Quezaltepeque: eterno retorno a la cúpula blanca

Voy de pie al rincón de un asiento para dos en una camioneta de parrilla. Quepo porque tengo cinco años y mi mamá, sentada a mi lado, lleva sobre sus piernas a mi hermano de dos. Son acaso las seis y media de la tarde, está medio oscuro y el bus se bambolea de un lado a otro, quizás por los hoyos de la carretera, quizás porque va muy rápido, no sé. Lo único que mis ojos quieren ver a lo lejos es esa cúpula blanca de la iglesia que se divisa entre los árboles y que está a solo una curva más de la carretera. Cuando mire la cúpula, tal vez un poco oscura y grisácea por la hora, estará iluminada por unas pequeñas luciérnagas parpadeantes, las lucecitas que se ven a la distancia y entonces, solo entonces, llegaremos a nuestro destino: Quezaltepeque. Una curva más, otra y otra. Siento una especie de desasosiego, de desesperación porque luego de cinco horas de trayecto estamos a punto de llegar, pero esos minutos finales se alargan más de lo necesario. Al fin, la alegría me inunda por dentro y señalo con la mano, y le digo a mi mamá “ya llegamos”, “ya llegamos”, y mi mamá me dice “estate quieta”, “no grites”, “ya llegamos”.

Pocas cosas me generan tanta emoción a esa edad. Nada tan intenso como divisar a lo lejos el lugar donde soy libre, donde voy de un lado para otro, donde puedo caminar sin reservas, de día o de noche, que ahí nunca pasa nada malo.

La camioneta entra al pueblo. A mi derecha, la iglesia católica, a mi izquierda, unas casas. Nos están esperando. A caminar con los bultos a cuestas. A esa edad la casa me parece un lugar enorme, que en realidad son unas cuantas habitaciones grandes dispuestas en forma de ele donde hay un corredor con una hamaca y un patio al fondo donde crecen algunos árboles y flores.

Quezaltepeque por esos años es una villa pequeña de dos calles principales, que de la iglesia y la plaza van “hacia arriba”, en un terreno plano que termina un poco antes del río. Hoy las calles se han extendido hacia los lados, hacia abajo, hacia arriba más allá del mismo río, poblándose de casas, callejones, pasadizos, negocios, tiendas. El pueblo ha “progresado”, dicen algunos con orgullo.

De la molienda al río pasando por el parque

Es de madrugada y mi prima me dice que me levante. Vamos a la molienda. Ya salió la panela y hay que trasladarla a la casa. Salimos en un pick up, que tiene unas rejas a los lados y por ello podemos ir de pie, nos bajamos y hacemos cadena humana para pasarnos una a una las panelas para subirlas a la palangana del carro y luego llevarlas a la casa para almacenarlas. Tenemos las manos, la ropa, el pelo pegajoso por el dulce, olemos a panela. Es hora del desayuno y además de la comida tradicional chapina hay carnitas y chicharrones con tortillas recién salidas del comal. A mi prima y a mí nos mandan a la plaza a comprar algunas cosas. Al regreso decidimos ir al río. Esta vez somos unas cinco personas, la mayoría niños y adolescentes. Vamos hacia arriba del pueblo, porque a unas tres cuadras de la casa pasa el río cuyo cauce angosto se agranda lo suficiente como en algunos lugares para crear pozas en las que refrescarnos. Caminamos quince minutos por un sendero abierto a punta de machete en medio de una vegetación tupida, cuando vemos un poco hacia abajo y allí hay una poza, límpida y fresca, esperándonos. Chapoteamos, jugamos, nos tiramos agua, reímos, platicamos, comemos.

Por la tarde vamos a la molienda. Se oye el ruido del motor que tritura la caña de azúcar de la que se extrae el jugo. En los calderos se cuece este jugo mientras el olor dulzón lo inunda todo y a los niños un mozo nos pela con el machete un pedazo de caña para que chupemos y mordamos mientras el jugo hierve y saca espuma, que luego nos da en unas hojitas para que probemos. Es la cachaza, dice. Por eso a los nacidos en Quezaltepeque les dicen “cachaceros”. Luego trasladan la miel que surge del jugo a un enorme caldero y le dan vuelta hasta que de tanto moverlo adquiere una consistencia espesa y lo pasan a unos moldes de madera en los que al secarse se convierte en panela. Alguien toma un poco de esa miel en una palangana y mueve el contenido con una paleta hasta que, como si fuera una estatua, la miel sube y se convierte en un “batido”, que es una especie de estatua erguida, rarosa, color mostaza, a la que le agregan manías, y que todos celebran con alegría y que luego se parte en pedazos para comerla a mordiscos.

Por la noche, vamos al parque. Jugamos escondite, tienta el bote, chiviri cuarta, electrizado. Miramos cómo los más grandes caminan alrededor del quiosco y platican con los amigos, las parejas que son novios se besan en las bancas donde no llega mucha luz. También hay partidos de basquetbol donde juegan adolescentes mujeres y hombres en un campeonato. Mientras los vemos aprovechamos para comer naranjas con pepitoria, dulces de azúcar, mangos en bolsa.

Un día en la cabecera departamental de Chiquimula

“Arreglate”, me dice mi abuelo materno. “Acompañame a Chiquimula”, me ordena. “Voy a hacer un mandado”. “Bueno”, le digo y me coloco a su lado para caminar junto a él. “Primero andá a cambiarte de ropa”, me dice. Tengo once años y no siento que esté mal vestida. Pero lo obedezco y me pongo algo de “mi mejor ropa”. Mientras tanto, él, ha ido también a cambiarse. Aparece con unas botas de campaña, enormes y sucias y una bolsa de plástico entre los brazos. “Mire sus zapatos”, le reprocho, “y para ir así hizo que me cambiara”. “Vamos a que me lustren los zapatos”, responde. De Quezaltepeque a Chiquimula es media hora en bus solo para que le lustren los zapatos, pienso y suspiro, pero no digo nada.

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Estamos de pie en una calle cerca del parque central de la cabecera departamental de Chiquimula, y como siempre hace un calor infernal. De hecho, creo que este lugar es el infierno y Quezaltepeque es la antesala. Es casi mediodía y las ondas del calor se ven como pequeños hilos flotantes desplazándose en el aire. Tengo la cara brillante de sudor, mi abuelo igual. Ambos estamos parados bajo la sombra de un techo pequeño, y estamos recostados en la pared blanca de un edificio. Del otro lado de la calle está el parque central. Un hombre lustra las botas de mi abuelo, quien subió una pierna sobre la caja de lustre y ha colocado la bolsa plástica con los otros pares en el suelo.

—¿Querés dinero? –me dice mi abuelo.

—No sé, si usted me quiere regalar –le respondo un poco a la expectativa.

—¿Querés sí o no? –me dice ya un poco exasperado, quizás por el calor y mi indecisión.

—Sí quiero.

—¿Y cuánto querés?

—No sé, lo que usted me quiera dar.

—Tené –dice mi abuelo y me da un billete de cinco quetzales, que para mi edad, en una época en que el dólar y el quetzal están al uno por uno son una pequeña fortuna.

—Ummm –interviene el señor que está lustrando los zapatos. Hoy sí se la consiguió jovencita, don Beto –y sonríe con una especie de complicidad a mi abuelo.

—Más respeto –dice mi abuelo con un tono enojado y cortante—. Es mi nietecita. Y hace un gesto de desagrado.

El resto de la lustrada de los zapatos transcurre en un silencio sepulcral. Regresamos a casa casi sin hablar.

Esquipulas a secas

“Vamos a Esquipulas”, dice mi mamá. Media hora en camioneta de Quezaltepeque a Esquipulas. “Tenemos que ir a adorar al Señor”, agrega. No puedo negarme, todavía no tengo ese derecho. Sin embargo, nada tan devastador para mí como esa visita. Veo como siempre el templo de Esquipulas al fondo del valle y el pueblo delante de él como una sábana de colores colgada en unos lazos hacia arriba. La rutina es la misma: entramos a la iglesia, encendemos una o varias candelas, eso me gusta, y nos arrodillamos para rezar: pedir por algún milagro, algún deseo, un padrenuestro, varios aves marías, eso sí, en silencio. Vemos cómo entran al templo y se desplazan hincados los fieles que previamente han subido de igual forma todo el graderío hasta el altar. El calor y el olor de las velas me asfixian, esas llamas que suben y bajan de diversas formas y tamaños, el olor a cera derritiéndose, todo es una especie de tortura para mi mente de niña, para mi cuerpo al que se le baja la presión y que solo quiere salir de allí y regresar a “la casa”. Después, hacer la fila a un costado del templo para pasar a adorar al Cristo Negro. Hablar en la fila de cosas intrascendentes o escuchar lo que los otros platican, estar callada en actitud de santidad, compungida, cuando voy llegando al altar lleno de monedas, cruces, placas pegadas a las paredes, recuerdos y todos esos testimonios de los milagros realizados por el Señor. Besar la cruz o alguna parte de la pierna o el pie del Cristo, sin hacer trampa, sin poner la mano o el dedo para no tocar la madera. Ver cómo alguno todavía, luego de besar la imagen, reza, hace la señal de la cruz, camina de frente a la imagen para no dar la espalda al Cristo.

Cortesía de Skycamguatemala, vía Soy502

Luego, ir a la tienda de la iglesia y comprar recuerditos religiosos para los amigos; ir después a comer a alguno de los restaurantes de los costados, generalmente uno que está al lado derecho si se coloca con los brazos extendidos de cara al templo. No tan malo, quizás algo bueno. Moscas rondando la comida y manos que las espantan.

Caminar entre las ventas y negocios frente al templo, calle de por medio, tomar el bus de regreso. Media hora para retornar a Quezaltepeque. Para mi infancia deseosa de juegos con mi prima y sus amigas, un día perdido. Una especie de castigo divino si al terminar las vacaciones, no encontramos un bus para retornar a la capital y debemos ir a Esquipulas para tomarlo directo desde allí. Una hora más de trayecto.

Un año es 15 de enero y vamos a la feria de Esquipulas. Además del gentío interminable recuerdo las garnachas, esas pequeñas tortillitas fritas llenas de carne y de grasa, más grasa que carne, deliciosas y siempre insuficientes para toda la familia, son carísimas, dicen. Sombreros de Esquipulas llenos de cositas de colores que cuelgan por todos lados, ¿me compran uno? ¿Estás loca? Nosotros no usamos eso, ¿por qué?, porque no somos como ellos, y un gesto despectivo en los rostros. Nada más. Fotos del recuerdo frente al templo a diferentes edades. Un recorrido histórico de mi infancia: Esquipulas y yo.

La feria y sus flores

La coronación de la flor de la feria y la fiesta del cachacero ausente siempre coinciden con mi cumpleaños a principios de noviembre, una semana después del día de los muertos. Tengo cinco y mi prima nueve. Ella es “electa” como reina infantil y yo soy una de sus damas de honor. Me aprendo su discurso y lo ando diciendo ante quien quiera escucharme. Ser reina implica además de muchos vestidos nuevos participar de varias actividades, incluido un desfile por las dos calles del pueblo.

Como adolescentes la feria es otra cosa. Son nuestros primeros bailes para los cuales hay que vestirse de manera elegante, asistir al salón municipal, y entrar a esperar que alguien nos invite a bailar. Todas las muchachas del pueblo andan con sus mejores galas en medio de ese calor sofocante. Los rostros brillantes y los vestidos pegados por el sudor. Ir a tomar fresco de tiste1 con hielo en el negocio a la salida del pueblo es un acto casi religioso. Llegan muchachos de otros lados a quienes nunca antes se ha visto, y los de siempre con los que se intercambian miradas de complicidad y se espera que se animen a “sacarnos a bailar”. A veces la espera es interminable y entonces algún familiar ya mayor, hace el “favor” de pedirnos una pieza para que no pasemos la noche “en blanco”. Luego de una o dos piezas, de pronto algún patojo se anima y allí empieza el verdadero baile. Después es platicar con las amigas, que si este, que si aquel, que si te dijo algo o no. Así las noches mientras durante el día se hacen otras actividades como jaripeos, por ejemplo. En este sentido solo recuerdo uno. Tengo siete años y estamos en la escuela del pueblo. Es de tarde y en un corral improvisado hay hombres, más bien muchachos, montando sobre los toros. De pronto, una de las cercas se cae y se sale un toro y arremete contra quienes están a su paso. Tengo tanto miedo, que como puedo, salgo rapidísimo sin mirar atrás y no sé cómo me deslizo debajo de la reja de metal de la puerta principal, y me voy corriendo a la casa. El corazón se me sale por la boca y entro, pese a que no hay nadie, porque la puerta permanece abierta a todas horas.

Las casas de Chiquimula

Mi abuelo materno, de apellido Roldán, era un hombre alto, robusto, buen bebedor y muy valiente, una especie de Juan sin miedo. Como juez de paz anduvo en muchos pueblos y le tocó varias veces trabajar en la cabecera departamental de Chiquimula. Hace varias décadas eso significaba que había una oficina del juzgado y trabajaban allí varios secretarios (ninguna mujer), y al fondo, tras alguna puerta, quedaba su despacho. Además, la casa en la que él vivía era alquilada y supongo que la pagaba el Organismo Judicial. Los primeros recuerdos de mi vida están ligados a mis vacaciones con ellos, mis abuelos maternos. Creo que entonces jugaban a una suerte de muñecas, pues eran dos personas mayores que prácticamente no habían criado niños, así que mi presencia en sus vidas era una especie de fiesta, celebraban hasta el mínimo comentario que yo hacía, mis palabras y gestos les parecían si no ingeniosos al menos graciosos, dignos de los mayores elogios. Mi vida junto a ellos, por otro lado, estaba llena de mimos excesivos y de experiencias novedosas. Por ejemplo, mi abuela ya estaba jubilada, había sido maestra de escuela rural, de las que imparten todas las materias a todos los grados y que se había graduado luego de terminar sexto primaria. Le encantaba enseñarme trabalenguas, refranes, pequeños poemas. Decía que el espíritu de su mamá, una mujer muy ingeniosa, había reencarnado en mí. Como no podía peinar mi cabello largo, todas las mañanas cuando estábamos en Chiquimula me llevaba a un salón de belleza. Yo no comía tortillas, entonces buscaban panaderías especiales para que yo tuviera pan francés. Ella tampoco sabía cocinar, así que para los tres tiempos de comida llegaba alguien a dejar una “porta vianda” una especie de termo con distintas comidas, que luego distribuía en platos para que comiéramos. Las casas donde vivíamos eran grandes, con un patio inmenso lleno de árboles frutales y siempre había un policía. “Quiero unos mangos, por favor”, le decía mi voz de siete años al policía que cuidaba la casa. “Cuál quiere”, me preguntaba entre serio y divertido. “Aquel”, le señalaba yo con el brazo extendido y me quedaba viendo hacia arriba señalando uno allí entre las ramas y las hojas, buscaba yo el más alto y difícil. “Bueno”, decía el policía y empezaba a tirar piedras. Ya desesperado porque no caía ninguno, desenfundaba su pistola, disparaba y caían varios mangos al suelo de tierra. Imagino que entonces no les cobraban las balas a los policías porque esto sucedía con bastante frecuencia.

Sin embargo, las casas que de día eran grandes, frescas para ese calor seco de la cabecera departamental, el infierno mismo, y que estaban llenas de hamacas y sillas mecedoras, de noche se poblaban de espíritus que no querían irse al más allá. Entraban grandes mariposas negras y eran los espectros de los que estaban próximos a morir que llegaban a despedirse de los vivos. Por las noches las casas también estaban habitadas por seres de ultratumba. Cada casa tenía historias no contadas de personas fallecidas de manera trágica o simplemente natural en las habitaciones y que, de noche, iban a realizar las faenas que de día nadie apreciaba. Así, en una de las casas se oía cómo entre las doce y la una de la madrugada alguien barría el patio con escoba de palma. El ruido era inconfundible. Se salía al patio, y no había nada ni nadie. Contaban que se había preguntado en las casas vecinas, y tampoco. El único que se animaba a ir era mi abuelo, sabíamos, porque tenía sus trajes especiales para ir al campo a reconocer cadáveres, pues en esa época no había aún Ministerio Público y esa era una de sus funciones. El resto de la familia, mi papá incluido, éramos “gente de ciudad”. Yo, como niña, no era tomada en cuenta para estos menesteres, y aunque hubiera podido ir a averiguar, jamás, ni por asomo, hubiera salido nunca sola al patio de noche. En otra casa lo que se oía eran voces, ollas y sartenes que “somataban” del otro lado de las paredes, en alguna habitación que antes había sido una cocina. Tal vez solo eran los tacuacines, un poco más grandes que las ratas que suelen vivir en los techos de tejas y que circulan con cierta libertad por este tipo de viviendas. Pero para mi imaginación de niña esos eran hechos inexplicables, difíciles de superar pese a toda la racionalidad del mundo.

Por eso cuando murió mi abuela la casa de Quezaltepeque empezó también a poblarse con esas voces de los muertos que no se quieren ir, o que aparecen, o que siempre han estado allí pero que antes no se habían divisado. Recién había cumplido once y recuerdo que la habitación donde ella murió estaba llena de santos, sobre todo de San Francisco de Asís, el patrono del pueblo. Tanto en pequeñas esculturas de madera como en cuadros abundaban imágenes de la virgen, del sagrado corazón de Jesús, de San Martín de Porres, el Misterio de José, María y el Niño en un tamaño que para entonces me parecía gigantesco, entre otros. Una vez pasados los nueve días hicieron un altar en una esquina del cuarto y de día y noche había un vaso con agua y una veladora encendida. El agua del vaso poco a poco iba bajando y yo, que en ese entonces desconocía el ciclo de la evaporación, creía que el espíritu de ella llegaba a tomar agua todos los días, por lo que rezaba para que nunca se me apareciera, y el rezo me funcionó. Las imágenes, especialmente al final de la tarde y el inicio de la noche, cuando yo pasaba al lado de la habitación, que colindaba con la sala, que tiene una puerta de esas que se abren por el medio, me dejaba entrever a los santos distorsionados por los efectos de la luz de la veladora y parecían espectros de la noche al acecho de cualquier incauto. En mi caso, me producían tal pavor que yo pasaba corriendo, con los ojos cerrados, aguantando la respiración y con la cabeza inmóvil hacia el frente para entrar de la calle al corredor donde me sentía a salvo. Eran quizás dos o tres segundos, no lo sé, pero unos de los más aterradores de mi vida cada día mientras permanecí allí.

Un día, en Chiquimula, cuando tenía trece, mi abuelo Beto me llevó a la casa de mi tío Manuel Roldán, su hermano, el filósofo, tan alto y robusto como él. “Me contaron que estás a dieta”, me dijo. “No sé qué les pasa a las mujeres que quieren ser flacas”, me dijo, mientras él mismo me llevó un vaso de leche del tamaño de un litro y me lo puso sobre la mesa junto a una torta de yemas partida en dos. “Te lo comés todo”, me ordenó. “Que a los hombres nos gustan las mujeres llenitas, con curvas, no las esqueléticas”. Me senté a la mesa y empecé a comer en silencio, atragantándome porque la torta era casi del tamaño de un pastel. “¿Verdad que está rico?” Sí, dije con un movimiento de cabeza sin poder articular palabra de tanto pan que tenía en la boca. “Me contaron que te gusta leer”, afirmó más que preguntar. Sí, moví la cabeza de nuevo. “¿Y cómo es tu memoria?”, preguntó de pronto y me miró fijamente, levantando levemente las cejas y tratando de penetrar mi mente con sus ojos azules. “¿Se escribe en ella como si fuera de barro o de mármol?”, me increpó. “De mármol”, le dije un poco sorprendida y con pan en la boca. “Menos mal”, dijo y sonrió. “¿Y ya leíste a Julio Verne?”, volvió a decirme. No, volví a mover la cabeza porque el pan no se acababa nunca en mi boca. “Entonces no has leído nada”, sentenció, y dejó de prestarme atención para seguir hablando con mi abuelo.

Raíces que no cuajan

Se vive en un lugar sin saber su historia mientras la historia de una va hilvanándose en la cotidianidad de las pequeñas cosas. Hay emociones, también, que persisten en la memoria y se impregnan como un olor peculiar, como una visión encantada, como un sonido, como una sensación en la piel.

Tengo cinco años y cuento con ansias cuántas curvas faltan para divisar, a los lejos, la cúpula blanca de la iglesia de Quezaltepeque. El corazón empieza a latirme más rápido y cuento una, dos, tres curvas. Nunca logro acertar el número de vueltas que faltan, pero en medio de las lucecitas como luciérnagas del fin de la tarde, a esa hora intermedia entre las seis y las siete, de pronto, la cúpula aparece y le digo a mi mamá casi gritando “allí está” y el corazón empieza a darme brincos dentro del pecho porque avizoro esos días de felicidad que me esperan.

¿Se necesita haber nacido en un lugar para ser considerado nativo de allí? Este pequeño territorio que soy en la vorágine del mundo se forjó, en buena medida, en ese ambiente. Mi infancia gris y solitaria en la capital se desvanecía con mis estancias en Quezaltepeque. Era una niña del pueblo grande llamado ciudad queriendo pertenecer al pueblo pequeño llamado Quezaltepeque.

No nací en Quezaltepeque y mi mamá tampoco. La historia de mi mamá es como muchas otras. Pasó una infancia difícil porque su papá, mi abuelo, abandonó a su mamá al poco tiempo de nacer ella. Lo cierto es que mi abuelo se fue de Ayutla, lo que hoy es Ciudad Tecún Umán, San Marcos, a su pueblo natal, la cabecera departamental de Chiquimula, cuando le quitaron el trabajo que tenía allí. Eso fue el año de la Revolución de Octubre, el año en que mi mamá nació. Diez años después mi abuelo se casó con una señora de Quezaltepeque. Ella era mayor que él y ya no tuvieron hijos. Fue su nueva esposa quien le dijo a él que era hora de “reconocer” a su hija y estoy segura, aunque nadie me lo ha contado, que fue ella quien insistió para que él asumiera su paternidad. Así, mi mamá, cuando tenía unos once o doce años se fue a vivir a Quezaltepeque con su papá y su madrastra, la que yo considero mi verdadera abuela, Mamá Caro, la abuela de mi corazón. Como mi abuelo andaba trabajando de pueblo en pueblo dejó a mi mamá en Quezaltepeque. De nuevo, casi, la abandonó. Fue la madrastra, mi abuela de corazón, quien asumió sus gastos, sus estudios, su vida. Con los años establecieron una relación hasta donde recuerdo, amorosa, más o menos de madre-hija.

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Hoy Quezaltepeque es un pueblo que queda carretera adentro. Los buses dejan a los pasajeros en la autopista que va directo a Esquipulas. Si se quiere ir a la capital, también debe salirse a la carretera. Solo entran microbuses y hay un servicio eficiente de tuc-tucs para quien pueda pagarlos. Hace poco asistí al velorio y funeral del esposo de una prima, cuyo lazo conmigo no es directamente de consanguinidad, sino de afinidad, como el de todas allí, por vía de mi abuela. A él, que fue un hombre importante en el imaginario colectivo, le hicieron un homenaje en la alcaldía, hubo discursos emotivos en el cementerio, pese al calor del mediodía y lo inclinado del lugar donde lo enterraron. Al velorio llegó el pueblo entero, y fue tarea de, prácticamente, alimentar unas cinco o seis veces seguidas, a cientos sino miles de personas en cada ocasión. Hubo tamales para la cena y el desayuno. Hubo café con pan para las refacciones y en la madrugada. Cientos de tamales y cientos de tortas de pan que se pasaron en azafates inmensos. Todos hablaron de las cualidades y los méritos del que pasó a mejor vida. Un altar en el corredor de la casa con la foto del difunto al medio y decenas de veladoras y ramos de flores y coronas alrededor. Todos de luto. La casa fue acomodada para dar cabida a los visitantes y para la familia que llegó de la capital. Una señora le preguntó a una de mis primas quién soy. Le dijeron el nombre de mi mamá, que soy su hija. Ella a su vez me presentó con otra señora, y para hacerlo, le dijo “ella es la hija de la entenada,2 de la Caro”. Han pasado más de sesenta años desde que mi mamá llegó al pueblo y casi cuarenta de la muerte de mi abuela y todavía ni mi mamá ni yo hemos adquirido el derecho a ser presentadas por nosotras mismas. Entonces caigo en la cuenta que las mujeres allí somos todas “la”: “la Mariíta”, “la nía Bertita”, “la Cati”. No importa ni la edad, ni la condición social, ni los cargos políticos que se hayan tenido ni los logros académicos. A los hombres, en cambio, los llaman con su nombre de pila a secas.

La ciudad es quien la habita

Veo un pueblo fantasma de esos que salen en las películas del viejo oeste. El aire es estático, pareciera que lo que miro es un escenario vacío, sin vida, sin nada de trasfondo. ¿Qué es una ciudad? ¿Sus calles, casas y edificios? ¿El paisaje que la circunda? ¿El aire que se respira? ¿Quienes la habitan? Estoy en un pequeño mirador en el tercer nivel de la casa de una de mis primas. Hay una hamaca bajo un toldo y puedo acostarme y recibir la brisa de las dos de la tarde en medio de un día comúnmente caluroso de Semana Santa. Desde mi posición privilegiada puedo ver las calles desiertas a esta hora y la escasa sombra que proyectan los techos, en su mayoría de lámina o de tejas rojas con manchas negras. Se mezclan sin ninguna directriz estética los estilos en la construcción de las casas, porque estos más que guiados por el buen gusto colectivo que priva en otras ciudades como Antigua, parecen estar dirigidos por los deseos espontáneos y posibilidades económicas de los dueños; como en casi todas las ciudades del país los cables eléctricos cuelgan de un poste a otro. Al interior, las casas usualmente tienen un corredor que da a algún patio y en él hay una o varias hamacas. En el pueblo vive sobre todo gente de clase media cuyos hijos estudian hasta tercero básico en los centros públicos o privados que hay allí, y para el diversificado se van a estudiar a la cabecera departamental de Chiquimula. Una vez terminada la carrera, quienes pueden, mandan a los hijos a la capital.

Las mujeres

Pocas veces voy ahora a Quezaltepeque. Me molesta el excesivo machismo que percibo por todas partes. Este hecho, no obstante, no era notorio para mí cuando era niña porque las relaciones entre hombres y mujeres eran naturales al papel que le tocaba cumplir a cada uno. Allí los hombres son atendidos en todas sus cosas y punto. Cuando un hombre llega de visita es tratado como un rey, igual si solo es un conocido, un amigo, un novio o el esposo. Eso ni siquiera es tema de discusión. “Vení más seguido y así nos hablás de los derechos de las mujeres”, me dijeron en cierta ocasión mis primas y sus amigas, cuando al final de un cumpleaños nos quedamos solas en la sala mientras los hombres se fueron a beber cerveza al corredor.

Lo que sí es una verdad incuestionable es que las mujeres de Chiquimula son trabajadoras y aguantadoras a más no poder. Hay historias de vidas ejemplares. Una de mis primas trabajó casi veinte años como maestra unitaria en una aldea. Se iba los domingos y caminaba varias horas, atravesaba un río a pie en verano y en invierno se subía en una garrucha, solo para llegar a su escuela. Así cada semana hasta que logró su traslado al municipio. Sus hermanas y su mamá cuidaban entre semana a sus hijos. Otra trabajaba en el Centro de Salud del pueblo y desde allí prácticamente asumió durante varios años la responsabilidad de velar por la familia, desde lo económico a todo lo demás. Otra prima de otra rama de la familia, ella sola en la capital, se forjó a fuerza de estudios y perseverancia una carrera exitosa tanto en lo académico como en lo laboral. Otra de mis primas debía irse por varios meses a su trabajo como maestra en una aldea en Izabal. En algunas ocasiones fui parte de la comitiva familiar que iba a dejarla. Recuerdo una vez en particular. Era el inicio de enero y el esposo de otra prima había tenido una abundantísima cosecha de aguacates. Entonces nos fuimos en la palangana del pick up acostadas sobre los costales que contenían miles de aguacates. El esposo de la prima pronosticaba una ganancia exorbitante, pues había proyectado venderlos por el camino y cuando llegáramos a nuestro destino. Por la mañana, en la primera parada, empezó la decepción: pocos compraron aguacates. En los pueblos siguientes tampoco querían porque a su vez tenían su propia cosecha. Al final, nadie quería los aguacates ni a la mitad del precio, ni a la cuarta parte, ni siquiera regalados, todos tenían aguacates. Él estaba tan enojado por la pérdida económica que sufrió por la decepción de no vender los aguacates, que durante todo el trayecto de regreso lo oímos vociferar con el lenguaje coloquial tan característico de la región y dejó tirados los costales llenos de aguacates a la orilla de un camino desolado.

Un mundo dividido

Estamos a principios de los noventa y mi abuelo vive en casa de mis padres. Debe ir a una consulta con el médico y mi mamá le explica que en esa ocasión no puede acompañarlo, tiene un compromiso, que por esta vez irá con él la señora que apoya con los quehaceres domésticos, una persona muy querida en la familia. Ella es de Sacoj, Guatemala, y mi abuelo le dice a mi mamá, muy enojado él, con la empleada delante: “Si no vas conmigo, no voy, cancelá la cita y pedí otra. Nunca en mi vida he salido con una india y no voy a empezar ahora”. Da media vuelta y sale de la habitación.

Años después platiqué en Quezaltepeque con uno de los líderes del pueblo quien era, además, excomisionado militar. Hablamos de política y surgió el tema de la Premio Nobel de la Paz, Rigoberta Menchú. Sostuvimos una agria discusión al respecto. Para él y su grupo, me dijo, la vida de ella era solo la de una “guerrillera” que además de “india” era una aprovechada de la situación para su propio beneficio personal. Terminó diciéndome, que mejor yo dejara de hablar de esas cosas de hombres, que seguro con unas libritas de menos en verdad “estaría muy buena”.

Camino por el pueblo y quienes pasan a mi lado me saludan pese a no conocerme. La mayoría son campesinos, hombres y mujeres indígenas de origen chortí, que viven en las aldeas y los caseríos cercanos. Ellos usan caites y a veces pantalón y camisa de manta, o pantalones de tela de colores oscuros, y ellas vestidos de tela que les quedan flojos. Son delgados, morenos, curtidos por el sol, de piel enjuta y ojos cuya mirada triste no logro descifrar. Me doy cuenta de que son seres casi invisibles de cuyas vidas no sé nada más que eso, que van al pueblo unos días más otros menos, y el día del mercado cuando la plaza se llena de productos para vender y comprar. Recuerdo entonces cómo en Camotán y Jocotán, entre otras regiones de Chiquimula, se han dado casos severos de hambruna y desnutrición.

Un día al año, sin embargo, la Cofradía de San Francisco Conquistador toma las calles de Quezaltepeque como propias y recorre el pueblo a su disposición. Sale el torito pinto a bailar y a que lo toree un bailador, que va delante de él desafiándolo. Por la noche del 19 de diciembre, ya casi de madrugada, culmina la actividad en la sede de la Cofradía, allí cerca del río, donde los participantes pueden degustar el chilate, bebida amarga, acompañada de un pedazo de panela. La mayoría de hombres terminan borrachos por la chicha.

La cúpula blanca siempre está allí

Voy de nuevo al pueblo de mi infancia, al lugar de mi felicidad intrínseca, cuando no sabía que existía la maldad y el horror y veía ante mis ojos que el único límite en el horizonte era aquello que ya no vislumbraba. Retorno a Quezaltepeque y lo hago porque en mí persiste también el amor a lo que me hizo construirme como lo que soy. Paso esas horas tortuosas de ida y de vuelta en la carretera hacia el oriente que hace algunos años está golpeada e inconclusa, en eterna reparación, solo para respirar el aire de unas raíces que aún no han cuajado, que a pesar de las décadas transcurridas no han logrado cimentarse en el imaginario colectivo de los otros. Voy llegando y siento de nuevo esa emoción de la infancia nunca abandonada de contar una, dos, tres curvas más y está allí la cúpula blanca de la iglesia anunciando entre pequeñas lucecitas como luciérnagas, el regreso al lugar donde fui feliz. Como Cardoza y Aragón reconozco que “no amamos nuestra tierra por grande y poderosa, por débil y pequeña, por sus nieves y noches blancas o su diluvio solar. La amamos, simplemente, porque es la nuestra”. Allí empezamos a cambiar el mundo y también emprendimos la tarea de reinventarnos. Así es el oriente del país para mí, el referente de mi vida: Quezaltepeque, Chiquimula, Esquipulas. Esa tríada de lugares que me marcaron en lo que un día fui y lo que me permitió decir esto sí, esto no, aquí sí, aquí no.

Hay lugares que no existen más que en la imaginación porque son recreaciones de algo que fue y que ya no está. O tal vez están pero no se reconocen porque la memoria los ha convertido en otra cosa. Al final, no importa.

viajeporguatemala.com

 

1 Los ingredientes del tiste son: cacao, achote, canela y azúcar, esto lo preparan y lo vuelven en polvo. La bebida se puede preparar con agua o con leche, si es con agua hay que agregarle a un vaso 6 cucharadas y si es con leche 4 cucharadas, luego batirlo hasta que agarre el sabor. (Recuperado de http://michiquimula.com/noticias-es.php?noticia=572, el 16/10/17).
2 Hijastra.

Quezaltepeque: eterno retorno a la cúpula blanca

En ZOOM, los autores tienen una vinculación afectiva con el lugar del que hablan (o al menos eso intentaremos), y toman como punto de partida e hilo conductor un lugar concreto, un microcosmos, para hablar más ampliamente de esa región.

–Hoy sí se la consiguió jovencita, don Beto –y sonríe con una especie de complicidad a mi abuelo.
“Vení más seguido y así nos hablás de los derechos de las mujeres”, me dijeron mis primas.
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