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Cuando el miedo a quedarse sin nada es más fuerte que la amenaza del volcán
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Cuando el miedo a quedarse sin nada es más fuerte que la amenaza del volcán

Según Conred, hay 12,277 desplazados. Podrían ser más. Deberían ser más, según Julio Sánchez, uno de sus voceros, que considera que todos los alrededores del volcán tienen que estar vacíos.
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Cientos de personas se mantienen en las aldeas aledañas al volcán de Fuego que no fueron dañadas tras la erupción. La Coordinación Nacional para la Reducción de Desastres (Conred) sigue enviando equipos para convencerles de evacuar la zona. Pero en caseríos como San Felipe, la mayoría opta por no abandonar sus viviendas por miedo a ser víctimas de robos.

Inés Martínez tiene 50 años y mucho miedo. Está sentada el porche de una tienda en el caserío San Felipe, en las faldas del Volcán de Fuego, del lado del municipio de Siquinalá, Escuintla. Está contrariada. No sabe qué hacer. A mediodía, un equipo de 11 bomberos voluntarios ha llegado a la población, donde residen 250 familias, y ha organizado el reparto de víveres y ropa para mujeres y niños. Apenas dos horas después, dos picop de la comisión de apoyo a la Coordinación Nacional para la Reducción de Desastres (Conred), formado por también por bomberos y otros voluntarios, llegan para explicar que la zona no es segura. Que el volcán todavía está activo, que las casas están muy cerca del río y pueden desprenderse lahares. Les piden que se marchen, que si se quedan, lo hacen bajo su responsabilidad. Martínez no sabe qué hacer. Tiene miedo de que si abandona el lugar, si lo abandonan todos, las casas sean saqueadas y pierda lo poco que posee. Lleva toda su vida aquí y dice que jamás ocurrió un desastre semejante, que no cree que pueda llegar hasta San Felipe, que mejor se queda y guarda lo que es suyo.

No es la única. En San Felipe saben lo que ha ocurrido en San Miguel Los Lotes, a escasos siete kilómetros, donde el número de víctimas mortales ya supera el centenar, pero el miedo a perderlo todo va más allá de la lava.

“Si uno se va, los amigos de lo ajeno no le dejan nada”, dice Martínez.

Sobre las faldas del volcán de Fuego, que abarcan los departamentos de Sacatepéquez, Escuintla y Chimaltenango, se han asentado 21 de comunidades en las que habitan más de 50 mil personas. Los pobladores saben del peligro que representa vivir en esa zona por la persistente actividad del volcán, pero la pobreza que afecta a la mayoría de los vecinos les impide tan siquiera pensar en la posibilidad de buscar sitios más seguros. El Estado voltea a verlos solo cuando el Fuego les recuerda su existencia.

Según Conred, hay 12,277 desplazados. Podrían ser más. Deberían ser más, según Julio Sánchez, uno de sus voceros, que considera que todos los alrededores del volcán tienen que estar vacíos.

No es el caso de San Felipe. A esta comunidad se accede a través de un camino de terracería desde El Rodeo, la aldea más brutalmente castigada por la actividad volcánica. Para llegar hay que atravesar tres ríos. Son el camino natural para la lava, por donde bajan los lahares, lo que suele provocar la incomunicación del caserío. El paso ya está transitable, aunque con dificultades. Las lluvias torrenciales de los últimos días incrementan el riesgo de deslave. Ríos como el Jute, el primero que se atraviesa, son un paisaje lunar que se abre paso en medio de la vegetación.

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El camino a través de la ladera es un peregrinar de picops en ambas direcciones. Los que se acercan a las comunidades llevan ayuda humanitaria: comida, ropa, agua. Los que enfilan hacia El Rodeo, acarrean a quienes quieren ser evacuados a algún albergue en Escuintla. Esta es una de las caras “b” de la erupción. La de las comunidades que podrían verse afectadas, que nadie asegura que no lo sean en el futuro, pero que quedan en segundo plano ante la magnitud de la tragedia de sus vecinos.

Todo el trasiego se realiza de forma descoordinada. Por poner un ejemplo. Miembros de una iglesia de San Miguel Petapa conducen cargados de bolsas con aguas. Según dicen, decidieron emprender este camino en una reunión en el templo, sin coordinar con Conred, solo convencidos de que aquí hay necesidad. Por el camino se cruzan con camiones que transportan a los que cuatro días después de la erupción han tomado la decisión de ser abandonar el lugar, y algún vehículo militar que inspecciona los alrededores.

“Nos vinieron a regalar unas cosas porque en las tiendas ya no tenemos, no tenemos qué comer, cómo ir a comprar”, dice Sofía Hernández, de 25 años.

En San Felipe, 11 bomberos voluntarios, apoyados por comunitarios, han organizado una fila de reparto de alimentos y ropa.

“Directamente no llegó la lava”, dice Hernández, “pero sí estamos en peligro, porque sigue bajando”. Reconoce que nunca sintieron el riesgo hasta que les vinieron a evacuar.

“No nos quisimos ir, porque es triste dejar nuestras casas. Gracias a Dios no ha pasado nada”, dice.

A partir de aquí entramos en esa ceremonia de la confusión que rodea al volcán.

Unos dicen que personal de Conred vino a instarles a abandonar el lugar. Otros, que solo eran rumores que escucharon en los noticieros. Una mujer media y asegura que, a pesar de haber sido invitados a evacuar, nadie vino con un medio de transporte para facilitarles el traslado.

“Nos iban a venir a traer pero no vinieron. Somos mucha gente a acarrear. Se tapó el paso allá (señala hacia la terracería) porque llegó la lava. Dicen que nos van a llevar y esperando estamos”, asegura Lizbeth Hernández, de 42 años, nacida en San Felipe. “Tenemos miedo. A nosotros nos dijeron que tuviéramos cuidado, que estuviéramos alerta. Pero no tenemos carro, ni buses. No nos han dado ayuda”, lamenta.

A Lucernas, una comunidad cercana, sí ha llegado ayuda, “pero no aquí”, protesta.

El caos que rodea a todo lo relacionado con la erupción del volcán facilita que surja la sensación de agravio comparativo.

“Ya tendrían que haber evacuado. Los que se quedan lo hacen por su propia responsabilidad, pero no podemos obligarles a salir”, dice Julio Sánchez, vocero de Conred. Afirma que toda la zona está considerada en riesgo. Que ahora el peligro no es tanto una nueva erupción como el descenso de lahares. “Todas las barrancas están llenas de material volcánico. El riesgo que se corre es resultar afectado por un lahar que no tome la dirección habitual”, explica. Recordemos que, además de su brutalidad, una de las características de la erupción del domingo es que expulsó el material volcánico por vías que no eran habituales.

Acostumbrados a los ruidos provocados por el volcán, quienes habitan en sus inmediaciones experimentan una falsa sensación de seguridad. A todo se acostumbra uno.

“Esta es una zona de riesgo y, sin embargo, todavía hay gente residiendo ahí. Solo se puede recomendar, no se puede emitir una orden de desalojo. Hay gente que dice que nació ahí, que nunca ha pasado nada y que no quiere marcharse”, dice Sánchez. Pone el ejemplo de una víctima en San Miguel Los Lotes, que le contó cómo, cuando empezaron a escuchar los estruendos hacían bromas sobre coger la mochila de las 72 horas y salir corriendo del lugar. Se habían acostumbrado tanto al ruego, que relativizaban el riesgo.

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Todavía hoy, cuatro días después de la gran erupción, había grupos de apoyo a Conred recorriendo las comunidades e instando a los vecinos a desplazarse a los albergues ubicados en Escuintla.

Eso fue lo que ocurrió en San Felipe.

Pasado el mediodía, cuando los bomberos de Champerico no habían terminado de entregar las bolsas humanitarias, dos picops llegan al caserío. Son integrantes de una comisión de apoyo. Reúnen a los presentes, casi todas mujeres (“los hombres no han podido ir a trabajar por lo que ocurrió y se han quedado en casa”, explica una de ellas), y les repiten el mismo mensaje: es mejor que dejen sus casas por el momento.

“Traemos un camión para evacuar, el que no quiera, será por cuenta de ustedes. Si están decididos, identifiquen a sus hijos, pónganles gafetes con el nombre de los papás y sus datos para poder hacerlo de modo ordenado”, explica uno de los integrantes de la comisión.

Frente a él, medio centenar de personas escucha con rostro de preocupación. La costumbre les dice que aquí no ha ocurrido nunca nada, que las erupciones fueron lo suficientemente lejos como para que apenas llegase ceniza, que marcharse sería exponerse a que alguien les robe todo. Sin embargo, no deja de ser convincente la insistencia de las autoridades en organizar la marcha. Tras la primera exposición se forman grupitos. Todos hablan en voz baja, con sospecha, con incertidumbre.

“Estamos intentando convencerles para evacuarlos, porque puede venir más fuerte la actividad del volcán y sería más difícil el rescate”, dice Rodolfo Clara, de 20 años, integrante de la comisión. “El volcán, si vuelve a hacer otra actividad, puede que agarre por donde fue la primera vez o puede que agarre por otro camino. Lo que andamos haciendo es precaver a estas personas. Nosotros no podemos obligarlos. Ellos tienen temor por sus casas, sus pertenencias, tienen temor de que les roben”, afirma.

La duda sigue instalada en San Felipe y otras aldeas cercanas al volcán. Julio Hernández, de 57 años, reflexiona tras escuchar las indicaciones de la comisión de apoyo a Conred. “Desde el domingo nos dijeron que está cerca la lava. Así, quedándonos, arriesgamos también. Pero no podemos marcharnos. Si no nos quitan las pertenencias… ¿Qué hacemos? Hay que trabajar duro para salir adelante”, considera. En realidad, el riesgo es otro, pero estamos en el reino de los rumores y las informaciones a medias.

Hernández es agricultor. Trabaja en los campos cercanos. Cobra entre Q40 y Q50 por jornal. Por un mes, sin descansar ni un solo día, entre Q1,120 y Q1,440. Muy lejos de los Q2,800 que están establecidos como salario mínimo.

Hernández no sabe qué hacer. Sigue sentado en el porche, mirando hacia los lados, dudando. Hay un camión esperando para evacuarlos pero no lo tiene nada claro. Quienes quisieron marcharse ya lo han hecho. Los que se quedan comprenden los riesgos, pero en este caso, pesa el miedo a quedarse sin nada.

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