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COVID19 Tres países casi nunca mencionados pueden servir de guía a Guatemala

El índice no es un ranquin o una calificación positiva o negativa sobre las respuestas
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COVID19 Tres países casi nunca mencionados pueden servir de guía a Guatemala

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Alfredo Ortega no es epidemiólogo ni experto en COVID19, pero, por azares del destino, colabora con el rastreador global de políticas públicas contra el coronavirus de la Universidad de Oxford (Reino Unido). Aquí utiliza el índice de severidad de Oxford para comparar las respuestas globales a la pandemia, y presenta tres países nada mencionados que pueden servir como fuente de aprendizaje para Guatemala.

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En Costa Rica ya se puede ir al cine, comer en restaurantes e ir a la playa (bajo medidas especiales de distanciamiento). Según el plan trazado por el gobierno, la economía tica gradualmente entrará a esa etapa de “nueva normalidad” entre junio y julio. El Ministerio de Salud parece tener el rastro de contacto de los 911 casos identificados al 22 de mayo. Todo apunta a que el gobierno del bicentenario de la independencia ha aplanado la curva de la peor pandemia que la humanidad ha enfrentado en 100 años. Mientras tanto, en Guatemala… digamos que nos falta para llegar a ese punto.

La escala de los retos que la humanidad debe afrontar en estos tiempos extraordinariamente difíciles es realmente compleja de poner en palabras. Francamente, no envidio a nadie que hace gobierno; especialmente, en países con tantas necesidades y carencias como Guatemala. En tanto no exista un tratamiento eficaz, ni una vacuna disponible, los gobiernos afrontan la difícil tarea de decidir en qué momento y cuál es la mejor forma de liberar las restricciones que buscan contener la propagación del virus SARS-CoV-2.

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El índice de severidad

El rastreador de políticas públicas (policy tracker) es un esfuerzo liderado por la escuela de gobierno de la Universidad de Oxford. Tengo el privilegio de ser parte de un equipo de más de 100 personas de todas las regiones del mundo que sistematiza las respuestas de política pública que los gobiernos han emprendido para afrontar el virus SARS-CoV-2. La información recolectada se agrupa en 17 indicadores que buscan medir tres ejes principales: i) medidas de contención y cierre; ii) políticas económicas; y iii) políticas en el sistema de salud.

Con base en los indicadores recolectados, se calcula un índice de severidad (stringency index) que permite tener una idea del número de políticas gubernamentales y qué tan estrictas son. Esto quiere decir que el índice no es un ranquin o una calificación positiva o negativa sobre las respuestas de un país determinado. Es decir, el índice no mide la eficacia de las respuestas estatales a la pandemia.

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No obstante, la información que arroja el índice es valiosa pues es crucial saber qué es lo que están haciendo (o no están haciendo) otros gobiernos para que los tomadores de decisión locales puedan calibrar y mejorar sus respuestas. El índice de severidad es una herramienta para ello. Ahora más que nunca, los Estados requieren desplegar acciones basadas en evidencia.

Con la evolución del índice se puede observar cómo las respuestas estatales se correlacionan con la propagación del virus y el cambio en los centros de la pandemia. Primero China, después Europa y Estados Unidos, y, ahora, Latinoamérica.

Como se aprecia en el mapa, hubo mucha convergencia en la severidad de las medias durante marzo. No obstante, durante mayo, las variaciones en las respuestas gubernamentales empiezan a ser mucho más acentuadas en la medida que se relajan las medidas con enfoques muy distintos entre sí.

Actualmente, Guatemala tiene una puntuación de 94.6 de un máximo de 100 en el índice. El país no está solo. Los países de Latinoamérica tienen notas bastante altas (con infames excepciones, como Nicaragua). Esto no quiere decir que el resto de los países no esté tomando medidas estrictas. Como puede apreciarse en los siguientes mapas, al 17 de mayo, la mayoría de las fronteras del mundo permanecen cerradas o con restricciones fuertes. Asimismo, la mayoría del planeta ha implementado algún tipo de restricciones al movimiento y a las reuniones de personas. Esto no es hipérbole, es una realidad que permite dimensionar las proporciones inusitadas del suceso histórico que todos estamos experimentando.

Ahora bien, el mundo es un lugar muy grande. ¿Dónde buscar las mejores respuestas a nuestros problemas, en perspectiva comparada?

¿En qué se parece Guatemala con Corea del Sur o Suecia? ¿Preguntas en serio?

En ocasiones, la cobertura de medios de comunicación o los comentarios de ciertos analistas podrían hacer creer que solo hay dos o tres modelos para enfrentar la pandemia. Sin embargo, gracias al índice de severidad es posible darse cuenta de que ese no es el caso. En el ámbito nacional, se menciona mucho Corea del Sur y su política de pruebas masivas. Hay quienes sugieren un enfoque como el de Suecia, que confía en la resiliencia de su sistema de salud, busca la inmunidad de rebaño y, por lo tanto, la severidad de sus medidas no es tan alta.

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Ahora bien, para hacer ese tipo de comparaciones, lo primero que vale la pena preguntarse es qué tiene en común Guatemala con esos dos países. La mejor analogía que se me ocurre para ese planteamiento es examinar qué tiene en común un Toyota Tercel ochentero con un supercar McLaren Senna. Ambos son vehículos con motores de combustión, tienen cuatro llantas, pero las comparaciones dan para poco más. De manera similar, Guatemala, Corea del Sur y Suecia, efectivamente, son tres países con territorio, población y un ordenamiento jurídico. Sin embargo, es difícil afirmar que el sistema de salud, institucionalidad y capacidad de gestión de estos países sean comparables con el guatemalteco.    

Para referencia de quien lee, según datos del Banco Mundial, Guatemala tiene una puntuación de -0.68 en lo que eficacia del gobierno se refiere. Como se puede apreciar en la siguiente gráfica, está muy por debajo de la media mundial, y mucho más lejos del 1.18 de Corea del Sur y de la nota casi perfecta de 1.83 que tiene Suecia. Del mismo modo, el índice de fragilidad estatal le otorga a Guatemala una nota de 79.2 de un máximo de 120. En contraste, Corea del Sur y Suecia se encuentran entre las mejores 20 naciones de los 178 que dicho índice examina, con puntajes de 32 y 18.2, respectivamente.

¿Entonces, cuáles serían comparaciones más útiles? Gracias al índice de severidad, queda claro que las estrategias para enfrentar la crisis del COVID19 son variopintas. De este modo, hay más lugares para buscar la fórmula o los ingredientes del modelo chapín para responder a la crisis. Quizás, estos ingredientes se encuentran más hacia el sur, en latitudes con características más fácilmente comparables a las de nuestro tercelito ochentero.

Perú, Senegal, Uganda. ¿Habían oído habla de ellos como ejemplos?

He seleccionado Senegal, Perú y Uganda por razones que explicaré a continuación. No obstante, hay que tener muy presente que, al hacer ejercicios de política pública comparada, todos los cotejos tienen límites. Nos parecemos en algunas cosas, pero somos casos distintos por muchas otras. 

Aunque mencioné a Costa Rica al principio de este ensayo, por las razones expuestas en el apartado anterior, no tiene mucho sentido comparar las respuestas de aquel país con el nuestro. Las vulnerabilidades y capacidades del Estado costarricense sencillamente son muy distintas a las guatemaltecas. Como se aprecia en la gráfica, los casos seleccionados están por debajo de la media global en cuanto a eficacia gubernamental se refiere.

Ahora bien, Senegal es un caso interesante para Guatemala porque es un Estado frágil, con capacidades limitadas, un PIB relativamente comparable, así como un territorio y población parecidos. Sin embargo, en el índice de severidad, tiene una calificación de 66.67. Es decir, las medidas al día de hoy no son tan severas como las guatemaltecas. A pesar de ello, como se observa en los dos gráficos siguientes, la tasa de fatalidad es menor a la nuestra y la trayectoria del número de casos confirmados diariamente pareciera ir a la baja.

De los datos del índice de severidad, pareciera ser que lo que explica estas variaciones es lo temprana que fue la respuesta del gobierno. La información disponible sugiere que el caso guatemalteco se diferencia con Senegal en la forma que se llevaron a cabo las pruebas al inicio de la crisis y la proactividad del gobierno senegalés en identificar la mayor cantidad de casos posibles en una etapa temprana. Actualmente Senegal conduce pruebas clínicas para un kit de diagnóstico rápido de bajo costo. El aprendizaje para Guatemala podría ser que, identificando eficazmente los focos de contagio, quizás las medidas restrictivas puedan relajarse. No obstante, conforme el contagio incremente será más difícil alcanzar esa meta. De allí la importancia de la respuesta temprana senegalesa.

Perú es interesante por otros motivos. Es un país mucho más grande en territorio, densidad y población que Guatemala. Además, mucho más próspero si lo comparamos en función del PIB per cápita. Sin embargo, hay paralelos con Guatemala en las inequidades “periferia-centro”, es una sociedad culturalmente heterogénea, una gran parte de su economía se mueve en la informalidad y la estabilidad macroeconómica de ambos países es relativamente similar.  

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Del caso peruano, considero importante examinar la audaz respuesta económica y social liderada por la ministra de Finanzas, María Antonieta Alva, una joven de 35 años formada en Harvard.  Las medidas económicas representan el 12% del PIB peruano, entre las cuales se encuentran subsidios directos para que pequeñas y medianas empresas puedan pagar sus nóminas, así como transferencias de dinero incondicionales para cualquier persona que se presuma sin ingresos y un plan de reactivación económica que busca “reconstruir” las industrias y los sectores más golpeados por la crisis. Asimismo, el Ministerio de Educación compró 840 mil tablets con internet móvil para estudiantes de escasos recursos y en zonas alejadas.

Todo lo anterior contrasta con el desglose de lo aprobado por el Congreso de la República de Guatemala, reportado recientemente por Plaza Pública.

Finalmente, seleccioné Uganda por razones no necesariamente vinculadas al COVID-19. Uganda es un Estado mucho menos próspero que Guatemala (su PIB es decididamente menor), tiene muchísimas más vulnerabilidades institucionales y retos en materia de Estado de Derecho. En fin, un Estado mucho más cerca de la fragilidad absoluta. A pesar de todo lo anterior, Uganda fue capaz de responder y combatir la epidemia del virus del ébola. Aunque el ébola es un virus de características totalmente distintas al SARS-CoV-2, lo interesante del caso es que un país con tantas dificultades fue capaz de combatir y enfrentar un virus con una tasa de mortalidad del 50% al 90%. Durante dicha epidemia, Uganda destacó por sus buenas prácticas para el rastreo de contactos y campañas de educación eficaces.

Ganas, datos… y suerte

No fijo conocer ni tener la respuesta inequívoca de cómo deben ser las políticas públicas en esta crisis. Con este breve ensayo solo pretendo haber demostrado que no hay una única solución o fórmula para enfrentar los enormes retos que Guatemala tiene por delante.  

La pandemia comenzó en un régimen autoritario que se pudo dar varias licencias en cuanto al respeto de derechos fundamentales. Después, pasó a las democracias liberales asiáticas y europeas con robustos sistemas de salud y estados de bienestar. Ahora es turno de las disfuncionales democracias liberales latinoamericanas encontrar la fórmula que responda a sus realidades. 

El modelo chapín de respuesta tiene que reconocer nuestras propias limitaciones y ser capaz de identificar nuestras fortalezas. Las experiencias de otros países no pueden copiarse en calco, sino que se deben adaptar para que su implementación responda a nuestras necesidades y nuestras capacidades.

Con mucha voluntad política, políticas públicas basadas en evidencia y un poco de suerte, quizás no todo está perdido para nuestro tercelito ochentero.

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