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Otra vez otras Lucrecias
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Otra vez otras Lucrecias

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Tipo de Nota: 
Opinión
10 07 18

Read time: 3 mins

Hace tantísimos años, en la Roma prerrepublicana, vivió Lucrecia, la hija de un respetado romano.

Su esposo se llamaba Colatino. Fue reconocida por su belleza y por su inteligencia. No fue difícil cautivar a Sexto Tarquinio, hijo del rey de ese momento. Cuenta la leyenda que, al estar sola en su casa, Sexto Tarquinio pidió hospedarse en su casa. Allí la violó.

Pero Lucrecia no es recordada por la violación, sino por denunciar al hijo del rey. Lo denuncia ante su padre y su esposo antes de suicidarse. No se conocen muchos detalles. Tampoco lo que dijo, lo que pudo sentir. Podemos suponer que una experiencia así es lo suficientemente fuerte como para terminar con la propia vida. Podemos pensar también en su enojo y en esa sensación de imposibilidad de justicia.

Esta historia se repite una y otra vez en la historia de nuestras realidades. Pueden pasar reyes, emperadores, curas, jueces, presidentes, revolucionarios, árboles genealógicos completos, y la historia es la misma. Ha sido la realidad de las mujeres, es la realidad de las mujeres y hay quienes no queremos que sea el futuro.

La historia está hecha de nuestros cuerpos, de nuestra razón intentando comprender qué pasó, por qué yo. Es nuestras emociones en torbellinos de rabia y de dolor. No podemos imaginarnos lo que las mujeres sienten cuando alguien se otorga el poder de tomar nuestro cuerpo, nuestra intimidad, y de arrebatarnos la dignidad. ¿Desolación? ¿Esa sensación de hundirse en un vacío profundo, negro? ¿Soledad? ¿Angustia? Todavía más, supongo.

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No es fácil ser valiente cuando algo así pasa. No es fácil encontrar las palabras para atreverse a decir qué pasó, cómo fue —porque hay que contar los detalles para respaldar el hecho—. No es sencillo abrir la herida otra vez y decir que se tuvo un tipo encima cuando no se quería. También suele arrebatarse la voz. Y reconquistarla es una tarea ardua, necesaria para decir que no se va a permitir que se mantenga en silencio, que pase como si nada, que se sufra en las cuatro paredes de la casa, que se hable solo con las amigas de confianza (si se tiene esa suerte). Pero nadie puede exigirla, demandarla. Es un acto injusto y cruel.

Leo la historia en una triste coincidencia con la realidad de las mujeres que han comenzado a señalar a un presidente de un país machista. De este país machista. Donde el presidente guarda silencio y hay hombres que intentan deslegitimar el testimonio, la búsqueda de justicia. Exigen pruebas y denuncias como si se tratara del robo de un celular o de una computadora. No es su derecho. Los hay también que justifican la violencia por cómo iban vestidas o porque seguro eran mujeres fáciles que ahora se victimizan. Tampoco están en su derecho.

A las mujeres que han comenzado a hablar les doy las gracias. Si piensan seguir con este proceso de denuncia, les quiero decir que no están solas, que somos muchas las que esperamos poder apoyarlas sin conocerlas, pero sabiendo que su historia es la de otras muchas mujeres. Estaremos allí para poner su historia antes que cualquier interpretación política que vea en su gesto una pieza más de una estrategia de inestabilidad contra el Gobierno o que busque utilizarla para seguir con la terca manía de polarizar todo en esta Guatemala. Estaremos allí también para hacer frente a los comentarios crueles, para rechazar con firmeza a quien las insulte. No están solas. No más.

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No podemos imaginarnos lo que las mujeres sienten cuando alguien se otorga el poder de tomar nuestro cuerpo, nuestra intimidad, y de arrebatarnos la dignidad.
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