Esta observación obvia esconde la peculiar dinámica que subyace a cualquier economía: tener recursos hace más fácil obtener más riqueza, y su ausencia lo dificulta. Por ello, la distribución de la riqueza en la sociedad tiende a estabilizarse de forma que unos pocos tienen mucho, y muchos otros tienen solo poco. Esto tiene implicaciones importantes al considerar las necesidades de redistribución, pero dejemos este punto a un lado, aunque sea importante.
Buenos: los que se indignan porque se dude de Ricardo Arjona, ¡y encima tan lindos los paisajes de fondo de su anuncio!
Malos: los que armaron Mi Familia Progresa, no tanto por corruptos, sino porque crean dependencia en los pobres. Malos: los académicos que cuestionan que el arte se use para vender gaseosas. Malos: los necios izquierdosos que siguen defendiendo a la shumada de manifestantes.
Oportunidades para que luego, en palabras de León Gieco, no se diga de nosotros que quedamos “sin haber hecho lo suficiente”.
Su tarea es golpearlos antes de que se vuelvan a esconder. Al avanzar el juego, los topos salen y se esconden cada vez más deprisa. El asunto termina cuando los topos sobrepasan la capacidad de respuesta del jugador.
En Guatemala, los cambios en el último cuarto de siglo han sido dramáticos, pero tendemos a ignorarlos por haber pasado tan cerca de nosotros.
Cuando Pérez Molina ordenó el estado de sitio en Santa Cruz Barillas, fue automático calificarlo con términos que recordaban los desmanes militares de la década de los ochenta. Sin embargo, toda la operación, las críticas y su desenlace a regañadientes ocurrieron a plena luz, en un ruidoso ambiente de medios de comunicación –públicos y de redes sociales y blogs– que distaba muchísimo del silencio profundo de apenas hace 30 años.



