Salamá. Los puentes de la memoria

Salamá posee un emblemático puente de madera que fue sustituido por uno de concreto para soportar el peso de la modernidad. Hasta la fecha, el puente viejo se mantiene de pie, apoyado sobre unas enormes bases que le han permitido resistir la fuerza del río. Como el puente, la memoria evita que el torrente de la vida nos arrastre hasta la vorágine.

Gerardo Lemus

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La vida nos comenzó a arrastrar —lejos de Salamá— después de que el anticomunismo cobrara la vida de mi abuelo, el mismo día del nacimiento de mi papá. “Lo mejor para todos” fue derribar uno de los extremos del puente de su memoria, ocultando su identidad, pues a partir de la contrarrevolución de 1954 pasó a ser un enemigo público —un comunista— que tenía que ser eliminado hasta del recuerdo de su hijo, para asegurarse de que no terminara siendo igual que su padre.

A finales de los años ochenta, luego de una larga historia familiar que estuvo marcada por la violencia y las intrigas que hicieron que mi papá rompiera relación con su familia y no volviera a poner un pie en Salamá, el cáncer de mi abuela los hizo reconciliarse. Nadie se imaginó que la quimioterapia y su fortaleza fueran suficientes, pero ella lo afrontó y logró sobrevivir más de diez años. Durante ese tiempo, viajamos casi todas las vacaciones de Quetzaltenango a Salamá para estar con ella: una maestra jubilada, diabética, viuda de un primer esposo del que nunca le gustó hablar, sobreviviente de un segundo marido —alcohólico y violento— que destruyó la niñez de mi padre y sus hermanos, madre de cuatro nietos a los que cuidó hasta el último día de su vida, guía de una jauría de perros que la seguía a donde fuera, y con la que parecía entenderse mejor que con las personas.

Yo tendría unos cuatro años cuando conocí Salamá por primera vez. Año con año, íbamos con mis primos a las posadas, a bicicletear y a nadar a los ríos; hacíamos guerras de canchinflines en las que casi siempre terminábamos agarrándonos a pedradas con los vecinos; y asistíamos a los torneos de básquet que casi siempre terminaban a trompadas en la duela y en los graderíos. Me tocó pelear un par de veces y otras veces vi pelear a mis primos, porque nos habían metido en la cabeza que había que hacerse respetar a golpes, como lo habían hecho mi papá y mis tíos. La familia de mi abuela se jactaba de una larga tradición militar que, de generación en generación, había participado en la Rebelión de los Montañeses, en la Revolución Liberal, en la Guerra del Totoposte, en la rebelión anticomunista de marzo de 1953, en la contrarrevolución de 1954 y en el Conflicto Armado Interno.

Pero pasaron los años, volvió el cáncer y se llevó a mi abuela. Antes de que nos diéramos cuenta se había vuelto a romper la relación familiar y no volvimos a Salamá. Seguimos con nuestras vidas y cada quién agarró su propio camino. Me mudé a Guatemala para terminar de estudiar la carrera de ingeniería que había comenzado en Quetzaltenango, pero después de un par de años deserté y terminé estudiando antropología. Luego de cerrar cursos, pasé un par de meses en una especie de limbo pensando que no había aprendido gran cosa en la universidad y me deprimía no haber definido ni siquiera un tema de investigación que me interesara.

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Por curiosidad, comencé a revisar el Archivo Digital del Archivo Histórico de la Policía Nacional de Guatemala. Lo aprendí a usar haciendo búsquedas con  los nombres de algunas de las personas que fueron desaparecidas durante el Conflicto Armado Interno. Cuando se acabaron los nombres que sabía, se me ocurrió poner el de mi abuelo porque, según le habían contado a mi papá, había pasado varias veces por la cárcel durante los años de la contrarrevolución. No encontré nada sobre él en las fichas maestras, pero encontré unos libros de actas de la Guardia Civil de Baja Verapaz, en las que se hallaba el registro de su captura el 23 de enero de 1955. Lo acusaban de ser comunista; y se registraba su defunción, del 25 de abril 1960. El Archivo de la Policía Nacional me llevó al Archivo de Centroamérica, en donde encontré la resolución de un amparo que interpuso en contra del entonces Ministro de Educación Pública por haber anulado sus estudios, inhabilitándolo como maestro empírico, al mismo tiempo que le truncaba la posibilidad de seguir estudiando.

Platicando por esos días con un amigo que andaba en las mismas, tratando de problematizar algo para construir un tema de investigación, me recomendó leer Panzós: la última masacre colonial, de Greg Grandin. Le parecía que me podía ser útil la forma en la que el autor estudió tres generaciones de líderes campesinos de la región q’eqchi’. Compré el libro, comencé a ojearlo y de primas a primeras di con un pie de página en donde se hablaba de un líder agrarista llamado Miguel Guzmán que, durante la implementación de la Ley de Reforma Agraria del gobierno de Jacobo Árbenz, había sido uno de los enlaces entre los líderes q’eqchi’s y el Partido Guatemalteco del Trabajo (PGT), el Sindicato de los Trabajadores de la Educación (STEG), la Central Nacional Campesina de Guatemala (CNCG) y los Comités Agrarios Locales (CAL) de Alta Verapaz. Leí detenidamente el libro y, después de verificar las fuentes en el Archivo General de Centroamérica, comprobé que él y mi abuelo eran la misma persona.

Al compartir la información con mi papá, él contactó a través de Facebook a alguien de su familia paterna para ver si sabían algo. El silencio que durante más de 55 años se había construido sobre mi abuelo comenzó a caer por su propio peso y se retomó la comunicación con el hermano más pequeño de su núcleo familiar. Revisando los “amigos en común” de los primeros contactos que hizo mi papá por Facebook con su familia, me percaté de haber conocido —sin saberlo— desde hacía varios años a una sobrina de mi abuelo que terminó siendo prima hermana de mi papá, por los dos lados, a través de uno de esos reencadenamientos familiares que parecen sacados de Cien años de soledad. Unos días después la encontré en la calle, nos reconocimos, y se convirtió a partir de ese día en una especie de cómplice en todo esto.

En menos de dos meses comenzó a construirse en mi cabeza una historia de vida que había estado oculta para nosotros y que todavía había que corroborar con la memoria de sus hermanos. Después de una ausencia de casi 15 años, decidí volver a Salamá. Como prácticamente no conocía a nadie que no estuviera muerto, recuerdo que la primera vez que regresé no tenía otro lugar a donde ir que no fuera el cementerio. Pasé el primer día limpiando las tumbas de mis dos abuelos y cuando terminé de adornarlas me quedé construyendo árboles genealógicos, con los datos de las lápidas de los nichos familiares que me llamaron la atención, mientras trataba de quitarme el miedo de ir a tocar las puertas de los hermanos de mi abuelo —a los que nunca había conocido— para dejarles caer de golpe la información que tenía.

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Gerardo Lemus

Los hermanos de mi abuelo ignoraban una buena parte de la trayectoria política del que hubiera sido su hermano mayor, pero conocían muchos detalles sobre el tiempo que estuvo escondido y el que pasó preso en la penitenciaría de Salamá. Una prisión que históricamente había servido como uno de los centros de tortura más crueles para los presos políticos del gobierno que estuviera de turno. Uno de sus hermanos me contó que cuando lo iban a ver a la cárcel él salía arrastrándose. No aguantaba a ponerse de pie porque de madrugada lo sacaban de su celda y lo metían de cabeza en una pileta llena de agua para que se ahogaran sus gritos mientras destrozaban a macanazos las plantas de sus pies. Y después de varios meses de estar preso en Salamá, lograron conseguir una orden para trasladarlo a la Penitenciaría Central de Guatemala, en donde aparentemente iba a recibir un mejor trato. Pero era tanta la saña que tenían contra él y otro preso político que estaba en las mismas condiciones, que los obligaron a irse caminando con los pies destrozados para que sufrieran en la marcha lo que no iban a sufrir en la cárcel de Salamá.

Hasta el día de hoy he conocido tres versiones sobre lo que pasó cuando salió de la prisión. En una se dice que estuvo exiliado en El Salvador, en otra que nunca estuvo en el exilio y en la última —que es la que más me gustó— que estuvo exiliado en México, trabajando como mariachi, pero se deprimió demasiado y prefirió regresar. Por ahora, lo único que sé con certeza es que tarde o temprano regresó a Salamá, lo inhabilitó el Ministerio de Educación Pública para que no pudiera seguir ejerciendo como maestro empírico; intentó seguir estudiando y lo terminaron expulsando por haber comenzado a organizar a los estudiantes en el Instituto Prevocacional Mixto.

Transgresor hasta en su propia familia, se casó con mi abuela, que era la hija de un anticomunista del Movimiento de Liberación Nacional (MLN), que por si no fuera poco, también era su pariente. Hasta el cuello de problemas en Salamá, se mudaron a Granados en donde a través de las redes que sobrevivieron en las alcaldías del Partido de Acción Revolucionaria (PAR), logró conseguir trabajo como tesorero en la municipalidad. Aparentemente siguió activando desde la clandestinidad en el PGT y poco tiempo después mi abuela quedó embarazada.

Según me contaban, mi abuelo desapareció el mismo día que él y mi abuela tenían planificado viajar, al centro de salud de San Juan Sacatepéquez, para dar a luz a mi papá. Ella lo esperó hasta donde pudo aguantar y cuando vio que no volvía decidió irse sola. Un par de días después, ella regresó a Granados con el bebé en los brazos, encontró la puerta entreabierta y a mi abuelo convulsionando en el suelo en un charco de vómitos y sangre. Asustada, trató de estabilizarlo por sus propios medios. En esos años era bastante común que envenenaran a las personas y a los animales con camotillo, una planta que tiene la particularidad de mantener en estado agónico, a quien ingiere el veneno, el mismo tiempo que tardó secándose después de que la cortaran. Cuando ella logró conseguir un camión para trasladarlo a Salamá, él ya estaba demasiado grave y murió mientras bajaban por la cumbre de Rabinal. El resto del camino ella se fue cargando dentro de la cabina del camión con el brazo derecho a su hijo recién nacido y con el izquierdo a su esposo muerto.

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Mi abuela regresó a Salamá con la vida y la muerte en los brazos. Buscó ayuda en la casa de su suegra y después de que el piloto del camión bajara el cadáver de la cabina lo recostaron en una cama y lo velaron ellas solas a escondidas, mientras llegaban los demás hermanos de mi abuelo. No sabían qué era lo que había pasado y no querían meterse en más problemas. Al siguiente día, uno de ellos fue a dar parte a la policía y para no entrar en detalles, dijo que había muerto de una resaca a las 6 de la mañana de ese día y lo velaron sin mayor problema una noche más. Pese a todo, para sorpresa de su familia, recibió una especie de escarmiento público frente a la parroquia que cerró sus puertas y no permitió celebrar la misa de cuerpo presente, ni que doblaran las campanas: por tratarse de un comunista. Ese día enterraron su cuerpo y al salir del cementerio enterraron su recuerdo. No volvieron a hablar de él. Desaparecieron sus pertenencias y acordaron que lo mejor para el niño era que nunca supiera quién había sido su papá.

Los últimos dos gestos que tuvo mi abuela con respecto a la memoria de mi abuelo fueron ponerle su nombre a mi papá y esconder una fotografía tamaño cédula. A través del nombre de mi papá, que también es el mío, lo siguieron nombrando aun cuando no volvieron a hablar de él. Y la fotografía, que mi padre terminó encontrando entre los papeles de mi abuela, se convirtió en el único retrato que conservamos hasta la fecha.

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No corrieron con mejor suerte el resto de los agraristas de Baja Verapaz. Para finales de los años sesenta, la mayor parte de los que lograron salir con vida de la primera ola de violencia política y regresaron del exilio, fueron desterrados junto a sus familias. El conocido poeta agrarista, maestro y periodista de Rabinal, José María López Valdizón, ampliamente conocido por haber sido miembro fundador del Grupo Saker-Ti, colaborador de la Revista Guatemala durante los años de los gobiernos de la Revolución de Octubre, y por sus obras Sudor y protesta (1953), La carta (1958) y La vida rota (1961) —con la que ganó el primer Premio “Casa de las Américas” de 1960—, fue secuestrado y desaparecido en las afueras de la iglesia La Recolección de la Ciudad de Guatemala en el año de 1975, validando esa famosa frase que acuñó Alfonso Orantes frente a la tumba de Rafael Yela Günther, con una suerte de profecía para la intelectualidad del siglo XX:  “¿Qué les da Guatemala a sus hijos?: El encierro, el destierro y el entierro”. 

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A pocos días del asesinato de mi abuelo, del 20 al 22 de mayo de 1960 se celebró —en la más estricta clandestinidad— el “III Congreso del Partido Guatemalteco del Trabajo (PGT)”, en el que se tomó la decisión de continuar la lucha a través de las armas, ante un clima de violencia política que cerró los espacios democráticos para transformar el Estado.

El 13 de noviembre de ese mismo año se levantó en armas la “Compañía de Jesús”, que luego pasó a formar el Movimiento Revolucionario 13 de Noviembre (MR-13), el cual hace sus primeras incursiones en la Sierra de las Minas, bajo la lógica de la guerra de guerrillas. A esta vendría a sumarse el Destacamento “20 de Octubre” del PGT, que luego de haber sido prácticamente arrasado el 13 de marzo de 1962 en Concuá, Baja Verapaz, fue más conocido como “La guerrilla de Concuá”, de la cual aún permanecen los restos de algunos de los guerrilleros en el Cementerio Municipal de Salamá. Este hecho también marcó la vida de Miguel Ángel Asturias —que como ya es sabido, pasó algunos de los años más importantes de su niñez en Salamá— al resultar prisionero su hijo, Rodrigo Asturias Amado —que tiempo más tarde sería conocido como el Comandante Gaspar Ilom—, en la penitenciaría de máxima seguridad de la cabecera departamental de Baja Verapaz, como uno de los pocos sobrevivientes del Destacamento “20 de Octubre”, hasta ser liberado a través de una amnistía decretada por su padrino, el entonces presidente Miguel Ydígoras Fuentes, quien lo obligó a salir del país hacia el exilio.

Gerardo Lemus

Un día que caminábamos por el cementerio con mi abuela, nos enseñó el lugar en dónde estaban enterrados los guerrilleros y nos contó que pocos días después de que se hiciera público que habían sido inhumados en una fosa común en Salamá, llegaron angustiadas algunas de las madres de los que se habían alzado en armas para desenterrarlos, prácticamente con las manos, tratando de reconocer a sus hijos en los rostros de los cadáveres descompuestos.

Gerardo Lemus

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A principios del 2017, regresé de nuevo a Salamá para buscar en los archivos del Organismo Judicial de Baja Verapaz el expediente del proceso penal en contra de mi abuelo. No logré encontrarlo porque “por alguna razón” desaparecieron todos los documentos desde la contrarrevolución hasta, más o menos, mediados de 1957. Sin embargo, encontré los de la rebelión del 28 de marzo de 1953, conocida popularmente como “El salamatecazo”; en la que participaron casi un centenar de personas lideradas por algunos de los anticomunistas más emblemáticos en la historia de Guatemala —como Mario Sandoval Alarcón y Guillermo Flores Avendaño—, en la liberación de los presos políticos de la cárcel de Salamá y la toma de la cabecera departamental, en el intento de iniciar una insurrección armada en contra del Gobierno de Jacobo Árbenz, la cual fue derrotada un día después, el 29 de marzo, luego de haberse quedado sin apoyo logístico.

El anticomunismo encontró en Salamá un lugar fértil para su exacerbación en un sistema de valores patriarcal, machista, católico y militar, que gracias al legado histórico de la orden de Santo Domingo y la Revolución Liberal en las Verapaces, permitió que en su momento calara en lo más profundo del imaginario local la propaganda anticomunista. Cosa que también sirvió de justificación para cobrar viejas rencillas personales. Al punto que después de haber sido desmanteladas las estructuras políticas y sociales afines a los gobiernos de la Revolución de Octubre, eliminando prácticamente todas las formas de oposición política, se continuó utilizando en las siguientes décadas el mismo discurso para justificar el uso de la violencia en la pugna por el poder local, matándose unos a otros dentro de los mismos partidos de derecha que heredaron escuadrones de la muerte que actuaron con completa impunidad.

Mientras digitalizaba las 578 páginas que suman los dos expedientes de la Rebelión de 1953, en los que está registrado el proceso colectivo de más de 66 personas, en su mayoría oriundas de Salamá —entre ellas varios familiares de mi abuela—, logré contactar a dos historiadores locales para que pudieran tener acceso a la información que había encontrado sobre los procesos judiciales de los anticomunistas que fueron juzgados y encarcelados en Salamá. Ambos historiadores tenían una larga trayectoria en distintos espacios públicos en Baja Verapaz, en donde fueron actores y testigos importantes de su propia historia. Y además de darme muchas luces sobre lo que pasó durante el retroceso de la apertura democrática (1954-1963), me ayudaron a comprender las dimensiones de la violencia política durante el Conflicto Armado Interno (1963-1996). La cual llegó a sobrepasarse a sí misma, alcanzando su punto más alto durante los gobiernos de los generales Fernando Romeo Lucas García (1977-1982) y José Efraín Ríos Montt (1982-1983), derivado de la instalación del proyecto hidroeléctrico de Chixoy. Uno de los momentos más violentos en la historia de Baja Verapaz, en el que además de perpetrarse varias masacres en contra de las poblaciones aledañas al embalse de la presa; se sofocaron brutalmente las muestras de descontento a través de escuadrones de la muerte formados por comisionados militares que no tardaron en trasladar la violencia a la contienda electoral partidista de esos años, en la búsqueda de la perpetuación de las estructuras político-militares del partido oficial en el poder local.

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En ese mismo contexto, el periódico Minerva, que con mucha dignidad y valentía llamó al cese de la violencia y denunció las acciones de los comisionados militares, terminó cobrando la vida de su director, el periodista Fulvio Alirio Mejía Milián, quien fue secuestrado el 1 de mayo de 1981, poco tiempo después de haberse realizado la masacre de Río Negro, que sería la primera de una serie de cinco masacres que fueron perpetradas entre 1980 y 1982, en contra de las poblaciones que se opusieron a ser reubicadas por la hidroeléctrica. Así como también, cobró la vida de otros colaboradores del medio impreso hasta su cierre definitivo.

Tuvo tal impacto la instalación de la presa de Chixoy, en la memoria colectiva local, que al platicar con los sobrevivientes de las comunidades que fueron engañadas, despojadas, perseguidas y masacradas, es común escuchar que el Conflicto Armado Interno —desde su propia forma de entender el proceso histórico— fue originado por la instalación del proyecto hidroeléctrico; pues para ellos, la guerra llegó junto con la presa.

De esos años a la fecha, sigue siendo muy recordado el jefe de los Comisionados Militares de Baja Verapaz, Javier Giovanni Gularte Suevern —quien de hecho también forma parte de la red familiar de mi abuela—, que luego de recibir desde muy joven instrucción militar en Israel y en la escuela de kaibiles —por sus relaciones de parentesco con el entonces presidente Romeo Lucas García, de quién era ahijado—, regresó a Salamá para a formar y dirigir los escuadrones de la muerte que operaron durante esos años en Baja Verapaz; y que en un ajuste de cuentas, a un día de celebrarse las elecciones locales de marzo de 1982, fue secuestrado de su propio domicilio, obligándolo a presenciar la brutal tortura y muerte de su hermano —quien vale la pena mencionar que no formaba parte de los grupos de represión, pero fue víctima del mismo infierno que ayudó a construir su propio hermano—, para luego ser también torturado y asesinado.

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Afortunadamente han cambiado muchas cosas en Salamá. Dejó de ser el destino obligado de los presos políticos de los gobiernos de turno y sólo queda el recuerdo de que en algún momento llegó a ser conocida como la Siberia de Guatemala. La que un día fuera la cárcel de máxima seguridad hoy en día es una Villa Deportiva de la Confederación Deportiva Autónoma de Guatemala (CDAG), en la que a pesar de estar marcadas las huellas de las balas en el interior de los muros perimetrales, ahora puede verse a los niños practicar deportes en los mismos patios en los que fueron ejecutados algunos presos. Hace falta sanear los espacios físicos a través de un proceso apropiado de recuperación de la memoria, que permita conciliar los recuerdos con el presente.

Miguel Guzmán

Miguel Guzmán

A partir de los archivos institucionales, las redes sociales de la memoria y los estudios que se han realizado sobre la revolución en la región, he comenzado el mapeo de la red de los agraristas con el fin de recuperar sus trayectorias de vida y conocer cómo vivieron los actores políticos locales los efectos de la década de la Revolución de Octubre en Baja Verapaz y qué pasó con ellos y sus familias después de que la contrarrevolución de 1954 los arrastrara hasta “el encierro, el destierro o el entierro”.

Mientras más me adentro en el estudio de la memoria de la violencia política y en los archivos de Baja Verapaz, más me sorprendo y admiro a muchas personas que he conocido en estos últimos años en los que he ido a desempolvar recuerdos y papeles. Porque a pesar de todo el miedo y el sufrimiento al que estuvieron expuestos, logró sobrevivir en ellos el amor a su terruño. Y aun cuando se estremecen relatando el punto más dramático de sus vidas, recobran el aliento con una broma y una sonrisa que es capaz de iluminar los recuerdos más oscuros.

Paradójicamente, al estar atravesado por las redes familiares de mi abuela y al mismo tiempo por la historia de mi abuelo, he podido tener una posición bastante particular desde la que he tenido acceso a una diversidad de narrativas que rayan en los extremos. Varias personas se me han acercado con mucha curiosidad y luego de contarles lo que he estado haciendo en los archivos y de hablar sobre las cosas que pasaron, han sentido la necesidad de hablarme de ellos mismos, de un pariente que fue desaparecido o asesinado durante esos años, de algo que vieron, que escucharon, o incluso de algo que hicieron, conscientes de que hubo un momento en el que la violencia política se superó a sí misma y los resultados fueron catastróficos. A pesar de la usencia de una historiografía lo suficientemente completa que nos ayude a entender lo que pasó en Salamá, la oralidad ha mantenido con vida la memoria trasladando de generación en generación todo el conocimiento disperso de su propia historia.

Yo por mi parte voy a seguir regresando a tender los hilos para que otros se sumen a reconstruir la memoria de esos años en los que la violencia sembró el miedo y el silencio. No me corresponde juzgar a nadie. A todos nos arrastró la vida.

Salamá. Los puentes de la memoria

En ZOOM, los autores tienen una vinculación afectiva con el lugar del que hablan (o al menos eso intentaremos), y toman como punto de partida e hilo conductor un lugar concreto, un microcosmos, para hablar más ampliamente de esa región.

Mi abuela regresó a Salamá con la vida y la muerte en los brazos.
...ahora puede verse a los niños practicar deportes en los mismos patios en los que fueron ejecutados algunos presos.
/ Foto: Gerardo Lemus
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