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Una historia de refugio
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Opinión

Una historia de refugio

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Atrás de cada número hay nombres e historias. Migrar también es un acto que reivindica la lucha por la vida.

Son casi las tres de la tarde. Sara[1] es una mujer de aproximadamente 60 años, probablemente menos. Lo primero que noto es el pañuelo lila que lleva en la cabeza. La acompañan sus dos hijos. Víctor es el mayor, de 24 años, y Diego, el menor, de 17. El primero es soldador y trabaja en un taller mecánico. El segundo asistía a la escuela, pero, cuando su madre enfermó de cáncer, decidió dejar sus estudios para apoyarla en la casa.

A las 2 de la mañana de ese mismo día Diego fue citado en un terreno baldío cerca del cementerio de Colón, municipio del departamento de La Libertad, El Salvador. Allí lo esperaban miembros de una pandilla, pero él no se presentó. En su lugar fue Víctor a decirles que su hermano no llegaría, pues no estaba dispuesto a colaborar con la mara. «Además, si algo le pasa a mi hermano, mi mamá se muere», pensó decirles. Así que le mandaron un mensaje: entre todos lo golpearon y amenazaron. Si no estaban ambos a las 5 de la mañana en ese mismo lugar, irían a buscarlos.

Como si fuera un recordatorio, al regresar, Víctor leyó en el periódico de la comunidad sobre el asesinato de sus vecinos, ocurrido unos días antes. Cada pieza encajaba en su lugar. «Si no nos íbamos en ese instante, los siguientes íbamos a ser nosotros», cuenta Sara tratando de contener las lágrimas. Con ayuda de una organización de la sociedad civil contactó a su hijo mediano (Byron), quien dos meses atrás también había huido de su país a causa de la violencia. Pero no viajó solo. También iba su esposa (Laura) con seis meses de embarazo. Sara continúa narrando su viaje a Guatemala como si fuera un capítulo de La odisea o un libro de Cervantes. A pesar de todo, muestra mucho optimismo. No le faltan el buen humor ni la sonrisa en el rostro. Inmediatamente se perfila frente a mí la imagen de una mujer fuerte y simpática, con un tinte de esperanza marcando cada paso. Por otro lado, mi cabeza sigue atando cabos. A quien inicialmente quería el líder de la clica era a Laura, pero, al huir con Byron, el ciclo se amplió hacia los demás integrantes de la familia.

El camino seguiría hacia un albergue donde podrían permanecer como refugiados. El camino es largo y silencioso. Pero al llegar, del otro lado de la frontera, uno de los coordinadores del albergue nos está esperando en su picop. Él hace una llamada muy breve. «Byron, mirá. No sé si es tu mamá la que viene conmigo, pero mejor hablale para corroborar que sí es ella y que no me traje a otras personas», bromea. Byron está afuera, sentado en la banqueta, ansioso por ver a su familia. Adentro se encuentra un grupo de devotos creyentes que han llegado a dejar víveres. Entre la música y la oración se desbordan los sentimientos. Con el calor de la noche se sirve café y pan dulce. Entonces nos cuenta sobre el control que ejercen las maras en El Salvador. «Uno no puede irse de un lugar a otro tan fácilmente porque tienen gente que vigila. Ahí ya lo conocen a uno. Antes de irse, uno debe saber qué pandilla tiene el control en qué barrio porque, si ubican que venís del territorio enemigo, te metés en graves problemas. Por eso pueden hasta matarte», relata.

La historia de Sara y su familia no es poco común. Según datos del 2016 de la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur), entre 2013 y 2015 la cifra de solicitudes de asilo en México ascendió a un 162 %, hasta alcanzar las 3 423 solicitudes en 2015. Sin embargo, esto representa menos del 1 % del número estimado de personas originarias de la región norte de Centroamérica que entran al país de manera irregular. La mayoría no opta por esta posibilidad, en parte debido a la falta de información (desconocimiento del principio de no devolución). Asimismo, la Acnur había previsto para finales del 2016 contar con una población de entre 8 000 y 10 000 personas en condición de refugiados. Cabe resaltar que el número de personas detenidas por las autoridades de migración en 2015 fue de aproximadamente 190 000, el 90 % proveniente de El Salvador, Honduras y Guatemala.

 

Interior de una casa del migrante en Frontera Comalapa, Chiapas, México.

 

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Bibliografía

Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados (2016). Ficha de datos. México. Disponible aquí.

 

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[1] Por seguridad se han utilizado nombres ficticios.

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