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Cortesía de serigrafía la Gringa

Los presos de Pavoncito se organizan para protegerse del COVID19 y fabricar material sanitario

“Puede sonar a medidas extremas pero es necesario si queremos evitar contagio poner en riesgo al resto de la población”, expresa García.
Los reclusos donarán máscaras a los guardias del Sistema Penitenciario

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Los presos de Pavoncito se organizan para protegerse del COVID19 y fabricar material sanitario

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Desde hace dos semanas, Ashley Williams y su equipo de trabajo en las cárceles se dedican a la confección de mascarillas especiales para prevenir contagios y poder generar ingresos para los presos y sus familias. Son 65 personas, entre Pavoncito y Santa Teresita.

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Ordenados, en fila, varios guardias se recuestan sobre las rejas y las paredes, en la entrada de uno de los centros preventivos en Fraijanes. Al lado contrario, reclusos se forman en fila para ingresar las encomiendas del día y evitar, en la medida posible, el contacto con personas del exterior. En medio de todos ellos, camina la gringa.

El sol y el calor indican que es cerca de mediodía en la entrada principal de Pavoncito, llamado así por estar dentro del mismo terreno del gran centro penal Pavón. Entre el pasillo de rejas, los guardias, el cordón que formaron los reos y el cargamento de sacos de agua en bolsa, se abre paso “El Ingeniero”.

—¡Ingeniero! —grita Ashley Williams, una estadounidense de 32 años que ha vivido en Guatemala por más de 10 años, trabaja con reclusos en Pavoncito y Santa Teresa, en una serigrafía que ella dirige.

—¡Gringa! —grita al otro lado Luis García De La Cruz, administrador de la maquila de la serigrafía en Pavoncito desde hace dos años. Es ingeniero en mecánica y agronomía, por eso el apodo. Fue sentenciado con la organización criminal de los Zetas y tiene una condena de 15 años por asociación ilícita, portación ilegal de arma de fuego y almacenamiento ilícito de armas y municiones. Le quedan 5 años para cumplir su tiempo y se encarga de brindar mantenimiento a las máquinas de coser, y de supervisar el corte y la calidad.

Tanto García como los otros presos saben que estar en uno de los lugares donde más se aglomeran personas, les resulta peligroso.

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Según los datos del Sistema Penitenciario en 2017, Pavoncito tiene una capacidad de 1,100 personas y actualmente tiene una población de 2,217.  No se les escapa que, con la creciente crisis del COVID19, son una de las poblaciones más vulnerables al contagio debido al hacinamiento de personas en ellos.

Por eso, hace tres semanas, los mismos reclusos se organizaron para que el ingreso de encomiendas lleve un proceso más cuidadoso y solicitaron prohibir el ingreso de visitas. Una de sus primeras medidas fue que cualquiera con síntomas de gripe o fiebre, se acercara a la enfermería del centro para que lo evalúen. Hasta la fecha, dicen, solo han tenido casos de gripe.

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Pero las decisiones han ido más lejos. Antes de la cuarentena, en Pavoncito las visitas se permitían cuatro días a la semana y eso les ponía en riesgo. Por eso, entre los líderes de sector y él se organizaron para ya no recibir visitas y permitir solo el ingreso de encomiendas o de personal de servicio (electricistas, mecánicos, guardias). Temen que al enfermarse uno se convierta en una catástrofe que ni las autoridades puedan prevenir.

En Pavoncito, algunos también se organizaron para mantener limpios los espacios comunes como comedores y baños y suspendieron las actividades deportivas para evitar la agrupación de personas en los patios.

“Puede sonar a medidas extremas pero es necesario si queremos pasar esta crisis y evitar contagio y que esto se expanda y poner en riesgo al resto de la población”, expresa García.

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Precavidos por el contagio en prisiones en diferentes partes del mundo, países como Colombia, Chile y Estados Unidos adoptaron medidas de detención domiciliaria a grupos vulnerables como mayores de 60 años, enfermos y embarazadas, según el Centro de Investigaciones Económicas Nacionales (Cien). Además, en Los Ángeles, por ejemplo, liberaron reclusos y redujeron los arrestos en el condado. Italia y Francia optaron por suspensión de visitas y semilibertad con arresto domiciliario; Brasil suspendió la salida temporal de presos condicionados e Irán optó por la liberación temporal de 54,000 personas de sus centros de prevención. 

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Ashley Williams y el equipo de trabajo de las serigrafías se sorprendieron al darse cuenta de que tenían una opción para aportar en la crisis. Con la emergencia en aumento, varios de los pedidos se detuvieron o fueron cancelados por los clientes. Fue un momento de preocupación porque si su producción se detenía, sostener a sus familias fuera de las cárceles iba a ser muy complicado. Pero pensaron en alternativas y descubrieron el ejemplo de las internas de la cárcel de Ibagué, en Tolima, Colombia, que realizaron mascarillas con el objetivo de protegerse internamente en el penal. Williams consiguió una muestra de las mascarillas de tela que utilizan los médicos en el campo, que son reutilizables, y se propuso replicarlas. 

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En otros centros penitenciarios también encontraron medidas similares que les están permitiendo generar ingresos. En el Centro de Orientación Femenino COF, por ejemplo, han confeccionado batas médicas que utilizará el personal del Ministerio de Salud que esté tratando la emergencia. Los del centro preventivo para menores confeccionan mascarillas para algunas instituciones de gobierno y en Pavoncito, aparte de fabricar mascarillas para empresas privadas, también están haciéndolas para instituciones como el personal en el Hospital Nacional de Villa Nueva (gasto pendiente de aprobar), Procuraduría de Derechos Humanos y del Sistema Penitenciario.

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“Somos una familia y como familia nos apoyamos y estamos saliendo adelante”, comenta Williams.

Hasta la fecha, han producido alrededor de 50,000 mascarillas desechables y reusables, que han vendido tanto a empresas privadas como a instituciones del Estado a través de venta directa (PDH) y como proveedor del Registro General de Adquisiciones del Estado (Sistema Penitenciario).