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Soldados y niños de la Escuela Oficial Rural Mixta del caserío San Pablo II llevan la bandera nacional para las celebraciones del Día de la Independencia en Semuy II.

Celebración de la independencia en un poblado bajo estado de sitio

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Celebración de la independencia en un poblado bajo estado de sitio

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Domingo 15 de septiembre, a poco más de 200 kilómetros de la capital, la celebración de la Independencia llega a una comunidad sitiada por el Ejército.

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La postal parece recrear la década de 1980, aunque todo ocurre en tiempos de paz. Una multitud de indígenas q´eqchi´, de 22 comunidades de El Estor –del nororiental departamento de Izabal–, fue trasladada en camiones del Ejército hacia Semuy II, el lugar en donde fueron asesinados tres integrantes de la Infantería de Marina el pasado 3 de septiembre.

Decenas de familias han sido reunidas en un campo verde. Tanto visitantes como locales quedan rodeados, pero al mismo tiempo fusionados con cientos de jóvenes con uniforme verde camuflado. El festejo marcial lo organizó el comando que se apostó en Semuy II desde hace once días, con el consentimiento de los alcaldes auxiliares de cada aldea o caserío involucrado. Hubo lo usual: marimba, desfile, antorcha, himno, discursos, estallido de bombas pirotécnicas, de las que retumban hasta el sobresalto.

La descomposición de la usual agenda marcial ocurrió cuando una niña con su voz firme y aguda fue invitada a decir la jura a la bandera.

Bandera nuestra...

A ti juramos...

Devoción perdurable...

Lealtad perenne…

No eran los pobladores sino los soldados los que replicaban cada frase como un aguerrido coro de batalla. Hubo otras escenas que rompían con el protocolo militar. Una oficial y un oficial cambiaron el uniforme por un disfraz y maquillaje de payaso y otras seis uniformadas usaron güipil y corte para bailar al son de la marimba. Son del grupo de Operaciones Civiles y Humanitarias que se han encargado de socializar con la comunidad. Cuando ocurrió el crimen contra los tres militares, surgió la versión de que la población respondió con violencia por el temor que provocó la inusual incursión militar en esta distante comunidad.

Semuy II fue el origen del Estado de sitio que decretó el presidente Jimmy Morales y que respaldó el Congreso para ser aplicado en 22 municipios de seis departamentos del país. Entre ellos, los cinco municipios de Izabal. Semuy II salió del aislamiento mediático a causa del crimen, que sigue en investigación y que también causó heridas a un hombre y una mujer de este caserío.

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A diferencia del comando que ingresó la mañana de aquel 3 de septiembre, supuestamente en seguimiento a la traza de una nave con droga, el personal que tiene como misión vincularse con la población no usa armamento visible, y porta un chaleco anaranjado. Se les ve jugar con los niños. Les organizan rondas, cantan con ellos, juegan futbol, y como este 15 de septiembre, les organizan para que tomen turnos para pegarle a media docena de piñatas para animar el evento.

En Semuy II hace una semana y media todo era tensión. La población tenía miedo, los vecinos estaban distantes y fríos en medio de su habitual clima abrasador. El presidente Jimmy Morales los retrató como un pueblo que, manipulado, servía al crimen organizado. Sergio Samayoa, comandante del puesto de mando (que dirige a 250 elementos de tropa aproximadamente que se apostaron en Semuy II) ahora los describió como un pueblo amistoso.

Con ayuda de un traductor q´eqchi´, dijo su discurso. «He notado que son personas buenas y honestas. Hemos visitado aldeas y caseríos y hemos sentido su cariño». Un mensaje muy diferente a lo que en la capital sostenían el vocero del Ejército, Óscar Pérez, y el presidente Morales después del crimen.

Durante el evento, celebrado por la mañana, dos personas portaban carteles que, escritos con la misma letra, hacían un pedido al presidente.  «Que permanezca la seguridad nacional por 30 días» y «Tenemos derecho de seguridad y ser protejidos (sic) por cualquier incidente según la ley Constitucional de Guatemala».

El asesinato, por supuesto, y a pesar de esta nueva relación entre comunidad y Ejército, no queda enterrado. Sigue en investigación en la fiscalía distrital de Izabal, que ya ha efectuado pesquisas y entrevistas a los implicados.

Como muestra de la unión que promueve la fuerza armada con la comunidad, Samayoa y Domingo Mucu Sep, el alcalde auxiliar de Semuy II, unieron sus manos para recibir la antorcha en representación del «fuego patrio». En la tarima principal también estaban presentes los alcaldes de cada comunidad.

Casi ninguno de los pobladores pudo cantar el Himno Nacional, que sólo se entona en castellano, pero atendieron con paciencia todas las actividades apenas cubriéndose la cabeza con gorras o toallas. La banda de música de los estudiantes de la aldea San Pablo, que marchó hacia Semuy II, amenizó con sus redoblantes y bombos. Un acto que Samayoa calificó como ejemplo de «hacer Patria» y la mejor forma de «demostrar el amor que le tienen a su país».

El capellan militar y el pastor de la comunidad dieron mensajes. Este último en q´eqchi´ absoluto. Su oración hizo que varios agacharan la cabeza y cerraran los ojos.

Nunca hubo una actividad como ésta en el pasado. Nunca todas las comunidades se habían reunido y menos en un ambiente tan marcial. Un crimen, todavía no resuelto, les ha marcado, los mantiene en un Estado de sitio y ahora los ha llevado a celebrar el 198 aniversario de la independencia de su país.

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