Elecciones en Honduras

La victoria a medias de Zelaya

El partido Libre, de Xiomara Castro y Manuel Zelaya, mantiene que existió un fraude en las elecciones presidenciales hondureñas y su exigencia logró que el TSE accediera a un recuento de actas. Apartados de la mirada de sus correligionarios, el partido de izquierda ya está negociando cargos en el Congreso Nacional, donde el expresidente Zelaya busca la presidencia.

Manuel Zelaya en rueda de prensa.
Manuel Zelaya en rueda de prensa.
Manuel Zelaya en rueda de prensa. Fotografías de Rodrigo Baires
“Zelaya negoció el mismo domingo DE LAS ELECCIONES cuando los primeros resultados empezaron a hacerse públicos, cuando el margen de victoria del Nacional no pasaba de los cinco puntos porcentuales. ¿Qué falló? Las proyecciones que se habían hecho del Partido Liberal.”
“‘No vamos a aceptar a ningún gobierno producto de este fraude. Demostraremos que el triunfo de LIBRE fue la voluntad del resultado de los votos del pueblo hondureño’, dijo Castro y convocó a una marcha pacífica para el domingo pasado. ‘Esta lucha apenas ha comenzado, no pondrán vencernos’”.

Algo se rompió en el partido Libertad y Refundación (LIBRE) en el momento que Juan Orlando Hernández, candidato del oficialista Partido Nacional (PN), salió al salón de conferencias del Hotel Honduras Maya a proclamarse como nuevo presidente de Honduras.

Eran las 10:30 de la noche del domingo 24 de noviembre. El Tribunal Supremo Electoral (TSE) le daba a Hernández una diferencia de 77,143 votos sobre Xiomara Castro de Zelaya, la candidata de LIBRE, cuando se tenía el 43.17% de actas escrutadas de las 16,135 mesas electorales dentro y fuera del país.

“Este resultado todavía no presenta una tendencia… No podemos hablar de ganadores y perdedores”, aseguró David Matamoros Batson, magistrado presidente del Tribunal y miembro del partido Nacional. Y mientras los oficialistas celebraban, en LIBRE ya se hablaba de que desde del gobierno y el TSE se había fraguado un fraude. Xiomara Castro y Manuel Zelaya, expresidente hondureño derrocado en junio de 2009 y coordinador del partido, dijeron a los medios de comunicación que no reconocerían los resultados oficiales y que era importante salir a defender el voto.

Los resultados presidenciales rompieron todo lo que se esperaba en Libre. Según sus proyecciones más optimistas, ganaban la presidencia. Pero a las 11:40 de la noche, minutos después que se hizo público tercer conteo  del TSE, ya se veían derrotados aunque Xiomara Castro lo negara públicamente. Sin el Ejecutivo, el plan B estaba en que el margen de victoria del Nacional fuera menos de tres puntos porcentuales, como lo mostraban las últimas encuestas que daban un empate técnico entre Castro y Hernández; y la lucha se centraría en el Legislativo, donde LIBRE se consolidaría como segunda fuerza, restando votos al Partido Liberal (PL). De ser así, se podían  hacer de la presidencia del Congreso Nacional o, para ser más exactos, Manuel Zelaya se haría de la presidencia del Legislativa producto de una negociación con Juan OrlandoHernández. ¿Pero qué falló?

Según diferentes fuentes de Libre, Zelaya negoció el mismo domingo de las elecciones cuando los primeros resultados empezaron a hacerse públicos, cuando el margen de victoria del Nacional no pasaba de los cinco puntos porcentuales. Pero el Partido Nacional no se mostró interesado. ¿Qué falló? Las proyecciones que se habían hecho del Partido Liberal.

Muchos analistas preveían que el Liberal podría caer a la cuarta fuerza, pero los resultados que estaba obteniendo su candidato, Mauricio Villeda, decía lo contrario. El PL se mantuvo con el 20% de los votos válidos, de tercero, y, siguiendo la lógica de sus electores, ese resultado de trasladó a la elección de diputados. Una semana después, el Liberal mostró que seguía vivo, como tercera fuerza política de Honduras, y que en las próximas elecciones se convertiría en la bisagra para obtener la mayoría simple en el Congreso.

Si las tendencias estaban tan claras, ¿por qué Castro, Zelaya y Libre mantuvieron que habían ganado la presidencia de Honduras? ¿Por qué no reconocer la victoria de Hernández y explotar como una victoria el rompimiento del bipartidismo en Honduras? Según personas allegadas al entorno del coordinador del partido, en un primer momento, cuando se proclamó presidenta Xiomara Castro, fue porque había fallado la máquina electoral y se quería que su gente se mantuviera en los centros de votación cuidando los conteos. Después, para medir los ánimos de la base social en las calles. “Por eso es que aparece Mel Zelaya haciendo esa declaración gallo gallina, un día después de las elecciones, anunciando la posibilidad de salir a las calles a defender el voto”, dijo uno de ellos.

Zelaya convocó a una conferencia de prensa al medio día del 25 de noviembre. La conferencia se convirtió en un mitin en el que el coordinador apareció acuerpado por los coordinadores departamentales, candidatos a diputados y correligionarios. Ahí, Zelaya aseguró que si era necesario saldrían “a la calle a defender nuestros derechos, como siempre lo hemos hecho”. Afuera, en la calle, menos de un centenar de personas gritaban que en las elecciones se había dado un fraude. Nadie, ni Zelaya mismo, recordaba que él había dado luz verde a todo el proceso días atrás.

El llamado a la confianza y el grito de fraude

Zelaya dio declaraciones a los medios de comunicación en lobby del hotel Rey Juan Carlos, sede del Tribunal Supremo Electoral (TSE) para los comicios el sábado 23 de noviembre, un día antes de las elecciones. Tenía una semana de estar lejos de las cámaras. Reapareció con guayabera blanca, sin su clásico sombrero y con un discurso conciliador a flor de labio alejado de lo que habían dicho los voceros de su partido en los días anteriores.

Mel había hecho gala de su fama de negociador y logró que los medios de comunicación pudieran a dar a conocer los resultados a boca de urna dos horas después del cierre de las votaciones y no hasta el día siguiente, como se pactó con el TSE días atrás. Pero más allá, en sus declaraciones aseguró que no había visos de fraude, que no existía persecución a los observadores invitados por su partido, que todos los institutos políticos en contienda tendrían representantes en los centros de procesamiento de datos. En resumen: todo estaba bien, las elecciones se llevarían a cabo en total tranquilidad y normalidad.

¿Zelaya no compartía las declaraciones de Enrique Reyna, el candidato a primer designado presidencial por LIBRE, que acusaba la posibilidad de fraude? ¿Se olvidaba de los allanamientos de sedes del  partido en Tegucigalpa el viernes por la noche? ¿Desconocía que el sábado por la mañana habían ingresado elementos de Migración con pasamontañas y armas largas a un hotel capitalino exigiendo ver los pasaportes de todos los observadores invitados por Libre y que un día antes se había detenido un grupo de observadores de Estados Unidos en Copán, al occidente del país?

“Todo se lleva a cabo con normalidad”, dijo.

Menos de 36 horas después, el Zelaya que salió ante las cámaras a las 11 de la noche del 24 de noviembre era otro. Se le veía molesto. “No reconocemos los resultados de TSE”, dijo. ¿Con base en que datos decía esto? Con los que le había arrojado el sistema de comunicación que había diseñado él y sus allegados para contabilizar los resultados a boca de urna. Era un sistema sencillo: la gente, con credenciales de observadores nacionales, tomaba nota de los resultados finales y luego los enviaban vía telefónica al “bunker”, la oficina central de la campaña, en la colonia Palmira. La suma de esos resultados les daba la victoria. Por eso, tres horas atrás, en el hotel Clarion, en Tegucigalpa, Xiomara Castro de Zelaya se había proclamado la nueva presidenta de Honduras.

¿No pudieron haber cometido errores? Sí, sí pudieron. De hecho, para entonces, Zelaya y su gente no tenía copia de ningún certificado de resultados de las mesas, los que se entregaban a los representantes de cada partido una vez el acta de cierre era transmitidas al TSE o embaladas para ser enviadas a Tegucigalpa, dependiendo de cuál fuera el caso. Estos empezaron a llegar, a cuenta gotas, hasta el día siguiente al medio día. Mientras tanto, sus resultados eran únicamente lo que se había comunicado vía telefónica. Nada más.

¿Cómo gritar que existía un fraude sin documentos que lo probaran? Nunca se explicó. Todavía el martes y el miércoles pasado no se tenían la totalidad de actas, pero él y Xiomara ya anunciaban que el viernes 29 darían una conferencia de prensa para dar a conocer las irregularidades en el proceso. Lo que no dijo fue que desde los primeros anuncios que hicieron sobre la posibilidad de un fraude, el Tribunal le propuso a Riccy Moncada, representante de LIBRE en el Consejo Consultivo del TSE, que hicieran el recuento de actas para dirimir cualquier irregularidad.

Hasta este lunes, el Tribunal admitió 25 recursos de impugnación, en su mayoría de candidatos a diputados y alcaldes, quienes aseguran que hay discrepancias entre las actas de cierre y los registros del TSE; y solo Salvador Nasralla, del Partido Anti Corrupción, PAC, había solicitado formalmente la impugnación de los resultados presidencial, aduciendo que se ha cometido irregularidades con el programa informático utilizado en el Sistema integrado de escrutinio y divulgación electoral (SIEDE).

También el grito de fraude encontró eco gracias al mismo sistema electoral hondureño, que tiene sus propios vicios y trampas. El principal vicio era la compra de acreditaciones, una tradicional forma de hacerse del control de las mesas electorales y mover votantes. El TSE repartió 32,270 acreditaciones a cada uno de los siete partidos políticos y a la única alianza que participaron en las elecciones. En total, 258,160 acreditaciones. En teoría, éstas serían repartidas a personas de sus instituciones políticas para cuidar el voto durante la elección.

Según la Ley electoral de Honduras, si un acta de cierre presenta inconsistencias con las certificaciones de la mesa electoral, prevalecerá la el resultado que esté en la mayoría de las certificaciones extendidas a los partidos. Si los resultados no son idénticos en la mayoría de los documentos, entonces se procede al conteo voto por voto. Con mayoría de acreditaciones y certificaciones, las posibilidades de cambiar un resultado sin un nuevo conteo aumentaban.

Y aquí hay una acusación de venta de acreditaciones y certificaciones, claves para impugnar los votos en cada mesa. A una semana de las votaciones, los rumores hablaban de ventas de acreditaciones con un valor entre 500 (Q198) y 1,500 lempiras (Q593). Todo el mundo lo negó.

En teoría las acreditaciones eran para personas afines a sus partidos, pero cuatro de los candidatos no superaron los 6,200 mil votos cada uno. A ellos se les señala de haber podido vender sus credenciales, pues sumaban 110,372 de sus acreditados que no votaron por ellos.

¿No era una prueba de venta de credenciales? Para los partidos en cuestión, no. Vásquez Velásquez, general en situación de retiro y quien ejecutó el golpe de Estado contra Zelaya en junio de 2009, dio una explicación del fenómeno: “Me falló la gente a la que le dimos las credenciales, gente que supuestamente votaría por nosotros”, aseguró. Con el 95.29% de las actas escrutadas, a su partido le faltaron 26,164 votos para alcanzar el número de credenciales que le fueron asignadas.

Más allá que estos votos significaban el 3.59% de todos los votos válidos, el número de acreditaciones en las mesas era importante a la hora de promover o frenar una solicitud de impugnación de los resultados en el TSE.

 

¿Por qué Honduras llamó la atención del mundo?

La candidatura de Xiomara Castro de Zelaya tenía ese halo romántico de las novelas clásicas. Era la esposa del presidente derrocado, la que se dejó ver en las calles mientras Zelaya estuvo fuera del país y la resistencia hondureña tomaba forma, la mujer que ordenaba durante el asilo del expresidente en la embajada de Brasil. Y para mediados de 2012, ella tenía las encuestas a su favor, encabezando la candidatura del primer partido político que incomodaba un centenario sistema bipartidista que manejaban los nacionalistas y los liberales –ambos conservadores–.

La historia de Castro vendía. Y lo hacía a pesar de que ella casi no hablara con periodistas, que se le viera bajo la sombra de su esposo, que se le acusara de no estar lista para medirse frente a frente a otros candidatos con mayor rodaje político, como Hernández, o, en todo caso, tener un encanto mediático, como Salvador Nasralla, locutor deportivo y presentador de programas de espectáculos en televisión. En definitiva, Xiomara Castro estaba lejos de ser la argentina Cristina Fernández, la brasileña Dilma Rousseff, la chilena Michelle Bachelet, de Chile, o la costarricense Laura Chinchilla, de Costa Rica. Pero como idea, vendía.

Los más de 600 periodistas internacionales acreditados por el Tribunal Supremo Electoral (TSE) para la cobertura de las elecciones estaban en Honduras simplemente porque Xiomara Castro era la candidata. Los movían dos preguntas. La primera: ¿serían testigos de cómo Zelaya, directa o indirectamente, regresaba al poder después del golpe de Estado? “Se trata de competir electoralmente bajo las reglas de los partidos tradicionales. Ganarlas sería la derrota para los golpistas”, reconoció Víctor Meza, analista político, exministro y la mano derecha de Zelaya durante las negociaciones que posibilitaron su regreso a Honduras.

Una posible derrota electoral al golpe era lo que daba sentido a la segunda pregunta que se hacían los periodistas: ¿Los partidos golpistas cederían el poder a la esposa de Zelaya? En una eventual victoria, sí; aunque tratarían de controlar el Congreso Nacional para amarrar las decisiones de los zelayistas. Era el único camino viable ya que no tenían de otra después de que el proceso electoral de noviembre de 2009 no fue observado internacionalmente y este gobierno tenía que venderse como la verdadera transición hacia una nueva Honduras.

Por ello era la importancia de unas elecciones sin sobresaltos este año; por ello la cantidad de observadores y de periodistas internacionales durante las elecciones; por ello, la preocupación del TSE de mostrar un proceso electoral transparente en su totalidad. “No hay posibilidad de fraude”, dijo Matamoros Batson, magistrado presidente del Tribunal. Y el mismo Zelaya lo acuerpó con sus declaraciones de la tarde del 23 de noviembre. ¿Estaba tan seguro el expresidente?

Desde las primarias, en noviembre de 2012, las encuestas mostraron a Xiomara en la punta de las encuestas. “¡Los vencimos en las calles, los derrotaremos en las urnas!”, gritaban sus seguidores. Su principal promesa de campaña era la realización de una Asamblea Constituyente producto de un nuevo pacto social en Honduras. “Vamos a ganar las elecciones y refundaremos Honduras. Tenemos un partido con una base social fuerte de gente cansada del bipartidismo y las encuestas lo demuestran”, dijo Enrique Reina, coordinador general de Libre.

Reina no se equivocaba: Libre captó a una base social importante –sindicatos y organizaciones sociales- que venía de la resistencia al golpe de Estado. A ella se sumó una base partidaria de los liberales, que siguió a Zelaya después que fallaron sus intentos de hacerse del control del Partido Liberal. Dos años atrás, cuando estas bases se convirtieron en partido político, la realidad era que seguían siendo un movimiento social sin la estructura partidaria y esto no había cambiado el día de las elecciones. Al contrario, dentro de Libre existían y existen agrupamientos que piensan muy diferente al coordinador general aunque hayan apoyado la candidatura de Castro.

Al final, la campaña de Libre se hizo con la base que se estaba frente a un partido grande, con una maquinaria electoral fuerte y consolidad, y no era así. Se pensó que Castro arrastraría el voto de los indecisos, sumando votos a los diputados, y que la organización social asumiría como estructural electoral con base a un sistema de voluntariado. Y según algunos candidatos a diputados y alcaldes de LIBRE, esto no fue del todo cierto. Zelaya colocó a muchos exliberales que lo habían seguido en puestos clave, en detrimento de los actores sociales.

“Era gente acostumbrados a estar bajo la sombra de un partido con 120 años de historia, donde las cosas se  hacen ya por inercia. En estas elecciones, al contrario, se tenía que afinar la estrategia de defensa del voto y no dejarla en gente que ni conocía a las bases, que se la pasaron jugando con sus celulares y que no apoyaron el proceso pensando que todo se iba a dar como se daba en el Liberal”, criticó un líder social de Tegucigalpa que estaba en las mesas representando a Libre. Ese fue uno de los principales errores que cometió Zelaya y su equipo a la hora de hacer las previsiones de los resultados finales.

El otro error, el más importante, fue creer que la idea de una constituyente era suficiente para ganar en un país que también buscaba soluciones inmediatas a problemas inmediatos. Las declaraciones de Xiomara sobre cómo resolver los problemas de seguridad pública y su posición de abolir la Policía Militar del Orden Público (PMOP), creada en agosto de este año desde el Congreso Nacional y adjuntas a las Fuerzas Armadas, demostraron que no era así. “Estas elecciones han sido un plebiscito sobre la Policía Militar”, afirmó Hernández en su primera conferencia de prensa como presidente electo; y algunos candidatos a diputados al interior del Liberal y Libre reconocen que una promesa que ya se estaba ejecutando, aunque todavía no se podían medir sus resultados, terminó siendo efectiva.

¿Un resultado a capitalizar?

Hasta el domingo pasado, en Libre todavía no se ha hecho un análisis de los resultados electorales y no se ha capitalizado el hecho de romper el bipartidismo como una victoria. Hacia afuera, la estrategia del partido se mantiene en mostrar que existió un fraude electoral, algo que, de nuevo, permite movilizar personas y mostrar la base social del partido, la única moneda de truque que tiene en la actualidad. Y ahí es Xiomara Castro quien ha tomado la batuta.

El viernes de 29 de noviembre, Castro dijo que se tenían pruebas de “de la asquerosa monstruosidad con la cual le están robando a nuestro pueblo la Presidencia de la República” y afirmó que su partido no aceptaría los resultados mientras no se les permitiera ingresar al sistema del TSE. Aún sin la totalidad de certificados de resultados de las mesas –solo tenían 90.44% de ellas, la candidata aseguró que habían detectado un faltante de 55,720 de votos a favor de Libre; que se habían acreditado 82,301 votos de más al Nacional; que hubo irregularidades en el 12% de las urnas; y, que al menos 2,805 actas no fueron remitidas a los partidos políticos.

Un día después, el TSE declaró en cadena nacional de radio y televisión como presidente electo al candidato oficialista, Juan Orlando Hernández, con el 36.80 % de los votos válidos, frente al 28.79% que sumó Castro, con una diferencia de 246,256 votos.

 “Nuestro triunfo está siendo robado por quienes han convertido el sistema electoral en una farsa. Los árbitros de este proceso aceptaron el triste papel de falsificadores del oficialismo. Exigimos que se nos permita la revisión de todas las actas y escrutar públicamente cada una de las urnas donde se encontraron inconsistencias”, dijo Castro. De ser reales los datos presentados por la candidata, con base en el escrutinio del 98.60% de las actas electorales, el Partido Nacional bajaría del 36.80% al 34.12% y la diferencia con LIBRE solo sería de 108,235 votos.

“No vamos a aceptar a ningún gobierno producto de este fraude. Demostraremos que el triunfo de Libre fue la voluntad del resultado de los votos del pueblo hondureño”, dijo Castro y convocó a una marcha pacífica para el domingo pasado. “Esta lucha apenas ha comenzado, no pondrán vencernos… nuestro pueblo es más fuerte que nunca porque estamos organizados en más de 20 mil colectivos a nivel nacional con la conciencia para trabajar y garantizar que ninguna de estas acciones de fraude se queden sin registrar”, aseguró.

El domingo pasado, cerca de cinco mil personas marcharon por las calles de Tegucigalpa en protesta por los resultados. Castro y Zelaya encabezaron la marcha en la palangana de un picop en el que transportaban el ataúd de José Ardón, líder social de Libre asesinado después de ser secuestrado la noche del sábado, cuyo crimen se sumó a las consignas de fraude electoral.

Sí la marcha era una forma de mostrar el músculo social de Libre, su convocatoria estuvo lejos de las que se vieron en las concentraciones de la resistencia contra el golpe. “Si no se acepta nuestra impugnación (en el TSE) recurriremos a la justicia; y si la justicia no la acepta, recurriremos a instancias internacionales”, dijo el expresidente.

Pero Matmoros Batson, presidente del TSE, aceptó el recuento de las actas de las elecciones presidenciales este mismo lunes. “Vamos a trabajar con ellos (Libre) para ver qué mecánica se establecerá para disipar la duda que tienen. Pero estoy seguro que el resultado no variará”, aseguró.  Esto, en todo caso, solo sería el banderazo de salida para hacer públicas las negociaciones de los partidos que ya se están dando.

El incierto futuro del partido Libre

Hacia al interior de LIBRE, las preocupaciones se centran en la cuota que se tendrá en el siguiente Legislativo, el único lugar donde se tendrá poder para mostrar que son un partido de oposición serio o un movimiento político que puede desmoronarse en los próximos cuatro años.

El coordinador general es quien encabeza esos cálculos, aunque dentro del partido existen diferentes visiones de lo que LIBRE debe mostrar en el Congreso Nacional. Zelaya busca la presidencia del Legislativo, asegurando que un puesto en la Junta Directiva permitirá controlar mejor las acciones del Ejecutivo. Otros diputados electos creen que se debe de ser oposición desde la llanura, para evitar la tentación de pactos o alianzas con el Nacional a futuro y perder la posibilidad de demostrar que se es un partido diferente.

¿Cómo quedaría la aritmética legislativa? El oficialismo del Partido Nacional podría no necesitar de Libre. En un congreso de 128 diputados, el PN obtuvo 47 curules, su posible aliado PL 26 y Libre se quedó con 39. Es decir, Nacional y Liberal, con sus 73 diputados, rebasarán fácilmente la mayoría de 65 que se requiere para aprobar leyes. Liberal y Libre podrían sumar, in extremis, también 65 votos. El otro nuevo partido, el PAC, cuenta con 13 legisladores, que no son personas que no habían hecho política de forma pública y que por primera vez participarán del Legislativo. Pero pueden haber sorpresas. Algo de lo que ya se habla por lo menos para la conformación de la Junta Directiva, hay pláticas por un pacto de corto plazo Libre-Liberal-PAC, con 79 votos. 

Aun así, cualquiera de las alianzas no alcanza para tener el voto calificado, los 86 votos que representan los dos tercios de los diputados del Congreso, necesarios para impulsar leyes en materia electoral, sancionar proyectos de ley devueltos por el Ejecutivo, crear o disolver organismos descentralizados e interpretar la Constitución de la República en sesiones ordinarias o permitir reformas a la misma.

En todo caso, todavía es temprano para determinar qué pasará toda vez que todavía no se han escrutado el total de actas de las elecciones legislativas y el número de los diputados puede cambiar en uno o dos representantes por partido. Con el número definitivo de representantes en el Congreso, que se tiene hasta el 26 de diciembre para ser anunciado por el TSE, será el turno de los negociadores políticos y Mel Zelaya es visto como uno de los más hábiles de la política hondureña. 

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