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Una moneda inmóvil en la maleza
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Una moneda inmóvil en la maleza

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Desde 2014 publicamos textos sobre un departamento del país en esta serie que se llama ZOOM. Los autores, que tienen una vinculación afectiva con el lugar del que hablan (o al menos eso intentaremos), toman como punto de partida e hilo conductor un lugar concreto, un microcosmos, para hablar más ampliamente de esa región.

Lo más difícil es probablemente seguir queriendo y no poder continuar, o de un tajo no saber cómo seguir queriendo. No sé cual será peor. Son casi las doce en Bogotá y la madrugada amenaza con ser muy fría, más de lo usual. Estarán por ser las once en Retalhuleu y ahí todo lo envuelve ya un calor húmedo. Habrá algunos cuantos mosquitos en los cuartos, ventiladores dando vueltas como carruseles en la oscuridad y habrá personas en la calle, recorriendo como sombras bulliciosas el pueblo que, muchas veces, me dijeron le nombrara ciudad, por el simple hecho de ser la cabecera departamental. La casa de un piso de mis abuelos estará en su propia sinfonía, una más privada y hermética, una más antigua y perdurable. La puerta de madera, pintada de blanco, estará cerrada con dos pasadores y se oirá la respiración al fondo, en el viejo patio, de las gallinas y los perros que duermen sobre el concreto, mientras el viento roza las plantas en sus altas macetas colgadas de las vigas pintadas de rosa y termina deslizándose sobre el techo de lámina. Esa casa siempre me pareció ser su propio mundo. Todo está dispuesto en su orden y cuando anochece se niega el cambio y todo parece flotar dentro de una bruma oscura pero acogedora, que no planea perecer.

Hace casi dos años que salí del país y no he sentido un ataque de nostalgia profundo como creí era propio y humano y normal y hasta obligatorio sentir. Pero ahora, a menos de dos semanas de volver a cambiar de ciudad y de país, empiezo a sentir una amenaza de miedo junto con un dejo de arrepentimiento, que nace en mis manos y se instala, como forjando su trinchera, entre las costillas. Quizás esta ya sea nostalgia acumulada.

“Lo que usted siente ha de ser un amor triste”, me dijo alguien alguna vez, mientras tomábamos un café y él, que no era retalteco pero había vivido algunos años ahí, me contaba con emoción la ruta que seguía, desde el Boulevard Centenario hasta su trabajo, cada mañana. Yo en ese momento seguía la plática haciendo el mismo recorrido mentalmente. Veía la carretera gastada, llena de agujeros, el paisaje a mi izquierda y derecha con total nitidez, el nombre de los negocios, la primera curva, la última curva, pero yo no hacía más que imaginarme un mapa, no me provocó una serie de suspiros incontrolables y tampoco tuve que ahogar un llanto que quisiera salir como cascada.

Ese desapego, sin embargo, no tiene un atisbo de resentimiento hacia un pueblo que me emocionó durante toda mi niñez. Todas mis remembranzas vienen con historias felices, más felices que tristes, con amor, con vacaciones a los doce años que disfrutaba como nunca. Porque a pesar de haber nacido en Retalhuleu, pasé los primeros quince años viviendo en la capital. Pero cada año, religiosamente y sin excusas, había uno o más viajes (a medio año o a finales), que emprendíamos de regreso a Retalhuleu. Y lo que más anhelaba a esa edad era volver a ver a la gente, a impregnarme del clima cálido que en ese entonces me encantaba, y vivir la libertad de salir a la calle de día, de noche, con los primos y amigos, lejos o cerca. Libertad que contrastaba con el encierro que conllevaba vivir en una colonia de los suburbios de la ciudad de Guatemala, con las tiendas armadas de barrotes y rejas, con las casas y sus portones como murallas intimidantes.

Primeras nociones de Retalhuleu

Retalhuleu es un pueblo pequeño, lleno de palmeras, frutas y verduras por doquier, gente amable en cada esquina, campos vastos, caña de azúcar, ríos y puentes. Desde que recuerdo las cosas en la cabecera del departamento, que es donde vive gran parte de mi familia, han sido calmadas. Se podía salir de madrugada en moto o a pie si se quería a pasear (aunque no hubiera mucho que ver), pero si el capricho atacaba, uno podía hacerlo. Claro, hay muertos por violencia, hay asaltos, se ven las casas siempre aseguradas con balcones y doble cerradura, pero no es la amenaza contra la vida una constante.

Recuerdo los paseos. Pasar de noche por la quinta avenida una y otra vez y ver el área más concurrida. Los negocios que se mantenían y mantienen vigentes por años y años. Así, hasta llegar al parque central. La iglesia católica de San Antonio de Padua es el centro de todo el parque rodeada por estrechas calles de piedras, al estilo colonial. El palacio Departamental se encuentra a un costado y en las esquinas abundan ventas de comida: tacos y quesadillas y tostadas y para acompañar, películas piratas. Después, al amanecer, el paseo iba por otro rumbo. Con mucha facilidad uno podía encontrar algún balneario y pasar ahí la mañana. Nadando con el sol vigilante y la brisa azotando las palmeras, mientras el pasto húmedo despedía un olor a costa y verdor radiante. Pero por sobre tantos otros sitios, uno de mis más viejos recuerdos se remonta a una calle en particular. Tiene, de una esquina a otra, aproximadamente doscientos metros. Al norte está el Instituto General Arana Osorio. Al oriente existe una hilera de casas de un solo piso y un poco a la izquierda se abre un pasaje que recorrí incontables veces. El lado sur tiene las típicas tiendas de barrio y una cancha de concreto, amplia, rodeada de banquetas, grama verde, arbustos bien cuidados y clima veraniego todo el día. La colonia se llama San Antonio y no es muy grande. Se recorre a pie en veinte o treinta minutos.

Hansel Espinoza

Regreso después de largas temporadas, cada año, y en ese lapso de tiempo me siento estar donde más quiero estar. Mientras iba creciendo no imaginaba que varios años después, yo estaría viviendo en esa misma colonia, a tres minutos de la casa de mis abuelos, que cambió bastante pero me sigue pareciendo la misma. Y menos pensaba en ese entonces que años después iba a rememorar ese pueblo y esa colonia y los anuncios de la televisión que escuchaba desde lejos, establecido, a traspiés, en otra ciudad y en otro país.

Siempre hace calor en la capital del mundo, siempre. Es un calor húmedo, de costa, como un abrazo de aire cálido y pegajoso a veces. Cuando es invierno invariablemente hay calor, pero llueve torrencialmente. Hay ríos en las calles más grandes que se han llevado a más de uno. Y como cualquier otro municipio del mismo departamento, al enterarse de que llueve, mucha de la gente se aglutina a tirar la basura y esperar alegremente que la corriente la sepulte donde ellos no puedan verla y, así, los ríos artificiales crecen y crecen sin parar. Es parte de la idiosincrasia de más de uno, pero a mí me llegó a parecer normal que al llover se formaran esas corrientes.

Para ingresar, si se viene desde el área central del país, se debe pasar por un puente que atraviesa otro río, este uno de los más grandes e importantes: el río Samalá. Es el puente Castillo Armas. El viaje que realizábamos desde la ciudad me parecía larguísimo y era una de las mejores señales cruzar ese puente. Sabía que no duraría mucho más el recorrido cuando veía ese punto de referencia.

Una de esas tantas vacaciones que tuve, la marcó un viaje y una caída en un riachuelo cerca de la Colonia San Antonio. Esa caída subraya el contraste entre dos realidades diferentes, colindando una a otra a una distancia demasiada pequeña. Una mañana salimos desde la casa de mis abuelos y a menos de diez minutos andando en bicicleta dejamos atrás las calles pavimentadas, ingresamos por un camino de terracería y ya el paisaje era todo verde. Dejando atrás el área urbanizada nos veíamos envueltos con nada más que vegetación y cercas hechas con troncos y alambre de púas que protegían las fincas y terrenos baldíos que no eran más que eso, tierra habitada por animales pequeños y vegetación espesa.

Siguiendo el recorrido terminamos topándonos con una casita de madera con cuatro ambientes arreglados con ingenio más que con precisión, un tejado de lámina, un par de bombillos amarillos que rezumaban una luz débil y alumbraban un pasillo lleno de trastos viejos pero útiles. La casa y las macetas colgadas en el corredor estaban asentadas a la orilla de un riachuelo pequeño pero con un flujo constante, de los pocos que se conservan limpios. Para llegar hay que seguir un camino de tierra y piedras, forjado por el andar de los que ahí viven. Los vecinos son palmeras, vegetación espesa, aves cantando al amanecer y cigarras que lo hacen al caer el sol. Un par de cabañas más allá se hacen compañía y se conectan por trazos invisibles. El pequeño enmarañado verde se extiende por casi toda la zona. Traspasamos el río saltando piedras, dejando atrás, sin desconfiar que iban a desaparecer, las bicicletas y entre el minúsculo alboroto terminamos con las ropas mojadas, dando pasos en falso sobre las piedras mohosas. Nos atendió un señor mayor, dueño de una extraña hospitalidad. Parecía no preocuparle recibir la visita inesperada de varios niños. Saludó con un “buenos días” cordial mientras se ocupada de sus asuntos: ordenar sobre una mesa de madera varios enseres básicos, limpiarlos y preparar algo de la comida que ahí tenía. No puedo rememorar bien el final de ese día pero la impresión se mantiene y es que todo Retalhuleu tiene eso, una parte urbanizada con semáforos y signos viales y tiendas, casas, negocios, colegios, jardines, casas de uno o dos niveles con televisores y radios a todo volumen, internet, bancas de concreto bajo los árboles y a menos de diez minutos uno puede ingresar en un paraíso tropical de antaño, donde aún filtran el agua con piedras de río enormes que, gota a gota, llenan cántaros que almacenan en la sombra, sobre un fresco piso de tierra.

Hansel Espinoza

Muy a mi pesar no viví el Reu que me contaron mis papás y mis abuelos y que tiene algo de místico, rodeado de leyendas contadas al caer la noche y la emoción del primer cine (cine ya no hay ahora) y los teatros. De las pláticas en las esquinas hasta tarde o la costumbre de sacar las sillas para sentarse frente a la acera y ver y saludar a los amigos, vecinos y familia de paso. Pero todas esas cosas mantienen un vigor en la gente que siempre ha vivido ahí y lo saben traspasar. Aún está la gran mayoría de habitantes con sus rituales y sus cábalas, con el miedo a lo desconocido y el respeto por la tradición oral y el ánimo inconsciente de mantener viva la imagen de un pueblo que es traspasado de padres a hijos. De las calles en los barrios con los niños jugando descalzos futbol, y los chicos más grandes arreglados, andando en bicicleta para ir a visitar a la novia y sentarse a hablar de lo que solo ellos saben, tomando algún licuado en un puesto cubierto de adornos dibujados por el pintor local, tan malos que llegan a ser un legado y un punto de referencia para quien desea ubicar una dirección.

Alguna última tarde

“La agazapada convicción de que volver es vano”.
Julio Cortázar – La cruz del Sur

El momento más difícil era el fin de todas las vacaciones. Las vacaciones que condensaban toda una serie de anhelos truncados de pronto y que duraban tan poco.

—A las cuatro salimos para la casa —decía siempre mi papá y ese era el punto en que empezaban los últimos momentos que pasan con tanta prisa y yo sentía que se escapaban de mis manos.

Estaba por terminar la última tarde de esas vacaciones. El viaje duraría tres horas, o un poco más, hacia la capital. No tengo idea del porqué pero al conocer la noticia real y ya irrefutable del regreso, acostumbraba a dar un último paseo solo sintiendo nostalgia, lo que en ese entonces no sabía nombrar. Llevaba una moneda entre los dedos y le daba vueltas. Ahí nació una tradición privada que dura hasta el día de hoy. Coloqué con cuidado, bajo una piedra que formaba parte de una cerca ya a punto de destruirse, de una casa vecina a la de mis abuelos, la moneda, esperando encontrarla al regresar. Ese gesto simbolizaba todas las ganas, la fe y la esperanza que tenía de volver a mi paraíso y también significaría que al yo encontrarla sabría que, a pesar del tiempo, algunos lugares se mantienen intactos. Pero no todo se mantiene intacto, ni en el lugar más remoto.

Desde entonces, antes de abandonar un sitio que quería de verdad, Retalhuleu en este caso, repetía el mismo ritual melancólico. Encontré la moneda en todas las ocasiones que volví, menos una. Fue el día en el cual me mudé definitivamente a aquel pueblo y lo vi como una señal que me advertía que había llegado para quedarme. Aunque no fue así.

Al llegar el milenio

“Demasiado grande para la tierra misma
que constituía su ámbito forzoso”.
William Faulkner – El oso

Quisiera decir que al entrar te da la bienvenida una calzada enmarcada con palmeras altas, imponentes y todo el horizonte se abre infinito ante nuestros ojos y entramos al idílico paraíso de la costa con cervezas frías, gente sonriente y contenta con lo que tienen, ceviches bajo la sombra de los árboles y una vida que empieza donde empieza el mar. Esto es en parte cierto pero hay otra historia, un lado B, que justifica cierto conformismo con lo que se tiene y cierta filosofía de que así se ha vivido y así se ha de vivir. Uno entra y es impresionante, de hecho es una postal famosa de Retalhuleu, ver la Calzada Las Palmas. Pero al llegar al primer semáforo, donde empieza el punto central de Retalhuleu, uno empieza a notar cierto descuido. La Galera (un pequeño mercado y sub-terminal de buses) está sucia usualmente y se ve el descuido por varias calles, llenas de agujeros y parches que terminan siendo peor mal. Culpa del conformismo y de la corrupción y mal manejo del ornato, pero así es. Si uno no está habituado, es un choque que deja un sabor un poco amargo.

Ya en el 2006 estaba viviendo definitivamente ahí. Al principio fue todo lo que imaginé y más. Cambié la rutina de la congestión vehicular y el encierro de la capital por una vida tranquila y alegre en un pueblo que me era familiar en todo momento. Estudié el bachillerato ahí y empecé a vivir más de lo que había vivido antes, conocí a varios amigos que aún mantengo y llegué a conocer en verdad lo que era Retalhuleu. Esos dos años que duraron lo que tardé en terminar la educación media fueron promesa de que ahí todo estaría bien en adelante. Pensé “acá se vive bien, acá esta todo lo que quiero, de aquí no hay por qué salir”. Pero, al empezar la Universidad me mudé por una corta temporada a Quetzaltenango y descubrí un lugar bastante más grande, con más cosas que ver y hacer. Gente que procedía de muchos otros departamentos vecinos llegaban a estudiar y me di cuenta que la vida era mucho más amplia. Que había más cosas por descubrir. Terminé regresando a Retalhuleu no mucho tiempo después, pero con una sensación nueva .

Durante esos años que duró la carrera universitaria, Retalhuleu empezó a crecer. Colocaron un McDonald’s, abrieron un mínimo centro comercial y a voces se escuchaba que al fin el pueblo estaba progresando. A mí me pareció desconcertante, ya que yo no veía eso como señal de progreso cuando las cosas seguían mal en tantos sentidos. No muy buena educación, no muchas fuentes de empleo, calles en peor estado día a día, corrupción desenfrenada, chismes tontos para alimentar el morbo de la gente que funcionaban como un soporífero, y la constante promesa de que eso seguiría así, sin un cambio verdadero. Aun así yo estudiaba, tenía siempre un lugar donde vivir, comida en la mesa y las puertas abiertas para empezar una carrera profesional ahí mismo. Estaban los amigos que se quedaron y los que empecé a conocer más a fondo. Las reuniones entre semana para comer una granizada o en el parque, viendo pasar el tiempo, los mismos bares con los mismos amigos también se mantenían. Planes para salir en Semana Santa a otro sitio. El círculo se iba agrandando siempre, poco a poco, pero en esencia era lo mismo. Al pasar un par de años más, seguíamos haciendo lo mismo. Quizás no me supe abrir del todo o quizás abrí las brechas cuanto pude y las cosas no cambiaron mucho. Una tarde desocupada, cualquier tarde, en cualquier mes, no había mucho por hacer. Salir a dar vueltas por el pueblo, lo cual no duraba más de treinta o cuarenta minutos porque para entonces ya se había recorrido lo principal una o dos veces. Visitar a la familia en sus casas, platicar. Contar qué pasaba con fulano, qué iban a hacer para la cena, qué estaba haciendo mengano, qué planes había para fin de mes. No había mucha salida a la rutina. Trabajar siempre, claro. Pero depende del proyecto de cada quién. De las proyecciones que se tengan. En contadas ocasiones tuve la oportunidad de apreciar algo cultural que no fueran eventos tradicionales. No había muchas bibliotecas y las que estaban tenían libros de texto estudiantiles en mal estado, diccionarios sin tapa y algunas cuantas novelas. No encontré la oportunidad de mantener alguna tertulia interesante con personas que no hablaran otra cosa que no fuera futbol o se quejaran de los políticos o de los profesores. Y luego en cada bar regueton, cerveza y ron. O Arjona, en su defecto.

Hansel Espinoza

Pero también había momentos agradables, las reuniones con los amigos de siempre, las tardes en sus casas, las idas al mar, que estaba cerca y aún así se visitaba poco, quizás porque Champerico (un puerto importante y la playa más cercana que tenemos) tampoco se encuentra bien cuidado y la carretera es un martirio.

Con el tiempo empecé a sentir que en un lugar tan pequeño las oportunidades son limitadas y aunque, claro está, se puede crecer y hay gente que maneja bastante de la economía local y gozan de una vida vasta y buena, la gran mayoría vive bien, rodeada por un aura de tedio y costumbre. Como si la vida solo pudiera suceder dentro de esas fronteras imaginarias y las mismas calles deben recorrerse interminablemente y la misma gente y los mismos amigos deben seguir y si uno vive a una hora y media, en Quetzaltenango por ejemplo, ya se está haciendo una vida en el mundo exterior. Así, se me empezaron a cerrar las calles y todo se iba volviendo minúsculo.

La primera vez que consideré emprender un viaje y no un viaje que fuera una pequeña salida de quince días en un lago o en otro país como turista, más bien un viaje como una huida, fue cuando tenía veinte años e iba en el asiento trasero de un camioneta Mitsubishi del 96. Viendo la carretera a un lado, con fachadas de casas grandes de jardines largos y cercas cortas, pasando la Calzada Las Palmas, sentí como una necesidad de seguir el camino. No quería que acabara, quería que se alargara interminablemente y quería ser yo el único que lo emprendiera. Los destinos fueron variando, capricho con capricho, pero siempre el motivo era el mismo. Salir. Agrandar las fronteras. Cambiar una pecera por un charco, un charco por una laguna, y una laguna por un mar.

Al salir todo seguía igual y comencé a sentir un raído ir y venir de días similares, sobreviviéndose unos a otros mediante una reiteración triste de los mismos eventos, con la diferencia de que las fechas y las vestimentas se cambiaban. Era ver una puesta en escena de una obra de teatro actuada una y otra vez, alterando los adornos de fondo para engañar a los actores, pero dotándolos de una suerte de destino cruel e imperante en el guion que tan cómodamente aceptan y repiten. 

Todas las cosas deben suceder

“Había perdido un país,
pero había ganado un sueño”.

Roberto Bolaño – Los perros románticos

Palatino no está en Retalhuleu, tampoco está en Guatemala. Palatino está en el norte de Bogotá, en la carrera séptima con calle ciento cuarenta. Es un centro comercial de tres niveles, con cine en la parte superior, área de comida y una vista hermosa de los cerros al oriente y del resto de la ciudad, edificios altos y calles largas y anchas, al poniente. Estando ahí, para mí tan lejos, luego de haber decidido, movido quizás un poco por impulsos, realizar un viaje por mi cuenta a los veinticuatro años, descubrí la función real que para mí tienen, hasta ahora, los recuerdos más fuertes de mi hogar.

Antes de partir creí que a pesar de ser emocionante viajar solo por diez días (diez días ahora no me parecen nada) también habría de enfrentar en esa situación, estando lejos, algunos momentos en los cuales sentiría desesperación, ansiedad y nostalgia y eso me terminaría ganando y se encargaría de hacerme alguna mala jugada. Y lo hizo, o fue intento porque al final fracasó y me ayudó a descubrir un asidero en las situaciones similares.

Hansel Espinoza

Ese día me junté a platicar y tomar un café con alguien. Recorrimos unas cuantas tiendas, conversamos de poco y mucho a la vez, visitamos un pequeño puesto de libros en el último piso y todo parecía estar dispuesto como lo había imaginado. La situación parecía inmejorable. Desde ahí, pensé, “todo lo que tenga que suceder, sucederá”. Y así fue, con una extraña y atroz precisión desde ese día hasta el último. Lo único que no tenía planeado, pero resultó siendo un pequeño regalo que perdura, fue que en un punto de la noche, cerca de despedirnos, me invadió la extraña sensación de sentirme por completo ajeno a ese sitio y me desesperé. No sabía qué debía hacer. Caminé de prisa y encontré un sofá, colocado solitario al final de un pasillo de azulejos blancos y azules. Cerré los ojos, con la cabeza apostada contra mis manos, y de súbito, sin buscarlo, empecé a recordar. Vi la casa de mis abuelos y el pasaje que llevaba hasta ella. Lo caminé paso a paso, viendo la casa de los vecinos, sintiendo el aire tibio de alguna mañana lejana, rodeado por el rumor de voces ininteligibles que venían de cualquier esquina, de cualquier cocina, de cada una de todas esas construcciones que tantas veces pasé sin haberles prestado mucha atención. Fui sabiendo entonces que sí, que sigo pensando que la misma rutina de vivir en un pueblo pequeño no puede ofrecerles a todos lo mismo, pero los olores, las sensaciones, el sonido de la lluvia sobre los tejados de lámina, que nos dan los recuerdos pueden crear un caparazón que no tiene nada de esperanzador quizás, pero si tiene algo familiar, que nos devuelve el aliento, que nos hace partícipes de algo mucho más grande que solo un simple pedazo de tierra.

Antes de volver a viajar (porque estoy terminando este ensayo viviendo en Santiago de Chile) repetí con la misma ceremonia solitaria el ritual de pequeño. Escondí a menos de una cuadra de donde solía vivir una pequeña moneda. Entre tres arbustos, al lado de una pescadería que vi incontables veces pero a la cual nunca entré a comer, entre la carrera doce con calle 140. Lo hice con la tristeza y parsimonia de quien se despide de alguien dormido. Fue una pequeña redención. Otra esperanza sin nombre. En ese momento me di cuenta que esto, lo de ahora, es una linda huida larga de un pueblo que oprime sin saberlo, sin quererlo. Sin rastro de malicia pero sofocando con un amor y un temor obsesivo, con costumbre y rutina, que va calando dentro y haciendo mella en la voluntad de pensar más allá, de sobrepasar el océano o cruzar cordilleras y lagos, y no deja pensar en las personas con sus comidas y preocupaciones y horarios diferentes. Pero siempre al final queda esa moneda escondida por primera vez entre los escombros de una casa que está hecha ruinas, entre maleza espesa y nidos de hormigas. Esa moneda minúscula que hace que el camino de vuelta no se sienta tan largo y nos impide olvidar que un pueblo entero, la casa de los abuelos, los padres, los amigos y la familia envejeciendo, siguen siendo la patria que llevamos muy al fondo, donde se guarda todo lo importante.

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