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Una feminista, trans y bisexual
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Una feminista, trans y bisexual

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“… nos hemos acostumbrado a la libertad y tenemos el valor de escribir exactamente lo que pensamos…”, escribió Virginia Woolf, en 1929, en “Una habitación propia”, el ensayo en el que plantea la necesidad de que las mujeres tengan un espacio propio para crear, para hacer que se escuche su voz. En esta serie, Plaza Pública reanuda la pregunta: ¿Cómo construyen su habitación propia las mujeres guatemaltecas? Aquí responde Jolie Totò Ryzanek Voldan, activista por los derechos de la comunidad LGTBI

Soy una persona de la tercera edad que ha sobrevivido hasta la fecha en un mundo que me ha sido siempre adverso. He realizado toda labor que he podido desempeñar y aprender. Soy una autodidacta empedernida que pretende ser escritora y considero ser una experta en idioma español.

Adrede nunca me gradué de nada, porque poseer un título justifica que muchas personas te llamen por el grado académico que posees, lo cual no es cristiano –soy una cristiana formada– ni justo, puesto que todos somos humanos y debemos vernos y tratarnos en condiciones de igualdad y por nuestros nombres.

Pues bien, allá por octubre del año 1950, en la cabecera departamental de Totonicapán, cuando apenas habían transcurrido los dos primeros minutos del día 13, mientras caía un copioso aguacero con granizo sobre el techo de tejas de la habitación que ocupaba mi madre en casa de mi abuela, la “pensión San Miguel”, vine al mundo con la asistencia oportuna de la comadrona Manuela Amézquita (Q.E.P.D).

Puesto que los genitales primarios con que nací así lo indicaban, fui inscrito en el Registro Civil como varón, creciendo y desarrollándome como tal hasta los ocho años de vida. A esa corta edad me presenté ante mi madre para decirle que “yo quería ser niña” y el resultado fue la mejor azotaina de mi vida. Baste decir que mi madre me dio de cinchazos hasta que fue incapaz de levantar nuevamente el cuero para darme uno más… realmente no sé cómo no morimos alguno de los dos, ella de agotamiento y cólera, y yo por la monumental paliza.

El tiempo y los años pasaron, hasta que el final de la vida de mi madre llegó el 28 de mayo del año 2008, cuando yo tenía 57 años de edad y pude finalmente, dejar de mentir de palabra y de acción, para SER LA MUJER QUE SIEMPRE QUISE SER.

Aprender a oscuras

En la época en que tomé conciencia de que era una mujer transgénero, nadie hablaba de nada que cercanamente tuviera algo que ver con lo sexual. En el mejor de los casos debía callar e intentar por mis medios “averiguar qué era lo que le pasaba o aquello que sentía”. Por aquel entonces –años 50, previos a la Liberación Sexual de la década de los años 60– las fuentes de información se reducían a las bibliotecas, y una acudía a ellas buscando respuestas en un montón de libros que muchas veces ni una misma entendía. Así que no quedaba más alternativa que buscar a personas que estuvieran dispuestas a “colaborar”–con la discreción del caso y en “la medida de sus posibilidades” –, puesto que también estas tenían una reputación que guardar. Algunas te aconsejaban, otras externaban su criterio o te prestaban libros, a veces te referían con otra persona que consideraban mejor calificada, o simplemente te mandaban al diablo. ¡Era toda una “operación encubierta” hablar con cualquiera de temas sexuales!

Poco a poco, con muchas horas de fuga de los estudios y decir muchas mentiras para escaparme de casa, logré convertirme en una erudita –dadas las circunstancias– en temas sexuales en medio de aquella época tan oscurantista en que me tocó crecer.

Así, poco a poco, y con muchos esfuerzos de mi parte me fui comprendiendo a mí misma, con lo que de igual manera –poco a poco– me fui aceptando como lo que realmente era: una mujer transgénero que se sentía atraída por personas de ambos sexos –fue mucho más adelante cuando conocí la conceptualización de la bisexualidad que vivía en mí–, atribuyendo tal atracción a que poseía genitales de varón, pero yo me sabía y sentía mujer, aunque la sociedad y documentación dijeran lo contrario.

Actualmente la situación no ha cambiado, el hecho mismo de identificarme por mi orientación sexual y mi sexualidad me acarrea en las redes sociales el trabajo adicional de bloquear a infinidad de personas que solo me buscan como un objeto sexual o para insultar mi condición, sin detenerse a pensar en la lucha que he tenido conmigo misma y la sociedad para aceptarme como lo que soy y para buscar los espacios de tolerancia en que sea cuando menos, aceptada. Aunque he logrado cambiar legalmente mi nombre, no se ha podido romper el ordenamiento legal para poder cambiar o suprimir de mi identificación el género que me fuera asignado desde que nací

Mi “salida del clóset”

Durante mi vida productiva plena, me desarrollé básicamente como vendedora de productos de consumo (comestibles y abarrotes), con lo cual siempre tuve un horario relativamente flexible que me permitió continuar estudiando, “casi a conveniencia y a mi ritmo”, puesto que adquirí obligaciones familiares desde los 24 años. Engendré dos hijas con mi primera esposa, con quien sostuvé una relación marital de once años, divorciándome finalmente. En la actualidad tengo cinco nietos y un bisnieto.

Contrajé segundas nupcias varios años después, sin tener hijos propios, mas sí ayudando en la crianza de tres que mi consorte tenía de un matrimonio anterior. Esta relación duró solamente seis años.

Inicié mis cambios afeitándome completamente (primero la barba, y luego el bigote, luego llegué hasta los tobillos) y dejé de ir a cortarme el cabello; paralelamente principié una Terapia de Sustitución Hormonal (TSH) e inicié el estudio de Cosmetología y Esteticismo (so pretexto de tener un oficio que pudiera desempeñar para mi futura vejez), lo cual concreté luego de dos años de estudios teóricos y prácticos.

Durante el último año de estudios la vida de mi madre llegó a su fin y tuve que vivir el tremendo impacto de su ausencia, por cuanto y pese a haberlo previsto, no estaba preparada para ello y tuvo un efecto verdaderamente devastador en mí.

Cuando me avisaron lo notifiqué a mis jefes, y escribí una pequeña nota con la información de las exequias (acorde a lo estipulado por mi madre en vida), me retiré y luego me dirigí a casa, donde lloré tristemente…, para luego caer en cuenta que toda la información proporcionada a mis jefes estaba equivocada, ya que mis hermanos (quienes pagaban todo), hicieron “todo lo que mamá no quería” (no usaron su sepelio pre-pagado, sino el mío; no la llevaron a la iglesia para su misa de cuerpo presente –tenía ese “derecho” por ser Guardia del Santísimo– y muchos detalles más que no viene al caso citar), lo que me hizo encolerizar y meditar, en medio de aquel cúmulo de sentimientos encontrados.

Estando en la funeraria, nos citaron a los hermanos, mi tío, sobrinos(as) y nietos(as) “para despedirla” en una capilla privada, tomé la palabra para expresar mi deseo de “respetar los deseos de mi madre, aunque fuera yo sola” y les dije que “de ahora en adelante iban a ser las cosas como yo decía, al menos para mí, y no como me habían obligado siempre a que fueran, puesto que como siempre, no me habían tomado en cuenta para nada” …el llanto quebró mi voz y solo pude agregar: “ya verán cuando tengan que entregar cuentas ustedes”. Me retiré a la capilla pública donde se llevaría a cabo el velatorio y me encerré para calmarme un poco, el resto de las exequias de mi madre fueron de meditación en silencio y planificación de mis futuras acciones, en la medida que el dolor que me agobiaba lo permitía.

Posteriormente, a cada uno de los miembros de mi familia cercana le hice saber mi decisión de “cambiar de sexo”, confesando que les había mentido a todos durante casi 50 años de mi vida. Ninguno hizo o expresó algún gesto o comentario de aprobación, antes bien, pude ver en sus rostros por vez primera, su gesto de “aceptación forzosa” ante una realidad incontrovertible, puesto que la última persona a quien yo debía obediencia absoluta acababa de fallecer.

Previendo que algunos creyeran que era una reacción mía ante el inmenso dolor experimentado por la falta de mi madre, insistí en mi exposición acerca de la “liberación” que había experimentado para ser finalmente yo misma.

Una de mis hermanas me dijo enojadísima que cambiara de nombre, porque era el único que llevaba el de nuestro padre y ninguno deseaba que ese nombre se viese empañado por una “babosada mía”, puesto que innegablemente mi padre fue una “Gloria Nacional”, reconocida incluso a nivel internacional.

Luego, ya liberada de la presión familiar, notifiqué mi decisión en el trabajo, principiando por las direcciones y subdirecciones, y finalicé con las distintas jefaturas. Dada la imagen de respeto que privaba, nadie objetó absolutamente nada y hubo tan solo uno de ellos que expresó su “admiración” por mi valentía al decirlo y mi determinación de llevarla a cabo.

El menor de mis hermanos y su familia viven a escasas cuadras de donde yo habitaba en ese entonces y solía comentarme que era el hazmerreír de todos los vecinos, que aunque no lo hacían frente de mí, se reían a mis espaldas, y ello era “vergonzoso para todos”. En la práctica me quedé sin familia, incluso mis hijas me explicaron que se alejarían de mí, por cuanto “no sabrían cómo explicarles a sus hijos mi decisión”, y creo que tienen razón.

El accidente que cambió mi vida

El día sábado 4 de abril del año 1997 sufrí un terrible accidente de tránsito en que quebré mi pierna derecha en 17 partes distintas y obviamente, tuve que ser hospitalizada durante largos cinco años en el Hospital de Accidentes del I.G.S.S. y estuve cuatro años más como “paciente ambulatoria”, siendo sometida a un total de 34 operaciones, con lo cual tuve el tiempo suficiente para pensar cómo rehacer mi vida cuando saliera de aquel percance, siendo allí donde inicié la escritura de un primer libro de poesías, que como ensayo estuvo bueno, pero literariamente dejaba mucho que desear.

Uno de mis primeros empleos –aún como varón– ya no fue en ventas, sino como digitador de información en la Secretaría de Análisis Estratégico (SAE) del entonces; luego inicié como compaginador nocturno en el Diario de Centro América, pasando luego al departamento de Cajas y finalmente al departamento de Redacción como correctora, estando en esta posición mi madre falleció y pude finalmente ser la mujer que anhelaba ser.

Posteriormente, laboré como correctora en otros medios y como columnista y editorialista en otros más, hasta que el último de ellos debió cerrar sus puertas y dejar a todos sus laborantes sin empleo, con lo cual me he dedicado a trabajar por mi cuenta, pero la situación cada vez es peor.

Finalmente, vendí mi parte de la herencia recibida de mi madre y me fui a vivir a casa de una buena amiga trans que me brinda un techo donde envejecer, mientras tenga como pagar los gastos de la casa y mi manutención.

Realmente, estoy en el mismo impasse que toda persona trans de Guatemala, en una apuesta contra el tiempo de vida y los fondos que tengo para vivir.

Unicidad

Durante una de tantas introspecciones que suelo hacer, me surgió muy fuerte el cuestionamiento de mi papel como mujer transgénero bisexual inmersa dentro de la sociedad guatemalteca, y mi visión como feminista de tal situación. Desde luego ahondé en el análisis haciendo acopio de todo aquello que he aprendido en mi ya larga vida –tengo 66 años cumplidos–.

Casi de manera instantánea vino a mi mente el concepto de “unicidad” (DRAE. Unicidad 1. f. Cualidad de único.). Me defino como mujer, pero no simplemente porque sea una homosexual travestida más, sino porque aparte de mi estereotipo sumamente femenino por naturaleza (mido 1.63 metros., calzo 37, mi osamenta es angosta, mi quijada no es recia, mis pómulos tampoco son pronunciados, poseo un incipiente busto natural, etc.), soy capaz de pensar, reaccionar y hasta sentir como mujer –aunque en medio de mis piernas posea pene y testículos–, todo lo cual conforma mi unicidad y me hace ser la mujer que actualmente soy: una mujer que sobrevive al acoso, faltas de respeto y abusos machistas. Que sobrevive al hecho de que se tome a las personas trans como objetos de uso discrecional y a conveniencia sin que su componente humano tenga el mínimo valor.

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La sociedad consiente que indefectiblemente la mujer (con mayor razón si no lo es biológicamente) es la culpable de las vejaciones y exclusión de que ella misma es víctima. Se trata de un problema inveterado de una sociedad tan conservadora que se niega a cambiar los patrones de crianza y costumbres de los hijos, aunque estén viendo con sus propios ojos los nefastos resultados de tan mal proceder.

Viendo esto un poco más despacio, y a la luz de los años de vida que llevo a cuestas, observo:

  • Es muy normal –y aberrante– que cuando se casan los hijos, vayan a residir a la casa de la madre de la esposa y/o que los hijos sean criados por las abuelas (porque la necesidad de trabajar de los padres es prioridad). Las abuelas, en su gran mayoría, poseen los conocimientos de una sociedad del pasado y no saben que ya ha evolucionado. Ellas siempre han estado en casa atendiendo las labores domésticas y en muchos casos son víctimas de la carencia de mayores conocimientos formales. Entonces, ¿qué aporte educativo, de cambio social, podrán tener para transmitir a las nuevas generaciones a su cargo?... la respuesta es obvia.
  • Las experiencias propias y de amigas respecto al simple hecho de salir a la calle no dejan lugar a dudas que somos uno de los países más violentos.  Violencia que se ensaña con la mujer, porque es violada de manera impune y si sobrevive a la agresión y presenta la denuncia no le creen, y la mayoría de las veces le culpan “por su manera de vestir tan provocativa”, “por el escote de su ropa”, “por andar sola”, “por andar bajo efectos de alcohol”, “por lo corto de su falda”, “por lo ceñido de su licra” o cualquier otra justificación, que a la postre solo resulta ser más insultante para la dignidad de la víctima.

Una propuesta a considerar

En medio de todo este atraso social, educativo, económico, político y hasta mental es que se encuentra la sociedad, las mujeres hemos de conquistar a sangre y fuego pequeños espacios para desarrollarnos y pensar en la superación de toda la sociedad, por nuestros hijos –propios o que amamos–.

Una sociedad en que los hombres por sí solos no podrán decidir –como sucede hoy en día– respecto del cuerpo y otras situaciones propias de las mujeres, una sociedad incluyente que será capaz de ver ciudadanos y ciudadanas, legislar y ordenarse conforme al principio de laicidad del Estado y no por creencias religiosas o intereses personales.

Desde luego no será perfecta y enfrentará enormes problemas de acomodamiento, por cuanto el sistema actual en que estamos inmersos se defenderá y apelará a todo tipo de argucias y artimañas legales, lícitas e ilícitas, por su propia naturaleza conservadora.

Igualmente, considero que mi visión es bastante ideal, toda vez que difícilmente haya personas –mujeres sobre todo– dispuestas a lanzarse a una lucha social de tal envergadura, y hombres conscientes que nos apoyen para lograr la consecución de tan anhelado fin social.

Simplemente, romper el sistema patriarcal y heteronormado en que actualmente nos encontramos sumidas será toda una odisea, y su cambio hacia una sociedad de igualdad entre géneros y sexos será igualmente una batalla épica, puesto que no solo habremos de luchar contra el enemigo mismo, sino contra nosotras, puesto que muchas de nosotras hemos internalizado el machismo y la heteronormatividad de nuestra sociedad y lo vemos como algo normal, cuando no es así.

La sociedad consiente que indefectiblemente la mujer (con mayor razón si no lo es biológicamente) es la culpable de las vejaciones y exclusión de que ella misma es víctima.
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