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Una deconstrucción social de la melodía
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Una deconstrucción social de la melodía

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De diversas escuelas de música de toda Guatemala, 160 mujeres, entre 18 y 30 años, unieron su talento y sus voces para crear una de las metáforas sociales más contundentes de ese día lleno de símbolos: la del esfuerzo individual, la de los pedazos de sonido que cada una representaba, integrados, al final, en una sola melodía. El 25 de noviembre, día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, nació una orquesta femenina en honor a la poeta desaparecida Alaíde Foppa.

Como parte de las actividades del Memorial para la Concordia, la Biblioteca Nacional recibirá parte de la biblioteca de la escritora Alaíde Foppa a mediados de enero de 2016.
La orquesta se conformó con jóvenes procedentes de Escuintla, Chimaltenango, San Lucas, Antigua Guatemala, Salamá, Mazatenango, San Raymundo, Quetzaltenango, El Petén y Chiquimula.

Ancestralmente se hace una relación directa entre la luna y las mujeres. Se habla de ciclos, de semillas en germinación. La última luna llena, la de noviembre tuvo ese eco. Coincidió con el Día de la no violencia contra la mujer, y desde temprano fueron invocadas en las redes sociales y en los medios. Ese día se inauguró un programa contra el acoso callejero, se anunció el comienzo del juicio por la desaparición de Cristina Siekavizza, se jugó otro partido en el campeonato femenino de futbol sala, y, en el atrio de la Catedral, la grabación de la voz de la poeta guatemalteca Alaíde Foppa, desaparecida en 1980, fue el preámbulo para la presentación de la orquesta femenina que lleva su nombre.

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En medio de este país socialmente agreste, nacen con constancia iniciativas que buscan su reconstrucción. En una de ellas, El Memorial para la Concordia, coincidieron Julio Solórzano Foppa y Manuel Toribio. Dos hombres con experiencia en la música y con sensibilidad social. Solórzano, del lado de la gestión y la producción; y Toribio, del lado de la enseñanza. Así surgió la Orquesta femenina “Alaíde Foppa”, haciendo coincidir, además, en un solo proyecto, varios de los objetivos de El Memorial: la dignificación de las víctimas del conflicto, la comprensión de un país diverso, la inclusión, el trabajo con la juventud y los planteamientos de perspectivas de género, entre algunos de ellos.

Solórzano es el primer hijo de la escritora Alaíde Foppa, y heredero, además, de una tradición musical que empieza por su abuela, Julia Falla, una pianista de concierto que inculcó en su familia el gusto por la música, ese mismo que luego lo llevaría a tener un encuentro con la música latinoamericana, y luego a componer, fundar una disquera y gestionar conciertos en México con la nueva trova cubana. Fue director del Auditorio Nacional, el teatro más grande de México, y fundó una orquesta conformada por niños en Tepostlán, Morelos. Esa experiencia fue la que guio el nuevo proyecto. Se acercó a la gente del Conservatorio, la Municipalidad, el Sistema de Orquestas y el Ministerio de Cultura para que prestaran a las chicas que ellos estaban formando, prestaran algunos de sus instrumentos, y que esperaran recibir el intercambio con las maestras extranjeras que ayudarían a formar la nueva orquesta. Se dispuso a recaudar fondos para comprar otros instrumentos y así, lanzaron la convocatoria a la que asistieron alrededor de 150 jóvenes.

Manuel Toribio, por su parte, es un reconocido director de orquestas que ha trabajado en Grecia y España. Estuvo al frente del Conservatorio Nacional, y durante los últimos años ha estado a cargo de la creación de dos orquestas infantiles, una en Mazatenango y otra en Retalhuleu. Él es originario de Sumpango, Sacatepéquez, un pueblo que ha provisto al país con reconocidos músicos. Allí fue a dar su padre, proveniente de San Juan del Obispo, y de una familia en donde el solo apellido ya era indicio de su tradición musical. No hay Toribio que no sea músico, afirma. Él empezó tocando marimba de zarabanda cuando tenía 12 años, estudió en la escuela de música de Sumpango de donde salió becado para estudiar en el Conservatorio en donde emprendió una carrera con la que soñó el día en que escuchó por primera vez la 9a. Sinfonía de Beethoven por la radio. La idea de la creación de la Orquesta “Alaíde Foppa”, y los casos con los que se encontró a lo largo de las entrevistas que realizó a las decenas de aspirantes, le hizo recordar que el ámbito de la música nunca ha sido un espacio amable para las mujeres. Los testimonios eran impactantes, recuerda. Hablaban de discriminación, burlas por el instrumento que tocaban, porque los clarinetes, contrabajos, trompetas, no son “aptos” para una mujer, hablaban del acoso, y de la inclusión cuando necesitaban que el grupo de músicos tuviera “pegue”. Para ellas, la orquesta se convirtió en un espacio que finalmente les pertenecía.

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Las situaciones que delataron las entrevistas son apenas una muestra breve. Se trata de orquestas, espacios poco convencionales, en donde se supone que se convive con otros seres humanos sensibles. Fuera de ellos, en la vida cotidiana, las situaciones de discriminación, acoso y falta de oportunidades llegan a adquirir matices alarmantes. Esa fue la razón por la cual, la Orquesta se propuso, además, aprovechar el conjunto de jóvenes para empezar a llamar la atención y crear consciencia de esas situaciones también desde dentro. Durante una semana, previa al concierto inaugural, las integrantes asistieron a un campamento en el que además de ensayar, se llevaron a cabo pláticas profundas acerca de la situación del país y de las mujeres, con el objetivo de propiciar en ellas un descubrimiento propio de sus potencialidades, y de esa manera fortalecer su empoderamiento en los entornos cotidianos. Así lo comentó Patricia Castillo, una trabajadora en los temas de género que colaboró como voluntaria en esta actividad, por el amor al proyecto y al recuerdo de Alaíde Foppa, a quien conoció en México cuando, a los 22 años, viajó como delegada del Frente Democrático contra la Opresión para hacer una denuncia internacional previo a la quema de la Embajada de España. A lo largo de su militancia, Castillo logró entender que el feminismo nace de un compromiso político, de una comprensión política de la situación de las mujeres. Que es un movimiento en construcción permanente, y que el espacio de creación que las jóvenes comparten dentro del proyecto podía ser fundamental para empezar a luchar en contra de las situaciones externas, y contra aquellas que consciente o inconscientemente empujan a la división, a la disputa por esos espacios limitados de participación a los que se pueden optar. Generar, en fin, una causa común de emancipación, en un país en el que tan solo unos días atrás se había anunciado la legislación a favor de que las niñas no puedan casarse antes de los 18 años, esas mismas niñas a quienes la sociedad no les ha presentado otras oportunidades reales en donde desarrollar sus capacidades y sus talentos.

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Claudia Borrayo es ingeniera química y tiene una relación con la música desde los 8 años. Fue a esa edad cuando empezó a cantar y la inscribieron en el Conservatorio. A los 14 encontró en el arpa esa armonía que, solo quienes ejecutan algún instrumento, saben que existe entre ambos. Sin embargo dejó de estudiar arpa en 2004 y empezó a participar en audiciones para cantar. Ha participado en los coros de óperas como La Boheme, Aída, Il Trovatore y La Traviata, entre otros. Cuando apareció la convocatoria para ser parte de la Orquesta “Alaíde Foppa”, asistió. Sin embargo, el arpa no era parte de los instrumentos que conformaban el grupo. Pronto harían la convocatoria para formar el coro, entonces entró. Recuerda que lo que le sorprendió fue ver a las chicas tocando bronce metal, corno, trombón y percusiones, esos instrumentos en los cuales no se ve regularmente a una mujer. Ya dentro del coro, la inquietud era escuchar cómo iban a sonar sin las voces masculinas, si solo las voces femeninas iban a lograr la fuerza de una masa coral, y funcionó. A pesar de tener una carrera musical, Claudia sabe que la vida de quienes se dedican a la música no es fácil. Cantar en las óperas no es un trabajo remunerado, y aún así los cantantes deben cumplir con los ensayos y las presentaciones como profesionales. Son pocos los que logran mantener esa disciplina por amor. Ella lo ha logrado, y le entusiasma pensar que parte de los objetivos de esta nueva orquesta, sea no solo el pulirse, sino además, la posibilidad de transmitir el conocimiento adquirido a las generaciones más jóvenes.

Sandra Sebastián

La noche del 25 de noviembre, afortunadamente, no llovió; sin embargo mucha gente ya no pudo entrar al atrio de la Catedral para el concierto. El lugar se llenó para escuchar la primera presentación de la Orquesta femenina y el Coro que llevan el nombre de Alaíde Foppa: la escritora, la intelectual feminista, una de las tantas víctimas de la represión. El repertorio fue totalmente latinoamericano, y como parte especial de la noche, se estrenó una obra del maestro Joaquín Orellana, compuesta especialmente para la orquesta: Evocaciones a una ignota heroína, dedicada a las mujeres desaparecidas durante el conflicto armado interno. Esa noche, la respiración de las cantantes se sincronizó, y con ella también el latido de sus corazones, la masa coral respiró como si fuera una sola, y se unió al talento de las 105 jóvenes que ejecutaban individualmente su instrumento para llenar la noche con una sola melodía, como una metáfora de unión, fuerza y recuperación de espacios en armonía.

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