Cerrar

x
Menú
Facebook Facebook
Buscar
Ayuda
Entre bibliotecas, librerías y ferias: a propósito de la Filgua
Ir

Entre bibliotecas, librerías y ferias: a propósito de la Filgua

redes sidebar
Tipo de Nota: 
Opinión
7 07 18

Read time: 3 mins

«No leas mucho porque ningún hombre se va a fijar en ti», me dijo una de mis tías cuando me vio sumergida en las páginas del tomo con pasta dura de Moby Dick.

Yo, de 11 años, levanté la vista con la mente aún puesta en las palabras de la tormenta en el mar que estaba leyendo y me le quedé viendo mientras ella terminó contundente: «A los hombres no les gustan las mujeres que leen». Bajé la mirada y seguí con la lectura. En ese momento no presté atención al significado de lo que me dijo, pero esas dos frases tuvieron un gran impacto en mi vida. Primero, porque le creí. Y segundo, porque no dejé de leer, pero sí me quedó la sensación de estar haciendo algo que no me beneficiaría.

Pese a ello, los libros fueron el refugio de mi pubertad y adolescencia, pues me creía un poco como cada uno de los protagonistas de las obras. Fui Jo Marsh y Anna Frank, Aspasia y Cleopatra, Magdalena y Fabiola, Desdémona y Dulcinea, Anna Karenina y Natalia, Enrique Bottini y David Copperfield, Robinson Crusoe y Miguel Strogoff, Raskolnikov y Gregorio Samsa, Henri Charrière y Valentín Ochaeta, Siddhartha y Frodo y muchísimos más que fueron dejando en mí un poco de su esencia.

Así pues, los libros usados que mi papá me llevó como regalo el noviembre en que murió mi abuela materna para que me entretuviera se acabaron pronto. No había biblioteca en el colegio donde yo estudiaba, por lo que me tocó leer de prestado. Leía los que conseguía mi papá, que devoraba a escondidas, y los que me prestaban a mí. Mi mamá, preocupada por lo pálida que estaba yo, me insistía en que por lo menos de vez en cuando saliera al jardín de la casa o a la calle «para que me diera el sol». Iba a apagar la luz de mi habitación para que no siguiera leyendo de madrugada porque en ese entonces acostumbraba dormirme hasta finalizar el libro sin importar la hora. Estas situaciones llegaron a tal extremo que para mí se convirtieron en una verdadera tortura: por eso a mis 13 soñaba con que me dejaran encerrada en una biblioteca donde nadie me molestara y yo pudiera acceder a miles de libros sin ninguna restricción.

[frasepzp1]

Ahora sigo teniendo esa sensación de pérdida de tiempo cuando no puedo leer lo suficiente. Mi mundo está lleno de palabras: soy, me represento, me expreso, me identifico con ellas. Con las ajenas y con las propias. Soy quien soy por los libros.

Así, cuando voy a una biblioteca, siento que estoy en el paraíso. Cuando visito una librería, es como si de pronto habitase en el centro mismo de la felicidad. Pero, cuando voy a una feria del libro como la Filgua, donde por unos días se conjugan la biblioteca y la librería en un solo lugar y donde además hay hermosas novedades literarias y científicas, nada más asombroso que esa sensación inenarrable que me provoca el estar entre tantos libros reunidos. Paso las horas viendo las portadas, tomando un libro entre las manos, leyendo la contraportada, imaginando su contenido, sintiendo ese olor único de las páginas entintadas. Y así con uno y otro libro hasta que me decido por algunos.

Una vez que llego a casa, el ritual siempre es el mismo: coloco los libros sobre el escritorio, los acaricio con la mirada y con las manos, leo entre líneas, deslizo los dedos entre sus páginas y finalmente los coloco a la vista en un lugar privilegiado solo para ellos. Así, cuando regreso de la calle, cuando entro y los veo, los libros me hacen sentir que, por muy sola que esté, por muy grave que haya sido lo que me ha ocurrido, por muy terrible que sea el mundo afuera, en realidad estoy acompañada: allí esperándome están mis cómplices, mis refugios, mis aliados, los libros.

Cuando voy a una biblioteca, siento que estoy en el paraíso. Cuando visito una librería, es como si de pronto habitase en el centro mismo de la felicidad.
Autor

NOTA:
Las opiniones expresadas en este artículo sonresponsabilidad exclusiva del autor. Plaza Pública ofrece este espacio como una contribución al debate inteligente y sosegado de los asuntos que nos afectan como sociedad. La publicación de un artículo no supone que el medio valide una argumentación o una opinión como cierta, ni que ratifique sus premisas de partida, las teorías en las que se apoya, o la verdad de las conclusiones. De acuerdo con la intención de favorecer el debate y el entendimiento de nuestra sociedad, ningún artículo que satisfaga esas especificaciones será descartado por su contenido ideológico. Plaza Pública no acepta columnas que hagan apología de la violencia o discriminen por motivos de raza, sexo o religión
Autor
a
a
Plaza en 1 minuto (más o menos)
Si nos conoces pensarás que la síntesis no es nuestro fuerte
pero nos esforzamos por mandarte un resumen semanal. Casi siempre.