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A los borregos nos llevan al…
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A los borregos nos llevan al…

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Tipo de Nota: 
Opinión
1 07 18

Read time: 4 mins

Los humanos tenemos la capacidad de aceptar dos verdades opuestas y de dejarlas residir en nuestros cerebros sin destruirnos como mensaje encriptado de Misión Imposible.

Nos paseamos entre la justicia y la compasión, entre la sinceridad y la amabilidad, haciendo ajustes para poder navegar esas aguas turbias de lo mejor para un momento dado. Repetimos muchas vivencias sin querer hasta que ese regreso a un punto del cual ya nos habíamos alejado nos hace parar en seco a considerar por qué estamos otra vez en el mismo lugar. Leemos historias cuya trama ya conocemos, vemos películas con finales anunciados y escuchamos música que juega básicamente con las mismas notas, pero lo volvemos a hacer nuevo cada vez aunque sea el cuento más viejo del mundo.

De ese modo, así como la marea es constante, pero nunca mueve la misma gota de agua, nos movemos como humanidad en un péndulo de valores que no cambia aunque siempre le demos forma distinta.

Erguida sobre una colina, observa Austin, Texas, una academia de publicidad y comunicación fundada por Roy H. Williams. La Academia del Mago no tiene ese nombre ridículo por gusto: los hechizos que allí se enseñan ayudan al aprendiz a ver el mundo en muchas capas distintas.

Fue allí donde aprendí lo poco que sé de escribir. Y donde me presentaron por primera vez el concepto del movimiento de la historia como un péndulo que no varía y que siempre nos lleva a lo mismo. Basado en el libro Generations de William Strauss y Neil Howe, Roy amplía el concepto presentado por ellos y lo llega a analizar hasta 3,000 años atrás. De una presentación con la que dejaba a cualquier audiencia sin aliento hace 15 años escribe un libro junto con Michael Drew llamado Pendulum.

La premisa básica es que la humanidad se mueve entre dos picos de preferencias de valores: uno individualista y otro colectivista. Cambiamos de pico cada 40 años. Siempre buscamos cambiar lo mismo. Siempre lo llevamos a extremos desagradables. En el pico del yo está todo lo exagerado, artificial y egoísta que lleva al ser humano a decir: «Si yo estoy bien, me vale un pito cómo estés tú». En el otro pico, el del nosotros, está todo lo asfixiante de pertenecer a una manada, que usa como lema: «Nosotros estamos bien. Y si no estás de acuerdo, tú estás mal y hay que exterminarte». Claro que ambos extremos llegan allí buscando cosas buenas: expresión personal, autorrealización e independencia por un lado, y pertenencia, autenticidad y solidaridad por el otro.

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No tengo que explicar mucho que estamos acercándonos al pico de un extremo de la exaltación del nosotros. Basta ver los movimientos sociales y escuchar los discursos más exagerados para entender que en muchos casos no hay disposición de ser inclusivos con lo que está fuera de nuestras preferencias. No quiero ser alarmista, pero, la última vez en la historia que estuvimos en este lado, las potencias políticas mundiales cometieron los genocidios más atroces de la era moderna. En modo alguno es coincidencia que de allí surgiera la palabra totalitarista para designarlos.

Y es que es esa tendencia: la totalidad. Creemos que tenemos la única y total razón moral, ética y lógica. Que fuera de nuestros argumentos no hay otros. Buscamos pertenecer a tribus que nos refuercen esas ideas. Y terminamos comportándonos como borregos que deben moverse en grupo y que rechazan todo lo que no les pertenezca. Un poco como gallinas que entran en una orgía de picotazos cuando una resulta con manchas.

Estamos muy cerca de volver a cometer errores fatales solo por no poder considerar que lo que está afuera de nuestro círculo también puede tener validez. Se nos está olvidando que la justicia sí puede convivir con la misericordia. Que moverse en manada es bueno y cálido y seguro, pero que a los borregos los llevan dóciles al matadero. Ser la oveja negra puede ser un riesgo: el de ya no pertenecer. Pero a veces no está mal salirse de un lugar donde no se puede ser diferente.

Ser la oveja negra puede ser un riesgo: el de ya no pertenecer. Pero a veces no está mal salirse de un lugar donde no se puede ser diferente.
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