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El pandillero de la Comemuertos

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“Mi vida se está acabando. Así somos a los 80 años. Como un sol que se pone, pero antes de hundirse en la oscuridad, se hace más rojo”, dice Ricardo Falla al inicio del primer volumen de "Al atardecer de la vida...", su libro más reciente. Éste es uno de los textos recopilados, del 2000, perteneciente a la que el antropólogo y sacerdote jesuita llama "la quinta etapa de mi vida", alejado del mundo indígena y cercano a historias urbanas globalizadas. Lejos ya del Ixcán y de la tesis doctoral "Quiché rebelde", Falla empieza a buscar explicaciones a la violencia, la juventud y al fenómeno de las pandillas.

La cárcel, donde hay como 50 Comemuertos viejos (edad 25 años) es un refugio, pero allí los jóvenes se hacen más dañinos. Si la calle es la escuela de la pandilla, la cárcel es la universidad

“Al salir de las CPR me encontré en Centroamérica con el fenómeno de la globalización en diversas expresiones, como las maquilas, las maras, la migración al norte, la vulnerabilidad ambiental, etc. Desde que me inicio en la antropología y entro en contacto desde una nueva perspectiva con el mundo indígena, luego escudriño los resortes de la organización campesina indígena en Guatemala y otros países de Centroamérica, tengo el privilegio histórico de acceder a la experiencia del Ixcán (organización, masacres y resistencia), hasta que, en una especie de parteaguas intelectual, me veo abocado a la problemática de la globalización que ya está explotando en el país vecino de Honduras y luego en Guatemala, con el fenómeno de la violencia siempre presente”, dice el antropólogo en la introducción de Al atardecer de la vida, editado por la Asociación para el Avance de las Ciencias Sociales (Avancso), el Instituto de investigaciones del hecho religioso, de la Universidad Rafael Landívar, y Editorial Universitaria de la Universidad de San Carlos de Guatemala.

Clara Arenas, directora de Avancso y prologuista del libro, explica: “La clave fundamental de la metodología en Falla será, entonces, ir de lo concreto a lo abstracto, de lo sencillo a lo complejo, a partir de una inserción profunda en el pueblo. Así se lo presentará tanto a jesuitas como a antropólogos”, que se ve bien reflejado en “El pandillero de la Comemuertos”.

El mismo volúmen contiene el prólogo de Maras y pandillas en Centroamérica (2001), que cita Arenas “resulta revelador porque nos muestra a un prologuista lleno de preguntas todavía, que ni él ni el libro logran responder, pero que al mismo tiempo tiene ya importantes intuiciones sobre el derrotero que debe llevar la investigación sobre el tema. La más saliente de estas preguntas es sobre las causas de la existencia de maras y pandillas en nuestra región y nos dice: “el libro tiene acercamientos metodológicos, pero aún no responde”. “Las causas trascienden la conciencia”, dice, y son “no sólo pobreza, no sólo desempleo, no sólo drogas”. También anuncia algo que repetirá en otros escritos: la misma globalización ha de tener en su entraña el principio de solución. Porque esta problemática es una realidad global: la juventud es instrumento de violencia”.

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Cifras

Según la estimación de los equipos centroamericanos que han estado investigando la violencia juvenil, del 6 al 8 por ciento de la juventud urbana de 15 a 24 años está organizada en las maras o pandillas, cifras que se aplican a los cuatro países del norte de Centroamérica. Estos números se refieren a los activos y no tienen en cuenta los círculos concéntricos de “asociados”.1/

Rostro pandillero

Se trata de un joven de 23 años de Managua, Nicaragua, que ha pasado casi la tercera parte de su vida en la cárcel Modelo y acaba de conmutar dos años de cárcel por dos en un Centro de Rehabilitación en Rivas. Lleva tres tatuajes en su cuerpo, el último de la “Comemuertos”, pandilla del barrio Shick, nombrada así porque desenterraban muertos frescos del cementerio para robarles anillos, placas... y luego los quemaban con gasolina, robada de los carros con manguera. Actualmente está con la fe de rehabilitarse pero ve la gran dificultad que existe. Atribuye su vida violenta a un momento de la infancia, cuando su madre lo dejó abandonado en un basurero a los tres años. Una mujer lo rescató y adoptó, pero a los ocho años se salió a vivir en la calle durmiendo en la terminal de la Cotrán, robando a pasajeros muy de mañana y tomando drogas. Por esos años se integra a una pandilla de niños y se pone el primer tatuaje. Dice que la pandilla era su familia. Como a los 15 años cae en la cárcel por dos años. Sigue en la droga. “Drogado me sentía el máster”. Sale y encuentra a su novia como a los 18. Ella trata de sacarlo de la pandilla, pero por fin ella se hace drogadicta y por “tres o cuatro piedras” vende su cuerpo. Tiene un hijo con ella y actualmente él ha querido rehabilitarla, pero ella se niega. En la pandilla le gustaba provocar el temor, sentirse “el tuani”: “si veían que yo puñaleaba a tres o cuatro hijueputas en la calle, ya me respetaban y otros pandilleros hacían lo que les decía”. Es difícil salirse de la pandilla estando en el barrio: lo conocen y le ofrecen droga y si no acepta “lo vulgarean” e incluso lo quieren perjudicar. Por eso, en la calle se va cuidando las espaldas y va armado de un “chuzo” (como puñal). La cárcel, donde hay como 50 Comemuertos viejos (edad 25 años) es un refugio, pero allí los jóvenes se hacen más dañinos. Si la calle es la escuela de la pandilla, la cárcel es la universidad.2/

Problemática general

1.  Historia de las maras

Desde hace más de 50 años hay literatura sobre pandillas de los EE.UU. No es algo nuevo nacido con la globalización. En Nicaragua, en el tiempo del FSLN ya había pandillas. No nacieron con la presidencia de doña Violeta. Sin embargo, después de la firma de la paz, han aumentado enormemente. ¿Por qué?

a)   El enfrentamiento armado evitaba el hormigueo de grupos violentos enfrentados entre sí. Con la paz, sucede como con el auge de las nacionalidades, la estructura de enfrentamiento bipolar cede, y afloran las tensiones internas a los países.

b)  Con la migración abierta a EE.UU. por efecto de las guerras, refluyen ideas y agentes organizativos (los deportados) de las maras. Con la globalización se aumenta el narcotráfico en todo el mundo y las pandillas de los EE.UU. se multiplican al ser las que venden al menudeo la droga. Ese auge de la pandilla norteamericana tiene su efecto en Centroamérica. En Nicaragua se nota menos el efecto de EE.UU., debido a una mayor migración a Costa Rica. En Nicaragua no se da el enfrentamiento entre las dos grandes maras, la 13 y la 18, que es una proyección de EE.UU.

c) Después de la guerra entra más droga a los países de CA. El testigo del rostro concreto dice que así como el Frente traía la guerra, “con la Violeta” entró más droga. La droga es un fertilizante poderoso para el crecimiento de esta mala hierba que es la mara.

d)  Aumento del desempleo. La pandilla se desarrolla en la calle entre gente que no tiene trabajo. Se convierte en una forma de trabajo. Con el neoliberalismo, se ha aumentado el desempleo.

e)  Después de las guerras, quedó violencia en el ambiente, quedó un know how de manejo de armas y de fabricación de armas caseras y quedaron grupos de crimen organizado, que aunque son distintos de las maras juveniles, parece que los fortalecen directamente, utilizándolos.

f)    El auge de los Derechos Humanos, la desmilitarización de la policía y su debilitamiento en un período de transición, trae un debilitamiento del orden ciudadano. Las deficientes prácticas de lucha contra las pandillas denotan una estrategia equivocada que en vez de debilitarlas, las fortalece, al darles carta de ciudadanía y publicidad, que es lo que esa juventud necesita para sentirse estimada.Aunque la existencia de las maras no es un fenómeno de la globalización, sí lo es su auge.

2.  El enfoque sicosocial

A la raíz del problema de las maras está el sentimiento de baja autoestima de la juventud. La baja autoestima es una valoración de sí mismo/a que implica una mezcla de falta de capacidad y de poder y una falta de afecto. El que sabe que su madre lo botó en el basurero se percibe inútil, basura, desecho del hogar y del barrio, que no merece estar en la escuela, y se inhibe perdiendo capacidad de ser lo que es. Muy frecuentemente se da esa baja autoestima en los mareros por la desintegración familiar. Buscan, al tirarse a la calle, ganar dinero, porque el dinero en mano les da poder y el poder les da autoestima. Buscan el calor de la amistad de otros como él o ella.

Con el dinero, consiguen la droga. La droga eleva la baja estima a una superestima. “Me siento el máster”. La droga impide ver la realidad. Por eso, es superestima. La droga impide discernir entre el bien y el mal. La necesidad de estima tira a los jóvenes a acciones que les dan respeto ante los otros, primero, ante sus compañeros, y luego ante la comunidad e incluso, ante el país. Les da satisfacción aparecer en la prensa. La violencia es una manera de ganar reconocimiento y el reconocimiento les da autoridad y la autoridad les da seguidores. Es una autoridad que tiene como cimiento, no sólo el afecto y el compañerismo entre iguales hasta decir que “la mara es mi family”, sino el miedo.

A esta edad de post adolescencia entra otro quiebre que golpea el afecto profundamente y por tanto la estima: el amor de la novia suele convertirse en un fracaso. Quiere decir que yo no puedo amar y ser amado, ni armar un hogar con una chavala “sana”. El marero suele llevar esas dos heridas femeninas en su alma.

La pandilla como unidad opera con la misma dinámica de sus miembros: es un grupo despreciado (con baja estima social) que intenta elevar su estima por medio de la droga y la violencia haciéndose respetar, esto es, haciéndose temer por otros grupos dentro de territorios vecinos o dentro de un territorio más amplio. Parece que así como las pandillas de Nicaragua no están alineadas en 13 y 18, así las de los tres países del Norte sí lo están. Entonces, en una misma ciudad hay “clicas” de la 13 y de la 18 en diversos barrios y entra el sueño, como una utopía juvenil, de querer dominar con su número toda la ciudad, incluso el país. La dominación es sin embargo a base de miedo más que de proselitismo y afecto, porque los enfrentamientos entre equivalentes cierran las filas de las clicas y las hacen bastante impenetrables.

3.  La pandilla es una cárcel cultural

Es difícil salirse de la pandilla. “La onda no se puede parar. Qué más quisiera yo, pero nosotros ya no le podemos dar para atrás”, dice un marero de la cárcel de El Progreso, Honduras. Enumeremos algunos de los barrotes de esta cárcel.

a) La misma sicología de inseguridad del marero que lo hace violento, aun sin droga, es un barrote que lo encarcela. Bromas que tocan sus heridas, como la referencia a la madre, pueden desencadenar furias que lo enceguecen, como la droga, y lo llevan a actos violentos.

b) La identidad social de marero los persigue. Lo conocen en el barrio. La gente sana no cree que ha dejado la mara. Encontrará dificultades para encontrar trabajo. Está tatuado. La droga lo ha dejado traumado. Eso se nota frecuentemente.

c) La pandilla lo considera un traidor potencial. Sospecha que se ha pasado a otra pandilla o que ha salido “acalambrado” de la cárcel con nexos con la policía. O simplemente lo desprecia y “vulgarea, como que se las tira de chavalo ‘ponqui’ o plástico vestido de cholo”. La inseguridad física le hace caminar armado. El miedo funciona, ya no sólo la propia inseguridad sicológica.

d) La pobreza le hace difícil o imposible dejar el barrio, dejar la ciudad, dejar el país. ¿Dónde y cómo encontrar un ambiente para iniciar una nueva vida?

e) Las maras tienen dimensiones nacionales e internacionales y si se va a Los Angeles desde El Salvador, allá lo detectan como perteneciente y desertor de tal mara.

f) Por último, las causas de la generación de mareros está en los barrios, como son la desintegración familiar, el desempleo, la comunicación con EE.UU., los medios de comunicación (películas de televisión). Salirse de la mara es nadar contracorriente.

La forma más normal de dejar la mara es el paso del tiempo y la salida de la juventud. Todavía es temprano para saber qué pasa con ellos. Pueda ser que hagan una familia que luego se desintegre y produce hijos mareros aunque su padre se haya alejado de la delincuencia. Pueda ser que el papá siga en el mundo del crimen en grupos más violentos de asaltantes, traficantes de drogas y secuestradores.

4.  La cárcel es la universidad de la mara

Estamos hablando de la cárcel física. Ya no de la cárcel cultural. Dicen algunos que la calle es la escuela de la mara. Nosotros, que la cárcel es la universidad.

Por un lado fomenta la mara.

a) El que no pertenece a una mara, al entrar a la cárcel tiene alta probabilidad de hacerse de ella, por la sencilla razón de la necesidad de seguridad. En la cárcel se encuentran agrupadas las maras, a veces enemigas entre sí.

b) Allí están los viejos mareros (25 años de edad) que son los maestros de novicios de los jóvenes.3/

c) Desde la cárcel imparten órdenes u orientaciones a las maras que combaten en las ciudades, a pesar del registro de los vigilantes. A la cárcel llegan las informaciones de lo que pasa en la calle. Los mejores informantes son los detenidos. La cárcel es pues un nudo de información y una especie de comando de retaguardia.

d) La cárcel es como una Tercera Probación:4/ allí no se hace nada, allí sólo se rumia lo vivido y se le da interpretación, allí se comparten las vivencias, aunque siempre hay miedo de uno con otro y tentaciones de la policía para que se conviertan en sus orejas. Allí es fácil que escriban o dibujen su autobiografía.

Por otro lado, la cárcel es un tiempo en que se agudiza la crisis personal y se plantean los sueños de querer regenerarse. “Ya estoy harto con tanta cárcel”, dice el joven de Managua. Es momento que los evangélicos saben aprovechar mejor que los católicos. Nace el deseo de ser persona. Pero es un deseo clandestino, que no se comunica. Podría ser visto como traición. La ley de Nicaragua parece que aprovecha este deseo para conmutar cárcel por rehabilitación.

5.  La Policía es inoperante o “da palos de ciego”

¿Por qué decimos esto?

a) La gente victimizada no denuncia por miedo. La pandilla ejerce miedo sobre las víctimas para que guarden silencio. Si no hay denuncia, la Policía, aunque conozca de sobra quién es el autor del crimen, por los DH y la legalidad, no puede actuar.

b) La Policía no funciona a no ser que se le pague para que actúe y a no ser que la familia de la víctima tenga tiempo para estar “jodiendo y jodiendo y yendo a diarina” (a diario) a la Policía. Ésta carece de medios y la cantidad de demandas es enorme.

c) De allí que nazcan escuadrones de la muerte que están haciendo desaparecer a los jóvenes de los barrios. Tienen o no nexos clandestinos con la seguridad del Estado. Fomentan el confusionismo haciendo aparecer las muertes como efecto de la guerra entre pandillas.

d) Entonces, aunque el marero muera, el delito queda impune. No muere por respeto a la ley, sino por la mara. Ante la opinión pública la mara se crece, mientras se debería prestigiar la ley. La mara se hace más grande de lo que es. Pero sólo es un guante de la Policía o de los escuadrones. A la mara esa grandeza le gusta. Se la hace importante, con lo que se la fortalece.

e) La impunidad crece, cuando se cometen los crímenes contra los jóvenes mareros de los barrios, sin someterlos a la justicia. La ley, en favor del orden, se desprestigia más y más y el desorden crece de nivel, en una bola de nieve difícil de parar: “la onda no se puede parar”.

6.  ¿Por dónde va la experiencia de XX?¿XX? 5/

El rostro concreto del pandillero de Managua dice que no cree en Dios, ni en Jesús, ni en la inmortalidad, sólo cree en que puede hacer otra vida en esta vida. Y que la religión “no me cuadra”. También dice que iba a matar al español del Centro de Rehabilitación porque le dijo: “me cago en Dios, me cago en tu madre”, y que después, cuando él lo iba a acuchillar con un partequesos, el español pedía a gritos auxilio a Dios: “Dios mío, por Dios no me mates”. Contrasentido de los que creen, que aclaman al Dios en que han cagado. Por fin, sin hablar de cosas de religión, en otro contexto, llora mucho a su novia que se le hizo drogadicta y la perdió.

 

 

*Al atardecer de la vida... se presenta el jueves 20 de marzo, a las 17hrs. en el Museo de la Universidad de San Carlos (Musac).

1.   De reuniones del equipo que hace el libro del ERIC de Honduras, IDESO de la UCA de Nicaragua, IDIES de la URL de Guatemala y del IUDOP de la UCA de El Salvador (2001): Maras y pandillas en CAVolumen 1. (2001). Según una investigación de los condados de Los Angeles y Ventura se menciona de 4 a 10% de afiliados (García-Hallman 1999).
2.  Se le agradece a José Luis Rocha por esta entrevista. 
3.  Los inician.
4.   Es una comparación comprensible para los jesuitas, tal vez no para otras personas. LaTercera Probación es una etapa tardía de la formación del jesuita que dura unos meses en que ni trabaja, ni estudia, sino que reflexiona y ora sobre los 12 ó 15 años que ya lleva en esa vida.
5.   XX?¿XX es Dios. Puse así, porque la palabra Dios con frecuencia implica un orden. establecido que Lo limita. Dios o Diosa es el misterio de amor insondable.
Texto
Texto
De allí que nazcan escuadrones de la muerte que están haciendo desaparecer a los jóvenes de los barrios. Tienen o no nexos clandestinos con la seguridad del Estado. Fomentan el confusionismo haciendo aparecer las muertes como efecto de la guerra entre pandillas.
Ilustración de Nora Pérez
Portada del libro "Al atardecer de la vida...", que compila textos inéditos de Ricardo Falla. (De Avancso, Instituto de estudios del hecho religioso y Editorial Universitaria).