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Los mayan rockers ya no son lo que eran

Súbitamente miles de jóvenes, la mayoría varones, tenían acceso a los oropeles de un mundo cuyo poder de atracción los invitaba a romper con el modo de vida campesino y la tradición artesanal heredada por sus antepasados.
¿Debería sorprendernos que un molcajete pueda hallarse en el contexto de la ‘fusión gastronómica’ en algún restaurante caro, más que en las cocinas del ciudadano común que alardea de ser “cien por ciento puro guatemalteco”?
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Los mayan rockers ya no son lo que eran

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A partir de los noventas surgió un fenómeno singular en algunos cascos urbanos del mal llamado interior de Guatemala: la proliferación de una subcultura adolescente moldeada entre la tradición indígena que heredaban de sus padres y la posmodernidad occidental, cuyo poder seductor arremetía desde múltiples flancos: rock en tu idioma, maquinitas de videojuegos, televisión por cable, ropa de paca. Veinte años después, buscando la estela de aquel precedente encontramos un abanico de curiosas variantes, deslindadas ya sea de lo ‘maya’, ya sea de lo ‘rocker’.

Esta es la historia de algo que ya no existe. O, mejor dicho, de algo que hoy aparece como la sombra distorsionada de lo que solía ser: la historia de cómo un fenómeno impreciso fue dando lugar a múltiples derivaciones ulteriores.

Nuestro primer contacto es Gerson, piloto y propietario del tuk-tuk más destartalado de todo Panajachel y sus alrededores. El propósito es ingresar en el submundo mayan rocker.

Sabíamos que muchos mayan rockers (o lo que queda de ellos) trabajan como tuktuqueros, algo obvio si se observa el esmero con que decoran sus vehículos y la música que acostumbran poner a máximo decibel, sumado ello a algunos detalles en su acicalamiento personal (el pelo engominado con copete hacia arriba, como imitando a Neymar), además del movimiento raudo y el gesto altivo de los poseros que salen en las dick flicks tipo Rápido y furioso.

Es jueves en la noche y el plan consiste en peinar las dos o tres calles principales de Pana, con pausas intermitentes para brincar de tuk-tuk en tuk-tuk por si acaso en una de tantas damos con algún perfil interesante. No parece haber mucho trajín en el pueblo.

Después de varias vueltas sin mayor provecho Gerson nos deja en el Taqueromucho, una venta de antojitos mexicanos a la vera del camino de salida hacia Palopó. Sentada alrededor de una de las mesas, la familia Gómez Queché recién ha ordenado su respectiva porción de gringas al pastor, a dieciocho quetzales cada una: están la abuela, la madre, la hija mayor (20), la de en medio (19) y el benjamín de la marimba, Máicol Romeo (18).

Las mujeres van ataviadas en su característico vestido regional de tonalidades rojas; Máicol Romeo, en cambio, es todo estilacho: camisa negra, cuello levantado, zapatos de punta, jeans descosidos en las rodillas. Mientras espera su orden de tacos se dirige al vistoso tuk-tuk estacionado en la orilla, enciende la música y sube el volumen. Se escucha Gangnam Style en toda la cuadra. Vuelve al comedor. Los ojos de la abuela parecen salirse de sus órbitas, como bailando al ritmo de aquella pieza tecno-disco.

El propietario de la taquería le dice algo acercándosele a la oreja. Acto seguido, Máicol Romeo sale otra vez y apaga el estéreo sólo para volver al local y encontrar ahí la misma canción, disponible en el menú de videos. Desde la pantalla plana colgada en la pared se impone la presencia de un gordinflón hiperkinético vestido de esmoquin:

Ehhhhhh, sexy lady!”…

Es el astro surcoreano, ídolo de millones de jóvenes alrededor del mundo, todos ellos ávidos de imitar, sin mayores filtros ni resistencias, las modas homogenizadas que brotan de la posmodernidad. Millones de jóvenes como Máicol Romeo, cuyo padre ausente vive en Boston desde hace quince años.

Conforme transcurre la noche, poco a poco vamos cayendo en cuenta de que la categoría mayan rocker resulta obsoleta para describir la realidad que tenemos por delante. Ni Máicol Romeo ni muchos de los jóvenes con quienes nos cruzamos más adelante son, en estricto rigor, mayan rockers.

Y, sin embargo, a pesar de ciertas mutaciones notables (la forma de vestirse y el tipo de música que escuchan, para empezar), el fenómeno de fondo sigue siendo el mismo: la necesidad de fabricarse una identidad basada en la imitación aspiracional, como resultado de las cada vez más influyentes y decisivas modas de consumo que ofrece (o que impone, habida cuenta de su enorme poder de atracción) la globalización.

Pero… ¿qué es un mayan rocker?

Habría que empezar aclarando que los mayan rockers siempre fueron ajenos a tal denominación, por mucho que ésta recaiga directamente sobre ellos. En ese aspecto se diferencian de otras subculturas plenamente identificadas, desde adentro, con el modo como empezó definiéndoseles desde afuera: skaters, emos, surfers, góticos, rastas, punks, metaleros, breaks, hipsters, etcétera.

Tal es el carácter engañoso y a la larga fallido de la categoría mayan rocker: formulada a partir de las observaciones etnográficas de un grupo de estudiantes de antropología (todos ellos capitalinos, todos ellos clasemedieros), la descripción nunca trascendió fuera de ese pequeño círculo y con el paso de los años fue perdiendo sustento con la realidad sin cobrar nunca el auge necesario para convertirse en expresión de uso popular.

Lo cual no quiere decir que los mayan rockers sean un invento. Al contrario, su surgimiento y apogeo fueron palpables de la mano de la movida roquera que, de los noventas en adelante, se vivió en Guatemala: bandas como La Tona, Radio Viejo, Viernes Verde, Stress y Bohemia Suburbana, entre otras, encarnaron el renacimiento cultural propio de la posguerra, dándole vida a un movimiento que más adelante se conocería como ‘la garra chapina’.

Aunque tal vez habría que remontarse una década más en el tiempo y mencionar asimismo el influjo que en el mundo hispanohablante tuvo la difusión masiva del llamado ‘rock en tu idioma’, más o menos coincidente con la también ochentera ‘movida madrileña’. Los ecos de aquella vorágine sonora llegaron a nuestro país expresados a través de una gran variedad de artistas y bandas, pero por algún motivo quienes más hondo calaron en el gusto nacional fueron Soda Stereo, de Argentina y Héroes del Silencio, de España. Podría decirse, entonces, que el pop arrasó más rápidamente pero el rock echó raíces más perdurables.

Desde sus inicios, el rock siempre se asoció con la rebeldía, la inconformidad y las posturas contestatarias. “Significó, en gran medida, desafiar contraculturalmente el poder estatal y ejercer una negación de mucho de lo socialmente existente, sin participar en partidos políticos o militar en los espacios de la izquierda y los movimientos populares organizados”, explica Mario Castañeda en su tesis sobre la historia del rock en Guatemala.

Pero fue hasta los noventas, con el auge de la globalización (intensificación del turismo mochilero, migraciones masivas a Estados Unidos, envío de remesas, expansión del mercado de ropa de paca, deportaciones) y el despliegue de la revolución tecnológica (televisión por cable, telefonía móvil, videojuegos, internet) cuando el rock, y sobre todo el rock en español, pasó a convertirse en moda no sólo en la capital sino incluso más allá, permeando también a las poblaciones indígenas lindantes con ciertos enclaves rurales menores y algunos destinos turísticos importantes: Atitlán y Chichicastenango, por ejemplo, así como las cabeceras departamentales y los principales cascos municipales.

Súbitamente miles de jóvenes, la mayoría varones, tenían acceso a los oropeles de un mundo cuyo poder de atracción los invitaba a romper con el modo de vida campesino y la tradición artesanal heredada por sus antepasados. Se abrían, a la vez, oportunidades para el intercambio comercial otrora inimaginables a mediana y gran escala; lo cual produjo, a modo de respuesta, una improvisada pero efervescente oferta de servicios diseñados para la ocasión: clases de salsa, narcomenudeo, bisutería, expediciones locales (a pie, a caballo, en bicicleta, en moto), músicos, meseros, lancheros, tuk-tukeros… roles, todos ellos, idóneos para entablar relación con aquella otredad tan apetecida.

Generaciones post rock

Poco a poco, debido al poder de seducción que trajeron las modas al uso en este nuevo siglo, el rock fue perdiendo la hegemonía y el peso específico que antes tuvo. Actualmente comparte plaza con –entre otros– el new age, la música electrónica, la bachata, el reggaetón, el hip-hop, el nu metal, el indie y el emo: “nuevos símbolos, novedosos ídolos, actitudes diferentes, polémicas figuras y extraños sonidos que fueron aceptados mientras no transgredieran lo establecido”, señala Castañeda.

Estamos, pues, ante una tendencia que, como la identidad misma, es cambiante y se encuentra en permanente construcción. Vestuario, música, jerga, eslóganes, emblemas, lenguaje corporal, posicionamientos existenciales: cambia el sonido que sale de las bocinas, cambian los motivos de los tatuajes, cambia la ropa y los accesorios, cambia el caló, cambia la mueca y cambia el ritual de saludo y despedida; pero permanece, más o menos constante, el impulso por dejar atrás lo viejo y abrazar lo novedoso.

Hoy, más que nunca, la ubicuidad de las pantallas (televisores, computadoras, teléfonos ‘inteligentes’, tablets) y la inmediatez de las comunicaciones electrónicas (facebook, twitter, whatsapp, instagram) hacen posible la conformación de nuevos códigos identitarios donde la imitación es la norma. Y si ello ocurre en el contexto de un tejido social en harapos, una cultura local reducida a mero folclor y un Estado que no ha sabido incorporar a la población indígena en su proyecto de nación, no es de extrañar que proliferen hibridaciones en las que a los jóvenes les resulta más atractivo identificarse con el personaje de un videojuego que con su vecino –o con su propia familia.

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Ciudadanía, República, Estado, contrato social, libertad, sociedad civil. “Palabras que parecen marcianas para la mayor parte de los jóvenes que poco se interesan por la política”, advierte el sociólogo francés Michel Maffestoli en su análisis sobre el tribalismo posmoderno. “No les preocupa el objetivo por alcanzar ni el proyecto económico, político o social por realizar. Prefieren acceder al placer de estar juntos, a la intensidad del momento”, subraya.

No obstante, según sostiene la antropóloga mexicana Elizabeth Díaz Brenis, las experiencias mediáticas son en última instancia transformadas por las interacciones cara a cara.

Exotismo de relumbrón

Si bien los mayan rockers supieron crear para sí una serie de rasgos característicos mediante los cuales poder diferenciarse de otros grupos, no solían interiorizar estos rasgos formando lazos solidarios sino limitarse a proyectarlos hacia el exterior. En tal sentido el fenómeno post mayan rocker, con su abanico de mutaciones y sucedáneos, nos parece revelador (a diferencia, digamos, del hip-hop) como ejemplo de subcultura centrada sobre todo en el espectro de las apariencias, no tanto en la búsqueda de vínculos hondos y raíces propias.

Lo importante para ellos no sería, entonces, consolidarse como tribu sino asumir una imagen apetecible y así posicionarse de mejor manera en las interacciones cara a cara a las que se refiere Díaz Brenis: inspirar admiración y reconocimiento, atraer a un cliente, agenciarse una propina, completar un traslado, lograr una venta, cerrar una transacción, ligar con una extranjera…

Otro rasgo significativo es la incorporación (no siempre consciente ni deliberada) de algunas pinceladas prehispánicas en el discurso tanto como en la indumentaria, formando con ello una llamativa mezcolanza de elementos indígenas que van desde lo más antiguo hasta lo más actual, y de componentes culturales que van desde lo solemnemente maya hasta lo vulgarmente occidental. Todo ello con el efecto resultante de generar a su alrededor un halo de espiritualidad a la vez milenaria y contemporánea; exótica, pero asimismo cool.

Olga Contreras

Los latin lovers y el baile

En Antigua Guatemala abundan los salones de clases de baile: salsa, bachata, cumbia. Ellos, los profesores locales, ponen su señuelo y ellas, las alumnas turistas, van cayendo como abejas atraídas por la miel del exotismo. El clima primaveral y las hormonas se ocupan del resto.

Por las noches crece la afluencia de experimentados bailadores originarios de la cuidad empedrada, de las aldeas aledañas o incluso provenientes de la capital. El plan es ir, como dicen ellos, “a arrasar gringas” a La Sala o al Monoloco, dos de los antros más populares.

Irvin, panza verde de 22 años y profesor de salsa, cuenta que no es difícil conectar con las mochileras: “Los culitos te llueven”, asegura. “Ellas te tiran el calzón. No hace falta ni siquiera echarles casaca”. Y eso que no es, dice, un latin lover típico. “Me considero un poco más calmado que eso. Desde hace un año y medio ando con una mi traida. Es gringa, de Washington”.

Su familia es ladina, conservadora, cachureca de rezo, cucurucho y procesión, típicamente antigüeña. La mamá es enfermera, el papá es mecánico. “Cuando empecé en esto, todavía estaba en el colegio. No sabía bailar, ni nada. Un primo me invitó y con unos cuates entramos a clases gratis los lunes y los martes, por curiosidad… y por los culitos, más que por el baile”, admite.

Descubrió, entonces, que aquel nuevo ambiente era “más agradable”: gente distinta a quien conocer y con quien conversar. “Si hubiera seguido otro rollo que no sea la salsa, hoy sería una persona totalmente diferente: estancado, con un trabajo gris. En cambio, lo bueno de aquí es que uno mismo es su propio jefe. Siento que todo esto me ha ayudado dándome la confianza en mí mismo que antes no tenía. Yo era bien tímido”.

Aunque no comprendan bien el porqué, tanto Irvin como la mayoría de sus colegas tienen muy claro que el poder de atracción que ejercen hacia afuera no funciona con “las gringas chapinas”; es decir, con “las chavas blancas de barrios fresa de la capital”, según refiere Rambo, otro profesor de salsa, oriundo de Ciudad Vieja. “Las gringas de la capi nos ven como indios”, comenta entre risas.

Las ambiguas fronteras étnicas y de clase parecen infranqueables en Guatemala, pese a que los universos ladino e indígena coexisten vinculados en lo cultural tanto como en lo político y en lo económico. En cambio, entre locales y extranjeras las barreras son mucho más promiscuas.

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Enajenante folclor

Al igual que otras ciudades turísticas, Antigua se esmera en ensayar puestas en escena con las cuales atraer a los extranjeros que vienen por oleadas. En los hoteles prestigiosos es usual ver a los meseros vestidos con atuendos ‘mayas’, todo con tal de brindarle al visitante una dosis ilusoria de ‘realidad indígena’… aunque, hoy en día, quienes descienden de los denominados pueblos originarios acusan rasgos de identidad desprendidos cada vez más de esos trillados estereotipos.

Horóscopos mayas, chocolates mayas, collares mayas, flautas mayas… ¿hasta qué punto todo esto no es sino maquillaje para el consumo de amplios segmentos de un mercado globalizado y posmoderno? ¿Hasta qué punto este modo enajenante de comercializar el folclor chapín nos ha despojado de los recursos para vernos, construirnos y relacionarnos entre nosotros mismos?

¿Debería sorprendernos que un molcajete pueda hallarse en el contexto de la ‘fusión gastronómica’ en algún restaurante caro, más que en las cocinas del ciudadano común que alardea de ser “cien por ciento puro guatemalteco”? Curiosa paradoja la de ofrecer, hacia afuera, una cultura milenaria que a muchos, hacia adentro, les resulta incómoda en su recóndito deseo de ser blancos, consumidores y modernos.

En una sociedad de marcado sello machista es aceptado que el hombre se vaya con una extranjera. Mucho menos comunes son, en cambio, las relaciones entre mujeres indígenas y extranjeros. Como sea, el rol de la mujer suele limitarse al de ser portadora, reproductora y garante de una tradición que, como las identidades mismas, en realidad es volátil y efímera, intercambiable y negociable de acuerdo a la ocasión, el deseo, la necesidad y las tendencias culturales.

Le preguntamos a Rambo si acostumbra bailar con las chavas de Ciudad Vieja. Responde que no, y se excusa: “Es que ellas no saben bailar”. Insistimos: “¿Y por qué no les das clases?”. Calla unos segundos. Luego admite: “No sé”.

San Pedro La Laguna

Es viernes en San Pedro La Laguna. Los comedores, bares, antros y negocios informales empiezan a prepararse para la llegada de turistas en fin de semana. Varios chavos tzutujiles merodean el embarcadero como ronrones alrededor de un farol:

“¿Quieres un masaje maya, amigo?”.

“¿Wanna space cookie?”.

“Hay pan de coc, pan de banan, pan de chocolat, pan de zanahoria…”.

“¿Buscas hotel?”.

“Hay aguacate maduro, ¿vas querer llevar o no vas querer llevar?”.

“¿Una pipa, amigo?”.

“¿Lancha a Pana?”.

A algunos todavía se les ve luciendo, vetustas, sus camisas negras ora de Iron Maiden, ora de Guns’n’Roses, ora de Pantera o de Sepultura. Con cada vez más tensiones conviven aquí lo profano y lo sagrado, la tradición y el reventón, la fiesta y la iglesia. Locales y turistas, cofrades y jipis, drogas y verduras, sembradíos de café y de marihuana, indígenas renacidos en Cristo y mochileros de Israel, juventudes alienadas y respetadísimos abuelos, la magia y el fetiche, la pintura naíf y la selfie, el capitalismo postcolonial y el comercio premoderno.

Diez post mayan rockers (negro el atuendo, moco de gorila en el pelo) se dan cita al mediodía en el ‘Nick’s Place’. Va un litro de cerveza, y va otro. Poco a poco se ablandan los rostros hieráticos y asoman las primeras carcajadas. El alcohol surte su efecto. Aumenta el volumen de los altoparlantes. Suenan varias canciones ochenteras en español:

Sufre mamón, devuélveme a mi chica”…

Conforme aumenta el consumo de bebidas va relajándose el ambiente hasta que, de súbito, todos se ponen de pie y lanzan al unísono el mismo saludo en dirección a la bocina. El motivo de la reverencia es la canción Lobo hombre en París, del grupo español La Unión. Acto seguido, vuelven a lo suyo. Otro litro de cerveza, y otro más. Están en oferta. 

Santiago, San Lucas…

La presencia de post mayan rockers en las comunidades asentadas en la orilla sur del lago es visiblemente menor. Puede que la causa de ello tenga que ver no sólo con una actividad turística más escasa sino, sobre todo, con la intolerancia de ciertos comités de vecinos que de unos años para acá se han organizado, “en nombre del orden y las buenas costumbres”, para intimidar, amenazar, perseguir, torturar, desaparecer y asesinar unilateralmente a gente a la que consideran indeseable.

Así se redujo la presencia de maras, el índice de extorsiones y la ociosidad juvenil, pero también la cultura rockera y los tatuajes expuestos, tenidos por satánicos. Proliferaron, eso sí, los tuk-tuks, piloteados casi siempre por adolescentes encantados con la idea de ganarse la vida llevando y trayendo gente en vez de labrar la tierra y depender de la agricultura como han venido haciendo sus antepasados de generación en generación.

En Santiago la vistosidad de los tuk-tuks es particularmente llamativa. De noche parecen naves espaciales o, más aún, disfraces en alguna fiesta electrónica psycho-trance. Contrasta sobremanera con el carácter más bien discreto del lugar: para los jóvenes, ser tuktuquero es una manera redituable –y permitida– de apartarse del rebaño.

A 15 kilómetros de ahí, en el embarcadero ‘Las Conchitas’ de San Lucas Tolimán, el domingo se reúnen media docena de post mayan rockers a beber en un puesto de venta de cerveza. Son las dos de la tarde. Unos veinte litros vacíos de Dorada Ice se apilan ya sobre el tablón rectangular. Recuestan ahí también sus brazos y codos los clientes, a la sazón bastante ebrios, desplomados casi. A tope suena One, el manidísimo tema de Metallica. Luego le llega el turno a los Gunners:

Take me down to the Paradise City, where the grass is green and the girls are pretty…

Un par de noches antes, al filo de la madrugada que va de viernes a sábado, en el bar ‘El Punto’ de Panajachel, el cuadro no era muy distinto: cuatro o cinco post mayan rockers sentados en la barra, cabeceando de la borrachera al ritmo de Rammstein:

Du, du hast, du hast mich…

Las piedras rodando se encuentran

Esa misma noche de viernes, en la calle Santander conocemos a Riveriño Boanerges Pérez Aguilar, mejor conocido en los alrededores como Boa. Oriundo de Mazatenango, ha recorrido casi todos los centros turísticos del país. Usa el pelo esponjado, casi afro, y lleva puesta una camisa típica de cuello en V, así como algunas pulseras y anillos confeccionados por él mismo. Su indumentaria, su estilo y su discurso encajan en lo que podríamos denominar un típico mayan new age.

Cuando Boa busca justificar su quehacer en el mundo como parchero, al principio asegura: “Me atrapó la magia del lago”. Al final de la noche reconoce, en cambio: “Estoy aquí para tratar de vender mis artesanías. A veces la venta está en silencio, pero ¿qué le queda a uno? Hacerle yemas. No hay de otra”.

Hacerle yemas. Léase, inventar estrategias de sobrevivencia aprendidas a pulso en la calle. Fabricarse una identidad para vivir el día a día, con insumos obtenidos de la astrología, el budismo, el chamanismo y la espiritualidad maya.

Resultado de una mezcolanza de prácticas y cosmovisiones alternativas, los mayan new age abundan sobre todo en San Marcos La Laguna, meca local del esoterismo light. La oferta y demanda de servicios es, ahí, más sofisticada que en cualquier otro lugar de Guatemala: yoga, taichí, psicomagia, meditación trascendental, desdoblamientos psicodélicos, retiros de días enteros en el más estricto de los silencios, frugalidad Gaia, budismo, ayunos macrobióticos, aromaterapia, reflexología, lectura de manos, curaciones con las yemas de los dedos, masajes energéticos con piedras e imanes, encuentros paranormales con auras y ángeles…

Claro que la competencia es asimismo más dura, máxime entre aquellos cuyos conocimientos y habilidades apenas alcanzan para confeccionar y vender bisutería. Como Boa, el parchero. “¿Qué le queda a uno? Hacerle yemas”. Moverse más. Probar en otros sitios. Ir de pueblo en pueblo con su manta de tiliches.

Señalamos con el dedo las artesanías de Boa y él nos explica que están hechas de piedras. ¿Y de dónde las sacás?. Responde con una risa contagiosa, aludiendo a la canción de El Tri: “Las piedras rodando se encuentran”.

Transcurre la noche entre episodios dispersos e inconexos que no presentan una lógica cartesiana. Son, más bien, un conjunto de historias inscritas en cierta manera muy sui géneris de ejercer eso que llamamos guatemalidad.

“Está chingón ser parchero, siempre y cuando tengás amuleto para vender. Yo voy de un lado a otro buscándome los centavos y te puedo decir que millonario no soy, pero al menos para una tortilla tengo. Guerrear te hace santo”.

La guatemalidad, sí. Nada más y nada menos. Una cultura ambivalente que produce gente ambivalente. El “Sí y no” como respuesta habitual entre personas que quieren quedar bien a la vez con dios y con el diablo. El “No hay que creer ni dejar de creer”, recogido por el mismísimo Asturias en alguna de sus obras. La jerigonza circular y escurridiza de los discursos cotidianos… y su posición ante los hechos concretos. Aquí, decimos, “siempre pasan cosas pero todo sigue igual”.

¿Planes para el futuro? “Quiero comprar una mi máquina para hacer tatuajes y dedicarme a eso, pero no he logrado juntar las varas”. Habla de los prejuicios que recaen sobre la gente que va tatuada. Luego se despide: “A ver si nos chocamos mañana para seguir cotorreando”. Fue la última vez que lo vimos.

El Chino de Chinautla

Conocimos al Chino en las calles de Panajachel. Vivió ahí algún tiempo. Un mes después nos topamos otra vez con él en la Antigua, donde ahora trabaja como mesero. ¿Y de verdad tenés algo de chino?, preguntamos. “Sí”, bromea. “¡Pero de Chinautla!”. En realidad, nació en la capital, de madre salvadoreña.

Tiene 32 años y lo suyo es la huida hacia adelante. Viajar. Estudió arte en Perú, estuvo en Brasil, en Argentina y, claro, en todos destinos turísticos de Guatemala, donde se las ha arreglado repartiéndose entre el trabajo a destajo y la venta de sus propias pinturas. “Cuando estoy fuera de Guate, extraño Guate, y cuando estoy aquí me quiero ir a la mierda”, confiesa. “Es una relación de amor-odio”.

Asegura que le gustaría seguir así, brincando de un lugar a otro, “aprendiendo y enseñando”, volcado en un estilo de vida que él considera extremo. “No soy ambicioso con el dinero. Lo que me mueve día a día es realizarme con lo que hago, con mi trabajo, conocer otros países y culturas”. Luego de una pausa, reflexiona: “Aunque hay veces que la mara turista es bien estúpida”.

Epílogo (a cargo de Andrés Zepeda) con un mito del rock nacional

Sábado en Panajachel. Vacíos todos los bares, después de la una de la mañana la parranda sigue pero sólo a puertas cerradas, ya sea en lo privado o en espacios clandestinos donde suele circular casi cualquier tipo de sustancias ilícitas.

En un afterparty coincido con Facundo (nombre cambiado), figura cumbre de la escena del rock noventero en nuestro país. Estamos él, yo, un tatuador holandés de dos metros de estatura que también es pastor evangélico y cultiva su propia marihuana, y Alexis, un post mayan rocker de 19 años notoriamente intoxicado. El ambiente es cálido y vaporoso por el efecto del encierro y el sudor. Suena el punchis-punchis de un house bastante chafa.

La barra vende cerveza a veinte quetzales y cigarrillos mentolados a dos. El piso y las paredes son de cemento desnudo. Al fondo hay cola para entrar al baño, que es un asco. La conversación es reiterativa, casi un diálogo de sordos. Sobre la mesa hay botellas de cerveza y cajetillas de tabaco. Circulan, también, los puros de mota y algo de cocaína.

Alexis es híper fan de Facundo y no se molestia en disimularlo. Al contrario, le rinde una pleitesía decadente, incómoda para todos menos para él. Facundo, seguramente no del todo desacostumbrado a tales situaciones, intenta salir al paso soportando estoico, cambiando de tema, evadiendo las lisonjas. Pero nada de eso le da resultado: Alexis arremete una y otra vez con su letanía de impertinencias.

Intento, entonces, distraerlo yo. Le hago preguntas. Me cuenta que nació aquí en Pana, que aquí vive y que se dedica a tocar música en los bares. Es guitarrista y tiene una banda de rock con varios amigos. Desde siempre ha admirado a Facundo, dice, y se le ilumina la mirada. Fuera de Guatemala, sus influencias musicales más importantes son Sonic Youth y Los Beatles.

Tres horas y varias rayas de coca más tarde, llega un momento en que la situación colma por fin la paciencia de Facundo, que estalla en un exabrupto no exento de reclamos directos y palabras humillantes. ¿Alexis? Como si nada. Demasiado entumecido tal vez para dejar de lado su avalancha de lambisconería.

Hasta que, insoportable ya el mal rollo, optamos todos mejor por la retirada. Son las seis de la mañana. Al fondo, de entre la oscuridad emerge la silueta de los volcanes. El día empieza a clarear.

Camino de regreso me quedo pensando, con goma de tabaco anticipada y pésimo sabor de boca, en el ejemplo de toda una generación de músicos chapines (la de los noventas), en sus logros obtenidos, en su presente todavía fructífero, demostración irrefutable de que se puede seguir siendo suburbano y bohemio sin morir en el intento.

Ojalá –pienso para mis adentros– que los retoños, actuales herederos de todo aquello, corran con mejor fortuna que la que seguramente le tocará a Alexis.

¿Qué será en el futuro de los post mayan rockers? Ni ellos, ni uno, ni nadie escapa a la necesidad de adoptar estrategias de sobrevivencia y confeccionar identidades para, cada quien a su manera, “hacerle yemas” al día a día.

Guerrear, decía Boa el parchero, te hace santo.

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