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El enemigo interior

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En su primer tweet tras reunirse con Obama, Trump escribió: “Acabamos de tener una muy abierta y exitosa elección presidencial. Ahora manifestantes profesionales, incitados por los medios, están protestando. ¡Muy injusto!”

Curiosamente, no dijo nada de los sucesos denunciados en varias ciudades donde hombres blancos amenazaban a negros y latinos con la esclavitud o expulsarlos. Trump cuestionó a sus opositores, pero dejó hacer a esas fuerzas de choque tanto como en el pasado. Recién un día después retrocedería y, celebraría que “pequeños grupos” de manifestantes expresasen su disenso.

Muchos en la prensa liberal —yo incluido— chillamos con aquel tweet. Que ya es presidente y nunca fue un niño indefenso. Que no es serio. Man up. Y está bien, es lo correcto: ese tipo de comportamiento no debe ser tolerado. En verdad, es un acto de hipocresía de un hombre caprichoso e inmaduro de 70 años quejarse de quienes protestan su presidencia cuando él mismo, en 2012, a poco de la reelección de Barack Obama, hizo saber su intolerancia sin reservas. “No podemos dejar que esto pase. Debiéramos marchar a Washington y detener esta farsa. ¡Nuestra nación está totalmente dividida”, tuiteó primero y, apenas cuatro minutos después, “¡Vamos a pelear como el diablo y a parar esta gran repugnante injusticia! El mundo se nos está riendo”.

Del mismo modo, es incorrecto que Trump no cuestione, repruebe y censure de inmediato a las bestias que, sueltas de correa, salen a perseguir y denigrar a otras personas. Un presidente debe estar a la altura de su cargo como estadista, no provocar mayores divisiones. “Déjeme decírselo de otra manera, Sr. Trump: usted tiene la obligación de reparar las heridas que usted mismo provocó”, escribí en “Señor Trump, olvídese del muro”. “La primera magistratura no da derechos especiales sino obligaciones inexcusables. Un presidente debe convocar a los equilibrios pues su responsabilidad es el conjunto de la sociedad, no solo sus votantes. El presidente Obama corrió grandes riesgos por restaurar un diálogo que su partido procuró desmoronar. ¿Insistirá usted en esa lógica, profundizando la polarización y la brecha? ¿Hundirá usted la democracia estadounidense en un mayor retroceso?”

Pero es posible que debamos pensar que otra vez equivoquemos el acento del mensaje. Sucede que mientras a poco de ganar la elección Trump, grupos de personas que firmaban con su nombre amenazaban a decenas de personas en varias ciudades del país. En el sur, activistas del KKK tomaron un puente vestidos con sus conos blancos, portando carteles racistas. Y mientras a Trump le tomó dos horas en criticar a los protestantes en su contra y un día en pedir disculpas, le insumió.

Insisto: puede que estemos equivocando, como en la elección, el acento del mensaje. Trump no se queja —sólo— por caprichoso, temperamental y descontrolado. Su tuit tiene muy precisos destinatarios directos —sus votantes— e indirectos —el resto, nosotros. Cuando Trump dice que los medios alientan las protestas, está informando a sus seguidores que la campaña sucia que dijo que la prensa había montado en su contra durante la campaña sigue —y seguiría— durante su presidencia. Que esos protestantes son, junto con los medios, liberales dispuestos a entorpecer su gestión. Cuando comentaristas como Charles M. Blow piden que lo consideren parte de la resistencia porque él respeta la institución presidencial pero no a su ocupante, no costará nada a sus seguidores suponer una avanzada de desobediencia civil liberal peligrosa para la salud de su presidente. Cuando Rudy Giuliani, el posible procurador general de Trump, dice que esos protestantes de New York y otras cinco metrópolis son “niños malcriados”, que son “profesionales” y que “exageran sus miedos”, está dando a entender también el tono de un gobierno futuro: no se atenderá el cuestionamiento de gente que no sabe aguantarse el mundo, de liberales demasiado soft para entender la vida real. No hay razón atendible para una protesta, nos sugiere Giuliani, cuando quienes la encabezan son “malcriados”, gente sin justificación más que el antojo y la manía. Un hombre de campo y un operario industrial de Flint sin trabajo a los cincuenta años saben lo que es rasparse con la vida jodida. ¿De qué se quejan estos acomodados de la ciudad?

Durante la campaña, Trump mostró nostalgia por los viejos tiempos en que si un opositor se metía en una linda reunión de buenos muchachos podía salir de allí en camilla o trompeado. Luego hizo la vista gorda cuando en sus actos o fuera de ellos, supremacistas blancos y nativistas insultaban y discriminaban a negros y latinos. Jamás se opuso a que su propia gente, a viva voz, amedrentase a la prensa en los mismos mítines —por el contrario, la estigmatizó asfaltando el camino para esas reacciones.

El mensaje para los seguidores, entonces, es: prepárense. Trump, nuestro hombre, ganó: ¿ahora estos liberales perfumados no reconocerán su mandato? ¿Acaso nuestra elección es de segunda categoría para que cuestionen a nuestro presidente electo ya antes de asumir? The President will be under siege. Si las palabras dicen, cuando Trump pidió que quienes amedrentan a las minorías se detengan, se mostró “triste” por los hechos, que redujo a “una o dos instancias”, pero en ningún momento calificó a los agresores como personas violentas y descolocadas. Sí, en cambio, dijo que las protestas en su contra habían sido construidas gradual y sistemáticamente —I think it’s built up”— por los medios.

Dos modos de ver, dos motivaciones distintas, dos posibles reacciones institucionales: apañamiento para los agresores sin correa del riñón propio, acusaciones de maquinación y conspiración para los opositores. Como creó enemigos exteriores —migrantes indocumentados, China, México— con el cual amalgamar los miedos a los otros y a un mundo complejo, Trump está creando ahora un enemigo interior —los liberales, la juventud reactiva, los medios— que justifique un Estado de dientes apretados.

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