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Emigrante, obrero de maquila, capturado por ilegal, deportado y de regreso en USA
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Emigrante, obrero de maquila, capturado por ilegal, deportado y de regreso en USA

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“Mi vida se está acabando. Así somos a los 80 años. Como un sol que se pone, pero antes de hundirse en la oscuridad, se hace más rojo”, dice Ricardo Falla al inicio del primer volumen de "Al atardecer de la vida...", su libro más reciente. Éste es uno de los textos recopilados, del 2000, perteneciente a la que el antropólogo y sacerdote jesuita llama "la quinta etapa de mi vida", alejado del mundo indígena y cercano a historias urbanas globalizadas. Lejos ya del Ixcán y de la tesis doctoral "Quiché rebelde", Falla empieza a buscar explicaciones a la violencia, la juventud, al fenómeno de las pandillas y, como en este texto, a la migración, sus motivos y sus consecuencias.

Danilo se hace la misma pregunta que algunos sobrevivientes de masacres al verlas iniciarse: “¡Dios mío! ¿Qué va a pasar?”. Podía suceder lo peor, pero en ese momento no lo sabía. Lo irá descubriendo poco a poco. El despliegue de fuerza fue enorme. Rodearon toda la fábrica y arriba, “¡Dios mío! el helicóptero, taca, taca, taca, taca”.

Este escrito, que apareció en la revista Envío de Nicaragua, en junio de 2008, es el análisis de una larga entrevista hecha a un joven deportado maya kiché de una aldea de Guatemala, quien después de haber sido devuelto a la fuerza desde los EE.UU., regresa al Norte a pesar de los riesgos que esto supone para él

Hablé con Danilo en su aldea kiché. Y me contó en detalle la historia del duro proceso de su deportación de New Bedford, Massachusetts, a Guatemala, después de dos años de estar viviendo y trabajando en Estados Unidos. No hay en ella sensacionalismos. Hay sólo los movimientos de su alma indígena desarraigada, perpleja ante lo inesperado, creyente, soñadora y tenazmente resistente ante los límites de la realidad en la que le toca vivir.

En Guatemala estamos viviendo un proceso cada vez más acelerado de deportaciones de nuestros migrantes en Estados Unidos. Cada vez son más. Un reciente estudio del Procurador Nacional de Derechos Humanos compara el número de deportaciones en los tres primeros meses de 2007 (4,467) con las ocurridas en los mismos meses de 2008 (5,373). El aumento es de 20%.

Tres grandes redadas

En una gran redada de 390 indocumentados (314 hombres, 76 mujeres), ocurrida el 12 de mayo en una fábrica empacadora de carne ubicada en Postville, un pueblecito de 2,200 habitantes de Iowa, 257 eran guatemaltecos. Muchos, tal vez la mayoría, indígenas de departamentos de Quiché, Totonicapán, Huehuetenango… En una foto en Prensa Libre vimos a algunos engrilletados, como si fueran delincuentes. Ésta ha sido la mayor redada en un lugar de trabajo en la historia reciente de Estados Unidos.

Otras dos grandes redadas afectaron a nuestros connacionales, especialmente indígenas. La primera (12 diciembre 2006) marcó el inicio de estas redadas masivas: se realizó en seis fábricas de la empacadora de carne Swift & Co. en diferentes Estados (Colorado, NebraskaTexas, Utah, Minnesota y Iowa). En esta ocasión detuvieron a casi 1,300 personas. La segunda (6 marzo 2007) ocurrió en la maquila Michael Bianco Inc. en New Bedford, Massachusetts, donde se hacen mochilas para el ejército en Irak. Allí detuvieron a 361 operarios, hombres y mujeres, incluido Danilo.

Con un deportado: Danilo

Tuvimos la oportunidad de entrevistar a varios jóvenes que fueron deportados después de la redada de marzo 2007. Son del Quiché. Algunos pasaron cuatro largos meses en un centro de detención en Texas hasta que el juez les dio la sentencia de remoción. Llamemos a uno de estos detenidos Danilo. Nos contó paso a paso su odisea. Me interesó seguir el hilo conductor de sus decisiones. El suyo no es sólo un relato objetivo, es una narración de revelación: poco a poco, él fue descubriendo el desastre.

Danilo es un joven indígena kiché de 27 años, soltero, que proviene de uno de los municipios más golpeados y masacrados en los años ‘80. A tal punto, que la Comisión de Esclarecimiento Histórico escogió este municipio como ejemplo paradigmático de la política de genocidio contra la etnia kiché. Su aldea tiene 140 casas. Durante la guerra, cuando tal vez tendría la mitad, murieron alrededor de 100 personas, la mayoría a manos del Ejército.

Escuchando a Danilo, seguimos la perspectiva de un sujeto activo. A veces pensamos que los deportados son retornados forzados y los contrastamos con los retornados voluntarios. Pero no podemos dejar de ver su capacidad de actuar y su resistencia, aunque sus manos estén encadenadas y las salidas están selladas. Sus pensamientos no dejan de revolotear en sus cabezas imaginando alternativas. Escuchándolo, debemos luchar por derechos humanos que no victimicen y pasivicen a las personas violentadas.

Después de hablar conmigo, Danilo se atrevió a regresar a Estados Unidos. ¿Por qué decidió emprender de nuevo esta aventura, conociendo ya lo que le puede suceder si lo prenden de nuevo: cárcel tal vez de 10 ó 20 años?

“Nos acordonaron sorpresivamente”

El día menos pensado, a principios de marzo de 2007, cayó sorpresivamente la migración en la fábrica en donde trabajaba Danilo. A la policía de migración él la llama “la AIS Polís”: ICE Police. ICE significa Immigration and Customs Enforcement y depende del DHS (Department of Homeland Security), instancia creada en respuesta a la crisis del 11 de septiembre del 2009, con el fin de reunir en uno solo a todos los cuerpos gubernamentales que controlan la inmigración.

“Era un día martes”: Danilo insiste en contrastar ese martes con el lunes feliz. El lunes no sospechaban que el desastre los visitaría y les cambiaría la vida drásticamente. 1 La ICE debió escoger martes y no lunes para que no faltara ninguno de los trabajadores y la redada fuera completa. “Nos cayeron a las ocho y cuarto de la mañana, cuando ya no faltaba nadie”. Cuando estaban todos concentrados sobre sus máquinas de coser.

Al entrar, los oficiales de la ICE se dirigieron primero a la oficina de la fábrica para controlar a la empresa y hacer que colaboraran. Supuestamente, en la empresa no sabían nada de la redada, ya que eran cómplices por dar trabajo a operarios y operarias “ilegales”. Todos oyeron por los parlantes de la maquila la voz de la secretaria saludándolos: “Buenos días”, les dijo con voz suave, tanto en español como en inglés. No era la voz del ICE, sino una voz conocida. Pero les dio una orden completamente contraria a la costumbre de la empresa. “No nos dijo ‘Trabajen, trabajen’, sino ‘Apaguen todas sus máquinas y no se muevan, quédense todos en sus lugares’.” Todos se extrañaron: ¿cómo era posible que en la maquila les dijeran que no trabajaran? ¿La secretaria promoviendo un paro? “¿Qué onda?”. De repente vieron entrar a la “Policía de migración” en medio de las filas de la maquila. Traían un uniforme azul con letras en la espalda: ICE Police. Eran como el agente de un desastre no natural. De repente, cuando menos se lo esperaban, tenían delante a la siempre temida autoridad.

Desde meses antes –se supo después– la migración había metido en la fábrica a una mujer espía para que hiciera el mapa de la maquila con todas sus puertas e investigara la situación legal de todos. “Ella nada más guachó dónde están las salidas… Llegó a trabajar por sólo controlar a la gente si tienen papeles de trabajo”. También en la redada de Postville, Iowa, había “al menos una fuente clandestina (undercover) que usaba un alambre y se empleó en la fábrica por petición del ICE”, según The NewYork Times.

“No pudimos escapar”

Danilo, de una de las zonas más masacradas de Guatemala, observa que esa espía “fue a traer” a la Policía, tal como hacían en Quiché los “orejas” del Ejército, cuando los soldados acordonaban sorpresivamente a las comunidades y las masacraban. La reacción de la gente de la fábrica fue parecida a la de sus padres: huir. Se levantaron de sus asientos y corrieron por los pasillos. La Policía los persiguió. Hubo pánico.

Muchos buscaron las salidas subiendo al otro piso o bajando al sótano. Pero todo estaba sellado. Tal como hacía el Ejército al circular un mercado, antes de la masacre.

Danilo se hace la misma pregunta que algunos sobrevivientes de masacres al verlas iniciarse: “¡Dios mío! ¿Qué va a pasar?”. Podía suceder lo peor, pero en ese momento no lo sabía. Lo irá descubriendo poco a poco. El despliegue de fuerza fue enorme. Rodearon toda la fábrica y arriba, “¡Dios mío! el helicóptero, taca, taca, taca, taca”. Como en Guatemala, cuando la infantería era guiada desde el aire. La descripción del poderío desplegado por la migración le sirve a Danilo como disculpa por no haber hecho nada. Es, a la vez, el reconocimiento implícito de la obligación que siente de haberse resistido. Pero no podía. No había salida. “No pudimos escapar”.

Después, los policías se organizaron por grupos e inmovilizaron a todos en sus puestos de trabajo o los hicieron volver a ellos. Danilo cuenta que obedecieron. No había otra alternativa. Pero, si no pudieron salir corriendo, al menos comenzaron a hablar entre sí, los del mismo pueblo, y en kiché, sólo para expresar lo que sentían: “Ojalá que no pase nada”. Sentían la inquietud de que podría suceder algo muy grave: que los mataran. Lo repite varias veces, también como oración, “Dios mío, ¿qué va a pasar? ¿Qué va a pasar aquí, ahora?”.

Desde las ventanas pudieron ver que había muchos medios de comunicación afuera de la fábrica: “aparatos, antenas, televisión, noticias, estaban colocadas enfrente”. Danilo interpreta la presencia de los medios como parte de la estrategia de la deportación. Cuanta más y más gente conozca la redada, mejor, para que se desanimen los migrantes y a la juventud de América Latina se le quiten las ganas de entrar ilegalmente. Al salir de la fábrica, Danilo vio que el tráfico estaba cortado.

Ese día también fueron detenidos el dueño de la empresa, Francesco Isolia (50 años) y tres de los ejecutivos más altos, así como una quinta persona, acusada de ayudar a los trabajadores a conseguir papeles falsos.

“No, señor, no tengo papeles”

Antes de sacarlos, los policías les amarraron las manos con una cinta plástica corrediza y los llevaron al comedor, donde los oficiales del ICE les ordenaron sacar todo: papeles, instrumentos cortantes, dinero, todo lo que tenían en la bolsa. Y que se identificaran. “¿De dónde sos?, me dijo. Soy guatemalteco, señor, soy de Guatemala. Okay. ¿Tenés papeles, permiso de trabajo? No, señor”. Danilo respondió con respeto y transparencia. Sabía que no podía ocultar la verdad. Sabía que ese gobierno tiene la tecnología para descubrir contradicciones. El oficial le preguntó por qué estaba en Estados Unidos.Y él contestó resumiendo las razones conocidas de la migración: la pobreza, la falta de trabajo, la violencia, la familia. Tenía que mantener a su madre, viuda.

No nos quedó claro si fue entonces o al llegar a la cárcel en Texas cuando les quitaron el dinero, aunque se lo irían dando en la cárcel cuando lo solicitara. La tarjeta del depósito que tenía en el banco también se la quitaron y le prometieron que se la devolverían cuando lo mandaran de regreso a Guatemala. Danilo pensó que nunca más la volvería a ver y que “¡Pum! irán al banco y me sacarán mi dinero”. Pero no lo perdió, cosa que le maravilló, porque en Guatemala nunca sucedería así.

Como soltero, Danilo no tuvo el problema de las madres operarias que fueron separadas de sus hijos por la redada. Sólo dejó abandonado el apartamento donde vivía junto con sus hermanos, también apresados en la misma fábrica. Su cuñado, que trabajaba en otra parte, consiguió la llave, sacó las cosas que se le podían mandar a Guatemala, las empacó y se las envió.

Conocimiento de doble filo

De la fábrica los sacaron amarrados y los llevaron a Boston, a más de una hora de distancia. Danilo iba constatando siempre la imposibilidad de fugarse. La idea la llevaba en la cabeza, pero era impracticable. “Allí, si hubieras escapado, no sé qué es lo que te iban a hacer”. ¿Dispararle? No sabe. Recuerda el hambre y el frío que pasaron, pues habiéndolos sacado a la una de la tarde sólo les dieron unos sándwiches helados y unos “curritos”. En la carretera todavía había nieve: “Bien frisada estaba”. En todo el trayecto hacia Boston llevaba dentro la misma pregunta: “¿Ahora qué?” Ya nos pidieron los datos… “¿Ahora adónde?”.

Fue descubriendo qué es la deportación. Un conocimiento de dos filos: para disuadirlo de regresar porque lo podrían volver a deportar o para hacerla menos temida, pues ya conocía cómo funciona el gobierno de Estados Unidos al deportar a los migrantes y podría evitar caer en otra redada.

No se recuerda Danilo a qué lugar de Boston los llevaron. En ese lugar los identificaron: huellas digitales y fotos. Se dio cuenta de que todos esos datos quedaron grabados en la computadora y que donde él cayera de nuevo el gobierno podría sacarle su historial.

Donde ellos, llegaron abogados de Boston. No les cobraban nada y estaban dispuestos a ayudarlos para que no los deportaran. Pero llegaron cuando ellos mismos habían declarado más de la cuenta: “Sólo que nosotros dimos el nombre”, les dijeron a los abogados. Una mujer de la aldea de Danilo, que cayó en la misma redada, fue soltada entonces por tener un hijo que todavía mamaba. Danilo no encontró ninguna razón válida para ser liberado en Boston y no ser trasladado a la cárcel en Texas. Una razón válida –dice– hubiera sido “tener un hijo nacido allá, americano, o un familiar residente”.

Los apresados agradecieron a los abogados por su buena voluntad, aunque no los pudieran ayudar. Sin embargo, entre los abogados y los detenidos había cierta diferencia de intereses. Los abogados querían luchar a toda costa por ellos y ellos querían decidir por sí mismos qué camino tomar.

El clímax: “me arrepentí”

Toda la noche los tuvo la ICE “sin nada allí en el piso, y si quieres dormir algo no podés por el frío”. Luego, al salir hacia el aeropuerto, los esposaron de nuevo, pero ahora encadenados unos a otros en grupos de cinco. Apenas podían caminar y se sentían como grandes delincuentes. Les daban órdenes que eran insultos: “Te gritan hasta lo último”. Todo esto provocaba en Danilo un sentimiento de humillación: “¡Dios mío! ¿Qué es lo que hice? ¿Qué enorme crimen cometí?”.

Éste parece ser el momento clímax de sufrimiento vivido por Danilo en el prolongado proceso de deportación. Lo expresa con la palabra “arrepentimiento”, muy usada por los migrantes y las migrantes indígenas para describir los momentos más difíciles del viaje al norte. Se “arrepienten” cuando caen en manos de la migración o cuando el coyote los abandona. Arrepentirse: como si todo el esfuerzo hecho careciera de sentido. Dice Danilo: “Como que me arrepentí un poco”, para agregar enseguida que ese momento de desesperación pasó: “Después ya no”. Y volvió el sentido de todo lo hecho con esperanza.

El viaje hasta el aeropuerto de Boston fue también con un despliegue de fuerza, como si estuvieran llevando en aquellos buses a peligrosos narcotraficantes. Iban custodiados por dos patrullas de la State Police –los que controlan el highway– delante y dos atrás.

De nuevo los registraron en el aeropuerto: “Te abren la boca, en tantos lugares te buscan, por si no llevás nada, cuchillos, armas… Ellos están así y nosotros todos amarrados”. Al subir al avión ya los soltaron uno del otro: “Uno por uno se fueron subiendo en el avión y se llenó el avión, bien largo el avión”. Así hasta llegar a El Paso, Texas.

“Soy azul oscuro”

La cárcel está en El Paso. No en la ciudad, sino “casi cerca del desierto”. “Está rodeada por tres o cuatro líneas de malla”. Es imposible escapar. Siempre tenía la misma idea. “Si pasás la primera”, está la segunda malla.Y arriba de las mallas “hay unos alambres”. Y en las calles alrededor de la cárcel, circulan “carros de la migración, pero son grandes”. Tal vez técnicamente ese lugar no es una cárcel, pues los detenidos no son delincuentes, pero él la llama cárcel.

Al llegar allí los soltaron y de nuevo los chequearon para detectar a los delincuentes: si tenían algún problema con la Policía, si los habían detenido por tomar o por pasarse una luz, si les dieron corte con el juez y no llegaron. “Ahí ya tenés tu delito si tú no fuiste a limpiar tu récord”. Los clasificaron según el delito. Si era pequeño, uniforme anaranjado. Si era grande –asesinato, por ejemplo– uniforme rojo. Si no tenían delito –como el caso de Danilo– uniforme azul oscuro. “Te tienen en la computadora a ver si no mentiste, a ver si no aparece tu nombre. Si tenés un delito archivado en la computadora, a ver si no tira tu nombre. Nada, no tenés nada; te dicen y te dan el azul oscuro: camisa azul oscuro y pantalón azul oscuro, con unas letras EPC aquí atrás”. No sabe qué significaban.

Al recibir esta identidad, de no delincuente, Danilo quedó más tranquilo, sintió más seguridad, a pesar de que antes lo habían tratado ya como delincuente. Pero sentía que no estaba ya en la escala más baja. “Los que son azules, que no tienen delito, son buena gente, digamos, y somos muchos nosotros. Somos azules”. Se comenzaban a definir las reglas del juego: la mayoría era azul oscuro.

Al ingresar, les guardaron sus zapatos, su ropa, sus cosas y su dinero en una caja. Y les dieron una tarjeta con un número para reclamarla al salir. “Eso no lo perdés durante el tiempo que te van a cerrar aquí. Eso son para tus pertenencias”.

“Allí no comés tortilla”

Durante esos primeros días liberaron de la cárcel a algunos: a un primo de Danilo, que demostró tener una razón para volver a New Bedford, aunque era un migrante sin papeles. Su padre estaba enfermo. El papá mandó los papeles de la clínica para comprobar su enfermedad y dejaron salir al muchacho. Pero tuvo que pagar su pasaje de avión de regreso a New Bedford.

Dormían en unos “cuartos grandísimos”. Había literas: “uno abajo y otro arriba”. Los hombres estaban separados de las mujeres. Y también estaban separados por los colores. Tres veces al día pasaba el oficial a las camas a contarlos: tienen que estar “toditos en la cama, sin mover nada de tu cama”. La cama era el punto de referencia en aquel lugar.

La levantada era a las 6 de la mañana. “No nos levantan”, sino que los mismos detenidos “se ponen las pilas” para no perder el desayuno. “Si vos estás bien dormido, no te despiertan, te quedás y te dan de comer comida hasta las diez”.

La comida era mala: tres tiempos al día de lunes a viernes, y el sábado y domingo sólo dos tiempos. “Nos daban frijolitos, pero ya están shucos, y huevos medio cocidos, papas mal hechas. Lo que encuentran te dan, pero poquito, pan Bimbo pero trae el trigo así podridito. Allí no comés tortilla”.

Les daban 45 minutos diarios para hacer deporte. “Nos sacan afuera”. Hay una cancha, “pero siempre está encerrada” dentro de todo el complejo. Hay un médico, hay clínica. “Póngale: si estás jugando y te golpeas, entonces hablás con el oficial. O que ‘me duele esto’, puede ser una muela, y es gratis”. Hay también biblioteca: “Si quieres ir a ver algo o estudiar algo o hacer una carta por máquina para mandar a tu familia”. “Llenas una carta” y la dejan en un buzón. Internet no había.

“Hablamos por teléfono”

Podían comunicarse hacia afuera por teléfono. Hay tres teléfonos, pero “tenés que comprar tu tarjeta de 5 dólares, 10 dólares o de 20 dólares, depende, pero nada más tarda tres minutos con 5 dólares”. Sólo da tiempo para “escuchar la voz de mi mamá… que ‘aquí estoy, que no se preocupen por mí’ y ¡ya! Unas tres palabritas y ya termina tu tarjeta”. Así se enteró del arribo a Quiché de la caja con sus cosas enviada por su cuñado. La mamá le dijo: “Ya llegó tus cosas. Lo que estamos eserando es a ver cuándo te van a sacar”. Así se comunicó también con el cuñado y con el sobrino que había estado detenido.

El principal gasto que hacían era el pago del teléfono. ¿Cómo conseguían el dinero? Una manera era comprar la tarjeta con lo que llevaban cuando los detuvieron. Danilo tenía 300 dólares. Se los quitaron, pero podía pedirle al oficial. Otra manera: le podían mandar dinero con Money Order a la cárcel, pero su cuñado no tenía dinero y no pudo mandarle nada. Otra manera era ganarlo en la cárcel: “Un dólar ganás allí si apuntas tu nombre. Entonces, yo vi que no hay nada qué hacer y me puse a trabajar, a barrer, a trapear”. Por un dólar diario. Así “ahorré cinco semanal para mi tarjeta”. En total, Danilo dice que gastó durante esos cuatro meses unos 400 dólares, 122 que ganó trabajando y parte de los 300 que llevaba.

“¿Por qué cuatro meses aquí?”

En la cárcel hicieron amistades. Entre los detenidos se contaban sus historias, aprendían entre sí y se aconsejaban. El detenido azul, por ejemplo, pregunta a un anaranjado: “¿Qué es lo que has hecho antes?, le digo, cuando estabas suelto por allá?.  Fíjate, es una mentira que se fue conmigo, me dijo. ¿Por qué?, le dije. Yo estaba con un familiar mío en el apartamento y me acusaron por violador, me dijo, y así, llamaron a la policía y llegaron. Como yo andaba tomado, había una mujer, entonces ella pensó que voy hacer cosas, me dijo”.

Dentro de la cárcel había clases sociales. Se marcaban por el dinero que manejaban. Los pobres eran los que tenían que estar trabajando para su tarjeta semanal. Pero “los que no trabajan, nada más están gastando, gastando, gastan cinco, seis dólares al día”. Tienen dinero que les entra de fuera. Tienen parientes que los apoyan desde lejos.

Podían practicar la religión. “Llegaba un padre que se llamaba, no me acuerdo, de Colombia, a hacer misa en el comedor”. Llegaba también una “hermanita”, cuyo nombre también ha olvidado. “Yo le dije si me consiguiera una Biblia, porque estando allí en mi cama, encerrado, no hay nada qué hacer, prefiero leer algo”. Y ella se la regaló. Dice él que ahora la tiene en su casa: “Eso es mi único recuerdo”.

Los oficiales los trataban mal: “Nos regañan demasiado, nos tratan como que si fuéramos un animal”. Con sólo verlos dice que sentía como un susto en su cuerpo, porque tenían apariencia de hombres muy fuertes. Pero había dos clases de oficiales: unos los que mandaban y otros los que eran trabajadores. Danilo da a entender que los que trabajaban eran más benignos.

De la estancia en la cárcel le quedó una pregunta: “¿Por qué nos encerraron cuatro meses?”. Tanta duración, tanto tiempo sin hacer nada esperando la decisión de los jueces, fue lo que más desesperación le causó.

“¡Ya no quiero estar aquí!”

En la relación con el mundo de los abogados, de los oficiales de migración y de los jueces, es donde más se descubre el proceso de las decisiones del detenido y su capacidad de acción y resistencia. Resistencia a su manera.

Cada detenido tenía su abogado gratis: “Cada uno con el suyo”. El abogado era el intermediario entre el detenido y el juez. Hablaba con el detenido y se iba a la Corte y de nuevo regresaba con el detenido para informarle lo que decía el juez. “A los abogados no les dan respuesta y así nosotros esperando”. Esto va generando un clima de desesperación: “Nosotros esperando, esperando días, semanas, meses”. El abogado entonces les recomendaba: “Tené paciencia, paciencia”.

A pesar de que la relación del abogado con su cliente era individual, se fue desencadenando una decisión colectiva para cerrar el caso y no pelear más: “Unos compañeros se cansaron de estar encerrados y dijeron: Bueno, voy a hablar con mi abogado y lo cierro todo mi caso, ya no quiero pelear más. Lo que yo quiero es que me saquen de aquí, que me manden con mi familia, en mi país. ¡Ya no quiero estar aquí! Así empezaron a decir toda la gente”.

Hubo un grupo como de 15 que decidió resistir y seguir peleando. Danilo fue uno de ellos. Los elementos que influyeron en su resistencia fueron varios: una actitud de esperanza, la disponibilidad para aceptar cualquiera de los dos resultados –ser deportado o quedarse–, la existencia de otros compañeros que pensaban así –no es sólo uno el que resiste– y la motivación religiosa, la confianza de que Dios estaba con ellos.

Así lo dice: “Yo voy a luchar, ¡Dios mío!, no voy a perder las esperanzas, no voy a perderlas, tengo que luchar, estoy de acuerdo donde me mandan. Si me mandan para atrás (a New Bedford) está bien y si me mandan con mi familia, pues, está bien.Y así, nosotros somos como 15 personas”.

Ante el juez: “allá no gano tanto dinero”

Llegó el día en que debía salir para presentarse ante el juez. El tema era si tenía derecho a fianza. Danilo recuerda –esto sí lo recuerda con detalle– cómo fue el interrogatorio. “Pasamos en la Corte, uno por uno, con el juez. Como él no habla en español, hay un traductor que lo traduzca lo que él me dice. Entonces, me preguntaron: ¿Cómo cruzaste a México? y si pagué yo un coyote. Le dije que sí”.

“¿Cuántos miles de dólares pagaste? Le dije cinco mil dólares. Okay. Yo debo mucho todavía y si voy para Guatemala no hay donde gano tanta cantidad de dinero. Y me dijeron tantas preguntas, que si uno no tiene tanto problema por allí en New Bedford, Massachusetts. No, no señor, dije, ya no tengo papá, ya sólo yo estoy manteniendo a mi familia, y si me voy no gano tanta cantidad de dinero, le dije. Bueno, después me dijo el juez: tú no tenés derecho de una fianza”. Quién hubiera pagado esa fianza –tal vez de 5 mil dólares– no está claro.

¿Volver deportado o volver voluntario?

Para el deportado, la deuda que todavía dice tener, la pobreza y el no ser vicioso son los argumentos para pedir no ser deportado. Para el juez es otra cosa: lo que cuenta es si tiene parientes que dependan de él en Estados Unidos. El juez le dijo a Danilo: “Te negamos la fianza porque tú no tenés ni un familiar residente aquí en América, no tenés un hijo, nada. Entonces, ¿para qué peleas? Eres una buena gente y te vas voluntariamente a tu país”.

Entonces tuvo que hacer una elección: volver deportado o volver voluntario a Guatemala. Si se venía voluntario tenía que pagar su propio pasaje de avión. En ese caso, todo su récord quedaba borrado. Si se volvía deportado, el gobierno de Estados Unidos le pagaba su pasaje, pero quedaba todo su historial en la computadora. Si acaso volviera a entrar a Estados Unidos, siempre aparecería que había sido deportado. Y caería en la cárcel por varios años.

Él escogió volver deportado porque no tenía dinero para pagar su pasaje. Le dijo al juez: “Mire, señor, lo siento, yo no tengo dinero con que pago yo mi boleto”. Firmó su deportación. Dice, “Hay algunos que tienen suerte, pero aquí, ¿quién me va a mandar dinero? Por eso, así me mandaron por parte del gobierno y así dejé”. Su elección fue forzada por la pobreza.

A pesar de haber aprendido tanto de los mecanismos de la deportación, todavía quedan cosas que son inexplicables para Danilo. Por ejemplo, algunos que “ya habían cerrado el caso están todavía encerrados. No sabemos por qué será”. También le resulta inexplicable por qué a última hora lo mandaron en un grupo en el que no estaba incluido. En ese momento, volver cuanto antes era lo que anhelaba. “Dios tiene un poder tan grande que a nosotros dos (se refiere a él y a un hermano) no nos dejó, sino que nos mandó en ese grupo que vino”. Como es muy religioso, para estas cosas inexplicables, acude a la intervención de Dios.

Entre los que se quedaron estaban también otros dos hermanos que no fueron deportados entonces. Uno de ellos llegaría deportado más tarde a Quiché y el otro saldría de la cárcel y volvería a New Bedford al final de un largo juicio. Sería el último o uno de los últimos de la redada de New Bedford en salir de la cárcel. La deportación había sido masiva y estructurada en racimos de parientes. En algún momento Danilo hace referencia a la intervención que hizo el consulado de Guatemala, parece que de San Antonio, Texas.

De regreso en Guatemala 

Los levantaron a las 2 de la mañana, les devolvieron su ropa y allí dejaron el uniforme de detenidos. Les dieron una bolsa para llevar cosas que obtuvieron en la cárcel, como la Biblia de recuerdo y cuadernos. “Uno por uno lo llaman a uno y te dan. Y nos subieron nuevamente en el bus. Nos llevaron en el aeropuerto de [El] Paso, Texas. Ya estamos ansiosos”.

Pasaron con la migración y los chequearon. Todo se les hacía larguísimo. Tenían ganas de volar a Guatemala cuanto antes. “Estando allí sentíamos sueño, hambre, sed, desesperación, todo”. Ya no estaban amarrados, como cuando volaron a Texas: “Nos sacaron así ya sueltos, nos pasaron, nos metieron en el avión, así sueltos. Podés agarrar algo, podés mover algo”. Ya iban revueltos, hombres y mujeres. Volaron primero a Honduras a dejar deportados: “Se quedaron unos amigos allí. Tristes. Son amigos de la misma factoría que nos agarraron”. Por todos lados iban dejando tristezas. En el avión platicaban con los oficiales que los cuidaban, ya sin esa sensación de que eran detenidos. Ya iban libres, ya iban a su tierra. Uno de los oficiales aconsejó a Danilo que pensara sobre su vida: “Mirá qué vas a hacer”.

Al llegar al aeropuerto de la Fuerza Aérea en Guatemala, los recibió la migración guatemalteca y les tomó sus datos. No les tomó fotos. Uno por uno se acercaron al oficial, mientras los demás esperaban en las bancas. “Nos dieron una refacción, cambiamos dólar en el Banrural, cambié 80 dólares. Los tengo ahorrado para cualquier cosa”.

Llamó a su mamá. “Allí te dan llamada… Nos dijeron: Los que quieren hablar con su familia, aquí hay teléfono, llaman gratis. Llamé a mi mamá: Mamá, ya no se preocupen por mí, ya estamos en el aeropuerto en Guatemala. A las tres de la tarde vamos a salir y quizás vamos a llegar a las siete u ocho”.

Salieron a la calle. Nadie los esperaba. Eran tres: Danilo, su hermano y otro de la misma aldea. “Nos vamos juntos”, dijeron. No hay que separarse. Sintieron miedo por el desorden que encontraron. Hablaron con taxistas y preguntaron por cuánto los llevaban hasta Quiché (más de 200 kms). No quedaron en nada. “Yo tenía miedo. No es igual que allá en los Estados Unidos, un poco bien alegre, tienen orden, ¡qué policías! Pum, pum, pum, pasan. Pero aquí no, aquí no. Yo me asusté”.

Por fin, encontraron a una amiga deportada de Chinique. Ella le pidió a su hermano, que la esperaba con su carro, que los llevara hasta La Terminal para tomar la camioneta de Quiché. Así lo hizo y no les cobró nada. Tenían hambre. La refacción del aeropuerto no bastó para calmársela, pues desde que salieron de Texas nada habían comido. Se compraron un Pollo Campero.

“Se me olvidó cómo es aquí”

Al subir a la “Araceli” –buses proverbialmente riesgosos en las curvas– de nuevo sintió Danilo la amenaza. Ésa era la Guatemala añorada en la cárcel. “¡Ja!, ¡qué gran susto!Yo me asusté, porque, fíjese que así lo rebasa a uno, ¡jum!, ¡Dios mío!, siento que me caigo. Cuando yo me vine en el avión, tranquilo, no me asusté nada, aunque viene volando. Viendo para abajo, pero no me asusté. Pero en esa camioneta, sí me asusté”.

Al llegar, el único de los cinco hermanos que no había viajado al Norte los esperaba bajo la buganvilia del parque del pueblo. La mamá no había bajado de la aldea. En la casa, él la abrazó y “lloré por la alegría de verla otra vez”. Cuando se fue, también había llorado al despedirse de su mamá. Le parece curioso que en dos ocasiones opuestas tuvo el mismo llanto.

Al caminar hacia la aldea todo el camino estaba oscuro. Volvía a la ruralidad sin luz eléctrica: “Como llegué de noche, bien oscuro, me asusté. ¡Dios mío! dije yo. Sí, allá como que se me olvida cómo es aquí”. Sintió el peligro, pero tampoco se dejó engañar porque recuerda que también allá, aunque haya mucha luz, hay peligros: “Cuando uno camina de noche, ocho, siete, de diez en delante de la noche, ya los boricua, los puertorriqueños, si ellos van dos, allí te van a asaltar. Incluso te matan si vos no entregas nada”.

Cuando hablé con Danilo llevaba ya tres meses en Guatemala. Ya en Guate, lo primero fue recuperar el dinero que tenía en el banco en los Estados Unidos. Le mandó al sobrino la tarjeta y le dio el número del PIN. “Entonces, ¡pum!, ellos entraron y –como no es igual que los bancos aquí–, allá hay unas máquinas donde podés sacar. Metés tu tarjeta y tu pin namber, y así, ¡pin!, ¡pin! caen los billetes. Así ellos pudieron sacar todo y ahora ya no tengo nada allá”. Él había creído que perdería ese dinero, que se lo robarían y se admira del orden de Estados Unidos. No perdió nada.

“Todo triste me sentía”

Al llegar se encontró a su municipio inmerso en la campaña electoral. Danilo ya no pudo votar. Su hermano y el otro compañero que llegó con él sí votaron. Él había perdido la cédula en su viaje al Norte y le dijeron que no aparecía en las listas de empadronamiento, a pesar de que había votado en las elecciones anteriores.

Se dio cuenta de la radicalidad de las posturas políticas dentro del municipio: “Horrible, aquí todos están divididos, por eso no se levanta Guatemala”.Y compara: “En Estados Unidos no vi problema por la política”. Comenzó a idealizar el Norte y a sentir la atracción por el regreso.

Otra situación que le chocó fue la del “millonario”, un hombre que estafó a miles de personas. Muchos parientes de gente en Estados Unidos metieron sus remesas donde él y las perdieron. O se endeudaron. Dice Danilo: “No me gustó apuntar mi nombre con el millonario, hay gente que se quedó sin terrenos”.

El día antes de hablar con Danilo llegó el tercer hermano deportado. “Voy a ver cómo está mi hermano”, me dijo. “Me imagino todo triste, porque cuando llegué yo aquí, todo triste me sentía”. Dice que al llegar se sentía oprimido por el paisaje, como si las montañas de la sierra guerrillera le estorbaran para ver más allá. No es como todo lo que él conoce de Estados Unidos, un paisaje siempre plano. “Cuando yo llegué vi una gran loma. ¡Dios mío! Tengo que brincar para ver el otro lado”.

¿Por qué volver al Norte?

¿Cómo decidió Danilo regresar al Norte? Aunque es sólo un joven, su caso nos muestra algunos de los elementos que pueden entrar en la decisión de miles y miles de deportados que tienen que escoger entre quedarse en Guatemala o volver a intentarlo en Estados Unidos.

Nos confesó: “Sí, estoy pensando, estoy pensando en regresar, ¿para qué miento?”. No es algo que oculta, aunque sabe que esa decisión le puede llevar a la cárcel y no es bien vista por muchos. Aunque al hablar con él no sabía qué decidiría, ahora que se fue, su decisión no nos extraña.

Una razón poderosa para regresar es el dinero que allá se gana, mientras que en Guatemala es muy difícil conseguir empleo o producir para vender. Cuando estaba allá, dice, “gano 500 dólar semanal y mando a casa un poco”. No sólo el dinero lo atrae, sino toda la superación que vivió allá. “Para mí es una gran experiencia. Nunca, nunca he trabajado en una factoría grande. Hasta allí fui donde yo aprendí algo: cómo para ahorrar un poco, ganar un poco de dinero”. Danilo es huérfano de padre y vivió en gran pobreza en Quiché.

Tercera razón para regresar: la cadena de familiares que lo halan y que no se rompió. Todavía tiene familiares allá. El cuñado no tiene dinero y está enfermo, pero el sobrino lo anima a viajar de nuevo: “Tío, ¿qué vas a hacer? ¿Ya no vas a venir?”. Danilo le contesta al sobrino que no tiene dinero para pagar el coyote. Entonces, el sobrino le promete: “No te preocupés. Si vas a regresar, te voy a hacer el favor, te puedo ayudar”. La deportación no llegó a quebrar la cadena de la migración. Además, son muchos los deportados que han vuelto. Quiere decir que es posible regresar y que no es tan peligroso como el gobierno de Estados Unidos o los medios que lo orquestan pretenden mostrarlo.

A Danilo también le quedaron metas concretas cortadas. “A mí me faltó muchas cosas”. Menciona lo que logró hacer con su hermano: comprar dos terrenos pequeños, uno de tres cuerdas por 75 mil quetzales y el otro por 60 mil. Pero los terrenos comprados los ve en el contexto de otras metas que no logró: “No hice mi casa, no tengo terrenos grandes, no tengo ganado”.

Una meta está engranada en la otra y el conjunto de metas hacen el sueño, que es más amplio que las metas y que siempre se crece.Y de lo material salta a lo familiar, a lo social, a lo imponderable, como el amor: “Mi sueño es superar un poco en la vida para tener algo. Si Dios me permite tener o buscar una mujer. Tengo que tener algo propio para mantener una mujer. Porque así como estoy ahora, no puedo”.

El sueño de la superación incluye, para él, los estudios. No en Guatemala, donde sólo terminó básicos, sino en Estados Unidos, donde comenzó a estudiar en un “jaiskol” (high school) y donde “nos dan clases de “compiore” (computer), todo gratis, todo en inglés. Recuerda que su maestra se llamaba Paula. “Una buena persona. Quería hablar con ella, pero no tengo el número y yo no podía hablar mucho en inglés”.

Finalmente, señalar que para Danilo el viaje al Norte no es un pecado, sino una gracia de Dios; “Le agradezco mucho a Dios que Él le dio la oportunidad de pasar a mi hermano, cuando él pasó la primera vez”. Esta misma actitud ante Dios persiste en la decisión del regreso. Se trata de una ideología religiosa muy vinculada al trabajo, porque condena los vicios: “Le agradezco muchísimo, muchísimo a Dios porque no caí en un vicio de fumar o de beber guaro, cerveza. Quizá tengo un vicio por el dinero.” Para asegurar sus convicciones religiosas asistía en grupo todos los domingos por la mañana a la iglesia católica de Guadalupe.Y para hacer más llevadero el trabajo, “llevaba mi discman para escuchar alabanzas, músicas en la fábrica. ¡Ay!, uno se aburre también cuando está sentado”.

Nada lo hizo desistir

Le hice objeciones acerca de las dificultades de volverse y siempre tenía respuesta. ¿Y si ahora los empleadores piden papeles legales para dar trabajo? “Es cierto en las grandes factorías, de pescado, de costura, donde yo trabajé, ¡ah! en factoría de frutas, allí ya piden papeles, pero si se trabaja con un americano, en casa, en jardinero, limpias algo en la casa, quizás sí te dan trabajo”.

¿Y si ahora se vive en el Norte un ambiente de represión? Decía que una cosa es lo que se escucha en las noticias y otra lo que le cuenta por teléfono su cuñado: “Me dijo que ahora ya no hay mucha bulla con la migración, ya un poco tranquilo”. Reconoce que “la pasada ya es un poco costosa”, pero tampoco el dinero lo disuadió.

Nada lo hizo desistir. A los pocos meses de haber hablado conmigo se fue y llegó. Y está trabajando.

 

 

1     Implícita está la interpretación de la sociología del desastre. La ICE se puede comparar con un huracán o un terremoto que cae sorpresivamente. La ICE sería el agente de un desastre no natural para los deportados.

 

 

 

 

 

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Al llegar al aeropuerto de la Fuerza Aérea en Guatemala, los recibió la migración guatemalteca y les tomó sus datos. No les tomó fotos. Uno por uno se acercaron al oficial, mientras los demás esperaban en las bancas. “Nos dieron una refacción, cambiamos dólar en el Banrural, cambié 80 dólares. Los tengo ahorrado para cualquier cosa”.
Ilustración de Nora Pérez