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Canasta básica alimentaria: la pobreza de una discusión
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Canasta básica alimentaria: la pobreza de una discusión

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Doña María (caso real), mujer indígena viuda, originaria de Santa María Chiquimula, Totonicapán, viaja a Quetzaltenango uno o dos días a la semana con su machete afilado y una caja para lustrar zapatos. Busca cortar la grama de algún jardín y lustrar el calzado de alguien.

Sale de madrugada. Paga Q20 de pasaje ida y vuelta. Apenas toma un poco de café y se come una tortilla tostada. Alguien le regala comida en el transcurso de la jornada y gana entre Q50 y Q75 al día. No le alcanza para comer afuera.

Poco le importan las elucubraciones y discusiones teóricas entre derecha e izquierda sobre si la canasta básica alimentaria está bien o mal calculada. O si el nivel de pobreza en Guatemala está o no sobredimensionado. Es pobre, analfabeta y desnutrida, igual que sus antepasados, e igual serán los dos hijos de cinco que tuvo. Los otros tres murieron por enfermedades curables que el Estado no supo ni pudo atender.

Casi diez millones de guatemaltecos son ajenos a que la canasta básica tenga 22 años de vigencia y a que, en vez de 26 productos, ahora sean 34. No saben que antes valía Q3 800, luego Q4 200 y ahora Q3 500, y les vale que los cálculos estadísticos estén mal hechos y que su precio sea menor a lo presentado por el INE. En un país de muchos pobres, esas discusiones de gente que no ha sufrido hambre son bizantinas e innecesarias. Que se diga que son para formular políticas públicas no deja de ser un sarcasmo ante la inoperancia de más de 40 políticas públicas que no han resuelto las carencias y las desigualdades.

Wilson Romero afirma: «Aunque en la medición baje [la canasta básica alimentaria], el impacto en el incremento que se percibe como consumidor es distinto […] La canasta básica no es el ideal de lo que deben comer las personas. No corresponde a las necesidades de consumo o a la pertinencia cultural, pero refleja la demanda que se tiene de los productos».

El dato estadístico esconde los extremos. Lo importante no es si tenemos 59, 56 o 55 % de pobreza. El problema es que hay municipios indígenas con más del 90 % de indigencia. Los promedios ocultan tragedias y nos reducen a discusiones técnicas inmorales. Los tecnócratas bien pagados y bien alimentados argumentan que datos mal formulados desorientan y desincentivan la inversión extranjera. Otro sarcasmo. ¿De qué ha servido dicha inversión si la pobreza, en vez de disminuir, ha aumentado?

La pobreza no se mide solo por el ingreso y la canasta básica. Fabián Repetto plantea: «La pobreza es un tema multidimensional, por lo que medirla solo con la dimensión del ingreso es incompleto. Una medición más amplia de la pobreza podría dar lugar a un enfoque integral de políticas públicas», la cual incluya temas como salud, educación y hábitat. Ana María Edwin agrega que «el costo de la canasta básica de alimentos es un valor teórico que a través de la aplicación de fórmulas estadísticas divide la indigencia de la pobreza y está muy lejos de representar el consumo de los sectores medios de la población». También dijo que «era un indicador interesante en los años 80, [pero que] hoy en día no tiene ningún valor para saber efectivamente cómo está viviendo el pueblo».

Ser pobre en Guatemala es ser objeto de estudio, no sujeto de derechos. Es ser zangoloteado por las polarizaciones ideológicas. Es ser víctima del mercado y de la mano invisible que lo ahorca. Es ser esclavo de la democracia corporativa. Es el pretexto ideal para que los sectores dominantes, económicos y políticos impulsen acciones que perpetúen y amplíen sus privilegios, permitan pagar cada vez menos impuestos y los ayuden a sacar sus capitales cuantiosos a los paraísos fiscales, donde no pagan nada. Ser pobre es ser víctima de la represión legal del Estado cuando se alza la voz y de la inoperancia e indiferencia de la burocracia estatal. Es el ciudadano que a lo único que puede aspirar a la hora de comer es a una bebida carbonatada y a una bolsa de frituras, comida chatarra que la engañosa publicidad induce a ver como alimento y nutrición. Es lo único que le ofrece el Estado: ilusiones.

Enrique Naveda comparte una imagen del libro La pobreza: un estudio filosófico que dice en parte: «Onora O’Neill ha insistido en que la pobreza sitúa a las personas en una situación de vulnerabilidad que les impide la posibilidad de rechazar lo que les ofrecen aquellos que detentan el poder». La pobreza también es un problema moral, no solo estadístico.

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