Artículos / Elecciones 2011
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El turno de los conservadores en Guatemala

Ayer, en el hotel Tikal Futura junto al Centro de Cómputo del Tribunal Supremo Electoral (TSE) todo era alegría entre los conservadores tradicionales, pero era tácita y no explícita. A diferencia de las ocasiones de victoria de los candidatos que aseguran representar “al pueblo”, no había muchos seguidores con música, gritos y lágrimas de emoción. El Partido Patriota encajaría en el tipo de los partidos que son más de financiamiento abundante que de estructuras de base (aunque sean clientelares), como las que ha tenido el FRG o la UNE.

Pero anoche había diferencias, matices, respecto de sus dos antecesores conservadores tradicionales, Álvaro Arzú y Óscar Berger. Casi no había jóvenes y adultos más blancos, de clase media y alta, celebrando con sonrisas y colores partidarios. Tampoco pasión. Apenas uno que otro con una bufanda anaranjada o una bandera del partido. Y uno que otro que empuñaba la mano para recordar el símbolo del partido, que apela a imaginarios que afuera de Guatemala (y también adentro) se asocian a la derecha extrema, a la mano dura.

Sonriente como nunca antes al ingresar a la tarima para dar su primera conferencia como presidente electo, sin corbata, se sentó junto a su vicepresidente, Roxana Baldetti, más serena y orgullosa. A un costado, las familias de ambos. Al otro, los escuderos de Pérez Molina: el diputado Alejandro Sinibaldi, el diputado Valentín Gramajo, el empresario y diputado electo Emmanuel Seidner, el diputado Óscar Córdova, la diputada Anabella de León.

Empezó su discurso, como era previsible, haciendo un llamado a la unidad nacional. Para seguir el guión conservador, Pérez Molina dio un par de frases para reiterar su carácter proempresarial y que dedicará más de la mitad de su tiempo al tema de seguridad. Ella, a combatir la corrupción. Y ambos, Baldetti y el presidente electo, hablaron de uno de sus proyectos estrella: el Ministerio de Desarrollo Social, en el que prometen institucionalizar los programas sociales de la administración de Álvaro Colom y agregar el de Hambre Cero patriotista y el de la Supertortilla de Harold Caballeros; y anunciaron que empezarán a batallar desde esta misma semana en el Congreso para lograrlos.

Cuarta satisfacción democrática

Horas más tarde y fuera del Tikal Futura, como ha sucedido en cuatro lunes desde que empezó la democracia hace 25 años, la elite y los conservadores tradicionales de clase media urbana despertaron tranquilos, con una sonrisa de satisfacción, a pesar de un día nublado como hoy. Su candidato obtuvo la mayoría de los votos y quedó atrás el fantasma de su bestia negra.

Fueron lunes así en 1991, cuando Jorge Serrano, el bateador emergente, se impuso con apoyo empresarial a las amenazas que representaban la Democracia Cristiana y la UCN de Jorge Carpio.

En 1995, el político ideal de los conservadores tradicionales, Álvaro Arzú –aristócrata, empresario, de derecha, ex alcalde–, derrotó al amenazante populista Alfonso Portillo del FRG.

En 2003, otro político de imagen casi ideal, Óscar Berger –aristócrata, empresario, de derecha, ex alcalde, pero con menos punch político– derrotó a Álvaro Colom, pero sobretodo dejó atrás a Efraín Ríos Montt, la verdadera pesadilla de la elite desde 1983 por su discurso antioligárquico.

Y hoy, en 2011, otro candidato, quizás menos perfecto según sus estándares, pero más acorde a los tiempos de igualdad, Otto Pérez Molina –mestizo, militar, proempresarial pero sin convencerlos– derrotó a Manuel Baldizón, el millonario populista petenero, a la vez “salvador del pueblo” y libertario. 

El péndulo guatemalteco mantuvo su ritmo inalterado: conservador – popular – conservador. Y los gobiernos conservadores tienen varias interpretaciones en el imaginario nacional. Para sus críticos, una es que benefician a los ricos y no a los pobres. Y para sus votantes, al dar las condiciones para la creación de riqueza de los que más tienen, generarán prosperidad que caerá como cascada hasta los más necesitados.

Andrés Castillo, el treintañero presidente de la Cámara de Industria que ayer daba declaraciones a Guatevisión, ilustraba esta visión cuando le preguntaron qué esperaba del próximo gobierno: “garantizar la seguridad y permitir las condiciones para el desarrollo económico. Con esto, el país podrá crecer 6 por ciento cada año”. Jorge Gestoso, el presentador uruguayo invitado para la cobertura electoral, no pudo sino subir las cejas e interrumpirlo: “¿No será un poco optimista tomando en cuenta que en las últimas décadas, no años, el crecimiento promedio de Guatemala es de 3.5 por ciento?” El empresario, de carrera en la Cervecería Centroamericana, no supo cómo explicar su ecuación.

En una simplificación insuficiente, el imaginario conservador considera que con dar a los empresarios mejores condiciones –o facilidades, o privilegios–, la economía crecerá. Y que con apretar la mano en seguridad, la violencia disminuirá. Y que con aplicarse en la lucha contra la corrupción, esa corrupción pequeña de robavueltos, el presupuesto nacional alcanzará para lo necesario.

Dos ejemplos económicos son las privatizaciones de instituciones de servicios públicos como la telefónica estatal y la empresa eléctrica con Arzú, o la reforma a la ley de zonas francas 38-04 para disminuir requisitos para recibir excepciones fiscales y aumentar la cantidad de estos beneficios con Berger.

La creación de grupos paralelos antisecuestros que se convirtieron en grupos de limpieza social “contra los mareros” son otros dos ejemplos de estos dos gobiernos conservadores en el tema de seguridad.

Los resultados fueron dispares. El gobierno de Arzú logró reducir de una manera significativa los asesinatos. Subió de 3,669 a 3,998 en el primer año, pero en los dos siguientes lo redujo hasta 2,655 y un índice de 24 asesinatos por cada 100 mil habitantes en 1999, según estadísticas de la Policía Nacional Civil analizadas por Carlos Mendoza en el blog CA-BI.com **

Con el gobierno populista de Portillo subieron de 2,655 hasta llegar 4,237 el año en que dejó el Ejecutivo. La administración de Berger, a diferencia de los últimos dos años de Arzú, fracasó. Si bien cayeron los números de secuestros o robos a grandes empresas, aumentaron los de asesinatos. Pasaron de 4,607 a 5,781. Y con el gobierno de Colom subieron a más de 6,000 y están volviendo a los números de hace cuatro años.**

El crecimiento económico, que parecía mérito de los gobiernos proempresariales, demostró ir al compás de las tendencias del comercio mundial. Y pese a las ventajas fiscales, Guatemala atrajo menos inversiones extranjeras que Costa Rica, Panamá e incluso Honduras y Nicaragua, pues factores como la educación, la salud o la infraestructura son más valorados, según el Instituto Centroamericano de Estudios Fiscales (Icefi).

Guatecompras, el portal electrónico que se ha convertido en indispensable para rastrear las compras y contrataciones estatales, es una herramienta para perseguir la corrupción a pequeña escala cuando se fiscaliza, pero no dio luces para frenar los grandes negocios de lucro desde el Estado, como concesiones, explotaciones minerales y petroleras o la colocación de la deuda interna.

Y no es que sean la panacea los gobiernos que juran ser “del pueblo”, que van desde un partido de un militar acusado de dirigir una política contrainsurgente basada en actos de genocidio (Ríos Montt), un autodenominado socialdemócrata (Colom) o un populista que quería aplicar la pena de muerte y evitar que los ricos pagaran un porcentaje mayor de impuestos que los pobres al instituir un flat tax (Baldizón). La pobreza, la desigualdad y la violencia se mantuvieron casi intactas con estos gobiernos. Y tampoco es que sean menos conservadores o consecuentes con ideas progresistas. 

Es sólo que la agenda es otra, los actores poderosos son otros, el discurso es otro. Son Gobierno del pueblo en vez de Gobierno de la unidad. Nombran actividades como Gobernando con la gente en vez de Gabinete móvil, para describir a la actividad en la que todos los ministros sesionan en los departamentos y escuchan a los ciudadanos. Dan un pago a las exPAC como resarcimiento en vez de como pago por un servicio. Sitúan a los ricos en vez de a los malos delincuentes y los revoltosos huelgueros como el enemigo que impide el desarrollo.  

Conservadores similares pero distintos

Cada uno, la unidad nacional, la batalla contra los malos, los guiños proempresariales y la lucha contra la corrupción, todos los símbolos del imaginario conservador estuvieron presentes en la primera conferencia de Otto Pérez y Roxana Baldetti, y seguramente estarán en el discurso de toma de posesión del 14 de enero.

Fue una noche y un triunfo de una propuesta igual pero diferente de las anteriores conservadoras.

Igual porque había confianza. El militar derechista Pérez Molina ganó las elecciones ayer en segunda vuelta con solvencia: 53.7 por ciento y 2.3 millones de votos. Diferente porque su equipo más cercano consiste en una alianza entre militares pro-Estado como Mauricio López Bonilla, políticos conservadores como Roxana Baldetti, tecnócratas de centro como Pavel Centeno y empresarios próximos a la élite como Alejandro Sinibaldi o los Leal. Los primeros grupos aseguraron en campaña que serían el “gobierno conservador más independiente de la élite”. Los empresarios, financistas de buena parte de la campaña más cara de la historia, de más de Q300 millones entre 2007 y 2011, saben que tienen derecho de picaporte –Pérez Molina reconoció al embajador de Estados Unidos en 2007 que cuatro de las familias más acaudaladas fueron sus principales financistas; el cable sobre la comunicación fue filtrado a Plaza Pública por WikiLeaks. La designación de algunos de los suyos, empresarios de élite, en la mitad de los puestos que encabezaban el Listado Nacional del Partido Patriota es una muestra de la influencia que tienen.

Es también diferente en que por sorpresa, quizás pensando en que tiene los ojos del mundo encima, se desmarcó anoche del conservadurismo duro, que tiene un estandarte en la pena de muerte, y la decisión pendiente del jefe de Estado para condenar o amnistiar a una veintena de sentenciados. “Eso tiene que pasar por una discusión pública en el Congreso de la República y sólo después de eso, la Presidencia tomará una decisión”.

Entrar en la historia

En esa conferencia de prensa y en la celebración en la calle, hubo una idea que Pérez Molina repitió con mucha fuerza, desde dentro. “Trabajará incansablemente para no defraudar a sus electores y al país”. Quienes conocen de cerca el mundo de los militares, perciben que viene de un orgullo herido por el desprecio que estos han recibido desde la firma de la paz que terminó el conflicto armado interno. Quieren demostrarle a la historia que ellos pueden resolver los problemas que los civiles no han podido manejar, aunque muchos de estos sean heredados de los regímenes de facto. Igual que Álvaro Colom quería ser recordado como el tercer presidente de izquierdas de Guatemala, que benefició a los pobres, a Otto Pérez Molina también se le siente hambre de entrar en la historia.

Probablemente una historia que empiece hoy y olvide su pasado, cuestionado durante su estancia en Nebaj en 1982, poco claro durante su intervención en el golpe de Estado contra Serrano en 1992 y opaco en el financiamiento de sus campañas en 2007 y 2011.

No lo tendrá fácil. En vez de una hoja en blanco y del beneficio de la duda como los que recibieron la primera presidente mujer Bachelet en Chile, el primer indígena presidente Evo Morales en Bolivia o la primera académica Ellen Johnson Sirleaf en Liberia, todos los medios globales, como el New York Times, la BBC o El País, titularon su victoria con el sello de su pasado marcial, poco apreciado entre demócratas, “General gana en Guatemala”.

Y así como no tiene el beneficio de la duda fuera, tiene una oposición declarada dentro. De los partidos políticos como la UNE, a la que el PP bloqueó cuatro años; o Lider, que hoy empezó la campaña política para 2015. O de las organizaciones sociales, que demandan que rinda cuentas ante la justicia por su papel durante la estrategia contrainsurgente en Nebaj y como jefe de inteligencia entre 1992 y 1995, y empiezan a agitar las luces amarillas por el temor que su gobierno, o los militares ultraconservadores que simpatizan con él, se envalentonen y vuelvan a las reacciones autoritarias violentas.

Sin contar con todos los párrafos anteriores, como les sucedió a los presidentes desde 1985 hasta 2011, tiene todos los elementos para fracasar: un Estado raquítico y con poco recurso humano, un sistema político clientelar y corrupto, un país inundado de cocaína, armas y cultura mafiosa, y décadas de tareas incumplidas como sociedad.

Eso sí, ya tiene asegurada una línea en la historia. Otto Pérez Molina ha sido el segundo militar electo por la vía democrática en Guatemala, exactamente 60 años más tarde. El primero, a quien él tiene como uno de sus ídolos a pesar de sus pocas coincidencias sobre el lado del péndulo, sigue siendo el referente histórico para el resto del mundo sobre este país: el coronel Jacobo Árbenz Guzmán.

 

 

**Nota del autor. En la versión original del artículo se afirmaba que los asesinatos habían aumentado durante la administración de Álvaro Arzú, pero el dato era erróneo. En realidad, ha sido el único gobierno que los ha disminuido en los últimos 14 años. Después de cotejar datos en el blog ca-bi.com con análisis de Carlos Mendoza con base en estadísticas oficiales de la PNC, se encontraron los datos correctos.

Horas más tarde y fuera del Tikal Futura, como ha sucedido en cuatro lunes desde que empezó la democracia hace 25 años, la elite y los conservadores tradicionales de clase media urbana despertaron tranquilos, con una sonrisa de satisfacción, a pesar de un día nublado como hoy. Su candidato obtuvo la mayoría de los votos y quedó atrás el fantasma de su bestia negra.