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Autoridades indígenas del Valle del Palajunoj, Quetzaltenango, manifiestan en resistencia comunitaria al Plan de Ordenamiento Territorial frente a la sede de la municipalidad, el 25 de abril. María José Longo

Ellas toman decisiones en un sistema que limita su participación

No hay detalles de la participación de mujeres u hombres trans o de personas que tengan otras identidades
«Nuestro reto es avanzar en la participación de las mujeres, pero no solo por ocupar un espacio sino por tomar decisiones»
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Ellas toman decisiones en un sistema que limita su participación

Historia completa Temas clave
  • En Guatemala, el 51.53 % de la población son mujeres.
  • El país carece de un sistema de cuotas, normas para propiciar una distribución equitativa en los cargos de elección popular y de representación en el poder público
  • Según el Observatorio Interamericano de Seguridad, de cada 100 jueces, hay 58 hombres y 42 mujeres. Ellas conforman la minoría.
  • Datos de Red Ciudadana apuntan que a Corte de Constitucionalidad está conformada actualmente por seis hombres y cuatro mujeres. En la Corte Suprema de Justicia, que se integra por 13 magistraturas, hay 10 titulares, 5 hombres y 5 mujeres. De los tres puestos faltantes: una magistrada está separada del cargo y dos más no han sido nombrados.
  • En 2019, según reportaje publicado por Agencia Ocote, 330 de las 340 alcaldías municipales fueron ocupadas por hombres. Al tomar en cuenta concejales y síndicos, el 87.84 % del poder se concentró en ellos.
  • En las elecciones más recientes, según datos de Asies, para dirigir las alcaldías del país se postularon 3,227 personas, de las cuales 3,000 eran hombres y solo 227 mujeres. No hay detalles de la participación de mujeres u hombres trans o de personas que tengan otras identidades
  • En el Congreso de la República el 80.63 % son diputados y solo el 19.38 % diputadas.
  • Existen algunos casos de éxito en puestos de toma de decisiones del poder público, pero en general no hay equidad.

En Guatemala, el 51.53 % de la población son mujeres, aún así no existe paridad en los puestos de poder y aquellos en donde se toman decisiones, están ocupados por hombres. El país carece de un sistema de cuotas, normas para propiciar una distribución equitativa en los cargos de elección popular y de representación del poder público. A pesar de ello, hay historias de mujeres que, contra un sistema patriarcal, perseveran para ocupar estos espacios. El panorama es similar en puestos de elección popular y en cargos por designación.

«¡Bananos, bananos!», es el grito que sobresale en una de las ventas de fruta en la ciudad de Guatemala. Una niña acompaña a la madrastra de su padre a vender. Varias décadas después la niña está sentada en un escritorio impartiendo justicia, ella es la jueza. Viste la indumentaria maya de San Juan Cotzal, la tierra donde nació, en el departamento de Quiché.

Por la violencia a causa del conflicto armado interno, los padres de Ana Seferina Cruz Velasco migraron de San Juan Cotzal a Guatemala, lo hicieron con sus ocho hijos e hijas. La pobreza obligó a los padres a repartir a las niñas y a los niños con familiares para que los cuidaran mientras trabajaban.

Desde primaria hasta diversificado, la jueza estudió gracias a becas. Ella no sabe lo que es reprobar un curso, aprendió a ganarse los espacios por mérito propio y solo recuerda esforzarse para tener buenas calificaciones. Cuando debía iniciar la primaria sus padres consiguieron una beca en Chichicastenango para que estudiara en un internado religioso. Ahí una monja a quien llama «mami» decidió por cariño dejar el hábito y acompañar a Ana a Santa Cruz del Quiché, en donde le gestionó una beca para estudiar básico y diversificado. Después de graduarse, Ana regresó a Cotzal.

La universidad era un sueño lejano. Aún así intentó cumplirlo viajando a la capital. Se inscribió a la carrera de Derecho, como uno de sus hermanos mayores, pero la distancia y los gastos la hicieron desistir. Mientras tanto, trabajó como intérprete de Ixil, su idioma materno. Años después cuando se inauguró la carrera en la cabecera de Quiché, decidió intentarlo de nuevo.  Para viajar desde Cotzal hasta la universidad usaba el transporte público, pedía «jalón» a pilotos de camiones, carros y motocicletas.

«Hoy pienso en lo mucho que me arriesgué por lo que deseaba, pero siempre me he enfocado en lo positivo», cuenta Ana y entre las anécdotas que recuerda con risas y lágrimas, está empujar camionetas que se quedaban atoradas en el camino de terracería y picops que no podían  seguir la marcha. Tres años debió dedicar para concluir los trámites de  tesis y finalmente se graduó de abogada.

En el Organismo Judicial (OJ), donde inició como oficial intérprete, luego fue oficial de trámite y después secretaria, para finalmente alcanzar un sueño: ser jueza. Por poco más de dos años estuvo a cargo del juzgado de San Juan Cotzal. Vivía en el mismo lugar y podía atender en su idioma materno, pero era jueza temporal y además de ese juzgado, atendía otros simultáneamente. 

En Uspantán fue la primera mujer indígena en administrar justicia y para los vecinos fue difícil acostumbrarse. «Llegaban al juzgado para hablar con el juez, mis compañeras les decían: ‘sí, es ella’. En el rostro se notaba el asombro y preguntaban ‘¿con ella?’. Mis compañeras muy lindas eran las encargadas de decir: ‘ella es la licenciada, ella es la jueza’. Con honestidad y justicia uno hace que la población se acostumbre a ver a una mujer indígena como jueza». En Uspantán brindó capacitaciones a los policías para que desarrollaran su trabajo de acuerdo a la ley y dio pláticas a las mujeres sobre sus derechos.

María Longo

Cuando le sugieren que solicite hombres y no mujeres para integrar el personal, frunce el ceño y cuestiona. En una ocasión uno de los secretarios le pidió que solicitara contratar un hombre como notificador, que no fuera a llegar una mujer porque no podría transportarse con la motocicleta asignada para ese puesto.

«Le conté que en Uspantán tenía una notificadora y manejaba moto, no una motoneta, una moto grande y se iba a las comunidades en caminos difíciles. Ella está casada, es madre, es muy ágil y si se tiene que defender, se defiende. Las mujeres sí podemos, no se trata de que en algunas cosas no podemos, no es así. Estamos en igualdad con el hombre, ellos no son superiores y nosotras tampoco, estamos en igualdad y podemos ocupar espacios. Debemos motivarnos entre nosotras las mujeres», dice la jueza.

A ella le corresponde también coordinar y dirigir diligencias junto a la PNC.  Recuerda que para un procedimiento de exhibición personal, importante y peligroso, el comisario le pidió que como líder del grupo diera un mensaje a los agentes. Observó el pelotón, la mayoría eran hombres.

El padre de Ana es agricultor y aprendió a leer y escribir solo, su madre es ama de casa y no terminó la primaria, pero ambos la apoyaron para que estudiara. El hijo de la jueza creció rodeado de carteles con artículos, con conceptos de Derecho, ahora estudia esa carrera.

En la actualidad Ana está lejos de su hogar y de su familia, la trasladaron al Juzgado de Paz de Patzité, una comunidad en donde se habla K´iche´, por lo que sus compañeros le ayudan con la interpretación. Sueña con regresar a su municipio y tener audiencias en su idioma materno. Por lo que vivió, para Ana ser jueza es sinónimo de servicio y una oportunidad  para proteger a la niñez.

Como Ana, hay otras mujeres desempeñándose como juezas. Según datos del Observatorio Interamericano de Seguridad, hasta el 2019, en Guatemala de cada 100 jueces,  hay 58 hombres y 42 mujeres. Ellas conforman la minoría.

Según los datos recabados por la Asociación Civil Red Ciudadana para el documento «Participación política de la mujer en Guatemala»,la Corte de Constitucionalidad está conformada actualmente por seis hombres y cuatro mujeres. En cuanto a la Corte Suprema de Justicia, que se integra por 13 magistraturas, el Departamento de Comunicación Social del Organismo Judicial informó que en la actualidad hay 10 titulares, 5 hombres y 5 mujeres. De los tres puestos faltantes: una magistrada está separada del cargo y dos más no han sido nombrados. 

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 Los pantalones negros de la alcaldesa 

Cuando la alcaldesa entró al edificio amarillo de tres pisos y techo falso,  se le acercó una mujer con un canasto de frutas en la cabeza, a los 15 segundos otra mujer vestida de negro hizo lo mismo. En menos de un minuto un círculo de mujeres la rodeó. Ella escuchó sus solicitudes, como viene haciendo desde hace 27 meses. 

Dora Aldina Pérez Martínez es la primera mujer en dirigir la municipalidad de La Democracia, Escuintla. Ganó las elecciones de 2019 con Podemos, un partido conservador cuyo presidenciable en ese año fue Roberto Arzú. Consiguió el cargo en su cuarta contienda electoral consecutiva, compitió solo contra hombres. 

En febrero de 2020, Agencia Ocote publicó el reportaje titulado Las diez alcaldesas. Aldina es una de esas diez mujeres alcaldesas que fueron elegidas en Guatemala en 2019. En contraposición, 330 de las 340 alcaldías municipales fueron ocupadas por hombres. Al tomar en cuenta concejales y síndicos, el 87.84 % del poder se concentró en ellos.

Tres de estas mujeres están en el departamento de Escuintla. De acuerdo con la publicación número 3 de la Revista ASIES titulada «Las mujeres en el proceso electoral 2019», en las elecciones  más recientes, para dirigir las alcaldías del país se postularon 3,227 personas, de las cuales 3,000 eran hombres y solo 227 mujeres. En el informe no hay detalles de la participación de mujeres u hombres trans o de personas que tengan otras identidades. En julio de 2021 se añadió una alcaldesa más. Celestina Tepaz, quien en el 2019 fue electa como concejal I de la Municipalidad de Santa María de Jesús, Sacatepéquez, tomó posesión luego que el alcalde electo, Daniel Sunún, muriera por complicaciones a causa del COVID-19.

Dora obtuvo el triunfo porque 31 de cada 100 votantes la eligieron, 4,249 de 13,525 personas que votaron, lo hicieron por ella. En los comicios del 2019, en La Democracia el abstencionismo fue del 32.19 %. El padrón estaba conformado en su mayoría por mujeres (10,080), los hombres empadronados fueron menos (9,865).

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La primera vez que la alcaldesa participó, lo hizo con el Partido de Avanzada Nacional (PAN), la segunda y tercera con la Unidad Nacional de la Esperanza (UNE)  y en la decisiva de nuevo el presidenciable era de apellido Arzú. Para la alcaldesa ese apellido no es ajeno, antes de morir su esposo fue alcalde en dos periodos y ganó con el PAN, cuando su candidato, Álvaro  Arzú, fue electo presidente. 

Dora es morena, tiene cejas marcadas, una boca diminuta en medio de dos mejillas grandes y acentuadas. Sus ojos son pequeños y tiene ojeras grandes y pronunciadas. Su voz ronca se escucha constantemente porque habla con facilidad y ordena constantemente, aunque se percate que a muchos hombres les molesta obedecerla. Sus brazos robustos están acostumbrados a rodear a la gente, saluda y abraza con facilidad. A los 13 años, era una adolescente extrovertida que se involucró en comités y hermandades. El poder local siempre lo ha tenido cerca en la familia, su abuelo también fue alcalde del municipio.    

La alcaldesa es maestra jubilada y tiene tres hijos. Recuerda que el Día de la Madre no asistía a las actividades de sus hijos porque debía trabajar. Cuando dejó de dar clases en la aldea El Arenal, viajó a Guatemala para trabajar en instituciones públicas: el Fondo Para la Vivienda (Fopavi), el Instituto Nacional de Estadística (INE) y el extinto Fondo Nacional para la Paz (Fonapaz). No utiliza los servicios de un piloto para viajar de un lugar a otro. «No me gusta», dice y conduce ella o su pareja. 

El día de Dora inicia a las tres o cuatro de la mañana y concluye a las 23:00. Durante ese tiempo su sombra no camina sola, la acompañan dos más, las de guardaespaldas armados que según cuenta le fueron asignados por la PNC ante la amenaza de un ataque.

La alcaldesa cree que ser mujer la benefició. Está convencida de que en su municipio y en dos municipios vecinos: La Gomera y Masagua, la población estaba cansada de que su territorio fuera administrado por un hombre  y querían saber qué pasaría si lo hiciera una mujer. Para los votantes hay algo que importa más: las promesas de campaña. 

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Afuera de la municipalidad hay una fila de pies: descalzos, con chanclas, dentro de zapatos con hoyos por donde se asoman dedos y pies en zapatos impecables. Todos tienen un propósito común: recibir un almuerzo del comedor social. Todos los días se entregan 250 desayunos y 350 almuerzos. La fila comienza pronto y según testigos, a pesar del esfuerzo de una trabajadora municipal para ordenar la cola, quienes se cuelan han provocado hasta golpes.  

Un par de esos pies son los de Blanca Cruz, una mujer delgada, morena y  baja. Camina diligente. Es vendedora ambulante de plataninas. Recibió uno de los platos con pollo en barbacoa, arroz, trozos de güisquil y peruleros cocidos, una naranja, tortillas y un vaso de horchata. Ella votó por la alcaldesa, dice que tuvo una premonición, estaba segura de que ganaría y además la convencieron sus promesas. 

Mientras sostiene el plato en donde guarda el resto de los alimentos, Blanca cuenta que la alcaldesa le prometió ayudarla, darle láminas y ponerle piso de cemento a su casa, pues es de tierra. «Uno va viendo quién le ayuda, aunque uno venda, el dinero no alcanza. Ella nos ha echado la mano con víveres, medicamentos, comida. Hasta ahora no ha cumplido con todo, falta mi piso y las láminas, pero hace poco hablé con ella y dijo que pronto lo haría. Poco a poco, pero ahí vamos, nos ha ayudado, uno quisiera que le ayudaran bastante, pero tampoco se puede porque somos muchas personas las que tenemos necesidad», dijo Blanca.

La alcaldesa llevó las promesas de campaña hasta los hogares, visitó casa por casa. Asegura que los 16 años de campaña los sostuvo con el dinero de su trabajo y que el mayor gasto era en combustible para llegar a las comunidades además del esfuerzo físico para caminar y visitar a cada familia. «Perdía y seguía trabajando. Me ha gustado mucho ayudar con mi propio dinero, yo conozco dónde vive la gente, pasé por su casa».

«Echándonos la mano», es un programa creado por la alcaldesa. El fin es ponerle piso a los cuartos donde duermen las mujeres y su familia, se hace con un trabajo en conjunto entre las beneficiadas y la municipalidad. Dora reconoce que el programa atiende a una promesa de campaña. 

José Valenzuela, es vendedor rutero, un nómada en los municipios del oriente de Guatemala. Mientras arregla el producto que vende, cuenta que le asombra ver a una mujer como alcaldesa. 

«Lo que yo he visto es que es brava, pero buena gente. Da muchas órdenes al mismo tiempo, mientras escucha a la gente, observa y pregunta por cosas pendientes. Saber cómo le hace, ella hace  muchas cosas al mismo tiempo y es exigente.  Ha de ser valiente para meterse a estas cosas que no parecen de mujeres». Dice el vendedor. Ha observado cuando el pasillo del primer piso de la comuna se llena con sillas y personas que llegan a presentarle sus peticiones a la alcaldesa. 

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La misma publicación de ASIES concluye que en cuanto a la participación política femenina en corporaciones municipales en las elecciones del 2019, cuatro fueron los departamentos que presentaron mujeres en proporción mayor a un cuarto del total de candidatos: Guatemala (30.96%), Escuintla (25.29%), Retalhuleu (27.37%) e Izabal (27.01%). Los  departamentos con números más bajos son: Huehuetenango (9.78% de mujeres del total), Quiché (16.24 %), Totonicapán (15.55 %), Sacatepéquez (16.04 %) y El Progreso (18.48 %).

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«Cuando hablo de negociar no me refiero a ver cuánto nos toca, es de sentarnos y platicar, de lograr que nos escuchen y nos den, pero para el pueblo.  Por ejemplo, que vengan ayudas internacionales», comenta la alcaldesa. 

Tiene 167 trabajadores a su cargo y dirige un Concejo integrado por dos síndicas  y un síndico; tres concejales hombres y una mujer. Por el trabajo que realiza, en enero de 2022 Dora recibió un pago total de 72,250 quetzales (40,000 del salario mensual, 250 de la bonificación incentiva, 12,500 por las dietas y 20,000 en gastos de representación). El pago para el resto de integrantes del Concejo fue de 12,500 quetzales por las dietas (pago que se hace por las sesiones que tienen). 

Con orgullo la alcaldesa cuenta que al inicio de su gestión se redujo a la mitad el pago de dietas. El Concejo no tiene un número exacto de reuniones a la semana, suceden las veces que sea necesario por el mismo pago mensual. Las reuniones son transmitidas por Facebook Live desde la página de la comuna, una medida para fomentar transparencia.    

En inauguración y supervisión de obras, o en otras actividades municipales, el atuendo de la alcaldesa no varía mucho: siempre usa pantalones negros, una playera blanca con mangas celestes o una camisa blanca con el logo de la municipalidad. Mocasines negros, zapatos de tacón corrido: redondos o picudos, pero siempre negros. O quizá un par de tenis gris con rosa.

Mujeres en el Congreso

De acuerdo con los datos de la Asociación Civil Red Ciudadana, en el Congreso de la República el 80.63 % son diputados y solo el 19.38 % diputadas. En ese grupo minoritario están Sonia Gutiérrez Raguay, del partido Winaq  y Vicenta Jerónimo Jiménez, del Movimiento para la Liberación de los Pueblos (MLP). Ambas actúan como contrapeso al partido oficial. «A las mujeres indígenas se nos coloca en otros ámbitos», dijo Sonia. «No digamos de mujer indígena maya, que venimos desde los territorios», complementa Vicenta.

Sonia recuerda que al inicio de su carrera política, cuando era candidata a la alcaldía de Palín, Escuintla, de donde es originaria, un compañero del partido le dijo: «mientras no tengas un carácter fuerte, rudo, como los hombres, no vas a poder llegar a un cargo público».

En ese momento las palabras la desmotivaron, pero en la actualidad desmitifica el discurso escuchado. «¿Tengo que actuar como los hombres? Me opongo a reproducir los mismos patrones para ser exitosa en mi carrera política, no comparto esa idea y lo he demostrado abriendo brechas sin reproducir modelos tradicionales y que de hecho es importante involucrarnos en política para cambiarlos. Las mujeres tenemos nuestras propias vivencias y experiencias».

La diputada argumenta que en Guatemala, un país patriarcal, a las mujeres se les ve como subordinadas en cualquier espacio y en el imaginario social solo deben estar en el ámbito privado y no público. Sumado a esto, pocas tienen acceso a una educación formal. Además, los obstáculos para ocupar espacios de toma de decisiones crecen al hablar de mujeres indígenas del área rural y en extrema pobreza.

«Tenemos un sistema de partidos políticos donde las mujeres no tenemos la oportunidad que tienen todos los ciudadanos, no hay esas oportunidades de postularse a cargos con condiciones elegibles. Se nos coloca en cargos cosméticos y complementarios, aparecemos en listados, pero en los últimos lugares porque ahí nos ve la sociedad», menciona.

Simone Dalmasso

En marzo de 2022, Sonia y otras diputadas presentaron la iniciativa de Ley para el Fomento de la Salud Menstrual Digna, esta pretende crear una canasta de salud menstrual que se brinde en los centros educativos para garantizar el acceso universal a productos en niñas y adolescentes. Además, como parte de su trabajo ha impulsado la legislación para la paridad e inclusión de la participación de mujeres y pueblos indígenas en la postulación de candidaturas. Cree que esta acción es necesaria para lograr la paridad.

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«No es solo legislación, necesitamos formar ciudadanía», dice la diputada y señala que es necesaria la educación para generar conciencia. «Ciudadanos somos, hombres y mujeres debemos tener las mismas oportunidades. En términos cuantitativos somos menos mujeres en el Congreso y en términos cualitativos nos vemos con escasas posibilidades de impulsar agenda legislativa, porque la composición no nos favorece, no encontramos el respaldo de la mayoría de los diputados porque carecen de sensibilidad y comprensión de lo que nosotras proponemos», explica la diputada Sonia.

En el 2022, por tercera vez, la diputada Vicenta Jerónimo renunció a los privilegios que el Congreso otorga, pues los considera parte de la corrupción. Ella se negó a usar el teléfono celular, el seguro médico y los fondos de la caja chica.

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«Nuestro reto es avanzar en la participación de las mujeres, pero no solo por ocupar un espacio sino por tomar decisiones. Con conocimiento de la historia de nuestro país y cerca de las energías de nuestros abuelos y abuelas. Sin miedo de escuchar y conocer a otras mujeres y cómo están sufriendo», dice la diputada y agrega que es necesaria la preparación y el conocimiento del país y sus diferentes territorios: «Es necesario prepararse para tomar decisiones y no quedarse callada, denunciar el machismo y el racismo que a veces se evita por miedo o desconocimiento», agrega. 

Para cambiar el contexto actual, Vicenta está convencida de que las mujeres deben iniciar con el ejercicio del liderazgo desde su hogar, después ocupar un cargo desde la comunidad, para tener una preparación  en varios temas y escalar hasta ocupar un cargo público.

«Es diferente si llegan a un espacio conociendo la realidad de su comunidad, de su municipio y departamento. Nosotras hemos preparado a muchas compañeras que ejercen un cargo desde su comunidad, que incluso han sido criminalizadas, pero desde ahí se están preparando mentalmente. El machismo, el racismo, la discriminación necesitan que uno esté preparado mentalmente», dice la representante del partido MLP.

Vicenta aún recuerda que durante la temporada de campaña para las elecciones del 2019, ella y la presidenciable de su partido, Thelma Cabrera, fueron señaladas y criticadas por ser mujeres e indígenas, cuestionadas con preguntas como: ¿Qué van a hacer estas mujeres?  Hoy está en el cargo y toma decisiones.

Efectivo y necesario

Anny Puac es politóloga y plantea dos escenarios: la participación política real formal y la participación política real local. En la primera se incluyen instituciones de Estado y gobierno como Policía Nacional Civil, juzgados, Congreso, alcaldías y otros. En la segunda está la participación comunitaria a través de alcaldías indígenas, juntas de vecinos, proyectos de agua potable y drenajes.

Para Anny en la primera categoría no se ha visto la paridad, a pesar de que es importante y es notorio el efecto positivo en otros países, donde se ha avanzado en la recuperación de derechos de las mujeres y garantías que respetan su libertad e integridad. En la segunda categoría hay más incidencia y se ha concentrado mayor participación de mujeres.

«Es necesario que también suceda en el primer escenario. Toda la población necesita la transición de descolonización, reencontrarse con el pasado y la historia que arrastra Guatemala. De lo contrario vamos a lograr 50 hombres y 50 mujeres, pero va parecer como que siguieran 100 hombres», comenta Anny e indica que es necesaria la concientización de las mujeres jóvenes, ladinas, mestizas que participan activamente en la política partidaria para que lleguen a los cargos con una conciencia plena.

Anny comprende que la mirada machista y patriarcal ha persistido desde la construcción del Estado, donde la mayoría de quienes han dirigido el gobierno han sido hombres. «Conozco casos concretos de alcaldías indígenas de Sololá, San Juan Sacatepéquez y Huehuetenango, en donde han entendido la importancia de que haya mujeres tomando decisiones. En los casos indígenas la palabra paridad viene de hablar de una dualidad, de dos energías: una femenina y una masculina, que caminan juntos. Modelos de autogestión donde se entiende que la participación de la mujer es importante para un equilibrio que mantenga el tejido social», concluye.

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