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La coyuntura está difícil en el país.

Se ha tocado la sensibilidad del poder con el develamiento de los casos de corrupción, pero también haciendo evidente la relación entre la clase política, algunos militares reacios a dejar de lucrar con el Estado y la clase económica tradicional, acostumbrada a hacer trampa para seguir manteniendo una institucionalidad pública inclinada a sus intereses. El desgaste para las organizaciones y los actores que han mantenido la lucha contra la corrupción vigente ha sido gradual y sostenida: desde inicios del 2017, luego de presentar las reformas constitucionales al sector justicia, existió una campaña de desprestigio contra la Cicig, el MP y el PDH. Luego se sumó una estrategia de señalar a activistas sociales de diferentes organizaciones y colectivos, encerrar sus rostros en círculos rojos y vincularlos maliciosamente a otros actores. Se señaló de corrupción y se echó mano de la intimidación a través de listados virtuales al amparo de la publicidad de la información.

Así, la coyuntura se resume a una tensión entre la clase política y económica que desea mantener las condiciones actuales que perpetúan el Estado capturado y las organizaciones que intentan no dar pasos atrás. Se dice que poco se ha cosechado de la lucha contra la corrupción, pero el camino transitado —procesos penales, el fortalecimiento de una conciencia crítica, una organización con demandas puntuales y coherentes y la propuesta de reformas tanto constitucionales como electorales, entre otros— es necesario para poder encontrar en el Estado un medio para la protección del bien común, y no un botín como fin.

Mucho se ha dicho de los efectos de la corrupción en nuestra cotidianidad. Sobre todo en la cotidianidad que nos toca ver en los periódicos, en los reportajes que hablan de las injusticias del hambre y la pobreza, de las carreteras hechas de hoyos o de las crisis de los centros de salud.  Sabemos cuándo el presidente Jimmy Morales compra lentes y cuándo se desvive en viandas. Pero ¿cómo nos afecta realmente la corrupción en nuestras vidas cuando no estamos viviendo en condiciones de extrema precariedad? Nos afecta cuando sentimos que no tenemos país, cuando sentimos que nos asfixia vivir en este lugar, cuando no nos alcanza para los exámenes de laboratorio —que, aparte, son precios inflados cuando se va al más cercano de la zona 16—, cuando no tenemos posibilidad de ver un futuro mejor, cuando no hay opción de optar por un mejor trabajo. Es la ansiedad que genera pensar en las cuentas estratosféricas de un hospital privado y en acampar fuera de colegios privados para garantizar una educación de calidad. Es el miedo que sentimos cada vez que una motocicleta se acerca a la ventana. Es el tráfico como respuesta a la ausencia de un transporte público. Cuando eso pasa, cuando la sensación de huir, de salir corriendo apremia, ahí es cuando entendemos que vivimos en el horror provocado por las prácticas corruptas.

La defensa de los intereses de todos se llama lucha contra la corrupción. Entiendo que hay muchas maneras de combatir las lógicas estructurales, es decir, los problemas de raíz. La lucha contra la corrupción no es la única. Pero estos años nos han demostrado que aquello que pensábamos que era una lucha de maquillaje y fachada ha hecho reaccionar al poder: se ha convertido en una vía para quebrar las estructuras de país. Muy revolución de colores, pero vaya si no ha puesto incómodo al poder.

Por mi lado, opto por mantenerme del lado de quienes quieren otro país. No de los que hacen discursos enredados y poco honestos, de los que sacan la foto de un joven y lo asedian en redes sociales. No soy parte de los que mandan cadenas de WhatsApp incitando a defender la corrupción. No soy parte de los que pretenden defender la impunidad. Yo sigo creyendo que la Cicig ha beneficiado al país y que las intenciones de sacar al comisionado Iván Velásquez son una afrenta a los esfuerzos que han dotado a los ciudadanos de pruebas de que este país puede ser mejor si cambiamos la noción de Estado. Sigo viendo el MP —a cargo de fiscales generales comprometidas— como una institución que tiene claridad de que mientras haya impunidad habrá corrupción. Confío en que la presión y la voz de quienes están interesados en transformar el orden de las cosas se hará sentir y escuchar en la sala de vistas al configurar una nómina de seis candidatos a #FiscalIrreprochable. Soy de las que creo que en estos años nos estamos jugando la realidad de un futuro y que no se debe aflojar ni ceder ni una pizca.

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