nuestras jaulas.
A los seres humanos, cuando se les proscribe de tener incidencia en el mundo—desde su espacio, cualquiera que sea—es como si se les borrara, como si no existieran.
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Una mujer debe de tener dinero y un cuarto propio si ha de escribir

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“… nos hemos acostumbrado a la libertad y tenemos el valor de escribir exactamente lo que pensamos…”, escribió Virginia Woolf, en 1929, en “Una habitación propia”, el ensayo en el que plantea la necesidad de que las mujeres tengan un espacio propio para crear, para hacer que se escuche su voz. En esta serie, Plaza Pública reanuda la pregunta: ¿Cómo construyen su habitación propia las mujeres guatemaltecas? Aquí responde la escritora Trudy Mercadal

Redes-lateral

No concibo escribir sin leer. Leer vino antes que escribir. Mis primeros recuerdos de lectura: Mi niñera Rosita, costarricense, mostrándome tarjetitas con letras del alfabeto y si las recitaba todas correctamente, sacaba de la refri el bote de pepinillos y me ofrecía uno de premio. Tenía 2 años. Siempre amaré a Rosita Polini por eso. En su país, fue maestra; en el mío, cuidaba niños.

Otro recuerdo. Estoy deletreando las letras en un libro infantil. De golpe, me doy cuenta de que, al pronunciarlas en recio, una tras otra, formo palabras. Manzana. Árbol. El árbol de manzanas. Leo. ¡Puedo leer! La maravilla de este milagro, la abrumante sorpresa. Tenía 3 años. Y desde entonces, nunca pude desprenderme de los libros. Simplemente no concibo la vida sin ellos.

En 1900, Karl Groos, uno de los primeros psicólogos, propone algo que sigue vigente: el placer de ser “la causa de algo”. Los humanos, en la niñez, descubren que existen como individuos cuando logran que algo suceda y lo pueden repetir, una y otra vez. Este descubrimiento les llena de un profundo gozo y placer. Le creo, por que describe mi experiencia de aprender a leer. Es ese el proceso de convertirse en “ente creador” y para mí, ser ente creador está directamente relacionado con leer y escribir.  

Oliver de Ros

Mi bisabuela, Mamapina, nació en el año en que Groos publicó su teoría. Amaba la lectura, y según me contaba, lo hacía a escondidas pues en esa época, se veía mal que una niña leyera tanto y se les ponía a hacer labor con las manos: bordar, crochet, hacer dulces en la cocina. Cosas que ella siempre detestó. Es más, creció en un hogar acomodado y lleno de libros, lo cual hace bastante absurda esta ideología victoriana de canalizar las energías de las mujeres que vivían en hogares con servidumbre, hacia el oficio doméstico y no hacia el desarrollo de otros talentos.

En su época, “las mujercitas” de su clase social terminaban de estudiar al llegar al segundo básico. La educación para las jóvenes no daba para más pues se creía que educarlas más allá de eso era pérdida de tiempo. A la madre de Mamapina—María—su padre, gobernador del Quiché (según cuentan), solamente le permitió llegar a tercer grado primaria. Educarlas más, ¿para qué? Hasta un mal podía ser para las niñas. Se puede considerar un progreso, entonces, que Mamapina llegara a segundo básico y que al casarse antes de los 18, su esposo le permitía leer, siempre y cuando leyera solamente los libros que él “le daba permiso” de leer.

Para comprender mejor qué puede ganar un hombre con controlar lo que su esposa lee, vale la pena retomar la lectura de Virginia Woolf, quien En una habitación propia (1929) escribe que las mujeres han servido por siglos como espejos que poseen el mágico poder de reflejar la figura del hombre al doble de su tamaño real. El hombre desea asegurarse de que, al mirar a su esposa, ella, cual espejo mágico, reflejará su masculina imagen idealizada. Y una esposa que lee las lecturas “equivocadas” va a abrir los ojos y ya no va a reflejar su imagen engrandecida. Lo va a conocer y ver en él a un igual. De modo que, si ha de leer, es mejor que sean lecturas cortas, livianas, como Selecciones del Reader’s Digest, que Mamapina coleccionaba, porque fue lo que le inculcaron como lectura adecuada. Pues una mujer que lee libros a fondo—y escribe—se embebe en lo que está haciendo y luego no quiere hacer otra cosa; no está criando hijos ni haciendo labores domésticas ni confortando al hombre.

Oliver de Ros

Yo vivía en Nueva Orleans y la familia materna de mi madre vivía en Guatemala. Rosita, la niñera que me envició con las letras, se iba a su país durante el verano y mi mamá, que trabajaba en una línea aérea, me traía esos meses a Guatemala y me dejaba en la casa grande y vieja de Mamapina en la Avenida del Hipódromo. Ella no hablaba inglés y yo, no hablaba español. Y así nos entendíamos, yo hablando inglés y ella español. Aprendí a comprenderlo. Uno de esos veranos, lo aprendí a leer. Muchos de mis tíos y primos eran adolescentes y leían “chistes”—hoy comics—obsesivamente. Mi abuela, Lolita, pretendía leerme bellos libros de cuentos españoles, pero yo quería lo que leían los chicos grandes; así fue como la pobre Lolita me tenía que leer comics que ella detestaba, cada día después de volver de su trabajo: Chanoc, El Monje Loco, Fantomas, Las Aventuras de Capulina y todo lo que les gustaba a los adolescentes de la familia.

Un día mi abuela Lolita, lectora empedernida de buena literatura, me dijo exasperada “Si va a querer seguir leyendo chistes, va a tener que aprender a leerlos usted por que yo ya no quiero leer estas porquerías”.  Y tras enseñarme unas cuantas pautas rudimentarias de como leer en español, me dejó a mi suerte. Lo cual seguramente fue bueno para mi salud, porque fumaba como maniática en lo que me leía y seguro habría yo parado asmática si seguíamos en esas.

Oliver de Ros

Por la ansiedad de saber qué sucedería en la próxima edición de Fantomas, Chanoc, etc. (casi siempre terminaban en un punto álgido con “Continuará…”), aprendí a leer en español con los comics. Quizás tendría unos 6 años. No podía hablar español, pero ya lo comprendía y lo leía. Comencé a comprar los míos, La Pequeña Lulú, Periquita, Archie y otros. Es el día que sigo leyendo comics, ahora en forma de novelas gráficas. Leyendo comics, me entró el rollo de contar historias. Comencé a dibujar y escribir mis propios cuentos, lo que causaría que algunos años después me expulsaran del Colegio Lehnsen, por que escribía comics “underground” que satirizaban a los maestros del digno plantel; pero eso ya es otra historia. 

En mi defensa he de decir que mis comics eran muy populares y que varios maestros me defendieron tras ser expulsada, a pesar de que ellos no salían bien parados en los mismos.

Y bueno, el colegio. Mi mamá decidió que quería que sus hijos creciéramos en Guatemala—una su crisis existencial tipo “retorno a mis raíces” —. El caso es que nos venimos. Paré en el Lehnsen. Mis excompañeras testigos son de que lo único que me interesó durante esos años, aparte de producir mis primitivos comics, era leer y los deportes. ¡Cuántas veces llamaron a mi mamá a la dirección para quejarse de que llevaba libros inapropiados al colegio! Un excompañero recuerda que en la primaria yo llevaba mi revista favorita, Mad Magazine, una publicación satírica del humor más negro. Sí, era inapropiada. Como siempre, la mala influencia de mis tíos y primos.

Como sea, mi mamá siempre fiel a su idea progresista de que yo podía leer lo que quisiera, les explicaba eso a las autoridades escolares, aunque parece que les tomó varios años entenderlo. Especial crisis fue cuanto llevé en sexto grado Para Leer al Pato Donald de Ariel Dorfman, un análisis marxista de las caricaturas de Disney que, en mi ignorancia, compré creyendo que eran comics del Pato Donald. En esos años, los 1970s, eso de llevar “libros comunistas” al colegio … creo que no tengo que explicar la situación. ¡Mi pobre madre! Y el libro me dio una educación política de la que realmente no entendí ni una décima. Más adelante, entre el descubrimiento de Los Agachados de Ríus en la librera de uno de mis tíos, considerado la oveja negra porque era músico y fumaba mariguana, y de Mafalda porque alguien olvidó un ejemplar en el bus, fue creciendo mi educación. Y tomaría más de una década para que me fuera convirtiendo en un ser pensante y no una gilipollas que repetía slogans inculcados en el colegio.

Lo siento, llevaba meses esperando con ansias la ocasión de usar la palabra “gilipollas”.

Oliver de Ros

Por esa edad comencé a esconder lo que leía porque me comenzaba a importar el “qué dirán”, especialmente el de los chicos. Todavía llevé al colegio el libro The Nympho and Other Maniacs de Irving Wallace que, a pesar del escandaloso título, no es un libro pornográfico sino la historia de la opresión de las mujeres intelectuales en los 1800s. A partir de ahí, de miradas torvas y comentarios negativos por lo que leía—hoy se le dice “buleo”—ocultaba que me gustaba escribir, que había ganado premios en composición, que leía mucho, que era buena en deportes. Quería que los chicos me sacaran a bailar, no asustarlos con mis vicios de ratón de biblioteca.

Así es como comienza la complicidad de una con la opresión propia. Bien nos dice Virginia Woolf, que los ojos de otros son nuestras prisiones y sus pensamientos nuestras jaulas.

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Y así ha sido siempre. Históricamente, para las mujeres existe una brecha insondable entre la vida familiar y social, y su vocación intelectual o artística, algo por lo que no tienen que pasar los hombres. Virginia Woolf explica que la gente creadora necesita retraerse en soledad para poder actuar en el mundo, o sea, para hacer su obra. La imagen del hombre solitario y genial, aislado en actividad creativa, es idealizada en el imaginario cultural. Cuando se trata de una mujer, esa imagen es considerada anormal, dicha mujer es perversa, egoísta, irresponsable, incluso, como explicara Irving Wallace en su obra, potencialmente una ninfomaníaca.

Sigmund Freud, lidiando en su clínica con tanta mujer desmoronada emocionalmente, en la misma época en que mi bisabuela no podía leer sin permiso, determina que la mujer envidia el falo del hombre, y no se refiere al órgano sexual. Se refiere al poder del hombre en el mundo, en donde la creación y la transformación, el trabajo intelectual, es exclusivamente masculino, una experiencia en la cual la mujer no puede participar. La mujer envidia el falo, dice Freud. Y ¿cómo no envidiar la posibilidad de crear—de ser la causa de algo—de dejar su marca en el mundo? Razón no le faltaba a Freud. Pero su solución: en este mundo, esto sería una imposibilidad para las mujeres. Deben de resignarse a su sexo, conformarse con ser madres.

A los seres humanos, cuando se les proscribe de tener incidencia en el mundo—desde su espacio, cualquiera que sea—es como si se les borrara, como si no existieran. Relegar a la mujer solamente a una función biológica de madre y cuidadora del hogar, actúa como un borrador. A eso se refiere Woolf cuando dice que una mujer necesita una habitación propia—su espacio lejos del mundanal ruido, de los cuidados de la casa, de los ojos que aprisionan y los pensamientos que enjaulan, de ser espejo de patriarcado—. La mujer necesita su propio dinero, o sea, independencia económica. Un oficio, una carrera que le abra las puertas a la autonomía.

Oliver de Ros

Y la pregunta. Una mujer que escribe ¿puede vivir de escribir? Primero, tiene que poder escribir; necesita esa habitación. Necesita espacio y tiempo propio, de la misma manera que la siembra necesita terreno, abono y tiempo para germinar. En mi experiencia, así es leer, así es escribir. Es una siembra, un germinar en el tiempo. No obstante, el tiempo de las mujeres rara vez es suyo. Su tiempo es de otros; se mide, se reparte y si no se usa, se gasta: ella está perdiendo el tiempo, cuando pudiera estar haciendo cosas por sus hijos. Está perdiendo el tiempo, en lugar de casarse y tener hijos. Está perdiendo el tiempo, en lugar de cuidar a sus nietos.

Cuando Freud relega a las mujeres a la maternidad como cura para la neurosis de su frustración, ya las mujeres hacía mucho escribían y bajo las condiciones más adversas. En el Siglo XVIII la escritora feminista Mary Wollstonecraft editó una antología para mujeres titulada La Lectora (1789). De cara a la pobreza cultural asignada a las mujeres, es una guía para formar mujeres intelectuales. Ya se debatía—si bien incipientemente—la entrada de la mujer a la vida pública y de las ideas, si no como contribuyente, al menos como participante. Pocas décadas después de publicado La Lectora, a la reconocida poeta Julia Ward Howe, su esposo le prohibió seguir escribiendo, por ser impropio de una mujer casada. Se dice que Howe llevó un pequeño escritorio infantil al ático de su casa, en donde se encerraba a escribir a escondidas. La metáfora de la infantilización y su relegación al cuarto oscuro es escalofriante.

Virginia Woolf escribió que, como mujer, ella no tenía país. Mi país, dijo, es el mundo entero.  La gente que lee mucho es así, el mundo entero es nuestro país. Pero en realidad, para cuántas mujeres que escriben, como Julia Ward Howe, o que desean escribir, ¡su mundo entero es un armario oscuro! Sin duda a esto se refiere Woolf cuando sugiere, sardónicamente, que la mayoría de la poesía publicada por “Anónimo” fue escrita por mujeres.

Oliver de Ros

Ítalo Calvino dice que cada vida es una enciclopedia, una biblioteca, un inventario de objetos. Me parece que, desde su visión de escritor, describe el mundo interior y perspectiva de los que leemos mucho. Mi mundo es el resultado de todo lo que he leído y es el tintero de todo lo que escribo. Me gustan más las ciudades que el campo o mar, porque en ellas hay más librerías y bibliotecas. Aprecio la tecnología que me permite llevar cientos de libros en un aparato que me cabe en la mano. De todas las ciudades que he conocido, las que más me gustan, a las que deseo volver, no son las que tienen playas hermosas, buena parranda o muchas tiendas. Son las que relaciono con libros y librerías y el mundo que eso conlleva: Nueva Orleans, Nueva York, Houston, Seattle, Boston. México. Ustedes quédense el cielo, a mí denme las librerías del DF. Cuando cuento que vivo parte del año en Miami, alguna gente me dice que me envidia. No me envidien, porque no abundan las librerías en Miami y, por ende, no abundan buenos museos ni buen teatro. En Guatemala, en cambio, he disfrutado en estos años un despertar literario gracias a mis maestros, formales e informales, de literatura latinoamericana. Ustedes quédense el cielo, a mí déjenme las librerías de usados del centro y la feria de libros en la Plaza Central.

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Me gano la vida con las palabras. Investigo, escribo, traduzco. Es precario. Más tengo suerte y no me falta trabajo. Probablemente porque me pasé la vida leyendo. Pero seamos honestas. Se me abrieron espacios porque pertenezco a una clase privilegiada a la que nos abren puertas más fácilmente que a otros. Tengo suerte porque alguien me pagó colegios privados, porque pude estudiar en el exterior. Es verdad que a pura beca en universidades estatales y trabajando hasta 3 trabajos juntos, criando 3 hijos. Con lo duro que me tocó y pienso en como lo hacen las mujeres sin pareja que les meta el hombro; no lo sé. Yo tuve suerte porque mi pareja creía en mí y me apoyó. Vi a demasiadas talentosas mujeres tirar la toalla porque era abrumante. “Las mujeres no se deben de meter si no van a poder”, dijeron algunos compañeros a quienes sus esposas en casa les cuidaban los niños en lo que ellos estudiaban. Y el padre soltero, rara vez tiene el problema de quien le cuide a sus hijos. Aun así, incontables estudios demuestran, y a mí me consta, que la mayoría de estudiantes que terminan la carrera son mujeres. Entonces ¿por qué la gran falta de representación de escritoras, periodistas, artistas y demás? No es por falta de talento ni de preparación. Es la falta de esa habitación propia, ese espacio que las mujeres, aún hoy día, tienen que escarbar hasta con uñas y dientes.

Yo tengo la mía. Creo que, en parte, es porque crecí en una casa de mujeres que supuestamente se salieron de la norma. Mi bisabuela enviudó joven. Su esposo, mucho mayor que ella, se negó a comprar un seguro de vida “para que no lo fuera a disfrutar otro hombre cuando él muriera”. Así, ya viuda, tuvo que buscar trabajo. Y sobrevivió. Pero le costó. Mi abuela se divorció—fue un escándalo—y también tuvo que trabajar. Mi madre y tías siempre trabajaron. Quiero enfatizar que ninguna “se salió de la norma”, porque no existe una norma. Eso es una fantasía. En Guatemala y en donde sea, siempre trabajaron las mujeres. Siempre. Sembraban, abrían empresas, manejaban los negocios de la familia, tenían oficios. Siempre hubo mujeres que leen. Mujeres que escriben. Otra cosa es que no se les abran espacios públicos, que no se les represente en el imaginario popular. Esas formas de invisibilizar ya deben de acabar.

Oliver de Ros

¿Quién es esta mujer que hoy escribe en su habitación propia? Una mujer que tuvo la suerte de poder siempre escoger sus libros y nunca pedir permiso para hacerlo. Y hoy estoy donde estoy, porque estoy parada sobre los hombros de otras que vinieron antes. Ojalá así sirva mi vida como escalón para las que vengan después.

Termino con las palabras de Virginia Woolf, que describe el espacio propio dónde escribo, donde sea que me encuentre: “Cuan mejor es el silencio; la taza de café, la mesa. Cuanto mejor es sentarme sola, como el ave marina solitaria que extiende sus alas sobre la estaca. Dejadme sentarme aquí por siempre con estas cosas desnudas, esta taza de café… las cosas por sí mismas, yo siendo yo misma”.

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