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Una compleja cuestión de identidad
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Una compleja cuestión de identidad

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Tipo de Nota: 
Opinión
13 02 18

El otro día, durante una reunión de amigos en casa, una excompañera europea —inmigrante también—, con quien cursé mi maestría y a quien tengo más de tres lustros de conocer, me preguntó si era indígena.

No sé si lo hizo porque alrededor mío había otras amigas latinoamericanas y tenía la intención de auscultar mis raíces o para comprender mejor la diversidad étnica en la región. La cuestión es que el tema se volvió más interesante cuando le expliqué que no me consideraba indígena, pues no contaba con algunos rasgos que me harían una persona genuinamente de ascendencia maya: soy hispanoparlante, ninguno en mi familia cercana habla algún idioma indígena, no visto sus trajes y no provengo de ninguna de las regiones indígenas del país.

No convencida con mi respuesta, la colega insistió: «¡Pero tienes una fisionomía y una nariz que te hacen lucir indígena!». Le contesté que indudablemente tengo raíces indígenas producto del mestizaje (y de violaciones, he de añadir) después de la conquista, pero que, hasta donde yo tenía conocimiento, en las tres generaciones que me anteceden ninguno de mis familiares tiene un vínculo directo con comunidades indígenas. Los apellidos de mis bisabuelos y abuelos son castellanos —excepto mi apellido paterno, que podría ser una voz indígena, pero también un apellido chino, alemán o inglés, aunque esto es tema para otra columna—. Además, en las fotos que he visto de mis antepasados no identifico a ninguno con algún grupo indígena. A pesar de mis respuestas, al día siguiente me escribió agradeciéndome por la velada y preguntándome si yo había torteado las tortillas que habíamos utilizado para las enchiladas de pollo que servimos en la cena, pues no recordaba haber comido unas tortillas tan deliciosas.

Traigo a colación esta anécdota porque seguramente más de alguno de nosotros hemos tenido que confrontar algún cuestionamiento relativo a nuestras peculiares identidades. Muchas veces nuestros interlocutores, basados en estereotipos, creen poseer la autoridad absoluta para asignar la identidad que consideran la más aceptable, es decir, la que más se ajusta a su concepción del otro o del mundo simplemente con base en apariencias. No en balde llaman a estas preconcepciones sesgos implícitos o inconscientes, y hasta la fecha mi conocida no ha reparado conscientemente en sus propios prejuicios. 

No recuerdo que en Guatemala me hayan formulado estas preguntas específicamente. Son más bien preguntas del primer mundo, que todavía es ajeno a conceptos de mestizaje. En Estados Unidos apenas se comienza a abordar del tema. Recordemos que hace todavía 51 años era un crimen que una persona blanca y otra negra se casaran en algunos estados. La película Loving ofrece una buena historia sobre el caso que Richard y Mildred Loving interpusieron ante la Corte Suprema de Estados Unidos, la cual falló contra el estado de Virginia en 1967 y abolió la prohibición del matrimonio interracial en todo el país. Desde entonces, el número de casamientos de parejas interraciales y de niños birraciales ha aumentado. De acuerdo con datos del Pew Research Center, la proporción de casamientos interraciales aumentó más de cinco veces, de 3 a 17 %, entre 1967 y 2015.

Teniendo en cuenta lo anterior, y dada la alta tasa de fecundidad en poblaciones llamadas de color, en menos de 30 años Estados Unidos empezará a parecerse más a sus vecinos del Sur, esos que Trump y sus consejeros temen y desprecian tanto. Para 2044 se estima que esta sociedad se convertirá en una mayoría de personas morenas. De hecho, en algunos estados ya es así.

El tema, pues, tiene serias implicaciones para el tipo de sociedad y de democracia representativa que se quiera alcanzar. Porque, como vimos, es evidente que hasta los inmigrantes más educados internalizan nociones poco matizadas sobre raza y etnicidad, con lo que revelan uno de múltiples retos para que emerja una democracia que refleje la riqueza de su diversidad. Pero quizá para entonces una nueva generación de estadounidenses habrá superado el legado de la supremacía blanca, que la actual administración desea reinstaurar luego del doble mandato del primer presidente birracial, Barack Obama. Quizá estará más acostumbrada a lidiar y relacionarse con compañeros de trabajo, supervisores, jefes y representantes políticos multirraciales que pocas dudas dejarán sobre su identidad.

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