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: Abelino Chub Caal, líder comunitario Q’eqchi, toma nota durante una de las audiencias del juicio en su contra, el lunes 22 de abril 2019

La investigación sirve: los Q’eqchi’, El Estor y la larga historia comunitaria maya

Abelino Chub Caal
Juicio a Abelino Chub Caal
Matilde Caal abraza a Abelino Chub, su hijo
Tipo de Nota: 
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La investigación sirve: los Q’eqchi’, El Estor y la larga historia comunitaria maya

Historia completa Temas clave

¿Cómo se construye el conocimiento que luego se convierte en verdad judicial? ¿Qué valor tienen los peritajes culturales? ¿Y qué límites? El autor de este ensayo ha elaborado varios peritajes. El último, para el caso de Abelino Chub Caal, Q’eqchi’ de El Estor, Izabal, versaba sobre la historia y la cultura Q’eqchi’ en la región. Aquí reflexiona todo esto, y cómo se relacionan la academia, los tribunales y la historia de la organización social en Guatemala.

Redes-lateral

 

La interacción entre investigadores y comunidades siempre ha estado cargada de tensiones y de diálogos inconclusos.[1] Sin embargo también ha sido una arena de muchísima creatividad, compañerismo, amistad y conversaciones abundantes durante décadas[2]. La necesidad de conocer los contextos comunitarios de los pueblos indígenas no es algo nuevo: ya en el siglo XVI está el célebre trabajo de Sahagún en el centro de México,[3] así como las fundamentales «Relaciones Geográficas» comisionadas por Felipe II a todas sus colonias americanas, fuentes ahora centrales para comprender la transición entre las sociedades prehispánicas y las nacientes colonias.

En todas estas interacciones en pos del conocimiento comunitario se han dado silencios, omisiones, exageraciones y modificaciones, surgidas tanto de la tensión entre dos formas muy diferentes de comprender la realidad, como también por las estrategias que los mismos pueblos indígenas decidieron tomar a la hora de comunicar su pensamiento.[4] Un ejemplo de ello es el Título de Totonicapán: un extenso documento K’iche’ del siglo XVI cuyos primeros folios son una transcripción literal de la Theologia Indorum de fray Domingo de Vico, un influyente religioso en el altiplano maya por entonces, para después pasar a una narración K’iche’ que narra la historia de los amaq’ de la región.[5] Otros documentos son copias de otros antiguos, como la Crónica Xajil o Memorial de Sololá.[6] Desde épocas muy tempranas los pueblos mayas aprendieron a lidiar con los investigadores foráneos, decidiendo qué comunicar, de qué manera y cuándo hacerlo, así como miembros del grupo Kaqchikel Sotz’il Jay me explicaron hace algunos años.

Pero además los mayas aprendieron a lidiar con el enredado sistema jurídico colonial español. Es necesario recordar que el sistema colonial dividía a la sociedad en «españoles» e «indios» y les asignaba a cada uno el estatus de «República», lo que implicaba amplios márgenes de autonomía y legislaciones diferenciadas.

Tan temprano como en la segunda mitad del siglo XVI, los mayas ya lograban usar creativamente el sistema español para avanzar sus litigios.[7] Como parte de estos litigios también se presentaban documentos que narraban la historia de las comunidades, así como las relaciones que históricamente habían tenido con otras, como una forma antigua de los actuales peritajes. Muchos de estos documentos son los actuales títulos (como el de Totonicapán o incluso el Popol Wuj), que permiten reconstruir la historia comunitaria desde el punto de vista de las comunidades, vale decir. Esto último ha sido fuente también de tensiones y contradicciones entre los grupos mayas más esencialistas del presente: resulta que los diferentes títulos dan diferentes lecturas históricas sobre las sociedades prehispánicas y coloniales. Por ejemplo, la historia K’iche’ no es la misma en el Popol Wuj, el Título de Totonicapán y la Crónica Xajil, pero ello se debe a que estos documentos dan lecturas históricas desde diferentes grupos (aunque sea etnolingüísticamente K’iche’ en el caso de los dos primeros) y privilegian sucesos, datos y lecturas diferenciadas.[8]

Precisamente estas variaciones en las lecturas de los sucesos históricos o las diferencias culturales siguen siendo fuente de tensiones e incluso conflictos entre comunidades mayas e investigadores modernos. Las nociones generales se chocan contra la especificidad de los casos comunitarios, mientras las visiones comparadas también entran en tensión con otras formas de comprender la comunidad y su interacción con sus vecinos a lo largo del tiempo. Un caso señala esta tensión: el trabajo sobre los especialistas rituales K’iche’ (ajq’ijab’) llevado a cabo por Leonhard Schultze-Jena en el primer cuarto del siglo XX.[9] En su trabajo Schultze-Jena intercala información sobre los ajq’ijab’ de Momostenango y Chichicastenango, haciendo complicado discernir cuándo se refiere a una comunidad o a la otra. Para una conocedora de la cultura K’iche’ y de sus especialistas rituales, como Barbara Tedlock,[10] fue evidente que Schultze-Jena cometió un error al generalizar información de dos comunidades con patrones rituales y jerarquías similares, pero diferentes.

La tensión puede ser incluso más grande: la falta de comprensión de dinámicas políticas y culturales locales hizo cancelar abruptamente un proyecto arqueológico en la región Kaqchikel de las estribaciones norte del lago de Atitlán en su primera etapa, aunque posteriormente se subsanaron los errores y se comprendió que la interacción cultural (más allá de solo contratar trabajadores o informar de resultados) era fundamental para el éxito y el trabajo conjunto entre arqueólogos y comunidad. Otros trabajos, como las publicaciones de Médicos Descalzos sobre Chinique[11], han tomado el conocimiento comunitario como el eje central y el conocimiento científico occidental se subordina al comunitario, pero sin perder la noción dialógica entre ambos. Este caso puntual es sobre medicina comunitaria, así que la tensión no es tan grande como si se tratase de un estudio histórico o de interpretación cultural.

Precisamente los estudios históricos son el tipo de trabajos que conllevan debates más agrios que no solo provienen de los comunitarios, sino de sus propios colegas que, además, defienden posturas políticas un tanto diferentes. [12]

Greg Grandin muestra la tensión de las visiones históricas sobre hechos concretos al estudiar el caso del fusilamiento de autoridades K’iche’ de Cantel durante el período de Rufino Barrios (1873-1885).[13] De entrevistas a K’iche’ actuales y de la revisión de documentos históricos emergen narrativas contradictorias en torno al suceso: para muchos K’iche’ actuales el fusilamiento fue por oponerse a la construcción de una fábrica de hilados y la enajenación de terrenos comunitarios, mientras la documentación histórica señala tensiones al interior de la comunidad, la sospecha de una rebelión antigubernamental regional, y la necesidad de Barrios de legitimarse en el occidente. La divergencia entre ambas narrativas muestra también un fenómeno particular de Cantel: el surgimiento de una elite intelectual y una clase media comercial que reconstruyó su historia y omitió los conflictos locales para erigir una narrativa en la que el Estado, los criollos y los ladinos son el enemigo. Pero, como indica Grandin, en el caso de Cantel el Estado liberal post-1871 fue invitado a entrar a ellas, como una forma de inclinar la balanza hacia alguno de los grupos que disputaban el poder local.[14]

Este breve repaso sobre ciencia y comunidad muestra varios elementos clave: las tensiones entre conocimiento general y particular, entre perspectivas científicas occidentales y mayas, una mayor tensión cuando se trata de temas históricos y etnolingüísticos que cuando son económicos o de descripción de alguna particularidad local. Los diferentes trabajos coordinados por Rainer Hostnig[15] muestran también cómo estas tensiones pueden usarse de manera creativa para construir una narrativa histórica y cultural que no deje de lado ninguna perspectiva, sino que mantenga el diálogo, los puntos de vista y además permita articular una narrativa de múltiples voces. Mi peritaje para el juicio de Chub Caal trató de ir en esa línea. Aquí presento un resumen.

El pasado repara el presente: comprender las dinámicas q’eqchi’ en el tiempo largo

El caso de Abelino Chub Caal presentaba una arista importante: comprender desde cuándo, por qué y cómo estaban los Q’eqchi’ en los alrededores del lago de Izabal, en el nororiente de Guatemala.

A diferencia de otros grupos mayas en Guatemala, los Q’eqchi’ no tienen una documentación extensa ni conservan títulos sobre la propiedad individual o comunitaria de la tierra. Esto puede deberse a la influencia del dominio regional dominico durante los tres siglos coloniales. Los dominicos construyeron otras formas de propiedad y de reconocimiento de derechos a los pueblos locales. Además, como se demostró en el peritaje, los Q’eqchi’ de El Estor han estado allí como tales desde el siglo XVIII, gracias a varios procesos complejos de migración pero también de etnogénesis.

¿Qué es etnogénesis? Se le denomina así al proceso de construcción histórica, largo, de nuevas formas de identidad cultural y étnica.

Un ejemplo de etnogénesis entre los mayas es el caso de los Lakandon-Yukateko y cómo construyeron una etnicidad que recordaba a los Lakandon-Ch’ol (o Lakandon históricos), viejos habitantes de las tierras bajas de Chiapas, Petén y el norte de Huehuetenango, Quiché, Verapaz e Izabal, así como partes de Belice[16]. Precisamente los Lakandon-Ch’ol tenían una relación muy estrecha y longeva con los Q’eqchi’, que impactó en aspectos de la cultura material, ritual e incluso en la gramática del Q’eqchi’.[17] Es común en la actualidad encontrar patronímicos Q’eqchi’ que son, sin lugar a dudas, de origen Ch’ol. Los Ch’ol que habitaban la región de la Verapaz, Izabal y sur de Petén se fueron constituyendo, a lo largo de los siglos, en Q’eqchi’ modernos, en un proceso de etnogénesis que he denominado q’eqchi’ización.[18]

 Los grupos mayas de la región de la Verapaz, Izabal y sur de Petén en el siglo XVI. Tomado de Vásquez Monterroso, La construcción de un amaq', 31 figura 3, basado en Akkeren, Ruud van Xib'alb'a y el nacimiento del nuevo sol: una visión posclásica del colapso maya (Guatemala: Piedrasanta, 2012), 115 mapa 10.

El núcleo Q’eqchi’ se encontraba, para el siglo XVI, en el área que actualmente ocupan las cabeceras de Cobán, Carchá y Chamelco. Más allá de esta región comenzaba un progresivo intercalamiento entre poblaciones Q’eqchi’, Poqomchi’ y Ch’ol. La figura 1 muestra esta interacción entre grupos etnolingüísticos y grupos políticos al momento de la invasión europea. Cuatro siglos después todo el norte de la Verapaz, sur de Petén y las tierras bajas de Izabal estaban ocupadas por diferentes grupos Q’eqchi’, tal y como documentó Sapper en la transición entre los siglos XIX y XX (Figura 2).

Entender cómo sucedió ese proceso fue el objetivo del peritaje presentado en el juicio.

El núcleo Q’eqchi’ fue el área central de las misiones dominicas de la Verapaz, y el punto desde el cual se llevaban a cabo las reducciones a pueblos, un proceso que consistía en reubicar en poblados a la usanza española a poblaciones que vivían dispersas. Tanto los Q’eqchi’ como los Ch’ol tenían una larga tradición de organización territorial semi-dispersa, y la reducción tuvo darse varias veces para asegurar su éxito, siempre incompleto.

Muchos Ch’ol fueron llevados a los pueblos Q’eqchi’ del altiplano de la Verapaz, donde el proceso de q’eqchi’ización se aceleró. De allí que para el siglo XVIII muchos antiguos Ch’ol eran ya Q’eqchi’ aunque reconociendo su origen antiguo diferenciado.

Tomado de Vásquez Monterroso, La construcción de un amaq', 70 figura 14, basado en Sapper, Karl «Die Verbreitung der Sprachen volksstämme in der Alta Verapaz, 1901» (Mapoteca de la Universidad Francisco Marroquín, 95433), en González-Izás, Matilde, «Modernización capitalista, racismo y violencia en Guatemala (1810-1930)», tesis de doctorado en Ciencias Sociales con especialidad en Sociología, (México: El Colegio de México, 2014), 137.

En algunas crónicas dominicas de finales de dicho siglo se pregunta el motivo de las migraciones de Q’eqchi’ a territorios lejanos en las tierras bajas y una de las respuestas fue el «retornar a la tierra de los antepasados», una referencia específica al reconocimiento de su origen dual Ch’ol (de tierras bajas) y Q’eqchi’ (de tierras altas). Un dominico de finales del período colonial también hizo un listado de lugares a donde los Q’eqchi’ migraban, mostrando un amplio arco con dirección este, norte y poniente, en un patrón generalizado que reocupó las tierras Ch’ol. Esa expansión también incluía migrar al lago de Izabal, un lugar que los Q’eqchi’ conocían ya desde hacía siglos (Figura 3).

Al abordar el peritaje para el caso de Chub Caal fue clara esa falta de documentos Q’eqchi’ que atestiguaran la población maya en la región.

Además, a diferencia de lo que ocurría en Los Copones (Ixcán), en El Estor parecía que la memoria comunitaria no llegaba lejos en el tiempo. Sin embargo diferentes fuentes mencionaban la habitación antigua de poblaciones mayas en el norte del lago de Izabal desde hace más de dos mil años[19], así como tempranas reducciones que incluían población Ch’ol y Q’eqchi’ en el área del ahora Castillo de San Felipe a mediados del siglo XVI.

Migraciones q'eqchi' en su región inmediata. Elaboración del autor basado en Google Earth.

Un dato importante fue la reducción del poblado Ch’ol-Q’eqchi’ de Chahal /Cucul a inicios del siglo XVII, en el lugar que ahora se conoce como Chahal Viejo al nororiente de Alta Verapaz.

Un mapa (Figura 4) de la región puede ayudar a comprender mejor la frontera Ch’ol-Q’eqchi’ así como el proceso lento de q’eqchi’ización en la región, tanto por procesos de reducción dominica como de la propia migración de los Q’eqchi’ (y en menor medida de los Poqomchi’) a la región. Es bastante claro que los Q’eqchi’ ya se encontraban en la región entre finales del siglo XVIII e inicios del XIX.

Esta temporalidad fue problemática durante las discusiones alrededor del peritaje. En primer lugar porque anulaba la idea (generalizada entre ciertos círculos intelectuales mayas) de que las poblaciones de esta familia etnolingüística no se han movido (o solo un poco) desde hace miles de años. La evidencia arqueológica e histórica, por el contrario, muestra una amplia variabilidad de diferentes grupos, ocupando, desocupando y rehabitando territorios a lo largo de los siglos (la expansión K’iche’ al altiplano y bocacosta Mam, y la ocupación Kaqchikel del valle de la Ciudad de Guatemala, antes Poqom, son casos paradigmáticos de esto).

El caso de los Q’eqchi’ tiene además la particularidad que conllevó un proceso de etnogénesis, la q’eqchi’ización ya descrita. Esta particularidad implicó que los Q’eqchi’ pasaran a convertirse en el grupo etnolingüístico maya con mayor extensión territorial en Guatemala, y el segundo con más hablantes. La variabilidad territorial, tenía, sin embargo, un amarre común: siempre se trataba de grupos mayas. De nuevo, en el caso Q’eqchi’, la ascendencia dual que poseen (Ch’ol y Q’eqchi’) hace que, de hecho, esos amplios territorios de las tierras bajas hayan sido habitados por los grupos desde los cuales proceden, manteniendo una continuidad cultural, pero no necesariamente lingüística. En cierto modo los q'eqchi' siempre han ocupado esos territorios, pero no siempre siendo etnolingüísticamente q'eqchi' como hoy.

La frontera ch'ol-q'eqchi', fundaciones de pueblos coloniales, provincias prehispánicas y movimientos de población, siglos XVI-XIX. Elaboración del autor basado en Google Earth.

En el caso de Los Copones (Q'eqchi' occidentales) la dinámica fue diferente: la profunda memoria histórica y comunitaria de sus comunidades permitió contrastar la evidencia local con los documentos históricos, y encontrar puntos en común y establecer secuencias históricas de habitación, expansión y contracción territorial en los últimos dos siglos y medio. El Estor (Q'eqchi' orientales) fue más complicado: además de las referencias indirectas de los dominicos de finales de la Colonia, durante el siglo XIX algunos viajeros documentaron «población indígena» en las márgenes del lago de Izabal y, en algunos casos, establecieron con qué pueblos de más allá tenían relación.[20] Lo importante de estas fuentes (y lo importante para el caso de Chub Caal) es que todas estas referencias eran previas a la llegada de los intereses estatales y finqueros a la región, que iniciaron hasta la época de 1880, aunque un intento de concesión a empresas belgas e inglesas ya se había dado en la década de 1830, sin éxito. La toponimia de la región es además una combinación de nombres Ch’ol y Q’eqchi’, lo que confirma la habitación antigua de estos últimos en el área.

Un enlace clave entre las narrativas de los Q’eqchi’ de El Estor actuales y la documentación histórica la aportaron las rutas comerciales. En sus informes, los viajeros del siglo XIX mencionan la relación con comunidades Q’eqchi’ alejadas del lago de Izabal y los pobladores en sus márgenes. Esta relación (familiar, comercial, ritual) fue confirmada con los informantes actuales a través de las antiguas rutas comerciales, particularmente aquellas que se dirigen a Panzós (ya establecido a inicios del siglo XIX) como con Chahal/Cucul, atravesando la Sierra Santa Cruz (Figura 5), un área que ya fue documentada como región Q’eqchi’ antigua en otro proceso judicial. La toponimia y las rutas entre diferentes regiones Q’eqchi’ sirvieron para documentar la antigüedad de la habitación de este grupo maya en Izabal, como también crear un vínculo de memorias modernas y documentación histórica sobre la región. Como ya se indicó, el peritaje fue aceptado como prueba jurídica para el juicio de Chub Caal y la habitación Q’eqchi’ antigua en la región quedó establecida como tal a partir del siglo XVIII. Esto, hasta que otras investigaciones más profundas logren una mayor precisión histórica y cultural en el área.

Rutas entre las orillas del lago de Izabal y Chahal / Cucul atravesando la sierra Santa Cruz. Elaboración del autor basado en Google Earth.

De generalizaciones, esencialismos, ética científica, posibilidades y límites

Los peritajes «culturales» son sin duda un arma jurídica potente para determinar aspectos históricos y sociales que llegan a impactar y convertirse en verdades judiciales y a apoyar demandas legítimas de los pueblos indígenas de hoy. Pero adolecen de varias limitaciones: el corto período para su realización, muestra documental y etnográfica limitada, y la constante tensión entre perspectivas locales, perspectivas políticas esencialistas, y el conocimiento científico que siempre se está modificando y reevaluando, siempre preliminar (lo que no implica que sea incorrecto).

Ideados para responder preguntas precisas y resolver dudas especializadas, los peritajes tienen muchas veces más el carácter de «opinión informada» que el de investigaciones per se, y su uso oscila entre meras declaraciones de intenciones hasta trabajos especializados. Sobre estos últimos es que se centra la discusión de esta parte final del ensayo.

El llamado «esencialismo estratégico»[21] ha sido una herramienta válida para que los grupos subalternos hagan avanzar sus propuestas y demandas en medio de un sistema que estructuralmente les cierra prácticamente todos los caminos posibles. Como tal, está construido sobre premisas que congelan el pasado y las culturas indígenas. Curiosamente el esencialismo maya tiene mucho del trabajo de Eric Thompson, un arqueólogo británico que durante la primera mitad del siglo XX fue el decano de toda la investigación sobre el pasado maya, a veces con métodos poco éticos. En sus trabajos mostró una sociedad maya prehispánica de sacerdotes gobernantes que regían sabiamente de ciudades, y que concentraba todo su trabajo en mejorar sus cálculos astronómicos.[22] Esta perspectiva hace décadas que quedó relegada.[23] Y sin embargo sigue siendo atractiva para justificar que todo lo sucedido desde el siglo XVI para los pueblos mayas ha sido, básicamente, una tragedia. La subordinación en la que cayeron los pueblos indígenas de lo que hoy es Guatemala locales desde el siglo XVI (no solo el racismo, sino desigualdad educativa, económica, política y demás) no debe ser minimizada, pero sí contextualizada debidamente.

Por ejemplo Hill y Monaghan estudian el caso de los diferentes grupos (chinamit, molab') de los Sakapulteko / Tujaal de Sacapulas que, durante el período colonial, utilizaron el sistema jurídico español para enfrentarse entre sí y sacar ventajas territoriales y económicas los unos de los otros.[24] Otros, como los K’iche’ de San Miguel Totonicapán, utilizaron su peso económico y demográfico para lograr aumentar sus tierras en períodos en que la Corona española ponía a la venta las «tierras realengas», titulándolas además (en su caso hasta tres veces en diferentes siglos). Algunos no tuvieron la misma suerte, por supuesto, como los Kaqchikel de Tecpán Guatemala que, después de una rebelión fallida, vieron cómo su sistema de organización socioterritorial tradicional fue quebrantado por los españoles hasta enajenar las aldeas de la cabecera, rompiendo una simbiosis antigua.[25] Los Ch’orti’, por otra parte, fueron de los pueblos más afectados no solo por las epidemias, sino por las dinámicas de trabajo forzado a lo largo de los siglos.[26] El punto de todo esto es resaltar el abanico de experiencias variadas, que no pueden ser reducidas a una o un par de perspectivas.

Las tensiones a la hora de realizar los peritajes surgen precisamente de esta disyuntiva entre dinámicas generales y experiencias locales. Además, en mi caso, los peritajes abarcan períodos de tiempo amplios, de varios siglos, lo que implica comprender cambios culturales, lingüísticos, organizativos, religiosos y económicos, que no siempre son reconocidos por los comunitarios o por las organizaciones y abogados que acompañan el proceso. O que incluso pueden llegar a negar ciertas ideas previamente establecidas.

Los tiempos para los peritajes también limitan la profundidad de los hallazgos, por mucho que se trate de temas puntuales. Evidentemente hay casos en que las fuentes facilitan trabajar rápido, pero en otros casos se requiere de más tiempo. Solo a veces se logran ampliaciones.

Junto a ello están las limitaciones para recopilar la evidencia etnográfica. En mi experiencia esto último no ha sido complicado, ya que se ha tenido una excelente disposición de parte de las personas de la comunidad. Y esto es algo que pocas veces se menciona: cuando se trata de peritajes muchas veces la colaboración local es más amplia precisamente porque se trata de un tema de investigación que les beneficia en lo inmediato, a diferencia de las investigaciones tradicionales que pocas veces retornan a la comunidad.

La tensión entre construir una «verdad jurídica» y los datos concretos, así como la recuperación de la memoria y los rasgos culturales de comunidades específicas, es otro punto que requiere diálogo y comprensión de las partes. Un ejemplo es el caso del uso del término «ancestral». He decidido no utilizarlo en mis trabajos porque no sirve como explicación científica, sino que es en todo caso un concepto de uso más bien político reivindicativo.

Esto no quiere decir que las comunidades, su cultura material e inmaterial, su lenguaje o su memoria no sea de larga data: efectivamente lo es, y bastante. El problema con el término «ancestral» es que le asigna una profundidad histórica «inmemorial» e inmutable a fenómenos y prácticas que quizás tengan un siglo o dos, o incluso décadas.

Esto no anula el argumento de los comunitarios, pero sí lo hace más complejo porque presupone sociedades vivas, cambiantes, complejas, dialógicas y que también poseen conflictos internos, todo lo cual moldea diferentes procesos a lo largo del tiempo, y les da su carácter y, finalmente, su identidad particular. Eso es lo valioso de analizar las particularidades y de evitar caer en los esencialismos que, al ser fundamentalmente estratégicos, no dejan de tener un fundamento autoritario y homogenizador.

En algunos casos los peritajes pueden ayudar a rescatar antiguos conceptos de organización social, decisión que es comunitaria y no del investigador. Sucedió en el caso de Los Copones, donde los Q’eqchi’ locales comenzaron a reutilizar la palabra amaq’ para referirse al conjunto de sus comunidades, así como volvieron a retomar el sentido original de la palabra molam, que había quedado en desuso en su sentido de unidad comunitaria mínima. Esto puede entrar en tensión con visiones más académicas respecto al uso de las fuentes documentales y de campo, como el prólogo de Hill a mi libro sobre Los Copones, que duda sobre si puede existir un amaq’ moderno pero, por otra parte, valida la construcción conceptual de q’eqchi’ización para explicar el particular proceso de etnogénesis colonial Ch’ol-Q’eqchi’.[27]

Al final de cuentas, conceptos como amaq’ o molam sí se encuentran en uso en otras regiones Q’eqchi’ del presente, por lo que no se trata tanto de una «invención de la tradición» como de una recuperación local de terminología en uso aún. En otros casos la descripción de las dinámicas de control territorial y relación con los vecinos no coincide con la visión que las comunidades tienen de sí mismas, pero a través de encuentros y diálogos fue posible explicar las diferentes perspectivas y las posibilidades y límites de cada una.

Las ventajas en cuanto a acceso a información documental y etnográfica que proveen los peritajes deben ser evaluadas con cuidado, en especial porque dichos trabajos se enmarcan, después de todo, en investigaciones científicas que, como tales, son cambiantes y constantemente verificadas. La verificación puede provenir del mundo académico, de las comunidades a las que se hace referencia, o de ambos. Lo ideal sería lo último, porque permite mantener un diálogo constante.

Por ejemplo, para el autor hay una diferencia en el peritaje sobre el caso de Los Copones (2015) y el libro sobre la estructura social en perspectiva histórica larga de esa región (2017), así como en una posterior ampliación a la región vecina de la Zona Reina en el norte de Uspantán (2018). En los tres trabajos hay variaciones leves en cuanto a profundidad histórica, datos sobre organización y el uso de conceptos locales, mostrando en un período de tres años una complejización de la discusión sobre la historia y dinámicas en dicha región Q’eqchi’. La mayor profundización de archivo y trabajo de campo permitió ir afinando los datos y las interpretaciones, siempre están abiertas a nuevas lecturas.

Los límites de los peritajes se hallan en que se elaboran para responder a casos jurídicos específicos. En los que yo realicé sobre los territorios comunitarios Kaqchikel y Tz'utujil de Asunción Sololá y Santiago Atitlán no pude profundizar como hubiera querido en la organización social y en las disputas internas. Sin embargo como trabajos que explican el territorio comunal de ambos poblados son bastante completos. El hecho de que se trate de trabajos para casos jurídicos hace que muchas veces las restricciones legales fuercen a que su contenido se conozca solo un par de años después, cuando eventualmente nuevos hallazgos pudieron haber modificado algunos de sus puntos. Además, su propia naturaleza complica que puedan ser revisados por pares, o dicha revisión es insuficiente por los tiempos judiciales. En otros casos la tardanza en el sistema de justicia permite, muchas veces, que dicha revisión sí se lleve a cabo, como ha sucedido en la mayoría de mis trabajos.

Este elemento debería mejorarse para futuros peritajes: considerar un tiempo para la revisión de pares.

***

El caso de Chub Caal se resolvió con su salida de prisión. Los peritajes que presentaron los abogados defensores fueron aceptados como evidencia válida para el tribunal que llevó el caso. A la vez los Q’eqchi’ de El Estor cuentan ahora con más argumentos históricos para apoyar sus demandas, argumentos que además tienen sustento documental que puede ser ampliado en el futuro. La comprensión de las dinámicas históricas, culturales y territoriales Q’eqchi’ en el tiempo largo (anterior al siglo XIX) es un proceso todavía poco comprendido pero que con los años ha ido ampliándose mediante estudios de caso. Lo mismo sucede con otras regiones del país.

En un país como Guatemala, donde la investigación en general es ninguneada o busca ser instrumentalizada, los peritajes han sido, paradójicamente, una forma de ampliar el conocimiento histórico y cultural local de un país tan complejo como este. Ante la carencia de espacios para desarrollar investigaciones sobre casos locales muy específicos, este tipo de trabajos permite acercarse de mejor manera a las realidades de las comunidades indígenas del país. De la misma manera que, en su momento, los títulos indígenas coloniales aportaron a la historia local y regional ante la carencia de europeos interesados en documentar a esas sociedades.

Al mismo tiempo, la colaboración entre el mundo jurídico, el académico y el comunitario ha logrado construir narrativas múltiples que responden a diferentes fines, tratando siempre de mantener visibles y activas las diferentes perspectivas que cada uno de esos mundos provee. Al final, como en el caso de Cantel descrito por Grandin, no importa tanto si los K’iche’ fusilados lo fueron por riñas locales o por su oposición al Estado (que, ojo, no es una diferencia de matiz pequeña), sino que fueron fusilados sin juicio ni derecho a defensa.

Y los peritajes buscan eso, una explicación científica que permita a los grupos indígenas y subalternos en general construir una argumentación compleja que no solo les ayude en un caso penal puntual, sino además les devuelva (aunque sea con limitaciones) algo de su pasado y su cultura.

 


[1] Sullivan, Paul, Conversaciones inconclusas: mayas y extranjeros entre dos guerras (Barcelona: GEDISA, 1991).
[2] Carmack, Robert, Rebels of highland Guatemala: the Quiché-Mayas of Momostenango (Norman: Oklahoma University Press, 1995). Tedlock, Barbara, El tiempo y los mayas del altiplano (Rancho Palos Verdes, California: Yaxte’, 2002 [1982]). Boremanse, Didier, Cuentos y mitología de los lacandones (Guatemala: Academia de Geografía e Historia, 2007). Cook, Garrett, Renewing the Maya world: expressive culture in a highland town (Austin: University of Texas Press, 2000).
[3] Sahagún, Bernardino de, Historia general de las cosas de Nueva España (México: Porrúa (2000 [1585]).
[4] Gruzinski, Serge, La colonización de lo imaginario: sociedades indígenas y occidentalización en el México español, siglos XVI-XVIII (México: Fondo de Cultura Económica, 2007 [1991]).
[5] Ver Carmack, Robert y James Mondloch (notas y traducción), El Título de Totonicapán (México: Universidad Nacional Autónoma de México, 1983).
[6] El estudio sobre ello es de Hill, Robert, Pictograph to alphabet and back: reconstructing the pictograph origins of the Xajil Chronicle (Pennsylvania: American Philosophical Society, 2012).
[7] Hill, Robert y John Monaghan, Continuities in Highland Maya social organization: ethnohistory in Sacapulas, Guatemala. (Filadelfia: University of Pennsylvania Press, 1987).
[8] Akkeren, Ruud van, «Fray Domingo de Vico, maestro de autores indígenas» en Cosmovisión Mesoamericana, Horacio Cabezas Carcache (editor), 83-118 (Guatemala: Universidad Mesoamericana), 104.
[9] Schultze-Jena, Leonhard, La vida y las creencias de los indígenas quichés de Guatemala (Guatemala: Sociedad de Geografía e Historia de Guatemala, 1945).
[10] Tedlock, El tiempo.
[11] Asociación Médicos Descalzos, ¿Yab’il xane K’oqil? ¿Enfermedades o Consecuencias? Seis psicopatologías identificadas y tratadas por los terapeutas Maya’ib’ K’iche’ib (Guatemala: Cholsamaj, 2012), y Q’ij Alaxik. La importancia de desarrollar nuestras vocaciones para tener bienestar mental y una convivencia armónica con los demás (Guatemala: Médicos Descalzos, 2014).
[12] Ver, por ejemplo, Grandin, Greg, The blood of Guatemala: a history of race and nation (Durham: Duke University Press, 2000), y el debate en torno a ese libro en Mesoamérica 26, No. 47 (2005), 105-134.
[13] Grandin, Greg, «Asesinato, memoria y resistencia en el altiplano occidental de Guatemala: Cantel, 1884-1982», Mesoamérica, No. 36, 371-422.
[14] Grandin, «Asesinato, memoria y resistencia», 416.
[15] Como ejemplo ver Hostnig, Rainer y Luis Vásquez, Etnobotánica mam (Guatemala: GTZ, 1998).
[16] Palka, Joel, Unconquered Lacandon Maya: ethnohistory and archaeology of indigenous culture change (Gainesville: University Press of Florida, 2005).
[17] Romero, Sergio, comunicación personal (Nahualá, Sololá, 2014).
[18] Vásquez Monterroso, Diego, La construcción de un amaq’ moderno: Los Copones, Ixcán, Quiché (1760-2015) (Guatemala: Universidad Rafael Landívar, 2017), y «¿Qué podemos aprender de las sociedades mayas para pensar un Estado diferente? El ejemplo de Los Copones» en Plaza Pública, 26 de mayo de 2018, disponible en: https://www.plazapublica.com.gt/content/que-podemos-aprender-de-las-sociedades-mayas-para-pensar-un-estado-diferente-el-ejemplo-de.Última consulta: 22 de julio de 2019.
[19] López Barrientos, Mario, «Las comunidades Q’eqchi’ y las áreas protegidas en Livingston, Izabal. Insumos para un análisis de correlación de fuerzas». Documento interno de trabajo. (Guatemala: Asociación para el Avance de las Ciencias Sociales en Guatemala AVANCSO, 2009).
[20] Hurtado Paz y Paz, Laura, La histórica disputa de las tierras del Valle del Polochic: estudio sobre la propiedad agraria. Prólogo de Gustavo Palma Murga (Guatemala: Serviprensa, 2014), 13-14; Güell y Busquets en Castellanos Cambranes, Julio, Café y campesinos: los orígenes de la economía de plantación moderna en Guatemala, 1853-1897 (Madrid: Catriel, 1996), 246-247.
[21] Éste consiste en que un grupo o movimiento social adopta posturas radicales, esencialistas, para hacer avanzar sus demandas, aunque por un período corto de tiempo y con el objetivo de avanzar hacia otras posturas. Ver más en Spivak, «¿Puede hablar el subalterno?», Revista Colombiana de Antropología 39 (2003).
[22] Thompson, Eric, Grandeza y decadencia de los mayas (México: Fondo de Cultura Económica, 1959). Thompson también ayudó a hacer el primer diccionario de glifos mayas y tuvo otros aportes valiosos, sobre todo de la relación entre etnografía y arqueología.
[23] Coe, Michael, Breaking the Maya code (Nueva York: Thames and Hudson, 2012).
[24] Hill y Monaghan, Continuities in highland Maya.
[25] Hill, Robert, «Social organization by decree in Colonial Highland Guatemala», Ethnohistory, 36, nro. 2 (1989).
[26] Metz, Brent, Ch’orti’-Maya survival in eastern Guatemala: indigenity in transition (Albuquerque: University of New Mexico Press, 2006).
[27] Hill, Robert, «Notas metodológicas» en Vásquez Monterroso, La construcción de un amaq’, xix-xxvii.
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