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Yo, como ellos

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Roberto González Díaz-Durán acaba de invadir una pequeña colonia ubicada en la zona 18. Unos músicos sudorosos, al toque militar de Diana, con bombo, trompeta y redoblante, comandan el anuncio de la llegada del candidato a la alcaldía por los callejones de Pinares, un sábado, a las 4 de la tarde, 5 semanas antes del día de las votaciones generales.

“De quien se preocupó Jesús fue de los ricos. Los pobres son bienaventurados, los pobres son la oportunidad de los que tienen (talento y otras cosas) para aplicar la ley del amor de Dios…”

Apenas cuatro años atrás, durante las elecciones de 2007, Roberto González ubicó en este territorio de 33 colonias (y 150 asentamientos), considerado uno de los más violentos de la ciudad de Guatemala, toda la fuerza de su campaña: apareció en televisión nacional acarreando agua potable en unos cubos para luego asearse, a las 4 de la madrugada, a guacalazo limpio en el patio de una humilde vivienda de la zona 18. También terminó despeinado y con la ropa arrugada luego de viajar durante hora y media, desde aquella zona hacia el centro de la ciudad en un autobús del transporte colectivo.

Por eso resulta importante encontrar a Roberto González en este lugar. Por eso también sonríe, por eso dice: “este es mi fuerte, este es mi territorio”, a pocos minutos de haber descendido de su camioneta de lujo polarizada.

“Estamos cerca de donde todo inició (bañarse a guacalazos) hace cuatro años”, saluda.

A Roberto González, en aquel “inicio”, se le situaba como parte del partido oficial – Gran Alianza Nacional (GANA)– que gobernó de 2003 a 2007 con la figura de Óscar Berger a la cabeza. Hoy González es reconocido como uno de los fundadores de un nuevo partido político: Compromiso, Renovación y Orden (CREO). Y a pesar de esta transición, a pesar de un cambio de “imagen” y de manejar una nueva paleta de colores diseñada por una de las agencias de publicidad más respetada de Guatemala, su actual campaña “es una evocación al pasado y aún conserva cada uno de los tics propagandísticos de hace cuatro años”, como evalúa, a grosso modo, el analista Fernando Carrera, y recuerda los guacalazos para hablar del problema de agua, la instalación de cámaras de seguridad en estaciones de autobús, iluminación, y desde luego, la ubicación del epicentro de esta campaña: la zona 18.

En distintos foros de debate, sus temas continúan siendo éstos mismos. Los de hace cuatro años. Al tomar la palabra, su estrategia se apega a la experiencia, “17 años en la Municipalidad y el Gobierno”, dice. A pesar de no contar con un plan municipal por escrito, hace hincapié en un interés personal por dar continuidad a diversos proyectos municipales (transporte, agua, seguridad), y recuerda a la audiencia, reiteradamente, la manera en que ha vivido, “en carne propia”, las necesidades de la gente.

Vestido por completo de color caqui, en esta visita por la colonia Pinares, Diaz-Durán se presenta alternadamente de tres formas ante los vecinos: 1) “Acá ando, un poco más pelón que antes, pero acá ando”, ríe. 2) “Sí, el mismo, el de los guacalazos”, y estrecha una mano. 3) “Tengo la experiencia, sé lo que se tiene que hacer”, le dice a una vecina.

Mientras González camina, saludando de casa en casa, estrechando una y otra mano, a su alrededor se ha ido construyendo una escena peculiar, llena de personajes que podríamos catalogar como pintorescos.

Está, por ejemplo, el tipo fornido de gafas oscuras, cabeza a rape, con una escuadra .45 escondida en alguna parte de su cintura, que mira de reojo y con cara de pocos amigos a todos los vecinos del lugar.

El Comité de Palanganas, apostado en los alrededores, es un grupo alegre que prepara una efusiva distribución de utensilios propagandísticos: consiste en regalar una palangana con el logo del partido CREO y un afiche a cada vecino.

La Chica de la Bandera es un ser único como curioso. Su misión –según entiendo– consiste en acarrear una bandera con el logo del partido para todos lados y estar atenta, muy atenta, y detectar cada momento en el que a Roberto González le tomarán una fotografía al lado de algún vecino. Entonces la Chica de la Bandera correrá y extenderá la bandera como telón de fondo de todo el encuadre.

“Clic”, y la bandera es extendida.

“Clic”, y la Chica de la Bandera corre.

“Clic”, y González dice “en un ratito les darán la fotografía”.

En efecto, más atrás, la Delegación de la Memoria Digital, integrada por una docena de personas armadas con varias impresoras portátiles, reparte las fotografías a la gente. “Es para el recuerdo”, me dice risueña, sin saber todavía por quién votar, una vecina abrazando la impresión de su imagen desenfocada al lado del candidato.

Sin determinismo histórico

Dos semanas más tarde de aquel recorrido por la zona 18, me reuní con Roberto González en un & Café de la zona 14. Habían pasado casi 15 días sin obtener respuesta de un equipo de comunicación, el suyo, que lo describe como “un tipo lleno de chispazos, de ideas que la gente recuerda, como los guacales”, pero tras saltar los protocolos internos del partido CREO obtuve su contacto directo. Su mensaje de confirmación entró a las 4 de la madrugada y establecía el horario de la cita a las 8 en punto en el café. A las 8:22 de la mañana de ese día su presencia causa miradas y sonrisas en las mesas aledañas. La chica que toma la orden de su capuccino no pide su nombre: sonríe y escribe "Roberto" en el vaso. Algunas personas lo reconocen de reojo, sin acercarse, cuando se excusa “por un pequeño retraso”.

Fue hace 19 años cuando Roberto González tuvo un primer encuentro serio con la vida política de Guatemala. Tenía 23 años en aquel momento en que asumió la subgerencia de la Empresa Municipal de Agua (Empagua), y se encontraba en proceso de afinar los últimos detalles para graduarse de su carrera como economista en la Universidad Francisco Marroquín.

Por su apellido, no resultaba extraña esa inclinación por el mundo de las instituciones gubernamentales. Su linaje familiar, por el lado materno, desde el siglo XVII ha estado involucrado en la actividad económica, intelectual y política de Centroamérica. Marta Elena Casaús, en su libro Guatemala: Linaje y Racismo, ha catalogado a la familia Diaz-Durán como “modernizante y poco conservadora”, escribió que “la red de los Diaz-Durán y su amplia alianza interoligárquica colaboró de forma decisiva en el proceso de transición democrática (de Guatemala) y en la recomposición del bloque hegemónico contribuyendo a salir de la crisis orgánica  en que ésta se encontraba desde 1980”.

“Lo que también resulta evidente”, agrega Casaús sobre los Diaz-Durán de finales de siglo XX, “es que su imaginario social, respecto a otros grupos socio-raciales, especialmente el indígena, continúa siendo profundamente endogámico, racista y elitista, sin aceptar la imperiosa necesidad histórica de configurar un tipo de Estado democrático que represente los intereses del conjunto de identidades básica”.

“No es tanto por un determinismo histórico”, explica González Diaz-Durán ante el hecho de asumir un rol político en este contexto de linajes dentro de Guatemala. “El mundo ha cambiado. Fui testigo de algunos cambios de paradigmas y reacomodos dentro de nuestra familia. También las historias de mi madre sobre la forma en que mi abuelo había contradicho las reglas del juego y, por amor, contrajo matrimonio con mi abuela, oriunda de Sololá”, defiende.

Su infancia la vivió en la colonia Tecún Umán que albergaba una mezcla de clases media alta y baja en la zona 15. Desde allí es recordado por sus compañeros de niñez como una persona que jamás estaba quieta. Jorge Lavarreda, hoy economista, recuerda que Roberto, desesperado, organizaba juegos para matar el tiempo en lo que llegaba el bus escolar que los trasladaría a la primaria del Liceo Javier. Roberto era el más grande de aquel grupo de alumnos que vivía en la Tecún Umán, y básicamente los juegos que proponía buscaban poner a prueba la “osadía”: lograr caminar por una pequeña saliente al lado de un muro sin caer al “enorme” precipicio de 2 metros de profundidad era, por ejemplo, uno de los desafíos.

“Era canelita fina”, describe y recuerda un exitoso publicista, también contemporáneo y ex alumno del Liceo Javier, “amiguero y líder”, agrega.

En contraste, el académico y ex compañero de colegio, Carlos Mendoza –más chiquito que González– lo recuerda “incluso algo maníaco violento, al punto que aterrorizaba a los niños”, y complementa, no obstante, “que las personas pueden cambiar a lo largo de la vida”.

Pero si en algo están de acuerdo todos sus ex compañeros es que Díaz-Durán “era el gran tenista del liceo”. Canela, como se le bautizó por travieso en aquellos años, llegó a ser campeón nacional de Tenis en Guatemala. Durante la charla y varios sorbos de café, la piel del candidato se eriza al mencionar que admiraba a figuras como Björn Borg, Ivan Lendl o Peter Sampras. Junto al tenista Jorge Tejada, algunos recuerdan que a ambos se les veía un buen futuro en el deporte: trabajaban juntos, confirma González, hacían sparring, hasta que en 1990, la rodilla de Diaz-Durán, con apenas 23 años, sufriría una lesión irreparable. Era el mismo año en que se iniciaría en la política, en Empagua, desde la Municipalidad.

Agradar y dar la talla

Óscar Berger, su jefe como alcalde de la ciudad (1991-1999), lo tenía como uno de sus consentidos. Era un dato conocido dentro de la Municipalidad. Aunque uno de sus subalternos del departamento de facturación, hoy retirado y que pide no revelar su nombre, entiende esta preferencia como algo sospechoso: Roberto González Diaz-Durán era uno de los mejores amigos del hijo de Berger, Óscar Berger Widmann. “Con 23 años no te van a dar un puesto importante. Tenés que ser de la familia”, comenta.  

Con el puesto de Subgerente de Empagua, Roberto González, no obstante, se ganó el respeto de los que comandaban el Partido de Avanzada Nacional (PAN). “Yo no era completamente del PAN en ese momento. En la universidad fui presidente de un colectivo de jóvenes (AJA: Asociación de Jóvenes en Acción) que había decidido apoyar al concejal tercero del PAN. Así conocí a Berger, no tanto por su hijo y mi amistad con él, que considero como algo fundamental para mi vida, desde que estudiamos juntos, sino por el colectivo universitario y mi interés por la política”, dice. “Así me ubicó, me llamó, y por mis estudios en economía me propuso la subgerencia de Empagua”.

Uno de sus logros más recordados fue duplicar los ingresos de la empresa municipal de agua con una medida de régimen tarifario. Según el número de habitantes por zona, según el consumo por empresa registrada, así sería la cuota tarifaria.  “Si el patojo levanta la mano, hay que escucharlo”, decía Berger mientras la oficina municipal sopesaba, con apoyo de USAID, una fuerte posibilidad de privatizar Empagua. Lo aportes tarifarios de González a la empresa municipal, como escribió Jean-Pierre Schwartz del Washington Trade and Investment Group, hacían más atractivo y viable el negocio que finalmente no decantó.

El PAN, atento –convertido en partido oficial de la mano de Álvaro Arzú en la presidencia y Berger una vez más como alcalde– llamó a Roberto González para un nuevo período de cuatro años dentro de la Municipalidad. Esta vez la propuesta era ponerlo a prueba con la circulación de vehículos. Y mientras el partido oficial continuaba una campaña de privatización de entidades gubernamentales, Roberto González, desde la Municipalidad, fundaba la Entidad Metropolitana Reguladora de Transporte y Tránsito del Municipio de Guatemala (EMETRA), regulaba el servicio de taxis rotativos, y pavimentaba un terreno por el que se movería el proyecto de un metro superficial.

Entre tanto, ya en su casa, le decían economista. Se graduó con notas promedio y aceptables, y con una postura ideológica bien marcada que, aplicada a casi todo en lo que se involucra, reivindica las ideas liberales del empresariado.

Richard Lee Abularach, postulado para Síndico II y compañero de González en el trabajo de consultorías financieras, me había hecho esta observación en una breve charla durante la caminata por la zona 18: “Canela tiene una tendencia de libre comercio aplicado al aspecto social y religioso”, me dijo.

La economía de los evangelios

En 1994, la tesis de graduación de Roberto González se tituló Liberalismo e Iglesia Católica.  En el texto, González intentó explicar que los empresarios son capaces de tener una espiritualidad: “ética y moral”. O que el liberalismo converge con la Iglesia, “no sólo en la búsqueda del bien común, sino en las instituciones que lo logran”.

“En el colegio llegó a identificarse con el Padre Carrizo, quien fue maestro de filosofía”, me escribiría Lavarreda días más tarde en un breve e-mail para establecer una conexión entre el candidato, las ideas económicas y la iglesia. Tal parece que el Padre Carrizo, sin saberlo, durante la década del ochenta, formó una tanda de políticos desde el liceo Javier. Harold Caballeros, candidato a la presidencia por Visión con Valores (ViVa), por ejemplo, consideraba a Carrizo un tutor desde quinto grado de primaria. Y Roberto González Diaz-Durán, de hecho, le dedicó su trabajo de graduación: “EN MEMORIA DE MI ENTRAÑABLE AMIGO Y MAESTRO DE FILOSOFÍA, ROQUE CARRIZO S.J.”

– Carrizo fue una persona definitiva. Lo podía ver como un padre, con el mismo afecto con que te acercas a un tío. Yo era uno de sus consentidos. De él aprendí a valorar la honestidad, la disciplina.

Cuando le cuestioné también por el título de su tesis –¿alguna conclusión?–, respondió:

–Uno de mis grandes descubrimientos de mi tesis fue poder interpretar el evangelio desde lo económico. De quien se preocupó Jesús fue de los ricos. Los pobres son bienaventurados, los pobres son la oportunidad de los que tienen (talento y otras cosas) para aplicar la ley del amor de Dios…

Buscar reacciones a esta respuesta –o a su trabajo de graduación– en el Central American Business Intelligence (CA-BI), también en el  Centro de Investigaciones Económicas Nacionales (CIEN), o simplemente consultar a otros economistas… los resultados son mínimos, inexistentes.

En el gremio, a Roberto González Diaz-Durán no se le reconoce como economista.

Aun así, su respuesta obtiene sentido al evaluar los diálogos de su campaña, la que ubica en los necesitados, en los habitantes de la zona 18. “Hay una distancia enorme entre él y el sector que quiere utilizar para agenciarse votos. González lo hace obvio, casi obsceno  –ingenuamente–  al tratar de hacer uso de una realidad que no le pertenece”, describe un publicista que estuvo cerca de su campaña.

Otro ejemplo lo da un ex empleado de Fonapaz en Sololá. Roberto González trabajó con ellos cuando fue nombrado Gerente de la Presidencia de la República ante el desastre que provocó la tormenta Stan en 2005. “Cuando llegó a evaluar el deslave de Panabaj (comunidad de Santiago Atitlán que quedó enterrada por completo), no quiso enlodarse”. El ex empleado de Fonapaz agrega que fue toda una sorpresa llena de humor verlo dos años más tarde, para las elecciones del 2007, tratando de “guacalearse” en la televisión.

El candidato ve todo esto sin mayor inconveniente. “Una toma de consciencia”, dice. “Vivir otra realidad desde nosotros mismos que tenemos comodidades y privilegios, para que otros se den cuenta de lo que existe. Como el liberalismo y el evangelio: Una oportunidad de decir: Juntos, usted y… yo, como ellos, entendiéndolos a ellos”.

El largo trayecto a un atajo

Cuando abandonó la Municipalidad –cuando el PAN perdió el poder– González se dedicó a ser asesor fiscal de varias empresas privadas. Trabajó para la firma financiera IDC de Richard Aitkenhead como consultor financiero del Ingenio Santa Ana, de la familia Botrán, y para otras industrias del azúcar.  

Dice que no vivió de cerca la ruptura del PAN gestada entre los “arzuístas” y los “bergeístas”, los años entre la creación del Partido Unionista y la Gran Alianza Nacional, pero que reapareció en el panorama político una vez más convocado por Óscar Berger, cuando éste ganó las elecciones en el año 2003. “Berger me tenía ubicado, confiaba en mi trabajo. Me llamó una vez más”.

La cartera que le asignaron fue el Ministerio de Energía y Minas. Heredó del Gobierno del FRG (2000-2003) un paquete de concesiones a empresas mineras en una época en que los minerales que producía Guatemala se mantenían en alza.

Rafael Maldonado, del Centro de Acción Legal-Ambiental y Social de Guatemala (CALAS), lo recuerda de Ministro como alguien abierto al diálogo, pero “férreo opositor a subir el 1% de porcentaje que devenga el Estado por valor de la producción en las extracciones”.

–Eso fue algo coyuntural. A lo que yo me apegué siempre fue a respetar la ley. Nada más.

–¿Existen concesiones a transnacionales cuyos encargados son vinculados a la familia Berger?

–Sí. El caso de Ricardo Ortiz. Pero te repito, en mi caso fue algo coyuntural. Respetar la ley.

Apenas un año más tarde pasó a ser Presidente del Instituto Nacional de Electrificación. Otro año después, Gerente de la Presidencia. Allí se le hicieron señalamientos acerca de Q5 millones que al parecer no había ejecutado. Al registrar los archivos del Organismo Judicial, en la oficina de Gestión Penal, el nombre de Roberto González Diaz-Durán está limpio.

Extraoficialmente, en las bases de la GANA, se decía que este último puesto era algo relevante: serviría para ver si finalmente despuntaba la carrera de Roberto González por la presidencia. “Parecía –como lo había sido desde un inicio, en 1991– el caballito de batalla de Óscar Berger, lo paseaba por todas partes, pero no despegaba, no daba bola”, me dice un comentarista. “Y entonces probaron con la alcaldía”.

En 2007, con 118 mil 364 votos, logró el segundo lugar.

–¿Por qué fundar CREO luego de su gestión (y candidatura) con la GANA?

–El partido estaba debilitado– dice. –La quiebra de Bancafé había arrastrado a una figura clave de la GANA, a Eduardo González. Giammattei, poco conocido, había perdido las elecciones. Internamente se fragmentaba cada día más. Alfredo Vila renunciaba como secretario general. En el Congreso (el partido) se dividió, se creó la Bancada Guatemala en rechazó a la alianza con el oficialismo…  Decidí, aunque yo ya no estaba afiliado, que debía retomar mi carrera política. Lanzar una propuesta.

Hay quien cree que usted ya está preparado para pelear la presidencia.

–Yo no quiero tomar atajos. Lo que quiero primero es que CREO se fortalezca. Que sea una plataforma. Que se conozca, que crezca.

¿Es por ello que se decidió escoger, a pesar de sus conocidas derrotas anteriores, a Eduardo Suger como candidato por la presidencia?

–Sí. Crear fortaleza. Tenemos figuras que han estado trabajando en contra de la corrupción.

–Pero, ¿usted quiere ser presidente…?

–Lo que quiero es alcanzar poder, el poder desde el área municipal, desde el legislativo… y el ejecutivo debidamente en su momento – responde. En su rostro existe algo parecido a una ligera sonrisa, cómplice, de decir que sí, pero todavía no…

Texto
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“Parecía –como lo había sido desde un inicio, en 1991– el caballito de batalla de Óscar Berger, lo paseaba por todas partes, pero no despegaba, no daba bola”, me dice un comentarista. “Y entonces probaron con la alcaldía”. En 2007, con 118 mil 364 votos, logró el segundo lugar.