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Mano nueva, bonita y barata: cómo una impresora 3D puede regresar la esperanza
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Mano nueva, bonita y barata: cómo una impresora 3D puede regresar la esperanza

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El sonido de las impresoras se asemeja al de una fotocopiadora. Las capas de plástico se acumulan una sobre otra para crear la figura que toma forma poco a poco. En cuestión de horas, la máquina servirá para devolverle la esperanza a una persona. Crear una prótesis de mano o de brazo, con pulgar oponible y cuatro dedos incluidos, ahora cuesta menos de 50 dólares.

James tiene dos años. Sus padres llegaron al Proyecto de Rango de Movimientos (ROMP, por sus siglas en inglés) en Zacapa hace poco menos de un año. El niño nació sin una pierna y su única manera de movilizarse era arrastrarse por el suelo. Poco a poco, James se levanta. La prótesis que le fabricaron en ROMP le ha cambiado ya su corta vida. Ahora, a sus dos años y medio, camina, se cae, se levanta, ríe. Pero, sobre todo, puede hacer las cosas por sí mismo. La historia la cuenta Vivian Aragón, administradora de la organización mientras da un tour por la clínica.

A 150 kilómetros de distancia, en la ciudad capital, Julio se sienta en la oficina 305 de la Universidad Galileo. Perdió su brazo tras un accidente de motocicleta y del muñón prende una prótesis biónica. Hay cables por todos lados. Uno a uno, los dedos de la mano robótica se abren. Con cada movimiento, Julio sonríe un poco más. Los dedos vuelven a cerrarse. Juan Diego Cardona, integrante del Turing Lab y del equipo de la Galileo Hand, cuenta que esta nueva prótesis aún está en fase de prueba, pero al terminarla podrá ser de Julio, quien previamente fue beneficiado con una de las prótesis mecánicas que fabricaron en ese laboratorio.

En la zona 9, no tan lejos de la Galileo, Fátima está rodeada de familia y amigos. Su nuevo brazo es rosado, un color que ella pidió al equipo de Imprende y que combina con su ropa. Por primera vez, la niña puede recoger una botella de plástico de la mesa. Ríe y sus familiares aplauden, algunos limpian sus lágrimas de manera poco discreta.

Andrea Godínez

Por cuestión de destino, información o acceso, las tres personas llegaron a organizaciones diferentes para buscar solución a un mismo problema: la falta de una extremidad. En dos de los casos, las impresoras 3D jugaron un rol crucial al permitir el ensamblaje de una prótesis funcional en menos de 48 horas y con un costo que oscila entre los 385 y los 1,155 quetzales. En el mercado, el costo de una prótesis de gancho, las que se han usado tradicionalmente, es de 20 mil quetzales.

Se consultó al Ministerio de Salud Pública y Asistencia Social (MSPAS) para saber cuántas prótesis para brazos y piernas ha adquirido y el costo de cada una. Sin embargo, el área de comunicación informó que son las unidades ejecutoras las que hacen esa compra por lo que le habían pedido el dato a cada una. Para el cierre de la nota, el dato aún no estaba disponible. Al consultar Guatecompras, se observa que el MSPAS y el Instituto Guatemalteco de Seguridad Social (IGSS) adquieren prótesis. Las que más se observaron son de pierna, cadera y ojo. El costo de las de pierna oscila entre los 10,000 y 11,000 quetzales.

La Encuesta Nacional de Discapacidad (ENDIS), publicada en 2016, señala que 10.2 % de la población guatemalteca tiene alguna discapacidad. Sin embargo, no hay cifras específicas acerca de la cantidad de personas que sufrieron una amputación. El Consejo Nacional para las Personas con Discapacidad sostiene que ese tipo de datos no existen, y que ellos se basan en la estadística de personas que tienen problemas de movilidad. Lo que se tiene por seguro es que la demanda de prótesis es alta. ROMP ha dado más de ocho mil en sus 14 años de vida. A Imprende llegan correos todos los días de personas que buscan un aparato para ellos, sus seres queridos o algún conocido. Los entrevistados aseguran que la mayoría de casos son por accidentes, enfermedades, y, en un menor porcentaje, por problemas congénitos.

El inicio de uso de impresoras 3D en la medicina lleva varios años en investigación. En Inglaterra y Estados Unidos, se estudia la posibilidad de crear órganos y tejidos. Las prótesis para brazos iniciaron entre 2010 y 2011 en el Reino Unido. Al volverse abierto el código, la ola se expandió rápidamente.

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Una impresora 3D permite crear objetos con ancho, alto y profundidad, lo que la hace útil para diseño, arquitectura, actividades industriales y la medicina. Para imprimir un objeto se necesita crear un código en la computadora, guardarlo en una tarjeta de memoria, e insertarla en el aparato. El tiempo de la impresión depende de lo que la persona quiera crear. Una pieza para una prótesis, por ejemplo, puede tardar desde 20 minutos hasta varias horas. El precio de una impresora de este tipo está entre los 160 y los 2,500 dólares, dependiendo de la capacidad de impresión.

El uso de impresoras 3D para la fabricación de prótesis en Guatemala es reciente. La Universidad Galileo empezó a crear la Galileo Hand en 2013, Imprende inició el proyecto Imprimiendo Esperanza en 2016, y ROMP recibió en 2015 la donación de dos impresoras y el código, de un ingeniero canadiense. Todos concuerdan en que es una alternativa viable para llegar a más personas, pues es rápida, de bajo costo, y accesible. Sobre todo, en el caso de los niños, quienes tienen que cambiar piezas o altura de la prótesis cada seis meses o quienes por ser más inquietos son más propensos a necesitar un repuesto o cambio.

Andrea Godínez

Una prótesis creada con una impresora 3D se puede fabricar y armar entre 48 y 72 horas. Una prótesis normal puede hacerse en el mismo tiempo, si se tienen todas las partes a mano. De lo contrario, se debe esperar por el repuesto, que usualmente se compra en el extranjero, lo cual puede tardar semanas. La ventaja que permite la impresora radica en que puede fabricar los reemplazos casi inmediatamente. El material que utiliza Imprende para realizar sus prótesis es ácido poliláctico (PLA). La Universidad Galileo inició con este material antes de trasladarse a los de polimerización de acrilonitrilo, butadieno y estireno (ABS). Esto debido a que el ABS resiste más a los cambios de temperatura por lo que la deformación de la pieza es menos probable. Ambos son baratos, según explican los entrevistados, pues lo adquieren por kilo. El kilo cuesta 30 dólares y alcanza para realizar 5 manos.

La tecnología al rescate de la movilidad

Todo inició con un robot en la Universidad Galileo. Primero fue la cabeza, luego los hombros y cuando llegaron a los brazos, Ali Lemus, Víctor Ferman y Julio Fajardo se dieron cuenta que podían hacer prótesis mecánicas a bajo costo. Ya tenían la impresora, solo era de crear el código y hacer pruebas. Las autoridades de la casa de estudios accedieron. En 2015 nace la Galileo Hand. Hasta la fecha, cuatro personas han sido beneficiadas por este proyecto y el equipo se encuentra en proceso de probar una prótesis biónica, también hecha con la impresora 3D.

A Juan Diego Cardona, asistente de investigación, y al resto del equipo, los llenan las ganas de aprender e innovar. Sentado en la mesa afuera del Turing Laboratory, el joven comparte vídeos de las distintas personas que han recibido una mano prostética y de las pruebas que se han hecho. Pasa la foto de Maickol, un niño que no tenía sus extremidades superiores y a quien le dieron prótesis. Meses más tarde, los padres del niño contactaron a los miembros del equipo para contarles que la motivación de su hijo aumentó tanto que llegó a ser abanderado de su clase. En el siguiente vídeo está Don Abel, un exmilitar, quien usa su prótesis para tomar una botella de agua. Sonríe mucho porque es una de las pruebas en las que no apretó demasiado el objeto al tomarlo con la prótesis.

El código de la Galileo Hand está en línea, disponible para el público y para que cualquiera con una impresora 3D puede descargarlo y usarlo, incluso hay un instructivo para armar la prótesis. Si la vendieran, esta tendría un costo de 50 dólares. Por otro lado, el prototipo biónico en el que trabajan tiene un costo menor de 500 dólares. Julio Fajardo, uno de los creadores del proyecto, dice que la prótesis se podría hacer más especializada y funcional, pero que eso aumentaría el costo.

Andrea Godínez

Fajardo trabaja el proyecto de la mano biónica junto con una universidad de Brasil. En su computadora muestra vídeos de las distintas formas en la que los dedos del prototipo pueden moverse. Varían desde el agarre del gancho para tomar una taza hasta el signo del rock n’ roll.

Cardona posee una caja en la que se encuentran todas las muestras de prótesis en las que han trabajado. El primero y segundo modelo son mecánicos. Funcionan por el movimiento que la persona debe hacer al mover sus hombros. Los dedos se abren y se cierran conforme la persona se mueve.

Por otro lado, está el primer prototipo biónico. Es una fusión entre piezas de impresoras 3D y motores internos. ¿El problema? La mano es demasiado grande. Ni siquiera a una persona muy alta se le vería “normal”. “No tiene el tamaño de una mano y tuvimos que trabajar en eso”, dice mientras hace la comparación con la de él y con el resto de los modelos. “La nueva -la saca de la caja- ya es más pequeña y tiene motores individuales que hacen mejor los movimientos”, explica mientras saca la versión más reciente. Julio, a quien donaron una prótesis mecánica hace algunos años, es la persona designada para hacer la prueba de la mano biónica. Sin embargo, el modelo aún no funciona al 100 % por lo que sigue en proceso de investigación. Pero cada día se acercan más.

La ventaja que tiene el equipo de la Galileo es que cuenta con recursos económicos y apoyo de la universidad. Esto les permite pasar los días investigando cómo mejorar sus códigos.

A unos cuantos minutos de la Galileo se encuentra Imprende, una empresa de diseño industrial. A diferencia del equipo de la casa de estudios, su trabajo no se centra únicamente en las prótesis, aunque Audrey Gordon, diseñadora, asegura que le gustaría que así fuera.

Imprende inició hace cuatro años como un emprendimiento de Sebastián Ayau, Javier Bauer y Felipe Weller. Empezaron trabajando con impresoras 3D y aprendieron de las prótesis tras un proceso de investigación. Su proyecto, Imprimiendo Esperanza, inició hace tres años con el apoyo de la Fundación Rozas-Botrán, que es la encargada de gestionar los fondos. Los códigos que usan son Enable para la prótesis de mano y Un-Limbited para la de brazo completo.

Gordon explica que al principio las prótesis se imprimían en blanco, pero les quisieron dar más personalidad por lo que iniciaron a trabajar con colores para que las personas pudieran personalizarlas. Hasta el momento han beneficiado a 15 personas, pero esperan conseguir fondos para hacer más, pues todos los días reciben algún correo, mensaje o llamada de alguien que necesita una prótesis o conoce a otra persona que podría ser beneficiada.

El problema es que no pueden ayudar a todos. Los pacientes deben tener por lo menos la muñeca o el codo para poder accionarla. “De lo contrario, sería una prótesis estética cuando lo que queremos es que sea funcional. Quizás no va a ser como una prótesis biónica, pero sí va a ser útil”, explica mientras muestra algunos prototipos que han quedado en la oficina.  El que resalta es una mano pequeña, le pertenecía a Darwin, un niño al que tuvieron que darle una nueva después de perder varias piezas por ser inquieto y quererse mover por todos lados.

Andrea Godínez

Los costos de las prótesis de Imprende son más elevados que los de la Galileo Hand. Los aparatos de niños cuestan 1,500 y 2,500 quetzales, de mano y brazo respectivamente. Los de adultos 2,500 y 3,500 quetzales.

“La mayoría de personas son de escasos recursos. Buscan a fundaciones porque no pueden pagar una prótesis”, cuenta Gordon. Los casos que más ha visto han sido por accidentes o quemaduras. Por ejemplo, el de María Timotea, quien trabajaba en una tortillería y perdió su mano en la moledora de maíz.

Otro problema que han encontrado, aparte de los fondos, es la necesidad que existe para prótesis de pierna. Les han llegado cerca de 25 solicitudes que tienen en espera. Aunque en el mercado existan prototipos, los diseñadores de Imprende no quisieran arriesgarse hasta no tener algo seguro. “No trabajamos esa prótesis porque se necesita fusionar con otros materiales porque necesita aguantar el peso del cuerpo, y el plástico no lo hace”, explica Gordon.

Un oasis en el hospital de Zacapa

ROMP tiene 14 años de dedicarse a hacer prótesis. Inició en 2005 cuando el estadounidense David Krupa llegó a Guatemala para hacer un trabajo de investigación. Conoció a Luis Aragón, quien es el actual director de ROMP Guatemala y padre de Vivian Aragón, la representante legal de la organización. “David le preguntó a mi papá si quería aprender a hacer prótesis y dijo que sí. Mi hermano también quiso aprender. Mi hermana también estuvo acá un tiempo, pero se casó y se fue. Vine yo, y quien lleva la bodega es mi esposo”, cuenta Vivian mientras da un recorrido por el centro de rehabilitación en Zacapa.

El lugar se encuentra en el parqueo del Hospital Regional. Tiene dos clínicas, un área para bodega y talleres para realizar las prótesis.

Juan Carlos Juárez llegó por su prótesis de pierna hace cinco años luego de perderla en un accidente de motocicleta. En el Instituto Guatemalteco de Seguridad Social consiguió una primera prótesis, pero era muy dura e incómoda. En ROMP obtuvo otra de mejor calidad por tres mil quetzales. Le ha durado hasta hoy y la muestra para recalcar el buen trabajo que se hizo con ella. También levanta la prótesis que usa para trotar, la cual le regalaron durante una jornada en ROMP. “Estas valen 20 mil  dólares y acá me la dieron gratis”, explica emocionado.

Andrea Godínez

La mayoría de personas que llegan al lugar, cuenta Aragón, han sufridos accidentes o enfermedades como la diabetes. A los pacientes les piden una donación para darle la prótesis. Este dinero sirve para el funcionamiento de las instalaciones, el taller, y otros gastos administrativos. Aunque el equipo de ROMP asegura que hacen estudios socioeconómicos y la donación puede variar dependiendo de la persona. “Aún con ese dinero, sale más barato que ir por una prótesis a otro lugar en donde puede salir hasta en 30 mil quetzales”, señala Aragón. 

En un día pueden recibir entre cinco y diez personas. Ya sea para llegar a tomarse medidas, recoger su prótesis o pedir cambio de piezas. Aragón y su familia tratan de acordarse de ellos porque “siempre regresan, aunque sea cuatro años después”. Además, les da una oportunidad de ver cómo la prótesis ha cambiado su vida. “Muchos se motivan y consiguen un trabajo. Están más animados, sonrientes”, cuenta. Su celular suena y atiende la llamada. Es su padre, quien se encuentra en el Hospital Roosevelt hablando con médicos. “Queremos formar alianzas con los hospitales para que mejoren las amputaciones. A veces los doctores prefieren cortar arriba de la rodilla y arriba del codo. Cortar arriba de la articulación significa más trabajo, más piezas, mayor dificultad para el paciente, y una prótesis menos funcional”, explica.  

ROMP sobrevive de las donaciones de los pacientes. Los implementos para las prótesis son donados por norteamericanos. Ellos únicamente las arman. “Enero ha sido un mes bajo. Hemos dado 20 prótesis. Usualmente damos entre 30 y 35. En un buen mes hemos llegado a dar 45”, explica mientras enseña el taller en el que realizan las distintas prótesis de pierna, brazo, y mano. En el cuarto del fondo se encuentran las dos impresoras 3D que llevan varios años de ser utilizadas. Fueron una donación luego de que Nikolai Dechev, un ingeniero canadiense, les brindara el código para realizar una prótesis con los aparatos. El costo de la prótesis es menor a 200 dólares y ha ayudado a 25 guatemaltecos. Su funcionamiento es similar a las de Galileo e Imprende aunque utilice un código completamente distinto.

A diferencia de los otros lugares, las impresoras no estaban funcionando. Se encuentran en una vitrina, a la espera de algún paciente. Aragón cuenta que es porque únicamente se sacan cuando la persona que las requiere llega. De acuerdo a las estadísticas de ROMP, alrededor del 7 % de pacientes llegan por falta de alguna extremidad superior. El resto, cerca del 89 %, se acercan al lugar por falta parcial o completa de la pierna, y para ella no utilizan las impresoras. Además, para que un candidato sea viable para la prótesis debe tener su codo. De lo contrario, se le dará otra clase de prótesis.

ROMP se vio en apuros en 2011 cuando no tuvo suficiente dinero y casi cierra las puertas de la clínica. Fue el gobierno de Álvaro Colom el que les dio un subsidio de 300 mil quetzales para fabricar 100 prótesis. Es el único año que han recibido ayuda gubernamental. Eso los mantuvo a flote, aunque el miedo siempre regresa. No quieren dejar de funcionar por lo que siempre están en búsqueda de pacientes o de alianzas con organizaciones. Ahora se encuentran trabajando con un grupo de representantes de Retalhuleu para llevar prótesis allá. También están en pláticas con un proyecto en Honduras.

Aragón espera que puedan usar más la impresora 3D, también quieren probar prototipos para las prótesis de pierna, pero no hay nada seguro por la complejidad que presentan.

Las personas que no tienen alguna extremidad hacen lo que sea por conseguir prótesis. Por el momento, tienen tres opciones Imprende, ROMP y la Universidad Galileo sobre la mesa. Tres opciones que aún no se conocen entre sí.

 

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