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Doce viñetas sobre la seguridad: lugar y espacio de las élites capitalinas
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Doce viñetas sobre la seguridad: lugar y espacio de las élites capitalinas

Cámara de seguridad en un edificio de la zona 1
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Rara vez pensamos así sobre la seguridad: cómo nos dan forma sus artefactos, los guardianes, la arquitectura que diseñamos para protegernos. ¿Es solo para protegernos? Alejandro Flores piensa que no.

A Clarisa la terminé de odiar una noche que fuimos a parrandear a la Antigua. Ricardo llegó en una Tahoe blindada, acompañado de dos guardaespaldas uniformados de traje negro, camisa blanca y corbata roja. Eran guardaespaldas cualquiera, de los morenos, claro. No de aquellos que vienen de Israel, altos y canches, como los que tiene Juan Ferrera. Ellos sí son de otro nivel. Me imagino que ahora que ya tiene sus guardaespaldas y la Tahoe nueva está más contento. Cuando vi a Ricardo esa noche llegando a la Antigua así todo caquero le dije al oído a Clarisa que se miraba guapísimo. Pero en el camino de regreso la muy desgraciada deicidio agarrárselo. Y yo viendo todo, ahí al lado, como mula. O sea, ¿cómo voy a seguir confiando en alguien así? Lo hizo solo por molestarme. Después de esa noche ya no la llamé nunca más.

 1. Élites, choleros y shumos: del gusto a la estética de seguridad

El texto presentado a modo de epígrafe es una invención basada en conversaciones, historias y entrevistas etnográficas recogidas con personas casi siempre ladinas de clase media o media/alta que viven o trabajan en lugares seguros: condominios, edificios de zonas privilegiadas de la capital de Guatemala, que exhiben sistemas de seguridad prolijos y no siempre sofisticados, pero sí contundentes. En algunas de estas indagaciones, especialmente entre clases medias/altas, he oído opiniones sobre la peculiaridad del gusto de las clases medias que protagonizan historias de esa naturaleza. Suelen subrayar con desdén la ostentación excesiva y torpe de la seguridad, relacionándola con la vulgaridad y el arribismo de aquellos que tratan de mimetizarse con las élites burguesas. No es raro escuchar alusiones al cachimbirismo, cholerismo, el gusto de narco y hasta el gusto de chafa para tomar distancia de las clases medias y los nuevos ricos. Lo problemático de este tipo de juicios del gusto es que refuerzan la supuesta posición de superioridad estética de las clases dominantes. Por eso, a menos que quiera uno perderse en el folclorismo de las pasiones que se manifiestan entre ricos, nuevos ricos y clases medias, el mero juicio de gusto aporta poco (aunque no deje de ser entretenido).

Laura Corrales

Así, hay que empeñarse en elaborar un análisis que establezca los vínculos entre gustos y procesos sociales más amplios, para comprender cómo el poder se reproduce al definir la forma de ciertos espacios y lugares.1 Propongo entender el concepto de "seguridad" como procesos sociales, históricos y materiales que han adquirido preeminencia en la creación de nuevos espacios urbanos, y no como una cualidad o noción abstracta. Estos lugares están delimitados por estéticas de seguridad concretas. Me refiero, pues, al aparataje de empresas, mecanismos, servicios que son elementales en la definición del espacio y el lugar urbano contemporáneo. Y me interesa explorar cómo la seguridad se convierte en un elemento constitutivo de la vida diaria de las élites guatemaltecas.

El epígrafe contiene elementos útiles para comprender los procesos de reproducción social establecidos entre las clases medias y altas de la ciudad de Guatemala. El aparataje de la seguridad se ha convertido en un factor que emplean para demostrar su ascenso social, no siempre con éxito. La securitización de la vida diaria redibuja cómo se reproduce el poder, a escala micro, en la Guatemala urbana de las élites capitalinas.

2. Colonialismo y seguridad

Los investigadores hemos hecho poco por comprender los modelos de estratificación social en un plano en el cual la seguridad discute con las jerarquías de poder establecidas desde la hegemonía colonial. El pueblo de indios pasó por un proceso de territorialización en el imaginario criollo. Era visto como lo opuesto a las metrópolis cosmopolitas, que en su escala de valores de gusto representaban las ciudades europeas. Esas formaciones espaciales imaginarias creadas por la hegemonía eurocéntrica establecían la jerarquía socio-racial de la sociedad colonial, y definían divisiones territoriales, asignando posiciones específicas a los cuerpos en el espacio. Con ello se creaban lugares determinados para criollos, indios, negros, y los no-lugares destinados al bestiario de castas mestizas que no tuvieron cabida en ningún sitio, por lo menos hasta el siglo XIX.

Una topología de la seguridad contemporánea propone que la arquitectura del lugar seguro encarna ese tipo de distinciones. Esto deriva en el diseño y creación de paisajes que han integrado elementos propios de la jerarquía social colonial en la securitización del lugar y del espacio. Nuevas formas de comprender no solo la separación entre lo que está afuera y lo que queda dentro de estos lugares, sino también cómo los cuerpos, diferenciados por condicionantes sociales, se transforman en elementos propios del lugar seguro.

Así, por un lado, resulta novedoso anotar que los cuerpos mismos de las élites son producidos con el lugar seguro. En otras palabras, sus cuerpos no están dentro del paisaje, sino que son creados como parte del mismo. Por otro lado, los cuerpos de los subalternos son modulados, transformados, con el fin de facilitar su circulación por el espacio de seguridad. (Aquí hablo de “cuerpos” como se es habitual en la sociología, para evitar términos tales como individuos, personas o personalidades. El cuerpo se ha convertido en una categoría analítica de mucha utilidad para entender cómo las sociedades articulan materialmente lo social en lo individual. El cuerpo como sociedad es el cuerpo como individuo y viceversa). El lugar ya no es visto entonces como un espacio vacío a la espera de ser habitado. La vida de los cuerpos es co-constituyente de la vida del lugar.

Laura Corrales

3. Del resentimiento a la securitización de las élites

Marcela Gereda escribió en 2008 un artículo de opinión titulado “Yo Blindo a mis Hijos”. Cientos de lectores la acusaron de resentida y envidiosa de los logros materiales de las élites. Los interlocutores de Gereda no atendieron al problema que ella acotaba y perdieron una gran oportunidad para discutir cómo la seguridad es una condición de posibilidad para su propia existencia social (como si padecieran de síndrome de Estocolmo). Pero el texto no era un reclamo envidioso. Al contrario, se preocupaba por el impacto que la seguridad podría tener en los procesos de socialización de los niños de uno colegio privado en el que estudian muchos de los hijos de la élite económica guatemalteca.

Parte de las ideas de Gereda giraban en torno al hecho de que estos niños llevan a cabo sus procesos primarios, secundarios de socialización en lugares secutirizados, lo que los blinda de experimentar la realidad más allá de los perímetros de seguridad. Niños que nacen en sitios aislados del resto de la sociedad, vigilados por cámaras de circuito cerrado, habituados al cuarto de pánico que se encuentra en el baño de la habitación de los padres; niños que nacen en el frío del acero y el hermetismo del vidrio blindado de los autos que los transportan; niños que ven como norma la presencia de hombres armados, niños que llegan al colegio en esos autos, protegidos por esos hombres: niños que salen de un lugar blindado para llegar a otro y a otro y a otro…

Cada uno de esos lugares (la casa, el condominio o el apartamento en el edificio, el colegio, el shopping mall) se encuentra clausurado no solo por dispositivos y tecnologías de vigilancia, sino que sintetiza la estructura jerárquica que compone la sociedad guatemalteca. Cada uno de esos lugares de seguridad es un espacio diferenciación de los cuerpos. Inspirándonos en el feminismo podríamos considerar que la pregunta gira en torno a cómo estas diferenciaciones recrean la interseccionalidad de la desigualdad en Guatemala en un microcosmos en el cual las élites y los Otros se relacionan en la intimidad de un mundo de la vida diaria completamente securitizado. En otras palabras, la pregunta gira en torno a cómo el espacio y el lugar de seguridad se convierte en un nuevo ecosistema en el que se generan intersecciones entre raza, sexo y clase.

4. Arjona siempre tiene la culpa: los Otros de la seguridad.

En marzo de 2013, Ricardo Arjona dio un concierto gratuito en Cayalá. Por esos días, una estudiante de un colegio privado de la Ciudad de Guatemala le recriminaba al cantante con un tuit: “Gracias a Arjona ahora todos los choleros descubrirán cayala y lo invadiran asi como miraflores y oakland! nos siguen los indios” (sic).

En una entrevista que realicé hace unos años, el administrador de un condominio de la zona 16, un área acaudalada de la capital, me dio buenas pistas para entender lo que había detrás. Cayalá, me explicó, encarna por excelencia el lugar seguro. Un lugar que no solo está perimetrado por tecnologías de seguridad, sino que define los modos, frecuencias y posibilidades de circulación de los cuerpos. No es solo un espacio de vigilancia como el que se observa en los aeropuertos2, en donde tecnologías biométricas de identificación crean y criminalizan perfiles racializados de los cuerpos no blancos. Es también un espacio en el que no es necesario decir qué, quién, y cómo es permitido acceder, ser y circular. Cada uno reconoce su lugar, sin necesidad de que se lo digan. Un lugar seguro es un sitio en el cual el uso de la fuerza es innecesario.

Laura Corrales

Me imagino que lo que molestaba a la persona que escribió ese tuit era que Arjona desestabilizó el privilegio de no-enunciar la norma, que ofrecía una atmósfera aparentemente estabilizada en el espacio seguro de Cayalá. Por culpa de Arjona ahora era necesario enunciar lo que nadie quería enunciar: la regla que el espacio contenía ya en sí mismo. Nadie tenía (o tiene) expresamente prohibida la entrada por su condición racial o de clase, pero ahora era necesario recurrir a la palabra de expulsión de la que creían haber prescindido: ahora era necesario decir que ni choleros ni indios eran bienvenidos.

La topología de la seguridad de las élites tiene un telón de fondo: el espacio por el que transitan otros cuerpos asegurados. Otros que tienen que pasar de ser choleros e indios a cuerpos seguros y permitidos. Además de las tecnologías y los guardaespaldas, que se han convertido en las niñeras de los hijos de la élite, los lugares seguros están compuestos por ejércitos de empleadas domésticas, jardineros, choferes, albañiles, electricistas, mensajeros, intendentes de tiendas y meseros en restaurantes. Esto permite reflexionar sobre la relación entre el acceso a seguridad y la jerarquía social, derivada de dispositivos de poder más antiguos, como el racismo.

¿Cómo es posible que estos otros cuerpos pasen de excluidos a asegurados?

5. Otros vigilando Otros: el privilegio de no enunciar la norma

Esos cuerpos Otros solamente pueden ser parte del lugar seguro si desde el inicio pasan por un proceso de modificación, higienización, estetización compatible con la lógica de la seguridad. La seguridad de Cayalá, como permite intuir la tuitera, dependía de mantener todo lo anterior como un orden no-dicho. La ausencia de la enunciación era lo que hacía de ese sitio un lugar seguro para que la clase media y la alta puedan socializar naturalmente, como si nada pasara, coexistiendo solo con aquellos cuerpos indeseables que hayan aceptado, silenciosamente, ser modificados para formar parte de la seguridad del espacio y el espacio de la seguridad. Al momento de tener que enunciar, decir, de qué se trata ese espacio, se pierde la candidez propia de la atmósfera de un lugar seguro.

La posibilidad de no enunciar (y de no enterarse de) las normas es un privilegio reservado para las élites. En los lugares seguros, parece que es uno indeseable. Los Otros que coexisten en los lugares seguros de las élites no tienen el derecho a decidir sobre el asunto. Por el contrario, la enunciación de las normas que constituyen el lugar seguro son experimentadas en prácticas tales como tener que estacionar las motos fuera, mostrar los contenidos de mochilas y bolsos en las garitas de egreso, tener que usar uniformes de servicio en el caso de las empleadas domésticas y camisetas de colores determinados en los casos de los albañiles que solamente tienen autorización a circular en las cuadras específicas en las que se encuentra la obra en la que trabajan. Asimismo, esos Otros ingresan, en algunos casos, a bases de datos en las que quedan registradas todas sus particularidades biométricas tales como las huellas digitales, la edad, color de la tez, sexo. Los Otros son sujetos topográficos de la seguridad.

Lo interesante aquí es que esas actividades son llevadas a cabo también por Otros que trabajan en agencias de seguridad. Son los Otros más próximos de las élites los que se controlan entre sí. La élite no se tiene que preocupar por ello, simplemente ha de saber que el proceso se está llevando a cabo mecánicamente: sus Otros se vigilan mutuamente y con ello constituyen el lugar seguro.

6. El trabajo afectivo: el cuerpo como lugar de seguridad

En 1999 Michael Hardt propuso la noción de trabajo afectivo. Desde entonces ha servido para estudiar un nuevo sector de la economía, una nueva forma de servicios dirigidos a la producción de afectos. Es un tipo de trabajo que implica una intervención sobre los cuerpos de los trabajadores que cohabitan los lugares de seguridad de las élites.3 Sus cuerpos han de ser transformados para hacerlos compatibles con el entorno. En otras palabras, han de trabajar sobre sus cuerpos para poder asegurarse en la atmósfera de seguridad.

Esto reditúa a las empresas que supervisan esos cuerpos.Empresas que no solo se encargan de chequear el background de los trabajadores para proveer tranquilidad a quienes los contratan. También revisan sus cuerpos en búsqueda de señales que eventualmente llegan a convertirse en estigmas: van desde los tatuajes, la buena presentación, la condición física, y la apariencia.

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Además de cumplir con su función específica, el trabajador, se tiene que ocupar por el cuidado de su cuerpo para ser permitido el lugar de seguridad: ha de lavarse los dientes después de cada comida, ha de bañarse y usar desodorante todas las mañanas, rasurarse y cortarse el pelo frecuentemente, quitarse cualquier secreción sebácea del rostro. En síntesis, el trabajo afectivo forma parte del sistema de explotación que ocurre ya de por sí en ese telón de fondo del espacio de seguridad. La presencia y circulación de los cuerpos de esos Otros depende del trabajo invertido en su propio cuerpo.

Esta relación entre el cuerpo-espacio y la seguridad es una nueva manifestación no solo del capitalismo de los afectos, sino también del contrato social que define el régimen micro-político del lugar de las élites.

7. La contingencia del fallo en el lugar seguro de las élites

El lugar seguro siempre contiene su propio fallo, me explicaba el responsable de la seguridad de un barrio de la zona 15. Más aún, la securitización del lugar depende de su fallo. Hay barrancos o puntos débiles que son imposibles de controlar y eso es bueno para incrementar el aseguramiento del lugar seguro; es bueno para el negocio. En algunas ocasiones estos puntos débiles son identificados por los mismos agentes de seguridad, quienes pueden vender la información o usarla para romper el perímetro y atracar alguna de las casas que hacen el lugar seguro. (Un noticia que hoy quita la tranquilidad a quienes llevan su vida diaria en los espacios seguros sugiere que son los mismos agentes de seguridad quienes encuentran puntos ciegos en los circuitos de vigilancia de estacionamientos de centros comerciales a los que llevan a las mujeres para violarlas).

En otras ocasiones, son los habitantes de los lugares seguros quienes representan el fallo. Un vecino armado dispara en las noches y hace sentir amenazado a otros vecinos, quienes para sentirse seguros compran más armas. Por si las dudas.

El fallo es central en el espacio de seguridad, es una condición de posibilidad autorreferencial. La atmósfera nunca ha de estar completamente asegurada. Esto permite crear sentimientos en los que el aparato de seguridad se hace más necesario. Cuanto más incrementa el aseguramiento del lugar, más incrementa el miedo al fallo, y el fallo se hace más grande. Se construyen muros más altos, se instalan más rizos de alambre espigado, se dobla el número de agentes armados, se disponen más circuitos de vigilancia, se ubican talanqueras dentro de los perímetros que ya habían sido asegurados con talanqueras.

Laura Corrales

8. De la aldea modelo al condominio

El estudio de la securitización debe trascender la noción de carencia de Estado. Si bien esta idea se ha convertido en el axioma central del debate institucionalista contemporáneo, poco contribuye en la comprensión de una topología de la seguridad. La seguridad, en principio, se perfila como un exceso de Estado que luego se convierte en un resto del Estado contrainsurgente. Mi hipótesis es que el Estado contrainsurgente produjo una política del lugar dirigida a transformar los espacios de politización de los subalternos y a esa política la denominó guerra humanitaria. Pero la guerra humanitaria terminaría rindiendo más frutos en la domesticación de las élites que en el control de los subalternos.

Los primeros indicios de la guerra humanitaria quedaron documentados en los manuales de contrainsurgencia que elaboraron militares norteamericanos antes de la guerra de Vietnam, a inicios de los años 60 del siglo XX. Suponían que, al cambiar los espacios, al transformar y modificar la distribución de los cuerpos en el lugar, lograrían asegurar para sí a las poblaciones potencialmente subversivas. Desde entonces se habló de progreso y desarrollo, que implicaban cambiar las condiciones materiales de vida de la gente para de convertirlos en aliados de la contrainsurgencia.

Política, espacio y lugar son los componentes básicos de la trinidad del poder en Guatemala (desde los pueblos de indios, las fincas, las aldeas modelo hasta los condominios seguros). El proyecto del Estado contrainsurgente se basó en un proceso de des-territorialización y re-territorialización de espacios, lugares y cuerpos. Este no se concretó únicamente en las políticas de tierra arrasada, que consistía literalmente en quemar hasta los cimientos el lugar de la vida cotidiana de las comunidades indígenas, sino también en la creación de nuevos espacios diseñados para un nuevo día a día, afín a la contrainsurgencia.

La idea se radicalizó en Guatemala con los dos pilares que dieron pie al genocidio: tierra arrasada y fusiles y frijoles (o guerra humanitaria). El extinto general Héctor Gramajo hablaba de mantener el radio treinta-setenta: matar treinta, recuperar setenta.4 Recuperar setenta implicaba reubicar en el espacio a la población, en nuevas formaciones y regímenes de lugar, en las que los cuerpos estarían dispuestos y asegurados de un modo radicalmente diferente.

Este proceso produjo territorializaciones contrainsurgentes tales como los polos de desarrollo y generó nuevas nomenclaturas geográficas tales como El Triángulo Ixil, la Franja Transversal del Norte, Chixoy y, poco tiempo antes, la recolonilzación del Petén (¿suena familiar el concepto de Triángulo Norte?). A nivel micro se crearon las aldeas modelo, que estaban diseñadas para controlar a las poblaciones recuperadas, así como para cambiar materialmente la disposición del lugar en el que se practicaba la vida diaria.

Hay ya trabajos de investigación5 que han documentado cómo militares contrainsurgentes colonizaron la industria urbana de la seguridad. Esa novedad permite ver cómo el resto del estado contrainsurgente conforma la seguridad post-contrainsurgente, que se expresa en los condominios seguros administrados por ellos. Las tecnologías de vigilancia y control del lugar de seguridad de los sectores medios y altos son una herencia de la contrainsurgencia. Lo que en los años ochenta se utilizaba para dominar violentamente a los subalternos, ahora se ha convertido en la hegemonía del lugar para las élites.

9. Las élites capturadas en la hegemonía del espacio post-contrainsurgente

Nos encontramos ante el reto de comprender cómo la seguridad se convierte en un factor constitutivo y constituyente de los procesos de socialización en la época de la securitización del espacio, de los cuerpos, de la vida. Hay que comprender cómo con la excusa de la seguridad se definen estrategias y mecanismos de protección de la ciudadanía, pero también cómo se establece los parámetros para crear un mundo social en el cual viejos dispositivos de control y poder son refuncionalizados y reencauzados de modo completamente inesperado. Porque la seguridad no opera solo para mantener a los subalternos bajo control, o para mantener a las élites protegidas de los subalternos, sino para producir una formación hegemónica que moldee a los grupos dominantes.

No podemos comprender el proceso de securitización si perdemos de vista que nos encontramos en un momento histórico moldeado por el fin de la guerra fría, el conflicto armado interno, la contrainsurgencia y el genocidio. De fenómeno contrainsurgente vinculado a la dominación militar diseñada para mantener bajo control a los excluidos, la seguridad ha pasado a ser un fenómeno de hegemonía cultural post-contrainsurgente que perpetúa la posición social de privilegio de las élites.

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El reto de investigación que propongo consiste en llevar a cabo una topología de la seguridad que tome como punto de partida esa contingencia histórica y asuma la hipótesis de que las élites se convierten en el centro de la producción de lugares de seguridad que en un principio se diseñaron para controlar de forma violenta a los subalternos durante la guerra.

Esto no significa que las élites se hayan convertido en víctimas del estado contrainsurgente, sino que el proyecto de seguridad de la contrainsurgencia logró trasladarse al espacio de la vida cotidiana de las élites. Es una paradoja fascinante.

10. ¡Identifíquese, cobarde!

La seguridad ha sustituido la política de la identidad por una topología de la identificación. Controlar la circulación de los cuerpos por medio de la identificación individual fue parte central de la estrategia de seguridad de las aldeas modelo. La pregunta del “¿quién soy yo en tanto mi identidad se enraíza en este espacio/lugar?” cambió por el imperativo “¡puedes ser en este espacio/lugar sí y solo sí te identificas permanentemente!”.

Esta conversión de las políticas de identidad en políticas de identificación intentaba, además del obvio control de los individuos, romper con el sentido de colectividad y comunidad que producía el espacio/ lugar previo a la guerra contrainsurgente. La identificación se convirtió en un mecanismo de individualización que debería traer consigo el gobierno individualista del individuo contrainsurgente. La hipótesis es que eso falló, relativamente, en los sitios en los cuales la contrainsurgencia transformó radicalmente el espacio/lugar durante la guerra: a pesar de todo, la gente sigue produciendo identidad cultural en el lugar ancestral.

Por el contrario, funcionó perfectamente para transformar el gobierno de sí en los espacios/lugares de élite. Si bien la identificación forma parte del control del cuerpo de los otros (los empleados) que coexisten en los espacios de las élites, hay un fenómeno mucho más interesante. La identificación permanente se aceptó no solo de forma pasiva, sino que se convirtió en un factor constitutivo del lugar de seguridad. Cada vez que algún individuo ingresa a ser parte del lugar de seguridad lo hacen por medio de su identificación; cada entrada y salida es vigilada, observada y registrada en una base de datos que Dios sabe quién controla. El individuo de la élite parece estar bien y hasta gozar por ser parte de ese lugar seguro que no deja de identificarlo. El que no se identifica es porque tiene malas intenciones o es un cobarde. El anonimato resulta repulsivo en el lugar de seguridad. Parece que, a diferencia del preso, a la élite le encanta ser vigilada.

11. Algo de teoría: de la Infraestructura y la estética a una topología de la seguridad

La infraestructura constituye entornos construidos (built environments) que regulan la distribución y circulación de cuerpos, objetos e información.6 Dialogando con Jacques Ranciere, puede definirse la estética como el régimen en el cual se modulan las intensidades, repeticiones, ritmos y armonías de cualquier experiencia potencialmente sensible en un lugar determinado. Propongo, en ese sentido, estudiar la seguridad (entendida como espacio concreto) del mismo modo en que se estudia la estética y la infraestructura. Si bien la seguridad se encuentra relacionada con la violencia, ésta es un fenómeno independiente; la seguridad tiene mucho más que ver con la producción de ambientes creados y organizados por regímenes estéticos que modulan la experiencia de aquello que se puede sentir y cómo se puede sentir. Es decir, la seguridad puede ser entendida como un problema en sí mismo si se la ve inscrita en el pensamiento topológico que promovieron pensadores como Deleuze y Guattari.

Laura Corrales

Al ubicar la seguridad en un plano de contingencias topológicas como el que propongo hay que considerar que los cuerpos y el espacio interactúan en lo que podríamos denominar como un ensamblaje de seguridad. Este ensamblaje consiste no solo en la distribución de los cuerpos en el espacio, sino en la mutua constitución de cuerpos y lugares. Los lugares de seguridad producen los cuerpos de seguridad y viceversa. Estos son ensamblajes que posibilitan la circulación de afectos, ideas, informaciones, virtualidades y actualidades. En otras palabras, una topología de la seguridad estudia los procesos de des-territorialización y re-territorialización del espacio y el lugar que constituyen las condiciones de posibilidad de producción y reproducción del mundo contemporáneo.

12. Un programa de investigación: El lugar de la seguridad, la seguridad del lugar

Es necesario asumir una estrategia de estudios sobre la seguridad que problematice y rompa la lógica tradicional que separa cuerpos de objetos, espacios de sujetos; un tipo de investigación que aborde el fenómeno más allá de la relación mecanicista medio-fin, carencia-goce. Una antropología de la seguridad que parta de un punto de vista topológico desde el cual la práctica de la vida diaria en el mundo de la seguridad articula el continuum espacio-lugar. Es, en sí, una topología que analiza no solo las propiedades matemáticas y geométricas, las superficialidades, profundidades, horizontalidades o verticalidades7, las capacidades, las distancias, sino también las intensidades, repeticiones, prolongaciones, formaciones y deformaciones del lugar de la cultura y el poder.

Comprender el lugar de la seguridad, la seguridad del lugar y sus entretejidos en el mundo de la vida diaria. Propongo dirigir la mirada hacia las formas y regímenes topológicos en los cuales la seguridad se convierte en una máquina de localización, producción, reproducción, circulación, creación y acentuación cuerpos. Apuesto por explorar la producción socio-geométrica de espacios securitizados, lugares de seguridad, intersectando la materialidad del diseño, la arquitectónica, con la micro-política de la vida diaria. Es una topología que interroga cómo lugares que definen el modo de ser en el mundo y la forma de crear mundo seguro, asegurado, securitizado.

Laura Corrales

Es necesario desarrollar preguntas de investigación que nos permitan dar cuenta de la topología de la seguridad más allá de las clausuras jurídico-normativas; un programa de investigación que trascienda el binario legalidad-criminalidad. Estas interrogantes buscan escudriñar una constelación de fenómenos sociales que gravitan en torno a la seguridad y los procesos de politización y despolitización de los espacios de la vida cotidiana.

Propongo hacer una primera delimitación en el estudio de esta topología de la seguridad. Por el momento es suficiente dar indicios descriptivos del espacio de la vida diaria de clases medias y medias-altas urbanas. Este es, si se quiere, el mundo de las élites hegemónicas, en el que se expresan formas culturales, sociales y políticas centrales en la topología de la seguridad.

El lugar de la seguridad y la seguridad del lugar hace referencia a ese espacio común entre las élites en el cual la seguridad es vivida como condición de posibilidad para socializar. Es importante comprender cómo el aseguramiento de los espacios es un elemento necesario para consolidar la hegemonía. La seguridad es ese lugar en el que las élites viven el día a día; el sitio en el que experimentan la arquitectura de lo cotidiano.

 

Esta serie de viñetas etnográficas, reflexivas y teóricas, son una pequeña parte de un proyecto que Alejandro Flores desarrolla en la actualidad, y espera convertirlo en libro. Hay varios aspectos que no forman parte de estas viñetas. Le hubiera gustado profundizar más en cómo los lugares seguros y la seguridad han transformado las relaciones de género, pero por limitaciones de espacio y tiempo no ha podido atenderlo.

Las imágenes de Laura Corrales pertenecen al proyecto DESIguaLES, de Plaza Pública, desarrollado con fondos de la Ford Foundation.

 

Bibliografía

Argueta, O. (2013). Private Security in Guatemala: Pathway to Its Proliferation. Hamburg: Nomos.

Bourdieu, P. (n.d.). Distinction: A Social Critique of the Judgement of Taste. New York, NY: Routledge.

Browne, S. (2015). Dark Matters. Durham, NC: Duke University Press Books.

DeCerteau, M. (1984). The practice of everyday life. Berkeley. Berkeley, CA: University of California Press.

Hardt, M. (1999). Affective Labor. Boundary 2, 26(2), 89–100.

Lefebvre, H. (1991). The Production of Space. New York, NY: Verso.

Lefebvre, H. (2004). Rhythmanalysis: Space, Time and Everyday Life. New York, NY: Continuum.

Lewis, K., & Fogarty-Valenzuela, B. (n.d.). Verticality. Journal of the Royal Anthropological Institute, 19, 378–379.

Maitra, S. (2014). Laboring to Create Magic: The New Worker in the Emerging Retail Industries of Kolkata (Dissertation). University of Texas at Austin, Austin, TX.

Ranciere, J. (2010). Dissensus: Politics and Aesthetics. New York, NY: Continuum.

Ranciere, J. (2013). Aisthesis: Scenes from the Aesthetic regime. New York, NY: Continuum.

Schirmer, J. (1998). The Guatemalan Military Project: A Violence Called Democracy. Philadelphia, Pen: University of Pensilvania Press.

Schirmer, J. (1999). The Guatemalan Politico-Military Project: Legacies for a Violent Peace? Latin American Perspectives, 26(105), 92–107.

Stewart, K. (2011). Atmospheric Attunements. Society and Space, 29, 445–453.
 

1 Por ejemplo, Bourdieu estudió la relación entre gustos y posiciones sociales determinadas por la combinación de capitales sociales, económicos y culturales. Estas intersecciones le sirvieron para establecer los habitus (las prácticas de la vida diaria que se acoplan con la estructura social) que reproducen modos de estratificación social específicos en contextos históricos concretos. Sin embargo, el alcance de estas investigaciones es limitado para una topología de la seguridad, ya que no analiza la dialéctica que el lugar establece con la producción de cuerpos de seguridad, los ritmos del espacio, las prácticas de la vida cotidiana. Recomiendo considerar las siguientes referencias a Lefebvre y De Cerau mencionadas en la bibliografía como puntos de partida.

2 Los trabajos de Simonne Browne aportan mucho para este debate.

3Tal y como lo estudió mi colega antropólogo Saikat Maitra (2014) en shopping malls en la India.

4 Esto vale la pena estudiarlo en los trabajos de Jennifer Shirmer sobre el Ejército de Guatemala.

5 En este sentido, es de mucha relevancia el trabajo de investigación de Otto Argueta titulado “Private Security in Guatemala: Pathway to Its Proliferation”.

6 Aquí el debate central se da con autores como Larkin, quien ha desarrollado una teoría antropológica sobre la infraestructura de mucho valor para este tipo de análisis.

7 Lewis, K., & Fogarty-Valenzuela han elaborado un breve artículo sobre la noción de verticalidad en Guatemala, con la que analizan cómo la seguridad está agregando una dimensión geométrica a la concepción urbana del espacio. 

La estrategia contrainsurgente de Fusiles y frijoles terminó imponiéndose sobre las élites de una manera en que no logró domesticar a los excluidos
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