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“A veces las democracias falsas generan oportunidades para crear más democracia”
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“A veces las democracias falsas generan oportunidades para crear más democracia”

Entonces estamos viviendo un momento en el que la gente se está preguntando a sí misma si la democracia nacional es la única forma de democracia que puede existir.
Los países ricos y poderosos generalmente tienen medios para suprimir la innovación y clases altas muy poderosas y conservadoras. Entonces, cuando nos alejamos de ellos, la probabilidad de que alguien genere una innovación aumenta.
El sociólogo estadounidense John Markoff le ha dedicado más de treinta años de su vida al estudio de la democracia.
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El sociólogo estadounidense John Markoff le ha dedicado más de treinta años de su vida al estudio de la democracia. Sus libros y artículos abarcan diversos temas, desde el papel de los campesinos en la Revolución Francesa, hasta la metodología de la sociología histórica. Hablar con él es como hablar con una enciclopedia andante. Para cualquier pregunta tiene una respuesta compleja, llena de posibilidades y de ejemplos históricos que contradicen cada una de las posibilidades. “Es necesario cultivar el gusto por la variación”, me dijo hace algunos años, en alusión a mi tendencia a hacer generalizaciones groseras de las cuales a veces me arrepiento.

Con la idea de aprender de las protestas que han ocurrido en Guatemala durante los últimos meses, me senté a leer su libro, Olas de democracia: movimientos sociales y cambio político, y luego se me ocurrió hacerle una entrevista. Me lo encontré un día caminando por los pasillos de la universidad y le pregunté si lo podía entrevistar para conocer sus ideas de la democracia y sus impresiones de lo que estaba ocurriendo en Guatemala. Él accedió amablemente y me dijo algo que serviría de antesala a nuestra plática: “Sabes, a veces las democracias falsas generan oportunidades para crear más democracia”. Me reuní con él en su casa una mañana de agosto, antes de las elecciones y de que Otto Pérez Molina dejara el cargo.

¿Cómo le explicaría sus ideas de la democracia a la gente que no ha leído su libro?

La palabra democracia es muy antigua; tiene al menos un par de milenios. Pero salvo unas cuantas excepciones, nadie le llamó democracia a los sistemas políticos existentes hasta finales del siglo dieciocho. Luego hay una ola de revoluciones en el Nuevo Mundo y en Europa, y algunas de las personas que participan en ella empiezan a llamarse a sí mismas demócratas, y empiezan a ser llamadas demócratas por otras. Esta palabra no existía antes. Desde esa época, la democracia ha sido impulsada por movimientos sociales, por gobiernos reformistas, por la interacción de ambos, y por gente que odia la democracia y que quiere irse por otros lados. Esto siempre ha ocurrido en escenarios que trascienden la escala de un solo país. Así como al final del siglo dieciocho tenemos a estos nuevos demócratas en ambos lados del Océano Atlántico, la democracia ha ido y venido en grandes olas que atraviesan fronteras. Y dado que el proceso ha sido tan dinámico —ya que gobiernos, movimientos sociales, gente que apoya y gente que se opone a la democracia han peleado tanto por el tema— lo que la democracia es en sí ha cambiado continuamente. Creo que esto es algo que mucha gente no ve claramente. Pero si ves que al final del siglo dieciocho y a principios del siglo diecinueve algunos países que eran llamados democracias practicaban la esclavitud, o que ni una sola nueva democracia de esa era revolucionaria le otorgaba el derecho al voto a las mujeres… Hoy en día no le llamaríamos democracia a ninguno de esos países. Esto nos enseña que el significado de la democracia cambia constantemente.

En su libro usted muestra que el Estado ha moldeado de manera importante nuestra forma de pensar en la democracia.

Desde el siglo dieciocho tardío, cuando hablamos de democracia, tendemos a pensar en la organización del poder en los Estados nacionales. Es muy interesante pensar si podemos imaginarnos una democracia en otros términos. Si vamos más atrás en la historia, descubrimos lugares con estructuras locales para tomar decisiones colectivas en todos los continentes en los que los seres humanos han vivido. Claro que encontramos lugares extremadamente opresivos, pero también lugares con un sentido de que ésta o aquella familia o ésta o aquella persona tiene ciertos derechos como miembro del grupo. A través de los siglos, mientras las decisiones importantes se empiezan a tomar en grandes y lejanos centros de poder —es decir, cuando se empieza a desarrollar un Estado nacional efectivo—, la gente empieza a preocuparse por la organización del poder en ese nivel. En la historia europea, los Estados generalmente cobraron fuerza antes de ser más democráticos. Los Estados fueron autoritarios al inicio y luego surgieron movimientos sociales que ejercieron su influencia o tomaron el control estatal.

Aunque hay algunas excepciones, un proceso en el que se puede ver esto de forma dramática es en el desarrollo de los parlamentos, que es una de las características llamativas de la historia de Europa Occidental. Los parlamentos comenzaron como una táctica de los reyes, quienes demandaron que las comunidades locales enviaran representantes para negociar y básicamente para decirles: “usted recoge tantos y tantos impuestos”. Los parlamentos fueron un instrumento del poder central. Pero una vez que surgieron los parlamentos, se abrió la posibilidad de que la gente sentada en ellos intentara obtener un mejor acuerdo. Entonces los parlamentos llegaron a representar a la gente de abajo, aunque originalmente fueron creados por los Estados mismos. Creo que podemos pensar en esto como una metáfora de todo el proceso. Los Estados se hicieron fuertes primero, y luego algunos se hicieron democráticos. En algunos casos excepcionales, hubo estructuras locales democráticas o prototípicas que formaron una federación alrededor de un centro débil, y ahí podríamos decir que la democracia se desarrolló afuera, en la periferia. La historia de Suiza es algo así. Tenías estos cantones semidemocráticos que se juntaron y dijeron: “somos Suiza”. La historia de los Países Bajos también es algo así. Pero el patrón típico en Europa fue que primero el Estado se fortaleció y luego se hizo más democrático.

Hay una segunda forma en la que los Estados han sido tremendamente importantes. Hay momentos durante los cuales el futuro de la democracia se decide en el campo de batalla. Si quieres entender la primera explosión democrática del final del siglo dieciocho y principios del siglo diecinueve, tienes que pensar en los ejércitos de la Francia revolucionaria, en los colonizadores estadounidenses derrotando a los ingleses, en la gente de los países de habla hispana del hemisferio occidental sacando al ejército español. Luego tenemos la Primera Guerra Mundial, la cual fue definida como una guerra sobre el futuro de la democracia por el entonces presidente de los Estados Unidos (Woodrow Wilson). Cuando los poderes democráticos ganan y los imperios se caen al final de la Primera Guerra Mundial, casi todos los nuevos fragmentos de los imperios europeos siguen el modelo de los ganadores, como la Alemania derrotada o la nueva Polonia, por ejemplo. Y lo mismo ocurre al final de la Segunda Guerra Mundial, excepto que en ese momento surge otro modelo de éxito bélico para seguir: la Unión Soviética. Así que las guerras han sido una parte muy importante de la historia de la democracia.

Daniel Núñez

Pero las guerras han sido importantes no solo por los resultados, sino porque  imponen grandes demandas sobre los ciudadanos, crean toda clase de rupturas en la vida cotidiana, y en ocasiones generan oportunidades para los movimientos sociales. Durante la Primera Guerra Mundial, la cantidad de personas que estaba siendo masacrada en las trincheras era astronómica. La intensidad del trabajo en las fábricas para abastecer a esos ejércitos de balas, rifles, piezas de artillería, tanques, todo eso, era tremenda. Mientras la guerra seguía, todos los países se mostraban preocupados por las condiciones de los trabajadores en las fábricas y por el hecho de que la clase trabajadora estaba siendo masacrada en los frentes. Y entonces el derecho al voto de la clase trabajadora se comienza a expandir en varios países. El país más reacio a hacer esto —el Imperio ruso— obtiene una revolución. Incluso podemos llevar esto un paso más allá: con todos los hombres en las trincheras, las mujeres están trabajando en las fábricas y son vitales para el esfuerzo de la guerra. Entonces, durante la Primera Guerra Mundial, o inmediatamente después, hubo toda una ola de concesiones del derecho al voto a las mujeres porque muchos de esos trabajadores en las fábricas eran mujeres. De hecho, este se transforma en el momento de la concesión del derecho al voto a las mujeres en Europa. América Latina no está involucrada en la guerra, así que el tiempo de la concesión del derecho al voto a las mujeres en esa región no concuerda con ese patrón.

Los Estados latinoamericanos se han desarrollado de manera muy diferente a sus contrapartes europeas. ¿Qué pasa con la idea de la democracia en países en donde el poder del Estado es limitado?

“Creo que hay grandes piezas de esta historia de las que realmente no estamos seguros. Si vemos cómo estaban pensando los científicos sociales en América Latina en los sesentas y en los setentas, encontraremos que en relación a la democracia, así como al desarrollo económico, estaban aferrándose a una teoría del fracaso. América Latina simplemente no funcionaba, y había un gran debate en torno al porqué. Algunos decían que la clave para América Latina estaba en que los españoles y los portugueses habían traído una cultura arcaica y jerárquica y que cuando los latinoamericanos trataban de implementar la democracia simplemente iban en contra de su cultura, y que básicamente la cuestión estaba condenada al fracaso. Otros decían que había que tener los patrones correctos de desarrollo económico, que la democracia dependía de ciertos niveles de riqueza, de ciertas estructuras de clase, del alfabetismo, y que el problema era que América Latina no tenía lo suficiente de todo esto”.

Uno de los principales teóricos de esta época que Markoff menciona en su libro es Guillermo O’Donnell, un politólogo argentino muy reconocido que propuso la idea del Estado “Burocrático Autoritario” para entender a las dictaduras militares impuestas en Brasil, Argentina, Chile y Uruguay durante los años sesentas y principios de los años setentas. El propósito de O’Donnell era no solo comprender las causas estructurales detrás de las dictaduras militares en diferentes países latinoamericanos, sino caracterizar a esas dictaduras por la combinación específica de factores políticos y económicos de la cual emergieron. Aunque el trabajo de O’Donnell sigue siendo fundamental para entender la historia política de América Latina, los acontecimientos que siguieron a la publicación de su libro generaron nuevas dudas. “En los años setenta”, nos dice Markoff, “ocurre la democratización de Iberia, y España y Portugal se vuelven tan democráticos como cualquier otro país de Europa (y lo siguen siendo). En los ochentas los militares se van a su casa en varios países, incluyendo los de Iberoamérica; las guerras civiles terminan y, pues, algo andaba mal con todas estas teorías que trataban de explicar por qué la democracia había sido rechazada en el mundo ibérico a través de la historia. Y ahora tenemos otra teoría que es la antítesis de todo esto, la cual dice que debemos pensar en procesos de democratización y no en las condiciones que favorecen a la democracia. En realidad, América Latina entró a la democracia antes de tiempo (esto es de Adam Przeworski). Si vas a los inicios del siglo diecinueve, al período después de la independencia, ves que algunas regiones de América Latina forman parte de la era revolucionaria del Atlántico y establecen varios tipos de mecanismos. Pero —dice Przeworski— no había un crecimiento económico sostenido, no había un pastel expandible para repartir cuando surgían problemas. Entonces, entrar a la democracia de forma tan apresurada causó que gente muy antidemocrática —ya fueran élites de derecha, militares o caudillos— aprendiera a ponerle fin a la democracia. Las élites latinoamericanas desarrollaron desde muy temprano la habilidad para acabar con la democracia. Sin embargo, hay paradojas que no se aprecian con esta teoría. La historia democrática de Chile se desarrolla más o menos paralelamente a la de Europa Occidental, antes de Pinochet, y nadie negaría que Chile es parte de América Latina. Así que algo nos falta por entender en América Latina.”

En este punto Markoff menciona el trabajo reciente de Aníbal Pérez Liñán y de Scott Mainwaring, dos politólogos que han estudiado la región latinoamericana por muchos años. En su libro más reciente, nos dice Markoff, los autores intentan explicar los procesos de democratización en América Latina enfocándose en las acciones de los líderes y activistas políticos y en lo que hacen los países vecinos. “Resulta que esto es muy poderoso. Cuando pones todo esto en la ecuación, la pregunta del crecimiento económico se queda afuera. Lo que realmente importa es si la gente está peleando por la democracia, si otros países están apoyando la democracia, y si eres cuidadoso al manejar los asuntos políticos para evitar la polarización y el extremismo”.

Me parece que lo que realmente están haciendo estos estudios es midiendo si un país dice ser democrático o no…

Ese es un punto extremadamente importante. Podemos ver esto claramente si nos vamos un par de siglos atrás, a los 1780s, cuando el término democracia era casi siempre utilizado de forma negativa. Los antiguos autores griegos describían a la antigua democracia de manera bastante negativa. Los pensadores políticos europeos no pensaban que era una buena idea; quizás en pequeñas dosis para balancear los excesos de la monarquía o la aristocracia. Y luego tenemos este momento muy interesante en que la gente comienza a hablar de la democracia como algo positivo. Creo que no entendemos esto y muy pocos historiadores han tratado de entenderlo. En Estados Unidos —que es un modelo importante en ese momento— las personas que están escribiendo la constitución al principio no dicen que están construyendo una democracia. En realidad dicen que están creando una estructura que rechaza a la aristocracia, que rechaza a la monarquía, pero que no es una democracia sino algo mejor. “¡Estamos haciendo algo mejor!” (Su modelo es la antigua Atenas.) “Esto es lo que está mal con la democracia y esto es lo que estamos haciendo, que es mejor.” Eso es parte de lo que [James] Madison —el pensador más importante detrás de la nueva constitución de ese nuevo país— hace para tratar de vender la idea de la Constitución. En un lapso de pocos años, cambian su discurso. En lugar de decir que no están construyendo una democracia sino algo mejor, empiezan a decir que están inventado una nueva forma de democracia.  Hay un momento en el cual la palabra democracia comienza a adquirir una connotación positiva. Simplemente no sabemos lo suficiente sobre lo que pasó en ese momento, o sobre cómo se diseminó esa idea en el mundo.

Ahora vayamos a los comienzos del siglo veintiuno. Hoy en día se da por sentado que la democracia es algo muy bueno. Entonces, incluso a los gobiernos que no son tan democráticos les gusta usar esa etiqueta. No a todos, pero si hay algún sistema político que todo el mundo reconoce, del cual debes estar a favor o en contra, es la democracia. No existe otra palabra allá afuera en la que toda la gente del planeta esté pensando. Eso significa que a los gobiernos frecuentemente les gusta decir que son democracias y luego tratan de determinar cómo vender la idea de que son democracias. Esto se ve ya a finales del siglo dieciocho y principios del siglo diecinueve, cuando los gobiernos en toda Europa, de frente a la Francia revolucionaria, se dan cuenta del poder que tiene declarar que se gobierna en nombre de la gente. No solo tienes países ocupados por los ejércitos franceses que producen constituciones aparentemente democráticas, sino también lugares que no están ocupados por los ejércitos franceses que empiezan a hacerlo. Y cuando los franceses son derrotados y los reyes y aristócratas regresan, ellos también escriben constituciones. Ellos ya no dicen simplemente: “gobernamos por la gracia de Dios”, sino que dicen… Tomemos una versión latinoamericana de esto. Cuando [Agustín de] Iturbide, en México, fue proclamado emperador, declaró que tendría que obedecer a la Constitución. Su título oficial fue: “Agustín, por la Divina Providencia y por el Congreso de la Nación, primer emperador constitucional de México”. Decir que era solo por Dios ya no servía. Ahora bien, ¿será que los mexicanos tenían algo que decir en su mundo? ¡Claro que no! Pero al menos tenían eso.

Usted publicó su libro por primera vez en 1996. La segunda edición, que incluye un análisis de la ola de democratización más reciente en el mundo, fue publicada en el 2015. Casi dos décadas han pasado entre ambas ediciones. ¿Cómo ha cambiado el mundo durante este período y cómo han afectado esos cambios a nuestra manera de pensar en la democracia?

No estoy seguro si te daría la misma respuesta la próxima semana, pero aquí van algunas cosas. De entrada, la tendencia de los movimientos democráticos en los noventas que simplemente continuó. Se necesitaba algo de tiempo para ver eso. Pero aparte hay algunos hechos que son más visibles hoy en día o que han surgido durante estos veinte años. Primero, las formas de acabar con la democracia han cambiado. Los golpes de Estado ya no son tan comunes, aunque esto no quiere decir que no ocurran, como cualquiera en Honduras te puede decir. Pero son menos frecuentes que en el pasado. Sin embargo, hay presidentes en África y en partes de la Europa poscomunista que aseguran haber sido elegidos democráticamente pero a la vez eliminan a sus oponentes, intimidan a periodistas y todo eso. En algunos países latinoamericanos ocurren cosas similares, hasta cierto punto. Necesitamos analizar con más sutileza los procesos que desgastan o niegan a la democracia.

Segundo, la década de los noventa era un período inusual en el cual realmente no había ningún otro modelo político que tuviera un atractivo transnacional. Estaba el modelo de la República Islámica, pero se limitaba a los lugares en donde había musulmanes. Eso ha cambiado recientemente. Ahora hay una tendencia transnacional a restringir la democracia basada en supuestos civilizatorios en contra del liberalismo occidental. Esta tendencia está basada en Rusia, en los valores familiares, en supuestas esencias únicas nacionales, y en desafiar al imperialismo estadounidense. Hay una ideología en contra de la democracia que está emergiendo que no era parte de la escena mundial en los noventa. En los noventa la única pregunta era qué tan democrática iba a ser la era postsoviética. Ahora ha surgido una rivalidad en Europa entre dos modelos sociales. La democracia liberal occidental, con una competencia más o menos abierta, con desafíos a la religión, con desafíos a los valores tradicionales, con movimientos feministas y movimientos a favor de las comunidades gay y lésbicas; y el mundo de [Vladimir] Putin, que calla a la oposición y habla de la esencia nacional y de que otros países deberían tener su propia esencia nacional. Él mismo ha posicionado esta tendencia como un conjunto de nacionalismos encadenados transnacionalmente. “Arriba los valores familiares, abajo el feminismo, encierren a Pussy Riot, todo con un poco de atractivo más allá de Rusia. Hay círculos en Hungría que están muy involucrados en esto. Esto es nuevo. Lo que significa más allá de Europa, no lo sé. Pero antes no había una antidemocracia. Había lugares que no eran democracias, en donde los partidos gobernantes se mantenían en el poder, como China, pero no había una ideología que tuviera pies y cabeza. Es decir, nadie se tomaba en serio al comunismo revolucionario de China. Pero Putin es otra cosa. Eso es algo en lo que hay que pensar.

Y una tercera cuestión que es tremendamente importante es que las democracias están manejando muy mal los problemas de nuestra época. Manejan mal la desigualdad de sus países, exportan sus modelos de manera miserable y por medio de la fuerza y la violencia al Medio Oriente, y compiten miserablemente entre ellas. Todo esto es muy preocupante. La última vez que las democracias manejaron tan mal una crisis económica se trajeron encima al fascismo. Los gobiernos democráticos no parecen ser capaces de resolver los problemas tan graves de la época y la gente puede eventualmente voltear a ver para otro lado. Es muy interesante para mí, y nos dice mucho acerca del poder de la idea de la democracia en nuestra era, que a pesar de todo el fiasco de las políticas económicas y sociales relacionadas con la crisis económica en Europa, prácticamente en ningún lugar ha surgido algún movimiento fascista serio. Tienes algo en Grecia y en Hungría, tienes importantes movimientos de derecha, pero no están tratando de acabar con la democracia. Dicen que están tratando de construir una versión mejor de la democracia.

***

En su trabajo, Markoff evita caer en la práctica común de medir el grado de democratización que han alcanzado los países de ésta o de aquella región y en su lugar propone una simple caracterización analítica. Haciendo eco de los “tipos ideales” del sociólogo Max Weber, propone que veamos a los países como democracias, semidemocracias o pseudodemocracias. Dado que en su libro considera a la mayoría de democracias en la región centroamericana como pseudodemocracias, le pedí que por favor nos explicara un poco más su tipología.

“Estoy tratando de reconocer que el mundo nunca ha estado dividido de forma clara entre países que son democracias y países que no son democracias. Los estándares con los que nos referimos a la democracia cambian. Ya hemos hablado un poco de eso. Pero además, las piezas de la democracia no siempre aparecen juntas; tienen su propia historia. Podemos imaginarnos países que tienen algunos elementos de la democracia pero no otros. Permíteme tomar un par de ejemplos del mundo real. La India, a partir de su independencia, establece un sistema parlamentario que, excepto por un breve período, continúa funcionando hasta hoy en día. Establece un sistema judicial, protege a la gente empleada en el servicio civil para que los que están en el poder no puedan simplemente contratar a sus amigos, y tiene una prensa increíblemente animada. Pero aquí está lo que la India no tiene: no protege los derechos de la gente local. Entonces en muchas aldeas los ancianos de éste o aquel clan básicamente intimidan a la gente para votar de ésta o de aquella manera. Si ves el nivel nacional: competencia multipartidaria, diferentes partidos, estructuras semifederales interesantes, en las que los partidos de oposición pueden ganar a pesar de no ganar en el nivel nacional. Sin embargo, muchas aldeas no parecen democracias. ¿Cómo le llamamos a ese caso? ¿Queremos tener una sola palabra —democracia— y decir que la India es una democracia, o necesitamos un concepto que significa que tiene mucho de lo que consideramos democracia pero carece de otras cosas?

Y el otro ejemplo es que, hasta los años sesenta, una parte significativa de los Estados Unidos le negaba el derecho al voto a una porción significativa de la población. Estoy hablando de la negación del derecho al voto de la gente afroamericana del sur de los Estados Unidos, la cual duró hasta los años sesentas. Una definición clásica de democracia que utilizan los politólogos dice que un país no es una democracia si hay una porción significativa de personas a quienes se les niega el derecho de ciudadanía a la fuerza. Eso describe a los Estados Unidos hasta los años sesentas. ¿Queremos decir simplemente que Estados Unidos era una democracia? Creo que en realidad debemos decir algo más complicado. Usar una palabra como semidemocracia —la cual no inventé yo sino el politólogo y sociólogo Juan Linz— te hace pensar en las instituciones específicas de las que estamos hablando.

Ahora imagina un país en el que, para poder ser jefe de Estado, tienes que ganar una elección. Ahora imagina que los periodistas de oposición son secuestrados, llevados al exilio, asesinados; que el gobierno logra cobrar impuestos extraordinarios a las operaciones de negocio de los periódicos de la oposición. Imagina que los líderes de los partidos políticos de oposición son secuestrados, asesinados, llevados fuera del país o encarcelados. Imagina que el gobierno es dueño de todos los canales de televisión, e imagina que el gobierno organiza mítines masivos para intimidar a la gente de otros partidos. Está bien, el presidente es electo, incluso quizás es elegido por medio del sufragio universal, pero la política de ese país no funciona como la política que asociamos con la democracia. Y sin embargo se declara como tal. Entonces pseudodemocracia sería lo apropiado para describir eso.”

Markoff no se considera a sí mismo un experto en Guatemala. Sin embargo, su amplio conocimiento histórico de la democracia y de algunos de los movimientos democráticos recientes le permiten situar a las protestas guatemaltecas dentro del contexto mundial actual.

“Lo que a mí me parece increíblemente interesante en este momento es que en varios países —países que llamaríamos democracias y pseudodemocracias, e incluso en un par de países que nadie llamaría democracias— tenemos movimientos sociales demandando una nueva clase de democracia. Es como que si todos estuvieran leyendo al gran filósofo norteamericano John Dewey, que dijo que la cura para los problemas de la democracia es más democracia.”

El aspecto pro democrático de las protestas que hemos observado durante los últimos años se nota también, nos dice Markoff, en el hecho de que ninguna ha tenido el objetivo de defender alguna otra gran etiqueta ideológica, como el fascismo, por ejemplo, sino que todas han nacido simplemente del deseo de hacer que la democracia cumpla con sus promesas. Aunque cada uno de los movimientos que hemos visto ha tenido sus propias características y demandas moldeadas por el contexto político del país en el que ha emergido, Markoff piensa que todos han coincidido en algunos puntos. Todos han estado compuestos principalmente por jóvenes preocupados por su futuro que han tomado los espacios públicos y han protestado en contra de “la corrupción” o de alguna otra idea relacionada. Ninguno ha tenido líderes que personifiquen claramente las demandas de los protestantes. Todos —con la excepción de los Indignados de Chile— han rechazado tanto al oficialismo como a la oposición, un hecho que ha dejado perplejas a las élites gobernantes. Todos han utilizado la Internet como medio de organización y movilización. Todos han recurrido al humor, confirmando la vieja idea de que la risa es la forma más elemental de la rebelión. Además, todos —y ésta es quizás una de las características más significativas para Guatemala— han sido evidentemente pacíficos.

“En España circularon en los medios sociales ideas de qué hacer si alguien quería tirar piedras. Uno podía leer en los medios sociales de mayo del 2011: ‘amigos, si ven a alguna persona que quiere tirar una piedra, siéntense alrededor de ella para que se note y se diferencie del resto. Señálenla. Incluso consideren —y yo sé, compañeros, que van a encontrar esto un poco difícil— pero consideren llamar a la policía para que haga algo útil’. Las demostraciones en Barcelona ocurrieron en situaciones muy tensas. Las relaciones entre los protestantes y la policía son terribles en Barcelona. Todos estaban preocupados porque creían que los activistas en Barcelona iban a salir a buscar pleito con la policía. Pero la noche que todo ocurrió circularon lo que te dije y llegaron cien mil personas y nadie tiró una sola piedra.

Estamos viviendo un momento en el que los problemas más serios son transnacionales o globales, como el cambio climático, por ejemplo. Estamos viviendo un momento en el que los gobiernos nacionales no pueden resolver los problemas nacionales, porque el aspecto internacional de muchos problemas nacionales es muy profundo. Entonces estamos viviendo un momento en el que la gente se está preguntando a sí misma si la democracia nacional es la única forma de democracia que puede existir. En algunos lugares se puede ver esto claramente, como en Grecia, en donde las instituciones financieras europeas, la Unión Europea y Alemania tienen más impacto en la vida cotidiana que el gobierno mismo, independientemente de su carácter democrático. Eso hace que surjan muchas preguntas.

Lo que yo creo que va a ocurrir en el futuro es que vamos a empezar a ver discusiones más allá del carácter democrático de los gobiernos o del mundo. Vamos a tener que empezar a pensar en la democracia de forma diferente. Si los gobiernos nacionales son cada vez menos y menos capaces, ¿no hay cosas que podamos hacer localmente? Entones quizás vamos a redescubrir algunos de aquellos viejos mecanismos locales que fueron desplazados hace doscientos años en el momento fundacional de la democracia moderna. Porque, al final de cuentas, los campesinos a veces manejaban muy bien sus asuntos.” 

En su libro y en otras publicaciones usted dice que las innovaciones democráticas no han ocurrido en los países ricos y poderosos del mundo, en donde la gente siente que la democracia ya se ha establecido, sino fuera de ellos, en la periferia. ¿Nos puede hablar un poco más acerca de esto? ¿Qué necesitaría un país como Guatemala para transformarse en un lugar en donde puedan ocurrir innovaciones democráticas?

La innovación generalmente se produce cuando hay problemas o cuando las cosas no parecen funcionar bien. En los países ricos y poderosos los desafíos generalmente producen movimientos muy fuertes y conservadores. “Hay que regresar a lo que hizo de nuestro país un gran país…” “Éste solía ser un gran país, pero ahora…” Además, los países ricos y poderosos generalmente tienen medios para suprimir la innovación y clases altas muy poderosas y conservadoras. Entonces, cuando nos alejamos de ellos, la probabilidad de que alguien genere una innovación aumenta. Déjame darte un par de ejemplos históricos. En la década de 1830 hay un gran movimiento de trabajadores en Gran Bretaña. La Ley de Reforma de 1832 establece una pequeña expansión del derecho al voto, pero no es suficiente para que la gente que está trabajando en las fábricas, en el campo o en las minas obtenga el derecho a votar. Esto produce, como generalmente ocurre en las democracias, demandas por más reformas. Aparece entonces este movimiento llamado Chartism porque sus miembros escribieron algo que se llamaba The People’s Charter. En la historia intelectual de la izquierda global, este es un movimiento increíblemente importante porque era el movimiento de trabajadores en Inglaterra cuando Karl Marx vivía en Inglaterra. The People’s Charter que circularon hacía un llamado para que todos los hombres votaran por igual por medio del voto secreto. The Chartists son derrotados; los encarcelan, los enjuician y los desbandan. Y una de las maneras en las que el imperio británico lidiaba con los así llamados “criminales peligrosos”, incluyendo a los radicales, era deportándolos a Australia. (A esto se le conocía como “transportación”). Entonces a The Chartists los deportan a Australia, a donde llevan sus demandas radicales de igualdad de derechos y del voto secreto. En Australia ganan y el país se transforma en el lugar en donde se institucionaliza el voto secreto por primera vez. La forma específica que se utilizó llegó a llamarse el Australian Ballot y se regó por todo el mundo. No todos copiaron la técnica australiana, pero la idea del voto secreto adquirió una popularidad enorme luego del éxito que tuvo en Australia. Si lees los debates sobre el voto secreto en América Latina y en los Estados Unidos en el siglo diecinueve tardío y principios del siglo veinte, siempre están hablando de algo que se llama el Australian Ballot. Ese término ya no se usa hoy en día. En otras palabras, la posibilidad de innovación era mucho mayor en Australia que en el centro del imperio británico.

Daniel Núñez

Y las mujeres obtuvieron el derecho a votar en igualdad con los hombres en las colonias y ex colonias antes de hacerlo en Inglaterra. Las mujeres votaron en los Estados Unidos y en las provincias de habla inglesa de Canadá, Australia y Nueva Zelanda antes de hacerlo en Inglaterra. Ese es de hecho el patrón normal. Los innovadores tienden a estar en las áreas periféricas o semiperiféricas. ¿En dónde obtuvieron las mujeres el derecho a votar en los Estados Unidos por primera vez? No fue en Nueva York, ni en Virginia, ni en Massachusetts; no fue en los centros de producción industrial del medio oeste, sino en Wyoming; luego en Utah. Las mujeres votaron primero en Alaska antes de que votaran en Nueva York. ¿Sabes en qué país de América Latina participaron las mujeres por primera vez en unas elecciones nacionales? En Ecuador. En Brasil, se puede trazar estado por estado. No es en São Paulo, no es en Río, no es ni siquiera en Río Grande del Sur; es en Río Grande del Norte, un área pobre, con poca población.

Entonces, yo creo que si nos preguntamos en dónde ocurrirán las innovaciones que van a redefinir a la democracia en el futuro, creo que el record histórico sugiere que no va a ser en los Estados Unidos, Gran Bretaña, o Francia, lugares en donde cada vez que ocurren problemas la gente dice que hay que regresar al pasado. Yo no puedo predecir en dónde ocurrirán, pero déjame sugerir algo sobre Guatemala, aunque no es algo único de Guatemala. Si yo estoy en lo correcto cuando digo que uno de los desafíos que la democracia enfrentará en el futuro es la sensación de insuficiencia que tiene la gente en varios países; esa sensación de que la democracia en nuestro país no es suficiente para que sintamos que tenemos algún control sobre las condiciones que afectan nuestras vidas, como la gente se siente en Grecia y en España… Creo que, por mucho tiempo, los centroamericanos se han enfrentado a una realidad que ha hecho que entiendan profundamente este problema con la democracia nacional, esta idea de que la democracia nacional no es suficiente. No estoy haciendo una predicción, pero si mañana leo en el periódico que alguien en Guatemala tuvo una idea para llevar a cabo algún nuevo tipo de proceso político, no me sorprendería. Simplemente sugiero que en Guatemala no hace falta nada para poder pensar en algunos de los problemas nuevos a los que se enfrentará la democracia en el siglo veintiuno.

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