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Sangre en primera plana

—¡Nos vemos en el próximo muerto! —se despide un fotógrafo.
“La nota roja es un apéndice del poder autoritario. Criminaliza todo lo que es “desviado”, Lara.
Bomberos municipales resguardan el torso de una mujer de 15 años.
Ocho casquillos de bala son la evidencia de la escena del crimen contra un taxista.
Periodistas de Nuestro Diario realizan las entrevistas que serán publicadas al siguiente día.
Tipo de Nota: 
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Sangre en primera plana

Tiempo aproximado de lectura: 19 mins
Historia completa Temas clave

Día tras día, grupos de periodistas recorren la ciudad en busca de muertos y heridos para llenar las páginas de los periódicos y los minutos de los noticiarios de radio y televisión. La nota roja se funde en el paisaje noticioso, y consigue hacer olvidar los cuestionamientos éticos que suscita y la ideología que la define.

Redes-lateral

Los disparos sonaron hace casi dos horas. Reporteros y fotógrafos llegaron tarde esta vez a la escena del crimen. La víctima, un taxista que esperaba pasajeros de madrugada, ya fue trasladada al hospital Roosevelt, en donde murió. Su taxi fue recuperado por su hermano antes de la llegada de las autoridades. Sólo las patrullas, la cinta plástica que delimita el perímetro de seguridad y los infaltables curiosos indican que en este redondel de la colonia Nimajuyú, zona 21 capitalina, algo ocurrió. Para ver rastros de violencia, hay que aguzar la mirada y acercarse hasta donde lo permite la cinta. Se observa entonces una pequeña mancha de sangre sobre la cual se ha pegado una bolsa de plástico rosada traída por el viento. Hay también unos casquillos sobre la cuneta invadida por las raíces de un árbol.

Esta mañana del 28 de enero empezó algo floja para los periodistas de nota roja que acudieron al llamado de los bomberos. La muerte de un taxista se ha vuelto un hecho común, un suceso de poco impacto en una ciudad como Guatemala donde según cifras oficiales, cada día son asesinadas 16 personas. Aun así, trabajo es trabajo, y el hecho amerita una pequeña nota, no más de un tercio de página, en los diarios del día siguiente.

Un somero reporteo brinda a los periodistas la información que necesitaban: el nombre de la víctima (Jhony Escobar Galindo), su edad (40 años), la posible razón del ataque (una extorsión no pagada), y algún detalle de lo ocurrido (el taxista esperaba clientes de pie fuera del vehículo. Un muchacho vino, le disparó al pecho y la cabeza, y salió huyendo, perdiéndose por los terrenos detrás del mercado y la Despensa Familiar). Edgar López, reportero de Nuestro Diario, se acerca a los compañeros del taxista quienes le dan buena información. Pero al llegar un policía a investigar, éstos se han vuelto mudos como tapias.

En este momento los fotógrafos no tienen mucho que hacer. Gráficamente, la escena es pobre: no hay cuerpo ni bomberos en acción ni familiares desconsolados. La única manera de obtener una fotografía utilizable es esperar la llegada de los fiscales del Ministerio Público.

Un peatón se acerca a hablar con Domingo Tercero, veterano reportero de Al Día.

—Ya no se puede trabajar, verdad —dice el hombre, señalando el lugar donde el taxista cayó.

—Qué desgracia. Uno pone un comedor o una tortillería, y ya le caen los malditos.

El tiempo se pierde en conversaciones. Los periodistas de nota roja forman un grupo unido y fraternal. Se ven todos los días, pasan las mismas fatigas, los mismos sustos. Son solidarios. Se comparten datos e incluso fotos, y cuando uno es agredido, acuden todos en masa a defenderlo. Durante las largas esperas cotidianas, se la pasan gastándose bromas o poniéndose al día de las cosas de la familia. Hoy hablan de comida, de lo mucho que se antoja, en el frío de la madrugada, un atol de elote.

Enseguida recuerdan anécdotas divertidas que tienen que ver con el oficio. Tienen mucha chispa y las carcajadas son inevitables. Con el tiempo han desarrollado su propio argot: los policías son “polacos” y los bomberos “chepes” o “bolos”, según si pertenecen a los Municipales o a los Voluntarios. Usan códigos policiales, y cuando hablan por teléfono, les gusta decir “afirma” y “copiado”, como si fueran soldados en un frente de guerra.

Están presentes los reporteros de Nuestro Diario, Al Día y Prensa Libre. Nuestro Diario es el medio que cuenta con más recursos para cubrir los sucesos en la capital. Dispone de un equipo (reportero, fotógrafo y a veces chofer) que se mantiene con la policía para reportar las capturas, y de dos equipos apostados en la sede de los Bomberos Voluntarios y de los Bomberos Municipales. De esta forma pueden perseguir las ambulancias y llegar al lugar de los hechos antes que las autoridades. Si hoy han llegado tarde, es porque el crimen ocurrió antes de las cinco de la madrugada.

Los que no cuentan con tanta logística tienen que contactar a los relacionistas públicos de los bomberos y la policía. Los periodistas también se alertan entre ellos a través de dos grupos de Whatsapp llamados “Nota Roja” y “Periodistas de Guerra”. En la nota roja, no hay competencia por la primicia o la exclusiva, y la colaboración es la norma.

¡Por fin! ¡Llega el Ministerio Público!

—¡Aaaaaleluya! Aaaaaleluya! —canta un fotógrafo. 

—¡Ya llegaron los numeritos! —dice riendo otro, en referencia a las señales amarillas que los fiscales colocan sobre las evidencias.

Un auxiliar fiscal, la mano cubierta por un guante de látex azul, saluda con entusiasmo a algunos periodistas.

Los fotógrafos se ponen en acción. Disparan mientras los fiscales van colocando los números sobre el asfalto, señalando los casquillos desperdigados. Las fotos no serán excepcionales, pero es lo que hay. El Ministerio Público culmina pronto su tarea.

Lentamente, la escena termina. La vida, alrededor, retoma sus dominios. Otros taxistas esperan clientes, intentando no pensar en lo ocurrido, en la posibilidad de un nuevo ataque. La Despensa Familiar abre sus puertas, los peatones dejan de prestarle atención a la esquina en donde un hombre acaba de ser asesinado. Las patrullas de policía intentan irse, pero no les funciona la batería. Los agentes, sintiendo sobre sus espaldas decenas de miradas socarronas, tienen que empujarlas por una pendiente.

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Los periodistas conversan un rato más entre ellos, esperando que el tráfico amaine. Luego, poco a poco, se van.

—¡Nos vemos en el próximo muerto! —se despide un fotógrafo.

El negocio de la nota roja

Se le llama nota roja a la cobertura mediática de los crímenes, accidentes y capturas. El género es tan viejo como el mismo periodismo, y los primeros diarios de la era industrial, en el siglo XIX, ya le otorgaban un espacio importante a estos temas.

En la década de los noventa, Guatemala se ha dotado de medios especializados en la cobertura de sucesos. En prensa escrita, los referentes son Al Día y Nuestro Diario. Este último conoce, desde su creación en 1998, un éxito indiscutible. Su tiraje, 250 a 300 mil ejemplares diarios distribuidos en los 338 municipios del país. En Facebook, tiene más de un millón de seguidores.

Son números de vértigo que posicionan a este matutino como el mayor de Guatemala. Según el foro SkyScrapper Life, Nuestro Diario es uno de los cinco primeros de Latinoamérica. Con 600 mil ejemplares al día, encabeza la lista Trome, un diario popular peruano especializado en nota roja y escándalos de la farándula.

La sangre vende. ¿Quién puede presumir de escapar a la atracción morbosa que produce un hecho violento convertido en espectáculo mediático? “El morbo es parte natural de la existencia”, explica el sicoterapeuta Raúl de la Horra. “Pero en las condiciones sociales e históricas en las que vivimos, este ocupa un lugar protagónico. Hoy, el único alimento de las masas pauperizadas e incultas es el chisme y su forma institucionalizada es la nota roja”

Otro elemento puede explicar, según de la Horra, el éxito de la nota roja: “Es una forma de exorcizar la violencia: uno se imagina que el baleado siempre va a ser el otro. Hay un suspiro de alivio del lector, porque la tragedia no le sucedió a él sino al de al lado.”

Sin embargo, para Abner Guoz, periodista de Nuestro Diario, quien habla a título personal, el éxito de los diarios populares guatemaltecos no puede explicarse sólo por la exposición de la violencia. “Creo que decir que estos diarios venden solo por las noticias de impacto es una falacia. Hay más contenidos que gustan a la gente”. Entre estos, menciona las noticias para la familia, espectáculos, deportes, y sobre todo, los suplementos departamentales que contienen información muy local. Señala también, como elemento clave del éxito de estos diarios, su estilo rápido, vocabulario sencillo, textos cortos, titulares de dos a cuatro palabras y el énfasis puesto en lo gráfico. “Esta forma característica de transmitir la información es la que permite llegar a la gente. Hay personas que no saben leer y que compran los diarios por las imágenes”, añade Guoz.

Quien sabe a la perfección qué es lo que buscan los lectores de los diarios populares es Mayra González, voceadora que cada día instala su carretilla de diarios y revistas sobre la Sexta Avenida de la zona 1. Esta mujer de 56 años, recién graduada de bachiller gracias a una beca de Prensa Libre, tiene perfectamente clasificados a sus clientes: los que buscan violencia compran Nuestro Diario y Al Día; los que son más serios o están buscando empleo, piden Prensa Libre; El Periódico lo leen cuatro o cinco personas interesadas en política; los morbosos se llevan la Extra y Sexo Libre.

“Cuando la portada de Nuestro Diario trae una bandera, una imagen de paz, no se vende. Se vende por las páginas amarillistas con pilotos muertos, desmembrados, capturas de mareros. También se vende cuando hay noticias como el regreso de Portillo, o como la captura de Barreda. Si aparecen los restos de la señora Siekavizza, también se va a vender”, explica González. Las ventas varían mucho según los días, y por eso los vendedores tienen que estar atentos a las noticias. “Si se escucha algo en Radio Sonora, o si nos llega el chisme de que algo pasó, entonces hablamos con la sectorista y le decimos: ‘hágame el favor de ponerme unos cincuenta Diarios más’”.

Sin embargo, admite que los diarios populares tienen contenidos variados que también interesan al lector. Entre estos menciona promociones, cupones, fútbol, horóscopo, noticias de moda, suplementos para niños y, en Semana Santa, la guía de procesiones.

Este día (5 de marzo) ha sido bastante bueno. La portada de Nuestro Diario muestra un aparatoso accidente y el cadáver cubierto de una mujer. La contraportada presenta a una modelo vestida con lencería fina y a Luís Suárez, delantero del Barça, celebrando un gol. “Ya no tengo Diarios. Al rato voy a ir a buscar más”, dice satisfecha Mayra González.

La ideología de la nota roja

Marco Lara Klahr, periodista e investigador mexicano que ha estudiado a fondo la forma en que los medios de comunicación transmiten los sucesos sangrientos, considera que la nota roja es el vehículo de una ideología muy clara: “la nota roja es un apéndice del poder autoritario. Criminaliza todo lo que es “desviado”. Mete en un saco todo lo “anormal”, como lo pueden ser diversas preferencias sexuales, disidencias políticas, credos y procedencias raciales minoritarios, y lo relaciona con la violencia, el delito y los problemas de seguridad. Es también un mecanismo de demonización del ciudadano pobre”.

La nota roja, agrega Lara, no ve los fenómenos como resultado de conflictos sociales, sino como comportamientos individuales. Cualquier conflicto social, en la nota roja, es punible y aniquilable por la fuerza pública.

Miguel González Moraga, integrante del consejo editorial de la revista Sala de Redacción, un medio especializado en periodismo, que monitorea los medios de comunicación y busca la profesionalización del gremio, coincide con Lara Klahr. “La nota roja es un género apasionante, pero mal enfocado ya que sólo presenta hechos sin contexto. Hace falta explicar más. Siempre hace falta un párrafo de contexto. Los diarios tienen que ayudar a entender la violencia”.

Cada día los medios de comunicación presentan las capturas realizadas por la policía. La fuerza pública se encarga de llamar a los medios de comunicación y de poner en escena a los capturados. En esta cobertura, en la que los periodistas únicamente transmiten la versión de las autoridades, cada detenido es visto como un delincuente. Esto, afirma Lara, es una grave violación a la presunción de inocencia, al derecho a la intimidad, a la dignidad o a la propia imagen. Por otro lado, añade, es una forma de legitimar prácticas autoritarias e invisibilizar la ineficiencia policial. “La mayoría de los capturados es liberada minutos después, pero el daño a su imagen ya está hecho”.

La cobertura de las capturas se erige, según el periodista mexicano, en un verdadero juicio paralelo en el que los medios de comunicación, a partir de una sola fuente, la policial, sentencian a personas que ni siquiera han sido presentadas ante un juez. En el “Manual para el periodista sobre el derecho penal acusatorio”, Lara recomienda a los comunicadores encargados de las fuentes policiales y judiciales, no revelar datos e imágenes relativas a las personas imputadas de delito, y no utilizar expresiones que las criminalicen. Y en el caso de las capturas, indagar si éstas se realizaron según estándares legales, y cuando los imputados presentan lesiones, investigar si estos fueron torturados por la fuerza pública.

Esta forma de trasmitir sucesos ha producido en Latinoamérica numerosos diarios populares, especializados, cuyos contenidos son brutales. El Extra de Costa Rica, Alarma de México, La Marea de Ecuador, publican en sus portadas imágenes con fotos que pueden llegar a ser insoportables. Otros, como Trome de Perú, prefieren atraer a sus lectores con fotos de modelos en bikini y titulares de primera plana como “Se pelean en el baño” o “Sólo fue un piquito”.

Ni la violencia extrema ni los titulares irónicos ni el lenguaje callejero suelen estar presentes en los diarios populares guatemaltecos, los cuales el sociólogo Gustavo Berganza califica de “soft porn”, en comparación con los diarios amarillistas mexicanos 

“Los diarios populares de Guatemala son conservadores y muy ortodoxos”, indica Abner Guoz. En efecto, Nuestro Diario y Al Día tienen normas bastante estrictas en cuanto a la fotografía. Los muertos casi siempre se muestran tapados por mantas que colocan los socorristas. En caso contrario, nunca se muestran sus rostros. La sangre se suele borrar con Photoshop. Lo mismo pasa con los otros diarios nacionales, como Prensa Libre. “En las fotografías se evita mostrar cosas muy sangrientas. Si lo son, se pixelea una parte, aunque esto equivalga a manipular la imagen”, indica Haroldo Shetemul, profesor de periodismo en la Universidad Mariano Gálvez. 

Existen otras normas gráficas que se autoimponen los medios. Por ejemplo, el no mostrar a pandilleros haciendo señas, ya que esto podría ser una forma de enviarse mensajes a través de la prensa. Tampoco se muestran ya los rostros de los menores de edad capturados. Sin embargo, es frecuente que se publiquen sus nombres. A veces, entre los fotógrafos de nota roja y la policía, hay acuerdos de estilo como por ejemplo, procurar que las tomas de los delincuentes capturados sean plano picado, el cual permite minimizar a los aprehendidos haciéndolos ver más pequeños, y a la vez, ayuda a los policías a esconder mejor su rostro bajo la visera de sus gorras. Pero estas pautas no tienen nada de sistemático ni están institucionalizadas.

De la misma manera, el lenguaje de la nota roja en Guatemala suele ser formal y periodístico. “Un diario amarillista es un diario que miente. Nosotros no mentimos ni inventamos”, defiende Edgar López, reportero de Nuestro Diario. “Acá se maneja de forma bastante profesional y se respeta mucho a las personas que mueren. Las notas tienen los mismos elementos que encuentras en una nota de política, de deportes”.

Para Marco Lara, existen indudablemente matices en la nota roja según los medios de comunicación. Sin embargo estas diferencias son formales y no esenciales: la ideología que vehiculan sigue siendo la misma.

Si la tendencia en Guatemala es hacia una cierta moderación en la imagen y los textos, pueden darse excepciones flagrantes. Como por ejemplo, la portada de Nuestro Diario que mostraba a una adolescente víctima de un linchamiento corriendo envuelta en llamas. Esta portada provocó indignación en las redes sociales. 

“El problema es que en Guatemala no se manejan manuales de estilo ni normas éticas bien establecidas”, indica González Moraga. Lo dejamos todo al buen juicio del periodista y del editor, pero el buen juicio cambia de persona a persona.”

Esta falta de directrices claras tiene como consecuencia el revictimizar a las personas golpeadas por una tragedia. “La familia sufre una pérdida, y al día siguiente la tiene que ver de nuevo en el diario, y todo el barrio también”, indica González Moraga. Peor aún: con imprudencia, los diarios suelen publicar la identidad, el barrio de residencia y fotografías de sobrevivientes de ataques, o de familiares de personas asesinadas, lo cual puede ponerlos en riesgo. “Lo que yo recomiendo a los periodistas, es que se pongan en el lugar de las personas que mencionan en sus notas”, añade González Moraga.

Otra excepción en el panorama periodístico guatemalteco es el semanario La Extra, dedicado exclusivamente a la nota roja. Poco difundido, este pequeño periódico de formato medio tabloide se publica sin nombre de periodistas, editores o director, ni dirección del medio. Puede encontrarse en algunos puntos de la ciudad capital.

La Extra se caracteriza por sus fotos violentas y su estilo lleno de localismos e insultos y trazos de un humor negro particularmente agudo y corrosivo. Sus titulares van del amarillismo más extremo (“Sus sesos quedaron en el asfalto”), a un tono jocoso e impertinente (“Mata a la competencia”, “Cacos les quiebran el culo”, “Vendían yerba de la buena”). En sus notas aplaude los linchamientos, ridiculiza a la policía por su falta de acierto o de rudeza y se ríe de los accidentes. La doble página central está dedicada a una serie de fotos pornográficas. Publicado anteriormente bajo el nombre de Sucesos, La Extra no goza de gran difusión. En la sociedad guatemalteca, la clave del éxito editorial, quizás no esté en la vena populachera y el exceso de imágenes violentas.

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Un reproche habitual en contra de la nota roja es que la exposición del público a imágenes violentas puede generar a su vez violencia. Haroldo Shetemul no comparte esta idea: “No hay que acusar al mensajero. El país es violento por sus características, sociales, culturales, económicas. Y eso se refleja en los diarios”. Recuerda además que todos sufrimos un bombardeo de imágenes violentas en la televisión y el cine. Tampoco está de acuerdo Abner Guoz: “Dejemos de publicar Nuestro Diario, dejemos de publicar Al Día, ¿van a decrecer los índices de criminalidad? Creo que no.”

Sin embargo, ambos admiten que la exposición constante de la violencia puede contribuir a banalizarla y a insensibilizar al lector. “Por eso la forma de exponer los contenidos es importante. Hay una responsabilidad del medio con la sociedad”, opina Guoz.

El próximo muerto

El próximo muerto no tarda en aparecer. Los periodistas de nota roja se movilizan hacia una colonia popular de San José las Rosas, Zona 6 de Mixco, en donde acaba de ser encontrado un torso. La policía ya está presente y ha acordonado un área que impide acercarse a menos de cincuenta metros del hallazgo macabro, cubierto ya por un plástico azul. Detrás de la cinta policial se ha concentrado buena parte de los habitantes del barrio.

Los periodistas no tardan en barajar hipótesis. Lo más probable, piensan, es que el torso pertenezca a la misma mujer cuya cabeza fue encontrada tres días antes en la zona 1, y corresponda también a la pierna y el brazo recuperados en Ciudad Quetzal. Sólo falta la confirmación del Ministerio Público para poder publicar que se ha encontrado parte del cuerpo de Luisa Fernanda Ramos Gudiel, una chica de 14 años, estudiante de primero básico en el instituto Muchachas Guías de Noruega, hija de un guardia de seguridad.

Los periodistas se preguntan también si la chica tenía relación con las pandillas y cuál clica tiene por costumbre realizar tales desmembramientos. Simple curiosidad intelectual ya que los diarios suelen no mencionar a las maras por su nombre para evitar que las publicaciones se conviertan en trofeos y símbolos de su impacto y poderío.

Los periodistas de nota roja son en cierta forma testigos de primera línea de lo que se suele llamar “la ola de violencia” que azota Guatemala. En contacto diario con la muerte, tienen que buscar la forma de protegerse emocionalmente. “Uno pierde sensibilidad”, lamenta Edgar López, reportero de Nuestro Diario. “Todos los días es lo mismo. El fallecido, las autoridades, los familiares que lloran, el levantamiento del muerto, los familiares que vuelven a llorar. Uno tiene que buscar cómo ocupar su mente durante la espera porque si nos compenetramos con ese dolor, nos afecta”.

A primeras, todos insisten en que el espectáculo diario de muertes violentas ya los tiene sin cuidado. La mayoría admite disfrutar de su trabajo, de las carreras a tumba abierta para llegar antes que los demás al lugar de los hechos, de la adrenalina que generan las coberturas complejas y tensas y del compañerismo en el gremio. Sin embargo, si uno insiste un poco, los periodistas admiten no ser tan fríos como quisieran parecerlo ni tampoco tan inmunes. “A veces llegas a una escena del crimen y te preguntas, ¿cómo puede alguien hacer estas cosas? Uno pierde fe en la humanidad”, dice Estuardo Paredes, fotógrafo de Prensa Libre. 

“A mí me afecta cuándo son niños los fallecidos”, agrega Paredes. El comentario es frecuente entre los reporteros de la nota roja. La mayoría son padres de familia (la fuente es cubierta en su mayoría por hombres), y no pueden evitar pensar en sus hijos cuando tienen que cubrir asesinatos de niños de la misma edad.

“A mí me tocó cubrir el accidente de bus en San Martín Jilotepeque y vi a los bomberos sacar bebés con fracturas expuestas. Hay veces, cuando estoy con mis hijos en que yo no quiero salir a pasear, pensando en lo que he visto”, confiesa Wilver Martínez, fotógrafo de Nuestro Diario. Martínez fue el primer fotógrafo en llegar cuando ocurrió el bombazo al bus de rutas Quetzal, el 3 de enero de 2011. Cuenta haber llegado cuando el bus aún ardía y se escuchaban los gritos de las personas atrapadas dentro. Como si estuviera en una película, narra, fotografió cuerpos calcinados, niños cuya piel quemada se desprendía al mínimo roce, personas buscando a sus familiares entre los cadáveres. Respiró un humo mezcla de plástico, carne y combustible quemados cuyo olor aún recuerda con nitidez. “Cuando volví a mi casa y se me bajó la adrenalina, lloré”, recuerda aún conmocionado.

Al respecto, Miguel González Moraga, de Sala de Redacción, lamenta que no exista atención sicológica o algún acompañamiento que permita a los periodistas liberarse del estrés y los traumas de la profesión.

González Moraga también lamenta que no existan protocolo mínimos de seguridad para periodistas, quienes acuden a coberturas peligrosas con cierta inconsciencia. Recuerda el ejemplo del reportero de Noti7, Aníbal Archila, quien falleció por acercarse demasiado al volcán Pacaya en erupción. “Nos gana la adrenalina y se toman riesgos. Pero ninguna nota merece exponer su vida”, afirma González Moraga.

Llega el Ministerio Público a San José las Flores para analizar la escena del crimen y levantar el cuerpo desmembrado. Un periodista se alegra:

—Miren, ¡vino el fiscal buena onda!

La popularidad del fiscal se explica porque suele compartir información con los reporteros. Estos últimos se le acercan y se ponen de acuerdo con él. El fiscal va a destapar el cuerpo y les indicará por señas si corresponde a un hombre o a una mujer. Si levanta un dedo, es un hombre, si levanta dos, es mujer.

Un perro callejero penetra en la escena del crimen, interesado por la basura que rodea el cuerpo. Un policía lo ahuyenta a pedradas. Los agentes del Ministerio Público destapan el cuerpo. El fiscal “buena onda” lo contempla unos segundos sin dejar transparentar ninguna emoción, y enseguida hace la seña. Levanta dos dedos. Es una mujer.

Los periodistas ya tienen todos los elementos. Pueden volver a sus respectivas redacciones, escribir las notas y entregar a sus ávidos lectores su ración diaria de sangre y violencia.

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