Juan José Guerrero Pérez es médico y cirujano con maestría en docencia universitaria. Escritor e investigador, ostenta el Premio Internacional de Ensayo Mariano Picón Salas (2005) del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos, de Caracas, Venezuela. Ha sido docente de la URL y la USAC. Actualmente es Director del Campus San Pedro Claver, S.J. de la Verapaz de la Universidad Rafael Landívar.

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No general Ríos, no fue valentía

Este militar, hoy ligado a proceso por genocidio y delitos contra los deberes de humanidad se presentó "voluntariamente" ante las autoridades competentes para evitar el escarnio de ser enchachado y conducido como un criminal.

Además, logró con ello que le impusieran la prohibición de salir del país y, sin perjuicio del criterio de la Señora Jueza (con mayúsculas) Carol Patricia Flores, esta medida le favorece porque, si pone un pie fuera de las fronteras patrias, puede ser capturado bajo el principio de justicia universal. También, el hecho de presentarse voluntariamente le permitió una medida sustitutiva. ¿Habrase visto más astucia en otro de los enjuiciados por los mismos delitos, incluso a nivel mundial? No, absolutamente no. El mal es astuto, sagaz, artero, mezquino y roñoso.

Visto así el panorama, el general (con minúscula), no fue valiente sino marrullero en todo el sentido de la palabra, porque la cobardía que lo ha acompañado toda la vida le hace temblar ante los fantasmas de sus muertos que han de turbarle el sueño. ¿Ya se olvidaron acaso las declaraciones de los triunviros a quienes mandó al carajo una vez tomó el poder? Recuerdo perfectamente las confesiones de uno de ellos quien sin tapujos dijo que cada vez que había un conato de golpe de Estado el general se desaparecía ipso facto para reaparecer cuando el peligro había pasado. Y sus erráticas decisiones provocaron que otro general, hoy imposibilitado médicamente para enfrentar un juicio, le moviera la silla, a él y a sus ancianos de la secta Verbo que hasta llegaron a tener una oficina en el Palacio Nacional. Por eso digo contundentemente: No general, no fue un acto de valentía, su actitud fue otro de sus tantos actos de cobardía.

En cuanto a sus –hoy quizá sí–, ancianos, a mi saber y entender, deben ser investigados. Usted mismo declaraba en la televisión que eran sus consejeros y lógicamente, han de haber estado enterados de sus abominables medidas.

Sus fantasmas no le quitan el sueño solamente a usted. También me lo quitan a mí. Yo era cirujano en el Hospital Regional de Cobán cuando usted gobernaba de facto y los cadáveres que llegaban a la morgue (cuando llegaban), parecían sacados de una pesadilla diabólica: mujeres asesinadas, previamente violadas y torturadas patológicamente; niños despanzurrados; q’eqchíes masacrados y era horrible escuchar, cuando alguien sobrevivía, narraciones tan pero tan espantosas que solamente las creíamos porque salían de labios sin razón para mentir. Y debo reconocer que cuando el general Mejía Víctores lo mandó a freír papas, esas dantescas escenas disminuyeron ostensiblemente. Pero aún sueño esas infamias general, aún las sueño. Y si alguien tiene duda de que esos hechos hayan sucedido, simplemente lea la acusación formulada contra usted por el Ministerio Público, el Informe REMHI y el Informe de la Comisión para el Esclarecimiento Histórico.   

Sé que muchos pensarán que estoy haciendo leña de un árbol que empieza a caer pero no, no es así. Siempre mantuve una postura digna frente a su detestable persona. ¿Recuerda cuando nos quiso imponer en los hospitales el uso de un gafete que decía: No robo, no miento y no abuso? Pues, a pesar de los orejas que tenía por todos lados, yo no lo me lo colgué en la bata;  de igual manera, no me presté a la aberración de ser patrullero civil y si no me mataron fue porque en aquella época hubo militares con inteligencia y honor quienes finalmente, le dieron vuelta de gato.  Bien por ellos y por la Patria.

Años más tarde, me le enfrenté en un salón social de Cobán llamado Sociedad de Beneficencia. Usted ya no era jefe de Estado sino candidato y su manita de no robo, no miento y no abuso la había convertido en ícono de su partido. Esa vez comenzó su acostumbrada perorata: “Usted profesional, usted doctor, usted enfermero, usted papá, usted mamá, usted es ladrón, usted es prostituto porque miente, roba y abusa…” Yo general, no di cabida a sus sandeces, y en aquella ocasión, el único que tuvo una actitud aceptable ante mis argumentos fue uno de los miembros de su equipo quien me dio la razón, –por supuesto en voz baja. Usted me evitó.

Espeluznantemente, después de la decisión de la Señora Jueza Carol Patricia Flores, he escuchado por radio a muchas personas defendiéndolo. Son aquellas y aquellos que no entienden que una cosa es la guerra (y quien se mete a ella sabe a qué se atiene) y otra masacrar niñas, niños, ancianos y mujeres. Eso no es gloria general, eso es crimen contra la humanidad.

Yo no defiendo a quienes, desde la guerrilla, quizá cometieron actos similares a los suyos. Si los hubo, deben ser juzgados. Yo defiendo la recta aplicación de la justicia y créame, no me alegro por lo que le está sucediendo, ¡vaya que no!, me alegra sí que la justicia esté recuperando en nuestra sociedad el lugar que debe tener. Me alegro que usted vaya a tener el derecho de defensa, el derecho de ser tratado como inocente hasta que no se demuestre lo contrario en sentencia firme luego de haber sido citado, oído y vencido en juicio. Es decir, que se haga valer su derecho al debido proceso. Y la aplicación de la justicia no es venganza. Pero debo recordar que usted instituyó los tribunales de fuero especial y quienes en esos aberrantes juzgados fueron sometidos a dizque juicio justo, no tuvieron aquellos derechos de los que usted gozará ahora.

No me extrañaría que salga bien librado del proceso al que se le ligó porque –insisto–, el mal es astuto. Sin embargo, cada pecado trae su propio infierno y usted ha empezado a vivir el suyo. Por ello, reitero mi afirmación: No general Ríos, su actitud, la de presentarse voluntariamente ante las autoridades competentes, no fue un acto de valentía.

Una de las características del mal, entendido en su esencia, es su capacidad de astucia, y es una de las particularidades que posee el general Efraín Ríos Mont.