La impunidad de Los Encapuchados de Panajachel

En Panajachel, a la orilla del lago de Atitlán, que un día fuera paraíso hippie para tantos guatemaltecos y extranjeros, cientos de ciudadanos encapuchados, dirigidos a cara descubierta por varios miembros de la Comisión de Seguridad Municipal han creado un grupo paramilitar de limpieza social. “Los encapuchados”, dirigidos por Juan Manuel Ralón y Víctor Anleu, con el apoyo directo del alcalde, Gerardo Higueros, son responsables de decenas de palizas, detenciones ilegales, torturas, tres linchamientos y una desaparición forzada a lo largo de los últimos meses.

Plaza Pública conversó con linchadores, linchados, policías, autoridades y ciudadanos que tienen miedo de ser las próximas víctimas de un linchamiento.

“Las patrullas de seguridad comenzaron cuando la Tormenta Ágata llegó a Panajachel. Su origen fue constructivo. Los vecinos desalojados del Callejón de las Armonías salieron a la calle con el plan de salvaguardar las pertenencias de las familias que habían sido desalojadas de sus casas”
Los encapuchados continúan campando a sus anchas por la ciudad de Panajachel. Esta ciudad que parece estar de espaldas al Lago de Atitlán, el lago tornasol de los tres volcanes, las montañas, las energías, los doce pueblitos, donde Antoine de SaintExupéry se inspiró para escribir El Principito.

(I) MAÑANA DEL LUNES. Víctor Anleu. Linchador confeso.

Callejón de las Armonías, zona 1 de Panajachel, lunes 24 de octubre, 11.00 de la mañana. Ha sido fácil. Apenas un paseo y un par de preguntas a los niños del barrio hasta dar con la persona con la que quiero hablar.

–Busco a Víctor Anleu.

–¿Para qué?

–Mire, soy periodista, y me gustaría hablar con él para entender qué está sucediendo aquí. Hay acusaciones muy fuertes contra él y Juan Manuel Ralón entre otros miembros de la Comisión Municipal de Seguridad de Panajachel. Dicen en la prensa que están golpeando y desapareciendo a personas. También se dice que dirige junto a ellos al grupo de “Los encapuchados”. ¿Usted le conoce, podría indicarme dónde vive?

– Yo soy Víctor Anleu. Pase.

– Gracias.

“Los encapuchados” son un grupo paramilitar de ciudadanos que, desde hace meses, imparte en Panajachel su particular sentido de la justicia y el orden ciudadano. Se dedican, con nocturnidad y alevosía, cubierta la cara con pasamontañas, con bates de béisbol, tubos, palos y pistolas de electroshock, a golpear, retener y torturar en plena vía pública. Incluso a asesinar.

El problema no es nuevo y se ha gestado a lo largo del último año. La desaparición de Luis Gilberto Tián, linchado en plena feria de Panajachel el pasado 4 de octubre junto a dos amigos que sobrevivieron y permanecen escondidos desde entonces, es solo la última de sus manifestaciones. La periodista de elPeriódico Lucía Escobar denunció la situación y los hechos comienzan a precipitarse. Por lo pronto, Lucía ha sido seriamente amenazada por aquellos que, según todos los indicios, dirigen la Comisión Local de Seguridad y el grupo de “Los encapuchados”, con el alcalde Gerardo Higueros como corifeo amplificador y legitimador institucional de las advertencias a la periodista.

Cuando Lucía acusó a la Comisión de Seguridad de linchamientos y limpieza social, no era la única que tenía información al respecto. El cable de la embajada de Estados Unidos en Guatemala 09GUATEMALA1025 filtrado por WikiLeaks, escrito el 12 de diciembre de 2009 apoya esta tesis. Titulado como “Grupos de vigilantes se toman la justicia por su cuenta”, dice que las “Juntas Locales de Seguridad Ciudadana” formadas por individuos frustrados por la frágil situación de seguridad y la crisis económica en sus comunidades operan en departamentos como Quiché, Chimaltenango, Huehuetenango y Sololá. Estos grupos defienden un modelo de justicia vigilante y han actuado de manera violenta contra la policía y aquellos a quienes consideran delincuentes.

Víctor Anleu tiembla ostensiblemente. Se ha puesto muy nervioso. Es una de las personas que ha dirigido al menos dos de los linchamientos de los últimos meses –a cara descubierta y ante decenas de testigos–. Ni lo oculta ni lo niega ante el periodista. Él cree que hizo lo correcto. A cualquier persona conocedora del Estado de derecho le cuesta comprender cómo no ha sido detenido aún.

– ¿Por qué tiembla, Víctor?

– Porque todo lo que dicen de nosotros me está poniendo muy mal y uno desconfía de cualquier que venga a buscarme a casa. Una vez vino un periodista a hablar con nosotros y tergiversó todo lo que le enseñamos. Déjeme que le cuente. Yo no tengo nada que ver con “Los Encapuchados”.

Tras invitarme a charlar sentados ante dos refrescos, se relaja un poco. Víctor es un hombre físicamente fuerte pero extremadamente suave en las formas. Educado, culto y de conversación agradable, acepta un solo cigarrillo durante más de dos horas de azorada conversación. No cesa de repetir que lo suyo son la escultura y el arte, mientras muestra elegantes dinosaurios creados a base de metal, lamentándose sin pausa por la polémica en la que se halla inmerso. Cuesta creer que este artista lidere a decenas de encapuchados que linchan.

– Yo soy escultor, ¿sabe? y esta es mi obra. He vendido piezas a varios países, organizado exposiciones, tengo mi vida, mi casa, mi negocio, y no quiero verme envuelto en esto. Ando con miedo, me pintan de asesino. No lo soy. En realidad soy yo quien está recibiendo amenazas continuas desde hace un mes.

– ¿Puedo verlas?

Muestra, sin titubeos, varios mensajes muy desagradables en su teléfono. Todos recibidos desde el mismo número. Amenazándole a él, a su familia, a sus nietos, durante el día y la noche, en su casa, y augurándole el peor de los destinos si pisase la cárcel, algo que le auguran próximo. Todas aparecen firmadas por los “Zeta200” desde el número de teléfono 44140547. Queda claro que la situación es compleja.

– ¿Puedo tomar nota de la conversación?.

– Mejor no. Escuche y comprenda.

Víctor es inteligente. Pero no tanto como para responder con coherencia exculpatoria. De todas formas, sin pruebas físicas de que dice lo que dice, todo lo escrito a partir de este momento puede ser tachado de difamación si no es de su agrado. Comienza así la pesadilla para el periodista, obligado a forzar su memoria a partir de este punto.

Durante la conversación, sin mayor dificultad, y sin ser consciente de ello, además de explicar la ideología de limpieza social que le mueve a actuar y su papel en alguno de los linchamientos, Víctor dará evidencias de tener alguna relación –quizás, y solo quizás– directa con el asesinato o los asesinos de Luis Gilberto Tián, de 24 años, el pasado 4 de octubre.

Víctor ya no está solo. Por pura casualidad acaba de sumársele en silencio y con sus formas extremadamente suaves, Teresa Coello. Antropóloga mexicana, residente en Panajachel que llegó hace casi dos décadas a la ciudad para trabajar en MINUGUA y actualmente dirige un Centro Cultural, además de ser miembro de la Comisión de Seguridad. Insiste también en que no se tomen notas durante la conversación.

– Ante todo soy un padre preocupado por la seguridad de sus hijos. Un ciudadano concernido por el bienestar de mis vecinos –comienza Anleu.

Panajachel, según Víctor y Teresa, era hasta hace poco tiempo una ciudad en la que los vendedores y consumidores de drogas se hicieron fuertes gracias al turismo y la afluencia de extranjeros. Con ellos llegaron el resto de delitos, secuestros, extorsiones y robos.

Los “hippies” –tal y como la pareja de miembros de la Comisión de Seguridad denominan a los culpables del deterioro del clima social– campaban a sus anchas por las calles creando un clima de inseguridad y libertinaje que atenta contra los principios de la población local, cada vez más reducida y molesta por la deriva del paisaje y la convivencia en la localidad.

Hasta que ellos, la Comisión Municipal de Seguridad, aparecieron e implantaron un nuevo clima de seguridad y respeto en las calles. “Ahora ya no hay secuestros, ya no hay robos, se ha limitado las fiestas nocturnas. Hoy, gracias a nosotros, Panajachel es una ciudad más segura”.

El papel de Teresa en la conversación es interesante y sofisticado. Controla, matiza y complementa las palabras de su amigo. Con una educación y discurso exquisitos, incide en la necesidad de plantear una investigación multidisciplinar que aborde las causas profundas de la transformación social que vive Panajachel. Sin negar nunca que son los “extranjeros” y los “hippies” quienes han provocado un conflicto con la población local.

Como máximo ejemplo de esos “hippies” –palabra para ellos implica culpabilidad definitiva– que tanto daño le han hecho, desde su punto de vista, a la ciudad de Panajachel, Vïctor Anleu y Teresa Coello señalan sin reparos a Lucía Escobar, la periodista guatemalteca residente desde hace años en la ciudad. Que casualmente es la misma persona que desde hace tiempo denuncia en la prensa los excesos violentos, el clima de terror impuesto por “Los encapuchados” y su connivencia con la Comisión de Seguridad municipal.

Van incluso más allá de una mera discrepancia ideológica sobre la mejor manera de gestionar la seguridad a orillas del lago. A Lucía Escobar, la periodista que denunció sus excesos, la acusan, junto a Lorenzo Neri, propietario de un conocido bar de la ciudad, El Aleph, de trabajar en coordinación con Gerardo Montejo, a quien señalan como “el narco de Panajachel”.

Aunque el propio Montejo, con quien logramos hablar posteriormente, se limita a mencionar “negocios formales e informales” como fuente de su aparente bienestar económico, ninguna de las fuentes consultadas duda a la hora de señalarle como uno de los responsables de la venta de drogas en Panajachel.

A Gerardo Montejo, que durante años fue vecino de Víctor Anleu, lo lincharon el 15 de marzo decenas de personas encapuchadas hasta casi matarlo. Después saquearon su bar. Y después su casa. Le perdonaron la vida sólo a cambio de que abandonase el pueblo. Víctor Anleu organizó, dirigió y participó junto a Juan Manuel Ralón en ese linchamiento. Es público. Hay decenas de testigos, Policía Nacional Civil incluida. Anleu lo ve claro. Si nadie le paraba los pies, los vecinos tenían que tomar cartas en el asunto y así lo hicieron. Víctor no quería tener de vecino a alguien que –en su versión de los hechos– mostraba sin pudor un arma cuando los miembros de la Comisión de Seguridad trataban de bloquearle el paso a los clientes que venían a comprar drogas. O que guardaba en su casa material robado. O que provocaba que la delincuencia derivada de la presencia de consumidores de droga complicase la situación de seguridad del barrio.

Por eso, cuando Víctor Anleu señala a la periodista Lucía Escobar y a Lorenzo Neri como personas relacionadas con Gerardo Montejo, caben serias dudas sobre la seguridad personal de ambos. Que podrían ser las siguientes en sufrir un linchamiento si nadie hace nada por evitarlo.

Sin ir más lejos, a Teresa Coello, esa intelectual mexicana, suave y bondadosa, secretaria de la Comisión de Seguridad local, la policía de Panajachel le tiene miedo. Apenas una hora antes de conocerla, los policías con los que hablaba sobre “Los encapuchados” y la Comisión Municipal de Seguridad, al verla aparecer, simplemente se callaron y cambiaron de tema, pidiéndome discreción. “No le digás a nadie que has hablado con nosotros”.

– Panajachel es una bomba de tiempo a punto de estallar – comienza uno de los agentes–.Parece una ciudad tranquila. De día son vecinos normales pero por la noche hacen lo que quieren. Aquí todo puede cambiar en un día, o en unas horas. Ya ha pasado varias veces. Tenemos órdenes de la gobernadora y del Ministerio Público de proceder contra ellos porque no son legales. Pero no podemos. La Comisión de Seguridad patrulla las calles a cara descubierta. Simplemente, cada vez que van a hacer algo ilegal, sacan la capucha y se tapan. Están sobre todo en el Barrio Norte y durante los linchamientos siempre llevan a sus víctimas al Puente de La Amistad. 

– ¿Y por qué no actúan entonces?

– Porque nosotros somos dos o cuatro como mucho cada vez y ellos son 80 o 100 cuando actúan. Se reúnen grupos grandes muy rápido. Se avisan por radio, llegan en picops. Tienen los mismos medios, si no mejores, que la propia policía. Y se los ha dado la municipalidad.

–¿Quién los dirige?

–Víctor Anleu y Ralón. Ellos no se tapan. Pero dirigen a la gente, la controlan, la manipulan. Los encapuchados les obedecen y hacen todo lo que les piden.

–¿Y qué se puede hacer?. 

–Ya hemos enviado un informe completo a la capital explicando la realidad. Lo único que puede esperarse es que envíen policía de la capital para acabar con esto. Nosotros no podemos hacer nada más. Aquí se han quemado patrullas, nos han volteado los carros y nos han amenazado.

Tienen miedo. “Por favor, no le diga al alcalde que ha hablado con nosotros”. Aunque quisiera, es imposible, Gerardo Higueros, el Alcalde, no está en sus oficinas y es imposible saber cuándo llegará. Tampoco contesta al teléfono.

Antonio Díaz Escobar, un vecino de Víctor Anleu, que abandonó Panajachel tras el linchamiento que sufrió su familia, cuenta, por email, cómo comenzó todo.

“Las patrullas de seguridad comenzaron cuando la Tormenta Ágata llegó a Panajachel. Su origen fue constructivo. Los vecinos desalojados del Callejón de las Armonías salieron a la calle con el plan de salvaguardar las pertenencias de las familias que habían sido desalojadas de sus casas. Cuando la Tormenta terminó, Víctor Anleu, con el apoyo de Tereso Joj, Director de la Universidad del Valle en Panajachel, propuso continuar patrullando unos días más. Esos días más ya se han convertido en un año. Y las patrullas se han institucionalizado y extendido a toda la ciudad como Comisión Municipal de Seguridad presidida por momentos, auspiciada y financiada con equipamiento por el alcalde Gerardo Higueros”.

Luego llegaron las capuchas y los linchamientos. Varios vecinos cuentan cómo las capuchas comenzaron a aparecer a los pocos días –dos de ellos son Lorenzo Neri y Byron Díaz, y otro más pide el anonimato–. Estas tres personas consultadas, como tantas otras, dejaron de patrullar cuando vieron que se cometían delitos. Los que se quedaron, ya convertidos en peligrosos paramilitares, no se han detenido desde entonces. Tres linchamientos señalan directamente como responsables a los encapuchados.

El primero de los linchamientos directamente atribuidos a los patrulleros tuvo lugar el 15 de marzo, cuando una turba de encapuchados dirigidos a cara descubierta por Víctor Anleu y Juan Manuel Ralón, destruyó y saqueó el Jack’s Cafe y la casa de su dueño, Gerardo Montejo.

El segundo fue el 9 de julio, cuando casi cien encapuchados lincharon y tiraron a un pozo de aguas negras a Edwin Ernesto de León y Francisco de León y les cortaron el pelo a machetazos. Edwin identifica también a Víctor Anleu, su hijo Efraín y a Juan Manuel Ralón como participantes en su linchamiento.

Y el tercero, el 12 de septiembre, cuando –siempre dirigidos a cara descubierta por Víctor Anleu y Juan Manuel Ralón– dieron una paliza a Estela Escobar y a sus hijos, destruyeron su cantina, obligaron también a Antonio Díaz Escobar a abandonar Panajachel y Efraín Anleu, hijo de Víctor, golpeó y amenazó a Luis Gilberto Tián, hoy desaparecido, de que iba a ser el siguiente. Varios testigos lo ratifican.

– Víctor, ¿es usted parte de “Los Encapuchados”?.

– No.

– ¿Existen?

– Sí.

– ¿Quiénes son? ¿Son miembros de la Comisión de Seguridad Municipal?

– Están al otro lado del río. En el sector de Jucanyá. No los conozco. No son miembros de la Comisión de Seguridad Municipal. Hemos tratado de hablar con ellos para convencerles de que se quiten la capucha. Pero no nos hacen caso. No podemos saber quiénes son si van encapuchados.

Víctor miente.

No solo las declaraciones de los testigos y las víctimas le sitúan en el lugar de los linchamientos, dirigiéndolos. Hasta que Teresa Coello, Secretaria de la Comisión de Seguridad Municipal, pasó como una exhalación por delante de nosotros, la policía explicaba lo que sucede en realidad con los encapuchados. Señalando a sus líderes. En un lugar pequeño, como Panajachel, uno puede usar capucha, pero como la lógica y los vecinos indican, desde la voz hasta la ropa pasando por la estatura permiten identificar perfectamente a la persona con quien se habla.

El testimonio de la policía no es el único que incrimina directamente a los dirigentes de la Comisión en los linchamientos. El propio Víctor se inculpa a sí mismo sin quererlo.

– Víctor, ¿usted sabe quién ha podido estar detrás de la desaparición de Luis Gilberto Tián el 4 de octubre?

– No. Nosotros no sabemos nada. No tenemos nada que ver. El día que desapareció, durante la feria de Panajachel, la Comisión de Seguridad no patrullaba, la policía había organizado un refuerzo y nosotros nos retiramos.

(Los testigos contradicen esto. Los ciudadanos de Panajachel dicen que el día de la feria, tan cierto como que la policía reforzó su presencia, es que la Comisión de Seguridad patrullaba.)

Anleu continúa hablando:

– Luis Gilberto Tián era marero. Pertenecía a la mara 18. Tenía tatuajes en el cuerpo de la mara 18. No andaba en nada limpio. Quizás no haya muerto, ande metido en problemas de drogas y esté escondido o se haya ido a la capital.

Tomo nota. Víctor Anleu ha dicho que Luis Gilberto Tián tenía tatuajes en el cuerpo que le identificaban como miembro de la mara 18.

(II) NOCHE DEL LUNES. Juan Manuel Ralón, involuntariamente también linchador confeso.

El relato de las posiciones de la Comisión de Seguridad a través de las palabras de Juan Manuel Ralón, Vicepresidente de la Comisión de Seguridad –presidida por el Alcalde– y auténtico hombre fuerte de la misma, tiene posiciones que son similares a las de Víctor Anleu y al contrario de éste, Ralón sí permitió el uso indiscriminado de la libreta de notas por parte del periodista.

Ralón, un hombre grande, imponente, fuerte, en forma, enérgico en las formas y las palabras, fue quien salvó personalmente a Gerardo Montejo de ser linchado, según cuenta Víctor y confirma el interesado. De la misma manera que cuando en 2009 un hombre murió linchado en pleno centro de Panajachel por una multitud que le acusaba de extorsionista, también fue Ralón quien salvó con un helicóptero a sus tres acompañantes de ser linchadas con él.

Anleu y Ralón dicen que los salvan. Los testigos dicen que dirigen los linchamientos y finalmente los salvan para controlarlos a su libre albedrío. Los salvan de morir unas veces, siempre después de ser linchados. Ninguno niega su participación en los linchamientos, a cara descubierta, y su ascendiente entre los encapuchados que linchan.

Ralón se convertirá en hilo conductor de los puntos de vista de la Comisión de Seguridad Municipal a la que pertenece junto con Víctor Anleu y Teresa Coello, por nombramiento del alcalde Gerardo Higueros. Pero no sin antes señalar que ambos rechazan tajantemente que la Comisión de Seguridad que los tres dirigen tenga nada que ver con el grupo de “Los encapuchados”. No solo afirma que no tienen nada que ver sino que han intentado en más de una ocasión dialogar con ellos para tratar de convencerles de que depongan su actitud. Siempre sin resultado positivo.

“Son de otra zona, no los conocemos, van encapuchados, no nos hacen caso, no podemos hacer nada”, decía Anleu.

Ralón le contradice.

– Estoy contento de que el tema haya alcanzado este nivel de interés. Nuestro objetivo es garantizar la seguridad de nuestros vecinos. Comprendemos la seguridad como una cuestión integral. Desde la seguridad ante catástrofes, por eso limpiamos la carretera cuando hay deslaves, hasta la seguridad ambiental, por eso limpiamos la playa, pasando por la seguridad física. Panajachel vive del turismo. Si la ciudad no es segura, el turismo se hundirá y perderemos nuestro sustento, nuestra seguridad alimentaria. ¿Comprendés nuestra visión integral de la seguridad?.

Ralón, como puede deducirse, es el político del grupo. Si en las últimas elecciones fue candidato a la alcaldía por el PAN, en las anteriores lo fue por el FRG. Nunca ha tenido el más mínimo éxito electoral. En las elecciones de septiembre, su discurso, basado en cierta idea de la seguridad, obtuvo 416 votos.

– Lo que ha sucedido en Panajachel es que nunca antes la sociedad civil se había atrevido a atacar a la estructura del crimen organizado. Nosotros conocemos su estructura, la hemos identificado, señalado y desarticulado. Somos adultos maduros dispuestos a ofrecer nuestras vidas para hacer algo contra el narcotráfico y el crimen organizado. Personajes como Gerardo Montejo y Lorenzo Neri, distribuidores de drogas, junto a su amiga Lucía Escobar, disponen de una estructura que les permite evadir a la justicia.

Introduce un tema en el que coincide con la argumentación ya adelantada por Víctor Anleu y Teresa Coello: locales frente a foráneos. Juan Manuel Ralón, que según el censo electoral nació en Guatemala y no en Panajachel, establece una diferencia entre “ellos y nosotros”.

– El problema de la droga llega aquí a través de hippies de la capital que buscan un pueblito para destrabarse. Nosotros como oriundos conocemos para qué ha llegado cada quien a Panajachel, cómo ha desarrollado su economía y cómo algunos de ellos han extendido el delito, la droga y el narcotráfico en la ciudad. A mí no me importa que el turista haga lo que quiera en su hotel, pero no voy a permitir que introduzcan la droga entre la juventud local. Debemos proteger a nuestra comunidad y si la Ley no se cumple, es fundamental hacer que se cumpla.

El menudeo de drogas en Panajachel es constante. Imposible negarlo. A este periodista le ofrecieron marihuana y cocaína en dos ocasiones en menos de 24 horas. En ambas, el procedimiento fue el mismo. Un joven, guatemalteco, se bajó de un mototaxi local para sentarse disimuladamente junto a mí y ofrecerme cualquier sustancia que pudiera necesitar. A plena luz del día y en la Calle Santander, estandarte de la pequeña ciudad.

Pero Juan Manuel Ralón, el ciudadano moralista con vocación de alcalde,  y vicepresidente de la Comisión de Seguridad de Panajachel, firme defensor de la legalidad, ha tenido una relación compleja con la justicia.

El 12 de junio de 1986 fue encontrado culpable de intentar defraudar 10 millones de dólares al Bank of América utilizando cheques falsos. Posteriormente, cuando Sergio Lavarreda, vice Ministro de Medio Ambiente y ex alcalde de Panajachel le nombró director departamental de Medio Ambiente, se vio envuelto en un caso de alteración de facturas de gasolina por el que su hijo dio la cara y que le costó el cargo al padre. Hace poco, en 2010 le defraudó a la Mancomunidad de Atitlán y a la Cooperación Española por 250 mil quetzales por el adoquinado de la calle Los Tigres, que nunca fue adoquinada.

Pese a todo esto, el alcalde, Gerardo Higueros, le nombró presidente de la Auditoría Social del Consejo Municipal de Desarrollo. Un cargo que le sigue al de Presidente del Consejo Comunitario de Desarrollo (Cocode). Está claro que a Gerardo Higueros los antecedentes de Ralón no le preocupan mucho.

Volvamos a su discurso respecto a Los Encapuchados y la legalidad.

– Los Encapuchados existen, por supuesto, pero son un grupo organizado por alguien que quiere desestabilizar la municipalidad. Como ahora existe una organización que limpia la ciudad y termina con la impunidad y la inmoralidad, hay gente que ha visto cómo sus actividades resultaban afectadas por nuestra existencia y no nos lo perdonan. Quienes nos critican son aquellos que convertían Panajachel en Sodoma y Gomorra. Nosotros hemos terminado con su libertinaje. Hemos sacado a esos hippies improductivos e indeseables que se paseaban, con una guitarra y un libro, de nuestro campo de visión.

Anleu continúa. Va más allá y comienza a contradecirse, pequeñas contradicciones, a menudo. Cada vez que se le pregunta, de la misma manera que Víctor Anleu, su respuesta es diferente.

– Los Encapuchados son vecinos nuestros. No sabemos dónde viven o sus nombres. Pero seguro que son paisanos que reconocen nuestra labor, quizás amigos nuestros. Hemos negociado con ellos, tratando de mostrarles el comportamiento correcto, para que se nos unan y se quiten las capuchas. Quizás los cuatro pendejos que están sentados a tu espalda son encapuchados y ahora nos están mirando.

Me giro y, efectivamente, hay cuatro jóvenes sentados en una mesa. Nos miran. Yo no me había dado cuenta de su presencia. ¿Debería preocuparme?

– ¿Los encapuchados desaparecieron a Luis Gilberto Tián? – pregunto.

–No lo sé –responde. Pero se explaya y coincide con Víctor Anleu en su argumentación: –Él era miembro de la Mara de los Pokemones. Iba tatuado. Luis Gilberto Tián participaba junto a Montejo en secuestros, tráfico de drogas y extorsiones. En esta ciudad hay que luchar contra ellos con muchos huevos. Conozco perfectamente la estructura de su clan criminal pero me da miedo destaparla porque tienen comprada a la Policía y al Ministerio Público. Como no puedo ir a la policía hay que tapar los agujeros de otra manera.

Al igual que Víctor Anleu, Ralón me enseña los sms amenazantes que recibe en el celular. Provienen del mismo número de teléfono que los que recibe Víctor Anleu, vienen firmados por los “Zetas200” y siguen la misma lógica. Amenaza a la familia, alusión a la venganza, y referencia a la cárcel de Mazatenango, donde sería internado en breve, siempre según el mensaje, y de donde no saldría vivo. 

–¿Y no se les habrá ido la mano en ese combate contra el crimen organizado? –le pregunto.

–No. Nunca. De hecho hemos ido siempre a la Policía de la capital para denunciarlo. Nunca nos hemos tomado la justicia por nuestra mano. Pero si apresamos a un delincuente y la policía lo suelta, al salir puede venir por mí. Tenés que entenderlo. Yo solo soy un hombre armado de valor.

En ese momento, recibe una llamada.

–Se llama Blanca y es vecina. Acaban de intentar asaltarla en la playa.

Ralón enciende su radio y comienza a llamar.

–Aquí Omega, ¿alguna torre a la escucha? Torre 12, Torre 12, me copia.

–¿Son ustedes como la policía?

–Sí, pero más efectivos. No sucede casi nada que se nos escape, tenemos a la población protegida.

Las torres son las unidades de patrulleros que vigilan la ciudad. Hay 15. La Torre 12 vigila la playa.

Omega es la base. Juan Manuel Ralón es la base. La persona que centraliza toda la información de lo que sucede en Panajachel por las noches.

–¿Y no vieron cómo un grupo de personas secuestraba Luis Gilberto Tián y a sus dos amigos la noche de la Feria el 4 de octubre, les pegaban una paliza y finalmente lanzaba a Luis al lago? ¿Por qué el día de la desaparición, ustedes, que controlan cada sector de la ciudad, no investigaron la desaparición?

– No. Ese día no trabajábamos, Habíamos acordado con la Policía Nacional Civil que ellos se hiciesen cargo de la seguridad.

Varios testigos a los que se les pregunta por esto lo niegan y dicen que aquel día los miembros de la Comisión Municipal de Seguridad patrullaban con normalidad por Panajachel. La coincidencia entre Ralón y Anleu en la argumentación que les exime de responsabilidad suena a coartada.

– “Mirá, la pita siempre se rompe por lo más delgado. Sacrificaron a uno de los suyos, a un don nadie que fue de ellos y que les sirva para voltear a la población contra nosotros. Yo compro un uniforme de la Policía, mato a alguien y digo que fue la Policía”.

Ahora Juan Manuel Ralón reconoce que fue “de los suyos”, refiriéndose a los mareros. “Fue” es tiempo pasado.

Para terminar, y mientras nos despedimos, le pregunto:

– “¿Sabía que Víctor Anleu me ha dicho que Luis Gilberto Tián tenía tatuajes de la Mara 18? Me extraña porque parece ser que el desaparecido los llevaba escondidos y nadie sabía que iba tatuado. Me extraña que usted haya mencionado también el tema de los tatuajes.

–¿Estás seguro que Víctor te dijo eso?

–Usted también me ha dicho que iba tatuado.

Es evidente que no le ha gustado oír eso. Su cara lo denota. Su prisa repentina también. Se acaba la conversación.

(III) MARTES. Las víctimas de Víctor Anleu y Juan Manuel Ralón.

 

Lorena Caal es la mujer de Luis Tián, el joven desaparecido. No tiene miedo. Además, quiere justicia. Pese a que su situación es lamentable, virtualmente viuda, con un hijo de cuatro años siempre bien agarrado a la mano de su madre, escuchando una y otra vez el relato de lo sucedido, es imposible sentir pena por ellos. La dignidad que trasluce su actitud vence a cualquier otro sentimiento.

–Lorena, ¿su marido era marero?

–No. Yo le conozco desde hace cinco años y nunca se metió en ningún problema. Casi no tomaba. Era un buen marido, un buen padre. Un buen trabajador.

–Lorena, ¿su marido era miembro de la mara 18? Llevaba tatuajes de la mara 18.

–¿Cómo sabe usted eso?

–Me lo han dicho Juan Manuel Ralón y Victor Anleu.

Sorprendida. Inmediatamente se explica:

–Sí. Tenía tres tatuajes. Un uno y un ocho en cada pierna, en los laterales, y dos caras sobre el corazón, una triste y una alegre. Pero nadie podía saberlo porque él se avergonzaba de haberse tatuado. Se los hizo hace diez años y desde que estaba conmigo, él siempre se los escondía. Nadie sabía que los tenía. Hable con su jefe y pregúnteselo a él.

La “Mara Pokemón” de Panajachel a la que Luis Gilberto al parecer perteneció en su juventud se disolvió hace más de ocho años. Antes, incluso, de que Luis Gilberto Tián comenzase a trabajar en un embarcadero del Lago de Atitlán. Cuando Luis Gilberto tenía apenas 16 años. Su crimen más grave fue robar una bicicleta. En una ciudad pequeña, hay estigmas que pueden acompañarle a uno toda la vida.

Llamo a Rafael González, el jefe de Luis Gilberto en el embarcadero de Panajachel de nombre “Cayucos Marina”, uno de los mejores, si no el mejor del lago de Atitlán. Rafael confirma la tesis de la mujer de Luis.

–Trabajaba conmigo desde hace ocho años y medio. Si no le ayudaba yo ¿quién iba a hacerlo? Era un buen trabajador, si le pedía que llegase a las cinco, no se demoraba ni un minuto. Era una persona de total confianza. ¿Cómo iba a dejarle que cuidase las 40 lanchas que amarran aquí y toda la maquinaria, si no fuera honrado y trabajador?.

–¿Iba tatuado?

–Sí. Un amigo suyo que también trabajaba conmigo me lo dijo una vez. Pero a Luis le daban mucha vergüenza sus tatuajes. Él siempre los escondía, nunca dejaba que nadie los viese. Incluso cuando había que meterse en el agua y en verano, nunca se quitaba los pantalones o la camisa. Es imposible que alguien supiese que iba tatuado. Yo nunca se los vi en más de ocho años que trabajó conmigo. Se merecía una segunda oportunidad y me limité a dársela.

¿Por qué Víctor Anleu y Juan Manuel Ralón sabían que Luis Gilberto Tián tenía tatuajes?

Siguiendo la ronda de testimonios de las víctimas, me reúno con Lorenzo Neri en su bar, El Aleph, que ha convocado también a este encuentro a varias de las personas linchadas. Junto a la periodista Lucía Escobar y Gerardo Montejo, Lorenzo Neri es la tercera persona a la que Víctor Anleu y Juan Manuel Ralón señalan como responsables de ese supuesto tráfico de drogas contra el que mantiene su particular cruzada de limpieza social. Su historia, la de Escobar, Montejo y Neri, reproduce la misma tónica. Acusaciones de distribuir droga por parte de la Comisión Municipal de Seguridad y miedo. La enemistad es manifiesta. Pero además ellos pueden explicar, más allá de la cuestión de los tatuajes, qué unía a Víctor Anleu y Juan Manuel Ralón con Luis Gilberto Tián, el joven desaparecido.

–El 21 de julio, veintidós policías con perros entraron en mi casa. Juan Manuel Ralón había llamado diecisiete veces al 110, la policía antinarcóticos de la capital, para denunciarme. Durante la declaración ante el juez, me enteré. En la casa no encontraron ni un cigarrillo de marihuana. Estuve preso quince días. Tenía un arma sin licencia, como tantas personas que tienen un negocio en Guatemala. Y mil dólares en efectivo. En diecisiete años que llevo viviendo en Panajachel nunca había tenido un problema con la ley. Hasta que llegaron ellos. Por supuesto, el juez me liberó –dice Neri.

Lorenzo no tiene la menor duda de que Juan Manuel Ralón es el responsable intelectual de lo que sucede. Además participa en los linchamientos junto a Víctor Anleu. Ellos nunca se ponen capucha. Le explico también la cuestión de los tatuajes de Luis Gilberto Tián. Pese a conocerle, él tampoco le había visto nunca los tatuajes.

–¿Usted le conocía?

–Claro.

–¿Es cierto que el día de su desaparición, la Comisión Municipal de Seguridad no patrullaba?

–El día de la feria estábamos en un bar. “Los encapuchados” le pegaron a un chico que estaba bebiendo. La policía estaba delante. La cerveza del chico salpicó a la policía y sacaron sus pistolas para alejarlos, insultándolos. “Si yo quiero, cerote, le suelto una bala ahorita”, le dijo el policía a uno de ellos antes de disolverlos. Pregúntale a la policía si el 4 de octubre “Los encapuchados” iban cerrando los bares por Panajachel. No podrán negarlo. Pregúntale a cualquiera.

Neri fue testigo del segundo de los linchamientos, el 12 de septiembre, el día posterior a las elecciones, en la Avenida de los Árboles, a pocos metros de su bar. Durante el linchamiento, “Los encapuchados” destrozaron y saquearon la cantina de Estela, madre de Antonio Díaz Escobar, que ahora está refugiado en México.

– “Decile al hijoeputa de Lorenzo que cierre el bar”, recuerda Neri que dijeron. Así comenzó todo. Cuando llegaron los encapuchados tuve que sacar a los turistas y clientes que bailaban dentro y cerrar el local. Hicieron lo mismo con el resto de locales de la calle. Nos quedamos fuera, mirando.

La historia, según esta versión, tiene más de rencilla personal que de limpieza de la droga que corre por la ciudad.

–Aparentemente, el problema comenzó porque el hijo de Estela, el que tuvo que huir y ahora está en México, asustado y no se atreve a regresar, había golpeado con su carro a la hija de Víctor Anleu. Teóricamente iba bebido y la golpeó con su carro. Él dice que fue sin querer. Ella, la golpeada, también dice que fue un accidente.

Estela Llorca, la mujer golpeada, que perdió su negocio y vio como su hijo tenía que abandonar la ciudad, acaba de sumarse, con su marido, Byron Eduardo Díaz, a la conversación. Estela llora.

–Eran las 21.30. Los únicos que no iban encapuchados eran Anleu y Ralón, que dirigían al resto de personas, encapuchadas. Llegaron a la puerta y empezaron a pedir a gritos que les entregase a mi hijo. Eran más de cien.

–Esto se va arreglar porque les vamos a enseñar a respetar, decía Anleu. Primero sacamos a los mareros que beben en su cantina y luego a sus hijos.

–Golpearon a varios de los clientes. A Sergio y a Carlos, casi los matan –continúa Estela. –Dos patrullas de la policía estaban en la calle, mirándolo todo desde dentro de sus carros. Con las puertas cerradas. “Los encapuchados” amenazaban con volcarlas. Decidí cubrir a mis dos hijos y salir corriendo hacia las patrullas de la policía. Nos golpearon a los tres. La policía no nos abrió las puertas. Las palizas a mis hijos y a un bolo que estaba dentro de la cantina fueron tremendas. Dentro lo destrozaron todo, los frigoríficos, las mesas, la mercancía.

Y aquí introduce al desaparecido en la historia.

–Luis Gilberto Tián estaba presente, salió en mi defensa. Había vivido con nosotros cuatro años cuando se quedó huérfano. Era como un hijo para nosotros. Le pegaron también. Efraín Anleu, el hijo de Víctor, le dijo que no se metiese, que andaban pendientes de él, que sería el siguiente. Delante de mucha gente. Después desapareció. Aquel día, el 12 de septiembre, en el gimnasio de Panajachel estaba alojada la policía que había venido a garantizar la seguridad de las elecciones. Había decenas de policías. Les llamamos pero nunca vinieron. No sabemos por qué.

Tres semanas más tarde, Luis Gilberto Tián desapareció. Después de haber sido apaleado ya en una ocasión por el hijo de Víctor Anleu durante un linchamiento que este dirigía y después de que mucha gente escuchase cómo le amenazaban directamente.

Byron, el marido de Estela, la dueña de la cantina saqueada y padre de los linchados, completa el relato.

–Antes de que comenzaran todos estos problemas, todos éramos no solo vecinos sino amigos de esta gente. Víctor Anleu es el padrino de mi hijo. Todos juntos comenzamos a patrullar en el barrio durante la tormenta Ágata. El problema surge en el momento en que comienzan a encapucharse y algunos lo dejamos. Entonces comenzaron a llamarnos cobardes y nos convertimos en sus enemigos.

Lorenzo dejó de patrullar; Byron dejó de patrullar; una tercera persona con un cargo institucional, que no quiere ser nombrada, lo dejó también. Todos siguiendo el mismo rechazo a cubrirse la cara.

–Luego, el problema de Anleu y Ralón con Gerardo Montejo se incrementó –continúa Byron. –Le debían mucho dinero y decidieron quitárselo de en medio argumentando que vendía drogas. Son unos envidiosos. Todo aquel a quien le va bien es un vendedor de drogas o un enemigo.

La familia puso todos los hechos en conocimiento de la justicia. El día 16 de septiembre, la fiscalía de distrito de Sololá, mediante la diligencia MP086–2011–1778 emitió una orden de protección para la familia. La policía no tiene medios para aplicarla. Nadie se ha comunicado con ellos, que tienen miedo desde entonces. Los encapuchados continúan campando a sus anchas por la ciudad de Panajachel. Esta ciudad que parece estar de espaldas al Lago de Atitlán, el lago tornasol de los tres volcanes, las montañas, las energías, los doce pueblitos, donde Antoine de Saint–Exupéry se inspiró para escribir El Principito. El Cerro de Oro, en las faldas de los volcanes, por ejemplo, dicen que lo inspiró para el dibujo del primer capítulo en el que el niño dibuja un elefante dentro de una boa y los adultos creían que era un sombrero. Los Encapuchados consiguen que toda esa maravilla, toda la belleza sublime del Lago de Atitlán, quede muy lejos de Panajachel.

A los relatos y denuncias como testigos, víctimas o periodistas de Lucía Escobar, Lorenzo Neri, Estela Llorca y Byron Díaz que incriminan directamente a Juan Manuel Ralón y Víctor Anleu en los linchamientos y en una situación de enemistad manifiesta con el desaparecido Tián, se le suma la historia de Edwin Ernesto León, que relaciona todo con la figura de Gerardo Montejo, el hombre más odiado por Anleu y Ralón.

León es un joven maestro de artes plásticas que habla en su nombre y en el de su amigo Francisco de León. Explica la denuncia puesta en conocimiento de las autoridades municipales y departamentales y ratificada como cierta por la diligencia 474–2011 de la patrulla de la Policía Nacional Civil número SOL–D39.

A ellos, el 9 de julio, y al grito de “los rockeros nos valen verga”, también los lincharon.

Esta es la secuencia de los hechos: dos jóvenes caminan por la calle. Alguien, desde las patrullas de la Comisión de Seguridad y sin capucha, les escupe, se giran. ¿Qué sucede? Aparecen los encapuchados. Comienzan los golpes por la espalda. Escuchan cómo las radios convocan a las Torres, es decir, a más patrulleros encapuchados, y son trasladados por decenas de personas en medio de una soberana paliza hasta el puente de la amistad. Allí son castigados con inmersiones en aguas negras, apedreados y finalmente alguien, con un machete, les corta las melenas. Todo sucedió, una vez más, ante la mirada silenciosa de la Policía Nacional Civil.

– “Los policías estaban ahí, de lejos, como si nada. Cuando logramos llegar hasta ellos lo que hicieron fue esposarnos y permitir que los encapuchados siguieran pegándonos en la palangana del picop. Luego, cuando ya estábamos detenidos, los encapuchados estaban tan tranquilos en la comisaría, con sus bates de béisbol y machetes. Antes de irse nos dijeron, delante de de los policías que “si algo le pasa a alguno de nosotros, vamos a ir a sacarlos de sus casas y los vamos a quemar”. 

Los linchados han identificado ante la justicia a cuatro de las personas que les lincharon. No tienen dudas. Anleu padre y Anleu hijo junto a Ralón  estaban en el grupo.

–¿Por qué?

–Lo presentan dentro de su cruzada moralista. Rockero, melenudo, hippie o consumidor de drogas, como hacen siempre. Pero te explico. Mi padre tiene varias casas en propiedad en Panajachel y las alquila. Como él no vive aquí, a veces yo soy el que cobra el alquiler. Gerardo Montejo vivía alquilado en una de nuestras casas. Yo le cobraba el alquiler. Me lo pagaba en efectivo. Eso es suficiente para que me acusen de pertenecer a su red de lo que sea.

Tras agradecerles el valor implícito a sus testimonios, a cara descubierta y nombre completo, asumiendo la posibilidad de represalias, salgo corriendo en dirección a una reunión de la Comisión de Turismo de Panajachel que tiene lugar en el Hotel Don Rodrigo.

Llego a mitad del discurso de Ralón, que busca apoyos entre los miembros de la Comisión, acompañado de Teresa Coello.

Ralón ha cambiado de opinión varias veces. Si primero comenzó diciendo en la entrevistas que concedía que las capuchas se debían exclusivamente a la necesidad de protegerse del frío nocturno, posteriormente, comenzó a hablar de grupos incontrolados a los que ellos, miembros de la Comisión de Seguridad no podían convencer de que se descubriesen, pero con quienes trabajaban en la dirección de integración en la Comisión de Seguridad Municipal; ahora, en público y en una reunión convocada por la Comisión de Turismo de Panajachel, culpa directamente a Gerardo Montejo, el presunto narcotraficante, de organizarlas para desacreditar el trabajo de la Comisión de Seguridad.

Juan Manuel Ralón contextualiza ampliamente todo lo que sucede y se explaya "sin pelos en la lengua". Da su versión, cambiante, de los mismos hechos ante un público silencioso que de ninguna manera puede ni quiere enemistarse con él. La Comisión de Seguridad resuelve: “Emitamos un comunicado que trate de tranquilizar al turismo”.

En privado, se repite la escena que ya hemos vivido mientras conversábamos con la policía. Todo el mundo asiente, con miedo y discreción, hablando bajo, mirando hacia atrás. Una vez más, la silenciosa Teresa Coello, que tanta discreción genera con su presencia, pulula por los alrededores. Aún así, el comentario es unívoco. “Ya sabemos que él está detrás de todo pero qué quiere que hagamos, no somos la policía. Ni podemos hacer nada ni es nuestra labor”.

Al terminar la reunión, Ralón se acerca a mí.

–¿Está seguro de que Víctor Anleu le dijo que el desaparecido estaba tatuado?

–Sí –respondo.

Es la segunda vez en menos de 24 horas que se delata ante mí. ¿Por qué le importa tanto ese detalle? ¿Es acaso lo que podría implicar a sus hombres en la desaparición?

Solo quien le haya visto sin ropa podría saber que Luis Gilberto Tián estaba tatuado. Él lo sabe.

(III) MIÉRCOLES. Gerardo Montejo y el Ministerio Público.

Son las 8.30 de la mañana. Me siento a esperar en el Pollo Campero de Sololá. Tengo una cita con Gerardo Montejo, la primera persona a la que “Los encapuchados”, dirigidos a cara descubierta por Juan Manuel Ralón y Víctor Anleu  lincharon en Panajachel. A Gerardo, además, le saquearon y cerraron tanto el Jack’s café como la casa en la que vivía con sus cinco hijos antes de golpearlo hasta la antesala de la muerte y perdonarle la vida a cambio de que aceptase abandonar Panajachel. Le acusaban y acusan de ser “el narco de la ciudad” y estar detrás de todo lo que sucede allí, desde el tráfico de drogas hasta las extorsiones y secuestros. Ahora resulta también que es el responsable de los Encapuchados.

Me llama por teléfono. 

– “En ese lugar hasta los perros oyen, te llevaré a un sitio más discreto. Salí a la calle y esperáme. Llego en un carro negro”.

Da dos vueltas a la cuadra y me subo al carro. Para bajarnos unos metros más allá. En un restaurante de Sololá nos están esperando. En el piso de arriba, vacío, dos camareros colocan para nosotros una mesa y dos sillas, el mantel y los cubiertos. Después cierran una cortina y se van, dejándonos solos.

–Nací en Huehetenango, hijo de pastores evangélicos con pocos medios. Soy un hombre soñador que toda su vida ha luchado por escapar de la pobreza. Llegué a Panajachel en 1990, con dieciséis años. Viví allí hasta que me lincharon este año. Allí evolucioné, crecí y me formé. Soy contador. Trabajé en dos empresas, DHL y La Curacao. Fui fletero, conductor de un mototaxi, vendí electrodomésticos. Me tracé una serie de metas personales. La primera, no trabajar a las órdenes de nadie. Así comencé a plantear mi futuro. Generando una serie de negocios formales e informales (ésta, “negocios formales e informales”, es una expresión pactada entre el entrevistador y el entrevistado, que no quiere ahondar en los detalles). Yo sabía que vos querías un celular, entonces buscaba a alguien que lo vendiese y se lo conseguía y me sacaba una comisión.

Gerardo habla con locuacidad. Me cuenta su vida.

–Lo que me lanzó al éxito fue el carisma. Yo no envidio a nadie. Si veo a alguien que pasa delante de mí con gran carro me digo: Gracias Señor, por habérselo concedido, ayúdame a mí a conseguirlo también. Así es cómo crecí como ser humano y como empresario. Gané mucho dinero.

E introduce a Ralón en el relato:

–Ralón comenzó a conseguir contratos de obra pública en Panajachel. Éramos  amigos. Comenzó a tener problemas económicos. Allá por 2006 empezó a pedirme dinero prestado. Al principio me lo devolvía, luego dejó de hacerlo. Ralón no es un buen empresario. Es envidioso y rencoroso. Tenía a muchos patojos trabajando para él y no les pagaba. Yo le prestaba dinero. Podía pedirme 10 mil quetzales por semana.

–¿De cuánto dinero estamos hablando?.

– De 30 mil o 40 mil quetzales.

–¿Cómo se torció todo?

–Cuando llegaron las elecciones anteriores, las de 2007, él se presentaba como candidato a la alcaldía por el FRG. Vino a mi casa. Se sentó en mi sala, mi mujer le ofreció un refresco. Me pidió que le vendiese un arma. ¿Para qué?, le dije. Si no sabés usarla ni podés pagarla. Me sacó la chequera. Con eso te podés limpiar el culo, si yo ya sé que nunca tenés dinero, le dije. Entonces me preguntó que cuanto le cobraría por matar a Abraham Mayén, su rival político, que acababa de ser elegido alcalde de Panajachel.

–¿Puedo escribirlo tal y como me lo cuenta? –le pregunto.

–Sí.

–¿Qué le contestó?.

–¿Me ves cara de matón?, le dije. Lo eché de mi casa. Yo siempre quise ser militar. Pero mi papá no pudo darme esa carrera por falta de medios. Tengo mucho apego por las armas, un apego frustrado que nunca pude cumplir. Pero no estaba dispuesto a mandar matar a alguien que no me había hecho nada.

–Y con Víctor Anleu me pasó lo mismo. Todavía tengo en mi casa muchas de sus herramientas de escultura empeñadas. Éramos amigos también. Hasta que la deuda que tenía conmigo era grande y decidió no pagarla.

–¿Para qué le pedía el dinero? ¿De dónde salía esa deuda?

–Me pedía dinero los domingos cuando hijo se iba a la capital a estudiar.

–¿Usted le vendía drogas? ¿Es una deuda por drogas no pagadas?.

–No.

Aquí, tres testimonios le contradicen y señalan que Víctor Anleu es, o al menos fue, un consumidor habitual de drogas, como tantos otros miembros de su generación de artistas en Panajachel. Varios entrevistados coinciden con que los moralistas Ralón y Anleu, examigos de Montejo, eran clientes del bar–prostíbulo Jack’s.

Los testimonios, coincidentes, son de personas que lo afirman en momentos diferentes. Dicen los testigos que cuando Gerardo Montejo fue linchado y su bar, el Jack’s Night Club, fue cerrado por la fuerza, el menudeo pasó de este lugar a un bar llamado La Iguana, propiedad de los hijos de Juan Manuel Ralón y vecino, en competencia directa del bar del que Lorenzo Neri es propietario, El Aleph. Por eso, según esta versión, van también contra Lorenzo Neri.

La historia va cerrando. Quizás la campaña de limpieza social que “Los Encapuchados” desarrollan en contra del tráfico de drogas no sea en su germen más que una serie de rencillas personales basadas en deudas no pagadas y en la competencia por determinado tipo de negocios ilícitos, mezclado con un choque de culturas.

–¿Es usted traficante de drogas, señor Montejo?

– “No tengo ningún antecedente penal. Yo soy estudiante de derecho y empresario. Si fuera traficante de drogas, la justicia ya me habría encarcelado hace años. Ralón, igual que hizo contra Lorenzo, presentó denuncias contra mí en la división antinarcóticos de la capital. Ni siquiera entraron en mi casa y ahí se terminó todo”.

Ralón argumenta en público y en privado que Montejo le paga a la policía y al Ministerio Público para que la Ley no le moleste. Mi pregunta es la siguiente, si es verdad que Montejo tiene comprada a la policía y a la justicia, ¿por qué la policía permitió su linchamiento y no se ha producido ninguna detención por ese ataque?

Gerardo Montejo continúa con su historia.

–Crecí en la calle. Monté un negocio. Me fue bien. Monté otro. Me fue mejor. Me lancé a las nubes. En cuatro años levanté todo mi patrimonio. Ahora “Los encapuchados”, Juan Manuel Ralón y Víctor Anleu, lo han destruido. Ayer tuve que vender mi Ipad para conseguir dinero. Estoy arruinado. Tenía cuatro carros, solo tengo uno, tenía tres motos, no tengo ninguna.

–¿Qué sucedió el día del linchamiento?

–El 15 de marzo, después de estar todo el día estudiando con mis compañeros de universidad, fui al gimnasio para reunirme con uno de los equipos de basket que patrocinaba. Después, como todos los días, en torno a las 22.30 me fui a trabajar al Jack´s Night Club. El guardia de la puerta me dijo que preguntaban por mí. Eran Víctor Anleu y Juan Manuel Ralón con cuatrocientos encapuchados detrás. “Vos tenés problemas aquí, con toda esta gente”, me dijo Ralón mientras cerraban la puerta y me rodeaban. Mandaste a robar una televisión de 14 pulgadas y una bombona de gas y nos confesaron. “Esto es un show de ustedes. ¿A qué voy a mandar a robar una televisión si en mi casa tengo cinco plasmas de 52 pulgadas. Si tenés un problema, andá a hablar con la justicia”, le contesté y comenzaron los golpes por todas partes. Me agarraron a palazos y me llevaron hasta la casa. La patrulla número 33 de la Policía Nacional Civil estaba presente. Cuando comenzó el ataque, corrieron a encerrarse en la Comisaría. Primero sacaron a  mi mujer, embarazada de seis meses, y a las cuatro niñas de la casa, después la saquearon y se robaron todo. También robaron todo lo que había de valor en el bar. Después, a cadenazos, con bates y tuberías, me llevaron hasta el puente de La Amistad. Me tiraron al río y comenzaron a lapidarme. Pensé que iba a morir. “Ese hijoeputa nos está viendo las caras, voltéenlo”, decían algunos. Perdí la conciencia y me desperté escuchando la voz de Juan Manuel Ralón que negociaba con mi hermano. “Te vamos a dejar vivo pero te tenés que ir del pueblo con toda tu familia sin llevarte nada”, propuso Ralón a cambio de no matarme. Acepté.

Ralón lo entregó a la Policía, que lo detuvo durante dos días. Linchado y detenido. “Me tuvieron más de dos días sin recibir atención médica. Ralón estaba parado delante de la Policía, apuntando a quienes venían verme y a traerme comida. Los dos patojos que me habían acusado de encargarles robar confesaron que a ellos también les habían pegado para inculparme. El linchamiento fue un martes. Cuando el jueves me trajeron a la Audiencia de Sololá, el Juez me puso en libertad. Los patojos contaron que a ellos les habían amenazado con lincharlos si no declaraban contra mí. Puse la denuncia. Desde entonces han pasado ocho meses y la justicia no ha hecho nada”.

Gerardo Montejo odia a Juan Manuel Ralón y a Víctor Anleu. Y ellos lo odian a él.

–Se voltearon contra mí, como con tantos otros durante la Tormenta Ágata porque yo fui uno de los que se negó a salir a patrullar con ellos y encontraron la excusa perfecta para liberarse de sus deudas conmigo quitándome de en medio y volteando a toda la ciudad contra mí. Es de natural humano ser desagradecido con quien te ha servido. Daba trabajo a diecinueve familias de la ciudad que ahora están desempleadas. Nunca dejé de pagar un salario. Colaboraba con la comunidad para compartir mi bienestar con la gente. Patrocinaba dos equipos de basket con sus equipamientos, togas de graduación para las escuelas, medicamentos para cualquiera que llegase hasta la puerta de mi casa, el árbol de navidad de la iglesia católica aunque yo soy evangélico. Ese fue mi error. Me convertí en una casa de beneficencia y eso desató las envidias.

Gerardo Montejo está harto. Por un lado tiene miedo. Por otro, siente rabia y frustración. Camina armado.

“Mucha gente en Panajachel dice que habría sido mejor matarme porque ahora son ellos los que tienen miedo. Como alguien se me acerque, voy a atacar. No sé lo que soy capaz de hacer”.

Anuncia que en quince días regresará a Panajachel. “Como la justicia no existe, he decidido volver a mi casa. Ya hay varios obreros arreglándola y pintándola. La Ley de armas y municiones me permite tener un arma de defensa personal y dice también que soy intocable en mi residencia habitual. No he querido actuar hasta ahora como el Montejo que todos pintan, no regreso para vengarme, pero quiero regresar a mi casa y abrir mi negocio. Hablé con mi mujer y mis hijas. ‘Si vive uno, vivimos todos’, les dije y regresamos con esa mentalidad. La primera noche que vengan a interrumpir la paz en mi casa, va a correr sangre“. 

(IV) MIÉRCOLES TARDE. Benedicto Tenas. Fiscal del Ministerio Público de Sololá.

El miércoles por la mañana, mientras me dirigía a la sede del Ministerio Público de Sololá, Juan Manuel Ralón, Víctor Anleu y un tercer hombre, identificado como David Argueta, miembro también de “Los encapuchados” se dirigían al mismo lugar. Le entregaron al Fiscal del Ministerio Público tres nombres de “presuntos responsables” de la desaparición de Luis Gilberto Tián. No puedo evitar relacionar las preguntas en torno a los tatuajes del desaparecido con la premura para entregarle a alguien a la justicia.

A primera vista, Benedicto Tenas, Fiscal de Sololá, parece el Fiscal incorruptible del cine negro de los años cincuenta. Ese hombre de mediana edad, vestido de negro, serio –más que serio, recio– de rostro inescrutable y ceño fruncido, se limita a escuchar y tomar nota en un despacho pobremente habilitado. Parco en palabras, sorprende por su claridad.

–La gente que cuenta todas esas cosas después no pone denuncias por una mezcla de cobardía y miedo”, me espeta. “Vamos a intensificar el trabajo aunque las propias víctimas no colaboren. La colaboración que recibo es mínima. Tengo investidura legal para perseguir pero me encuentro con un muro de silencio por parte de las víctimas. Pese a que les ofrezco el programa de testigos protegidos, no cuentan aquí lo que cuentan fuera. En todo caso, esperen un poco de tiempo para ver el avance del Ministerio Público.

El Fiscal pide mis datos personales. Su reacción es habitual en Guatemala y no me extraña.

–Le voy a llamar a testificar a usted para que me cuente todo lo que sabe.

–Voy a escribirlo todo en un reportaje, irá firmado con mi nombre y circulará por internet. Como periodista no tengo obligación de declarar sobre mis fuentes pero si puedo colaborar con la justicia, no me importará hacerlo –le contesto, dudando sobre lo oportuno de mi reacción, que inmediatamente percibo errónea ya que podría llevarse por delante uno de los principios fundamentales del periodismo, que es el respeto a las fuentes.

A Gerardo Montejo le dice, delante de mí: “a usted también le voy a meter el clavo si tiene alguna cuenta pendiente con la justicia”. 

(V) VIERNES. Lucía Escobar. Periodista amenazada.

El viernes recibo una llamada telefónica de Lucía Escobar, periodista de elPeriódico y directora de Radio Ati y Revista Ati.

–Ayer un noticiero del canal PanaDish, propiedad del alcalde de Panajachel, Gerardo Higueros, transmitió una entrevista en vivo con integrantes de la Comisión de Seguridad, Juan Manuel Ralón incluido, y el comisario de la Policía Nacional Civil (PNC). Me acusaron de traficar drogas. He recibido varios mensajes en el celular diciéndome que saque toda la mercancía de la casa porque esta noche vienen por mí.

El mismo viernes, Juan Manuel Ralón le dijo por teléfono a un periodista que llamaba desde el extranjero para interesarse por el caso de Lucía:

–Si ella anda hablando con base en lo que la gente le dice, nosotros también podemos hablar de lo que la gente nos cuenta.

A Lucía le han hecho llegar a través de terceras personas varios mensajes amenazantes de “Vas a terminar en el fondo del lago”. Así, precisamente, terminaba ella su columna del pasado 18 de octubre en elPeriódico: “Yo acuso a Juan Manuel Ralón, Víctor Anleu, Teresa Cohello y a la Comisión de Seguridad de Panajachel por haber representado y defendido a los encapuchados en más de una ocasión, también a Gerardo Higueros, alcalde de Panajachel; a Elena Ujpan Yojcom, gobernadora de Sololá; y a Carlos Menocal, ministro de Gobernación, porque su indiferencia y omisión los hace cómplices de asesinato y tortura. Si la próxima en descansar en el fondo del lago más lindo del mundo con piedras amarradas al cuerpo soy yo, ya sabrán a quién culpar”.


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El espacio para las mochilas de los estudiantes permanece vacío la mayor parte de tiempo.

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