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Thelma Aldana y el problema del candidato
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Thelma Aldana y el problema del candidato

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Opinión
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Sigue levantando aspavientos el contacto entre Thelma Aldana y una variedad de actores políticos por su intención de lanzar una candidatura a la presidencia.

En prensa y en redes sociales se comentó en particular el contacto de Aldana con el Movimiento Semilla. Llegando limpiamente a la meta de adheridos para inscribirse como partido, algunos le recriminan a Semilla que se siente a negociar la ficha con una candidata que no viene de adentro.

La crítica tiene mérito. Desde Serrano, los partidos han sido vehículos electorales para el caudillo y la camarilla que los forma o compra. Semilla ensaya, con sus adhesiones y asambleas municipales, algo distinto. Asociarse con Aldana bajo viejas reglas podría hacer daño.

A la vez, es ingenuo ignorar que un partido se beneficia de presentar figuras de liderazgo y de trayectoria reconocida. Aldana tiene ambas características. No podía ser mayor el contraste entre su eficaz anticorrupción y la aversión a la justicia de Morales y su canalla. Tanto que Aldana hasta podría desquitar con credibilidad la falta de superficial carisma.

Pero no salga aún a la calle, pancarta en mano, a corear: «¡Thelma en el 2019!». Reflexionemos otro poco.

Reporta La Hora que Aldana dijo a Associated Press que es «mujer de derecha y que cree absolutamente en la propiedad privada». Esto no es diferenciador. Apenas paga el piso de plaza para que los eternos y temerosos dueños de Guatemala no entren en diarrea nerviosa y la rechacen de entrada. Es decirles que sigan dormitando porque nadie les quitará sus cositas.

Pero agregó en la misma declaración que es de derecha «con matices progresistas». En esta yuxtaposición entre derecha y progresismo está la clave. No solo para Aldana, conste, que aquí ninguno desatará el nudo político si no aborda ese reto. Cualquier aspirante —Aldana incluida— debe dar respuesta creíble a cómo conseguirá el progreso.

Para subrayar, el problema no es ser de derecha o no. Aquí este término está lejos de describir una plataforma ideológica conservadora. Aquí más bien resume una mezcolanza de reacción, inmovilismo y cobardía histórica. Es una auténtica patología política. Por lo mismo, izquierda termina siendo el negativo de eso o, peor aún, un arma arrojadiza de los mismos reaccionarios y corruptos para descalificar a sus contrincantes. Blandir el término derecha no alcanza. Y pegarlo a progreso arriesga confundir más. Necesitamos algo más útil.

Por fortuna (y para desgracia de tránsfugas, caudillos y vendepatrias), sí hay un término mejor: democracia. La escapatoria de nuestro presente eterno no es clamar derecha o izquierda, sino reclamar democracia, procurar el gobierno de mayorías con garantía de minorías.

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Pero esto plantea un desafío en el que la primera retada es Aldana, aunque no sea la única. Ella habla de un proyecto amplio, y su punta de lanza es la anticorrupción. Es un buen grito de guerra, que reconoce en los corruptos el enemigo común que aúna los votos. Pero el tema de largo plazo, el objetivo común, necesita ser otro: la arquitectura de una sociedad mejor.

El desafío es que democracia no es solo destino: gobierno para todos. Democracia es también forma: gobierno de todos. Lo deben entender Aldana y cualquier aspirante legítimo, Semilla y cualquier organización limpia y los ciudadanos que queramos buena política. Hacer democracia es más que querer democracia. Hacer democracia exige escuchar a la mayoría y hacerle caso, aunque mande lo que el líder no quiere, pues él representa a esa mayoría. Democracia es querer el bien de la mayoría, pero procurarla efectivamente, no solo decir lo que queremos oír, como el falsario incompetente que ganó las últimas elecciones. Más aún, democracia es reconocer al marginado, a las minorías, pero también al contrincante, para incorporarlos como actores con plenas garantías. Esto inquieta a aquellos timoratos señores que siguen dormitando en el pasillo de la finca. Pero inquieta también a quienes reivindican a todo costo los derechos atropellados por esos mismos sempiternos dueños de la patria.

Con sus mecanismos de convocatoria y elección local, Semilla podrá construir entre sus seguidores los hábitos políticos que exige la democracia. Pero faltará consolidar la institucionalidad para hacerlos permanentes. Y 27 años de gobiernos a mi manera solo produjeron miseria, pues nadie conoce todos los problemas, nadie representa todos los intereses, nadie tiene todas las soluciones.

Aldana y cualquier candidato creíble, Semilla y cualquier partido legítimo tendrán que explicar cómo superarán estos retos: crear la institucionalidad democrática para escuchar a todos, ejercer liderazgo democrático para representar a todos, implementar políticas democráticas para servir a todos.

Hacer democracia exige escuchar a la mayoría y hacerle caso, aunque mande lo que el líder no quiere, pues él representa a esa mayoría.
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