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El muro fronterizo que separa Tijuana de San Diego, entre México y USA, protegido por una malla metálica recién instalada, iluminado por la noche

En San Diego silencio, del otro lado los hambrientos

Los primeros migrantes que llegaron a Tijuana se plantaron frente al muro y por primera vez en su travesía enfrentaron oposición civil. “Nos tiraron piedras” cuentan.
En la misma playa, más al sur, hay un pequeño campamento de migrantes mexicanos, provenientes de Acapulco también buscando recibir asilo.
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En San Diego silencio, del otro lado los hambrientos

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En Tijuana ya cientos de migrantes centroamericanos acampan en el Estadio Olímpico Benito Juárez, esperando recibir asilo. Están frente al muro, ese que les separa de San Diego, una ciudad estadounidense sumida en la calma, ajena a todo lo que ocurre al otro lado.

Redes-lateral

A las siete de la noche de un viernes San Diego es casi una ciudad desierta. Todo es silencio. Soledad. Como después de un aguacero. San Diego es una ciudad moderna, limpia. A un costado de la carretera hay docenas de parquímetros, en fila, todos amarillos, todos alineados, sin embargo, todos vacíos.

El olor salado a costa, envuelve toda la ciudad. En San Diego no hay bicicletas públicas. Hay, pues, scooters públicos que descansan a un costado de la calle. Sin candado y respirando sus luces de colores, estas patinetas parecen más bien aves salvajes que ocuparon la ciudad. Caída la noche ya nadie los usa.

Sobre la calle Broadway aparece el tren rojo que devuelve a las y los mexicanos a Tijuana. Es gente que trabaja en Estados Unidos pero vive más al sur, donde la renta es razonable pero los salarios no tanto.

Para llegar a la frontera hay que tomar un trolebús que cuesta $2.50. Cada cinco minutos hay un nuevo trolley. Conforme pasan las estaciones, el español parece empujar al inglés fuera de los vagones, como recordando que San Diego, hasta 1848, era territorio mexicano. Media hora y unas quince estaciones después, el trolley rojo llega a su última parada. “This is the last stop”, anuncia una grabación. “Esta es la última parada”, y todos bajan.

Simone Dalmasso

Al final de la ciudad, como un epílogo burlón, o un ridículo recordatorio, está un último McDonald’s.

Pasos al sur inicia un pequeño pasaje con muros de madera. La madera luego se convierte en concreto, luego en metal. El metal toma forma de paredes, de rejas, de bardas, de postes con luces cegadoras y, desde hace unas semanas, el alambre de púas instalado bajo las órdenes de Trump, corona los muros. Esto es, en el camino principal de vuelta a México, la única demostración del poderío industrial y militar que Estados Unidos prometió desplegar. San Diego parecía no saber que hay miles de centroamericanos buscando llegar hasta sus calles desoladas.

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Del otro lado todo es ruido.

Por sobre el rugido de los carros se escucha: ¡Tamales de elote! ¡Tacos! ¡Tortas! ¡Taxi, compañero! ¿A dónde? Do you need a taxi, man? Wanna go to the airport? ¡Pásele, pásele!, y el siseo caliente de carne asada.

Una playa y “esto apenas empieza”

—Acá en Tijuana somos muy bondadosos —asegura Felipe Corona, taxista nacido y crecido en el norte de México, mientras ingresa su vehículo a la Tijuana-Ensenada Road el pasado sábado 17, en la mañana.

Simone Dalmasso

Mientras San Diego es futurista, las calles de Tijuana son más como las de Guatemala: destrozadas, desvencijadas.

—Si ustedes supieran, el año pasado vinieron un montón de personas de Haití, no lograron pasar muchos y varios ya consiguieron chamba acá, y se quedaron —sentencia, acaso como una advertencia.

Felipe, de coronilla lampiña, bigote groso y lentes finos, dice que el éxodo haitiano del 2017 se convirtió en la mano de obra de Tijuana. Los que no lograron entrar a Estados Unidos, es decir, la mayoría, ahora trabajan de albañiles, de seguridad en los antros, meseros, cajeros en OXXO...

—Acá hay trabajo para el que quiera trabajar —continúa, llegando a las playas—, a los que les toque quedarse acá los vamos a recibir muy bien.

A inicios de semana los primeros migrantes que llegaron a Tijuana, se plantaron en la playa, frente al muro y por primera vez en su mes de travesía enfrentaron oposición civil. “Nos tiraron piedras”, señaló Fresbindo Carvajal, 24 años, de Tegucigalpa, a quien antes ya habíamos entrevistado a un costado del Río Suchiate, a finales de octubre. Fres, como le llaman sus amigos, cuenta que un gran grupo de mexicanos les hizo frente, cantaron el himno nacional, mientras la caravana respondía gritando, ¡Honduras! ¡Honduras! Así lo asegura también Nati Vanegas, chica transexual de 18 años que trabajaba cortando carne en una taquería de San Pedro Sula antes de salir en la caravana. “También nos discriminaron en los restaurantes”, comenta, “íbamos a hacer fila para recibir comida, y no nos daban, o nos hacían a un lado”. Los migrantes cuentan que vecinos de Playas retaron a miembros de la caravana y les pedían que se fueran. La tensión fue tal que, tal y como narra Fres, los mexicanos empezaron a lanzar piedras, lastimando a varios. Pronto los migrantes fueron ubicados en la Unidad Deportiva Benito Juárez.

La mañana del sábado 17 la playa estaba vacía. Todo era quietud.

Simone Dalmasso

Desde temprano y aún sin sol, agentes de la patrulla fronteriza rondaban del otro lado del muro. Mientras dura la noche, la patrulla tiene instalado postes de luz con un halo cegador. Además, tras un incidente esta semana cuando un joven de 18 años trepó el muro, se sentó sobre él mientras un miembro de la marina estadounidense, armado hasta los dientes, le ordenaba que retrocediera, se agregaron extensiones al muro y más alambre de concertina que va desde la cima, y baja a cubrir el lado estadounidense del muro. El metal del muro está oxidado y las gaviotas se sientan sobre él. Los pilares de acero inician pocos metros antes de la arena.

En la misma playa, más al sur, hay un pequeño campamento de migrantes mexicanos, provenientes de Acapulco también buscando recibir asilo. Llevan esperando más de dos meses.

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“Vamos a ver qué pasa, a esperar que se calme esto”, cuenta Miguel Ángel Palma, de 43 años y líder del grupo. Miguel Ángel llegó a principios de septiembre a la playa queriendo cruzar, pero, cuenta, el agua estaba muy fría y ahora la caravana ha causado un aumento en la seguridad terrestre y marítima también. Vestido con chaqueta de cuero y lentes oscuros, Miguel Ángel cuenta que era instructor de esquí acuático en la Laguna Tres Palos, en Acapulco. Pero los US$1,200 que ganaba ya no le alcanzan. Quiere usar su experiencia para intentar cruzar por el mar. “Algunos acá vienen con sus esposas y quieren probar recibir asilo, pero la gente no está pasando”, advierte, “esto apenas empieza para esa gente. Por eso yo me quiero tirar”.

En el Benito Juárez

A diez minutos en carro, desde la playa, se llega a la Unidad Deportiva Benito Juárez con capacidad de unas 300 personas. Dentro, ahora, hay unas mil. regadas en los jardines, dentro del gimnasio techado, en los graderíos, los dugouts del estadio de béisbol, sobre la misma cancha de béisbol que está rodeada por baños portátiles y regaderas improvisadas. La cresta oxidad del mismo muro que parte la playa, se observa frente al complejo.

Dentro la gente empieza a impacientarse. “¿Usted sabe qué está pasando?” preguntan. “¿Será que ya hay gente que pasó?” preguntan.

Simone Dalmasso

Para Ángela Vallecillo, de 29 años, de San Pedro Sula, no hay vuelta atrás. “Ya pasamos hambre, frío, sol, humillaciones; yo pienso en mis hijos y me dan valor para seguir”, dice. Ángela, es parte de la primera caravana y llegó a Tijuana el miércoles 14. Su rostro moreno demuestra el cansancio e incomodidad.

Ángela y su esposo, en San Pedro Sula, eran dueños de una pequeña tienda, pero cada semana la mara les pedía el impuesto de guerra. 500 lempiras una semana. 400 otra. Pero una vez, hace cuatro años, no tenían para pagarlo y asesinaron al esposo de Ángela. La mara dejó huérfanos a dos niños y una niña.

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“Quiero solo pasar para obtener un trabajo digno y sacar a mis hijos adelante”, continúa Ángela, sus ojos llenos de lágrimas. “Yo no tuve la oportunidad de estudiar y se lo importante que es para ellos. Mi hija quiere ser maestra, mi hijo abogado y yo quiero ser capaz de brindarles esas oportunidades”. Y para tal sueño, ella no va a ceder. “Acá nos quedamos hasta pasar”.

Por otro lado, Ever Hernández, de 32años, y Lucenia Maldonado de 31, padres de Aslyn y Jeremy, están ya considerando quedarse en Tijuana. “Vamos ya cansados y estamos viendo que hay pocas posibilidades de entrar a los Estados”, señala Ever. El padre tramitó una visa humanitaria en Ciudad de México que le permite trabajar en toda la república, lo hizo previendo que Estados Unidos, efectivamente, no abriría sus puertas. “Nosotros sí nos quedaríamos acá, con mucho gusto. Vemos que hay mucho trabajo”, continúa Lucenia. “Lo que se trata es de conseguir trabajo y beneficiar a mi familia”, sentencia Ever, que trabajaba como conductor de camiones y montacargas en Olancho.

Simone Dalmasso

Luego está Santiago Cal, de 20 años, que fue de las personas que inhalaron los gases tirados por los policías federales de México en el cruce México-Guatemala quien, sonriente y orgulloso afirma que a él le toca en unos días. “Yo ya fui al cruce, me apuntaron y me dijeron que el lunes reciben mi caso”, sonríe. “Ya falta poco”.

Y así. Gente sigue llegando a Tijuana. Gente cansada pero que celebra que ya completaron el viaje, que solo falta que se abra la última puerta. Dentro del Benito Juárez todos están cansados, fundidos, reventados. Las personas del grupo tienen los últimos síntomas de una gripe jodida que empezó a achacarlos en Ciudad de México: por ahí se escucha gente aún tosiendo, limpiándose la garganta o restregándose los ojos rojos. Hay esperanza, hay ilusión, pero también mucha duda.

San Diego parece estar aislada. A medio día del sábado los agentes del Border Patrol en la playa fueron reemplazados por típicos playeros sabatinos. Todos con sus shorts y frisbees y cámaras y perros. Pero mientras en San Diego todo es rutina, en Tijuana hay actividades para los niños y niñas de la caravana organizadas por la agrupación católica Ancla Misiones. Mientras en el norte todo avanza con precisión milimétrica, en el sur siete parejas de la caravana, pertenecientes a la población LGBTIQ, contrajeron matrimonio frente al Museo de Cera, para poder ir juntas y juntos del otro lado. Mientras en California todo es ritmo frenético pre-Thanksgiving, del otro lado de la frontera están las y los cansados, los pobres, hambrientos.

¿Será Tijuana un purgatorio o un valle fangoso donde todo se trunca? ¿La caravana centroamericana será como la haitiana? De momento todo es silencio, las respuestas se sabrán con el tiempo. Mientras todo es inseguridad y predicciones, apenas consolados por breves momentos de levedad y humor.

Simone Dalmasso

 

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