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El silencio cómplice del CACIF
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Editoriales

El silencio cómplice del CACIF

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“¡Que se apruebe esa reforma constitucional!”, repitió nunca el CACIF con convicción.

Quizá tú también lo creíste: que cuando las autoridades indígenas se dijeron dispuestas a sacrificar el artículo de la reforma constitucional que hablaba de la jurisdicción indígena, ya estaba todo hecho.

Por ejemplo, lo lógico –lo biempensado- era imaginar que el CACIF, que había salido a decir “mano, es que la reforma nos parece necesaria, pero no con esta barbaridad”, después habría depuesto su resistencia y habría invitado a los diputados –conferencias, comunicados, entrevistas en los medios– a que se aprobara la agenda mínima de la reforma. Si ya no era posible alterar cómo entendemos el derecho de antejuicio, al menos que apoyaran lo aún rescatable: la independencia judicial, la reforma de la carrera judicial, la concreción normativa de la meritocracia que siempre dicen anhelar, la separación de las funciones jurisdiccionales de las administrativas –o sea, que los dilectos magistrados de la Corte Suprema de Justicia, doctos en derecho y leyes, se ocupen del derecho y las leyes, y no de la contabilidad y la gestión: esa arma con que castigan a quienes hacen bien su trabajo–.

O prever que el CACIF y sus portavoces, que tanto miedo al pluralismo y la jurisdicción indígena nos habían inculcado, saldrían ahora  –ya tranquilos, ya disipados sus temores– a hacer proselitismo a favor de la reforma, de la lucha contra la corrupción, de un Estado más razonable y justo y que incluso prepararían videos de dibujitos para las redes sociales y todo el merequetengue, para hablarle de tú a tú a esa joven juventud cívica, ciudadana, que aspira a una nación en la que todos seamos guatemaltecos y guatemaltecas con los mismos derechos y deberes, etcétera. [Suena el himno.]

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Quizá tú también lo creíste (te lo creíste). Tenemos una noticia: va a ser que no.

Va a ser que no.
O sea, hasta ahora, en estos días –ayer, hoy, estos días, los días críticos–, no, nada, ni un comunicado, ni una entrevista, ni una conferencia, ni un videíto con dibujitos para ciudadanitos.
Que todo se quede igual no les da miedo. El miedo es a la jurisdicción indígena.
Quince abogados para defender a 6.5 millones de indígenas y no lo entienden y no solo no lo entienden sino que les da pánico, dicen. El miedo era a la jurisdicción indígena (o eso quisieron hacernos creer). Luego se lamentan porque algunos piensan mal de ellos y les llaman cosas: oligarcas, hipócritas y todo eso que les llaman sin razón.

Pero cuando se quedan callados tras un periodo vocinglero, su silencio no parece derivado del cansancio y la renuncia y el traspaso de mando en su presidencia, sino que huele tanto pero tanto tanto a complicidad.

Cuando se quedan callados en los momentos cruciales y no respaldan la transformación de la justicia que dicen respaldar pero (el pero en la sopa)… en esos momentos parece que en realidad es como si no quisieran. En esos instantes cabe pensar si es cierto que ese desprecio y esa distancia que manifiestan en privado con las vertientes más extremistas del reaccionariado (la Fundación contra el Terrorismo, sus prosélitos, algún muchacho que abandonó la escritura por los videos pero nunca dejó de HABLAR CON LETRAS MAYÚSCULAS y precisión minúscula) son reales.

En privado, les preocupa que los comparen.
En privado, se desmarcan.
En público nunca trazan la raya divisoria.
Es más, a menudo hasta parece que están de acuerdo.
O que se benefician.

Lo ha escrito alguien de derecha para pedirle a la derecha que espabile:

“Se escuchan mensajes vociferantes de una derecha retrógrada. De una derecha que no quiere avanzar. O somos capaces de separarnos contundentemente de estas ideas y personajes, o fallaremos a la sociedad guatemalteca. Quien en esta coyuntura haga esfuerzos para preservar el estatus quo es un enemigo político.
En la derecha hay nuevas voces y buenas ideas para mejorar la vida de todos. Sin embargo las instituciones e individuos que se adscriben al liberal-conservadurismo parecen callados en el debate público actual. Eso hace que gritos radicales y en algunos casos indeseables se escuchen con mayor fuerza y sea fácil pensar que son más representativos de lo que son.”

Una encuesta del año pasado sugería que más de la mitad de la población desconfía de la “empresa privada”. Dadas las circunstancias del estudio, cabe pensar que “empresa privada” se refería sobre todo al CACIF. Un desprestigio asombroso. Quizá no lo hayan notado, pero por defender nefandos intereses personales o empresariales de corto plazo, están matando a su organización más robusta.

Y quizá, bien visto, y a la luz de su papel en los últimos sesenta años, eso sea lo mejor que nos deje esta crisis de sistema: el CACIF en una lenta y agónica decadencia, reducido en el abstracto futuro al espacio y el tamaño que le corresponden, despojado de esa autoinvestidura de tótem económico y político, de ese aire de salvador en que a veces se embadurnan, de esa manera de llamarse el sector productivo, como si lo abarcaran todo y más allá de su organización no hubiera nada
nadie trabajara nada
nadie produjera nada
nadie tuviera nada que ver con que la gente sobreviva en este país
–aun si a duras penas o no siempre.
(Lo que sí es cierto es que pocas otras organizaciones tienen tanto que ver con la captura y la cooptación del Estado, con las políticas extractivas, con el corporativismo, con la deriva. Por eso las cámaras empresariales han seguido siendo vistas casi exclusivamente como los interlocutores del Congreso en las negociaciones de la reforma constitucional: parecieran el último filtro, los portadores del último permiso,
“¿Les complace así la ley a Sus Excelencias?”).

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Pero no son los únicos que mantienen (¿mantienen?) el país ni tampoco su palabra debe tomarse por única y definitiva. Otras organizaciones deben emerger entre los empresarios, otras –las que ya existen– deben manifestarse dignamente: las cooperativas, las de trabajadores, las campesinas, las indígenas de nuevo, las sociales, las resistencias.
Donde debiera haber mil voces, hay poco más que un silencio fatuo o resignado; o derrotado; o, peor aún, indiferente.

Parece como si no existiéramos.

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