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Una aldea ve morir su hidroeléctrica

Hay que cambiar el modelo de comercialización, organizativo y financiero de la microcentral
Toda la comunidad fue censada (para construir la central) pero hubo personas que rechazaron el proyecto y no fueron tomados como beneficiarios
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Una aldea ve morir su hidroeléctrica

Historia completa Temas clave
  • Las microcentrales comunitarias en Guatemala se vieron como una solución a una necesidad de electrificación, pero no pueden vender energía al sistema eléctrico nacional ni reciben el subsidio de la tarifa social.
  • En 1998, el comité vecinal de la aldea Chel, en San Gaspar Chajul, Quiché, decidió obtener electricidad por fuera del sistema, bajo la gestión de la Asociación Hidroeléctrica Chelense (Asochel).
  • Asochel necesitó diez años y Q674,000 (US$87,545) para inaugurar una de las primeras hidroeléctricas comunales del país. Desde 2009, once aldeas están asociadas a este modelo alternativo de electrificación. 
  • La demanda eléctrica en Chel creció demasiado sin que se aumentara la capacidad de su pequeña central. Durante la noche, en las horas pico, hay cortes de luz porque ya no tiene capacidad de abastecimiento. 
  • El precio de la luz complica el futuro de su electrificación, pues impide a la asociación obtener ganancias y apenas cubre los costos.
  • El costo es bajo, pero cada mes, unas 200 personas de los 1,554 asociados no pueden pagar su factura eléctrica, porque en Chel hay mucha pobreza. 
  • Asochel recauda entre Q50,000 y Q60,000 por el cobro de la luz. Una nueva turbina de generación cuesta alrededor de US$60,000, nueve meses completos de ingresos.

La aldea Chel, en San Gaspar Chajul, Quiché, tiene una de las pocas centrales hidroeléctricas de Guatemala fuera del sistema eléctrico nacional. El mantenimiento de la represa comunitaria corre peligro por la precariedad económica y la capacidad energética del proyecto.

Redes-lateral

Hay una aldea en Guatemala a la que el primer televisor llegó en 2006. Lázaro Cruz, un agricultor de café y cardamomo, acondicionó un local para que quienes quisieran ver el Mundial de Fútbol de Alemania pudieran hacerlo por Q1 (US$0.13) cada partido. Se llegaron a juntar casi cincuenta hombres para mirar la pantalla. Y a esa casa llegaba con doce años Baltasar Matón acompañado de su papá, Francisco. 

Divertirse en Chel había sido un deporte difícil. La red nacional de energía en Guatemala está privatizada desde los noventa. Las aldeas alejadas y pobres como Chel no suelen ser del interés de las 18 distribuidoras.  No les es rentable. 

En 1998, el comité vecinal decidió obtener electricidad por fuera del sistema. Las microcentrales comunitarias en Guatemala arrancan como una solución a una necesidad de electrificación en aldeas aisladas a finales de la década pasada. Pero no logran asentarse hasta esta. Bajo un modelo asociacionista, resuelven el problema de proveer luz, pero no pueden vender energía al sistema eléctrico nacional ni reciben el subsidio de la tarifa social —que sí reciben los usuarios conectados a la red nacional de energía—. Son centrales de pequeña escala que no tienen embalse y sólo utilizan una pequeña parte del caudal de los ríos. 

El proceso desde 1998 fue largo. Chel necesitó diez años y Q674,000 (US$87,545) para inaugurar una de las primeras microcentrales hidroeléctricas comunitarias de Guatemala. El dinero salió del extinto Fondo Nacional para la Paz (Fonapaz), de una donación del Departamento de Estado de Estados Unidos y de un préstamo del Banco para el Desarrollo Rural (Banrural). Un significativo 14% del total fue el valor de la mano de obra de los vecinos que cargaron los materiales para construirla. Ese apoyo económico sirvió primero para dar electricidad a tres aldeas. Y desde 2009 son once las comunidades asociadas a este modelo alternativo de electrificación. 

La luz en Chel es controlada por decisiones colectivas. La Asociación Hidroeléctrica Chelense (Asochel) gestiona el proyecto y hace consultas vecinales. Pero al final de la estructura comunitaria hay una junta directiva en la que mandan hombres. En la central hay quince empleados, pero solo una trabajadora, la asistente del director. El trabajo más importante lo hacen tres operarios encargados de la casa de máquinas. Pero cambian según la relación que tienen con cada nueva junta directiva. 

Nunca se la ha ofrecido a una mujer que sea maquinista. A Elena, la esposa del hoy adulto Baltasar Matón, tampoco. Ella dedica dos meses a hacer huipiles, la blusa típica indígena del país, con estampados de la región ixil. 

—¿No quisiste nunca ser maquinista?

—No puedo… Nunca nos dan oportunidad…

—¿O no quieres?

—No sé.

La demanda eléctrica en Chel creció demasiado sin que se aumentara la capacidad de su pequeña central. Durante la noche, en las horas pico, ya no tiene capacidad para abastecer a las once aldeas. El bajo precio impuesto por la asociación atenta contra el futuro de su electrificación, pues impide a la asociación obtener ganancias y apenas cubre los costos. Cada mes, unos 200 de los 1,554 asociados no pagan su factura. Y en época seca, los cortes de luz son frecuentes. 

La opinión de la comunidad determina el futuro de la micro central. Las pocas veces que se ha planteado una subida de la tarifa, la respuesta ha sido negativa. En Asochel saben que tienen una disyuntiva entre la supervivencia de la hidroeléctrica y la renuencia popular a pagar más por la luz. “La mora en el gasto afecta”, advierte Mario Hernández, director ejecutivo de la Asociación para el Desarrollo Semilla de Sol, que apoya a Asochel con el proyecto. “Tienen que actualizar las tarifas, pero primero tienen que mejorar el servicio. Incluso podría bajarse la tarifa para que la gente consumiera de día”, propone para un proyecto que necesita cambiar su modelo comercial.

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La hidroeléctrica necesita piezas nuevas, muy caras, para ampliar su potencia. Pero las cuentas no salen. Un repuesto de una válvula cuesta alrededor de Q46,000 (US$6,000) y un hogar paga una media de Q100 (US$7.70) al mes. Aunque la asociación pretende vender energía al sistema energético nacional, Chel no puede tener nuevos asociados. El panorama es complicado: tal como está, la central tiene un tiempo de vida inferior a cinco años. El modelo actual no es sustentable.

Un televisor histórico

Hace una década, en una aldea al fondo de un valle de encinos, pinos y cipreses, donde sus vecinos acostumbran a migrar a Estados Unidos por falta de empleo, llegaron los focos a las casas, las calles y surgieron unos pocos negocios. Tiendas de abarrotes, un negocio de máquinas de apuestas, un hotel familiar y tres cantinas. Una noche de domingo de noviembre de 2018, un joven pierde el equilibrio en medio de la cantina de Pancho Silvestre. Trata de bailar y cantar canciones del reguetonero Ozuna con discutible éxito. Se mueve al ritmo de la única rockola de Chel, iluminada como una revelación divina con un neón verde. 

Ebrios como el fan de Ozuna, sentados en tres mesas de madera con decenas de cervezas, están una docena de jóvenes agricultores que trabajan en La Perla, una de las dos fincas cafetaleras más grandes de Guatemala. Es época de cosecha de café y cardamomo. Tienen para gastar unos Q200 semanales (US$26) de su sueldo temporal. Parte lo dedican a beber en un negocio de paredes mohosas, que vende cervezas a Q10 y bailes con una mujer nicaragüense a Q5 cada canción. Es temporada alta para la cantina. A diferencia del quetzal que cobraba Lázaro Cruz por ver el Mundial en su televisor, la diversión nocturna en Chel ahora tiene mayor precio si es en la cantina. 

Lázaro Cruz hoy no está en casa. Llegará tarde, advierte tras abrir la puerta de reja, Lucía Samayoa, su esposa. Se sienta en una silla en el porche de su amplia casa amarilla de concreto y observa cómo sus nietos secan los granos de café que su marido agricultor recolecta. Tímida, cuenta que no le gusta el fútbol. Cada partido, Lázaro se llevaba el aparato a otra propiedad del matrimonio. Cuando lo tenía en su casa, ella veía las novelas. Pero con la recaudación por ver el Mundial de 2006, unos Q50, compraban gasolina para el generador. Aquel televisor era un aparato pequeño a color, pero ya se quemó. 

—¿Eran sólo hombres los que iban a ver el Mundial?

—Sí, sólo hombres.

—¿A las mujeres no les gusta el fútbol?

—Yo pienso que no —ríe.

Lucía Samayoa tiene una pantalla plana. Y una lavadora, en el porche, que recién compró. “Sólo otra vecina tiene”, reconoce. Trece años después, vuelve a tener un electrodoméstico que casi nadie puede comprar en Chel. Lázaro es agricultor, pero el apoyo viene de Eleazar, el hijo con el que veía el fútbol, que migró a Estados Unidos hace tres años. 

En la misma cuadra que Cruz, pero mucho más arriba, cerca de la cuesta de tierra que lleva a la central, vive Baltasar Matón, aquel niño de doce años que veía el Mundial en casa del único vecino con televisión. Matón dice que él no va a la cantina. Iba a migrar a Estados Unidos hasta que consiguió empleo como operario en la microcentral. “Los compañeros me obligaban a visitar la cantina, el vicio, pero gracias a Dios que en eso nunca me he metido”, dice, sentado a la sombra de un árbol este hombre robusto y bajito, que se casó a los veinte años porque iba a tener un hijo. Si no le renuevan contrato, irá indocumentado a Estados Unidos. 

Los cambios en las juntas directivas hacen que el trabajo de los maquinistas no esté tan asegurado como le gustaría. Pero Matón, de 24 años, pudo resolver su situación económica gracias a su empleo. “Yo no tenía nada, ni trabajo ni dinero, pantalones y camisa rotos, nunca he tenido buena cosa”, recuerda este agricultor convertido en maquinista, que trabaja en turnos de 24 horas seguidas, por el salario mínimo nacional de Q2,859. 

El precio de la tarifa social

Es un mediodía de sol descarado. Matón observa cómo la junta directiva de la asociación revisa una válvula que hay que cambiar, el agua se escapa por ahí. La tubería conectada con la casa de máquinas apenas deja caer un chorrito de agua de regreso al río Chel, que abastece en su nacimiento a la central. De hecho, son dos válvulas las que necesitan repuesto. Cada mes, Asochel recauda entre Q50,000 y Q60,000 por el cobro de la luz. Una nueva turbina de generación cuesta alrededor de US$60,000, nueve meses completos de ingresos. La junta directiva está negociando una refinanciación de un préstamo bancario con el apoyo de la Asociación para el Desarrollo Semilla de Sol. 

Para los socios de Chel, los grandes costos de la generación de energía no son una preocupación, como sí lo es el total de su factura mensual de la luz. Y por eso se plantean por qué ellos no reciben el subsidio de la tarifa social. 

La Ley de Tarifa Social fue aprobada en el año 2000, este subsidio de entre Q0.50 y 0.80 aplicaba a los usuarios que compraran su electricidad a las distribuidoras y consumieran entre 0 y 300 kW/h. La estructura de precios se redefinió en 2017: el subsidio sólo aplicaría a los usuarios que consumen de 1 a 100 kW/hora. En este grupo, estaría la mayoría de vecinos de la aldea, si Deocsa, la distribuidora que opera en el occidente, le instalara la conexión a Chel. 

Cada mes, la Comisión Nacional de Energía (CNEE) actualiza, con una fórmula, las tarifas que pueden cobrar Deocsa y las otras 17 distribuidoras. En la región occidental, en junio de 2019, el precio real con tarifa social era de Q1.86 por kW/hora, en enero de 2019. En esta aldea, el costo del kW/hora es Q1. 

En el caso hipotético en el que gastaran entre 89 y 100 Kw/hora y el servicio fuera dado por Deocsa, como usuarios finales, los chelenses tendrían que pagar Q1.05 por Kw/h. Si se aprobara a Asochel como distribuidor la CNEE podría calcular las tarifas de Asochel y sus usuarios podrían recibir un subsidio entre Q0.50 y Q0.80 centavos por kW/h.  

En Chel tienen una tarifa mensual fija de Q25 por el alumbrado público. Si les llegara la energía de Deocsa, serían Q19.50. A esto habría que sumar la tasa del alumbrado público, que dependería del municipio de San Gaspar Chajul. 

GRÁFICO (USAR ESTE ENLACE COMO GUÍA PARA HACERLO): https://public.flourish.studio/visualisation/403361/

Si los usuarios de asociaciones como Asochel pudieran recibir un subsidio, saldrían beneficiados porque, en su mayoría, viven en pobreza y pobreza extrema. En la Comisión de energía del Congreso nunca se ha planteado esta posibilidad. Ninguno de los dos diputados consultados pensaron en ella. 

El inicio de las micro centrales

La de Chel es de las primeras microcentrales del país. Aunque hubo intentos previos en otras aldeas, como Chuisibel, Sololá, fueron Chel y Batzchocolá, en Quiché, las que sirvieron de ejemplo para la decena de pequeñas hidroeléctricas comunitarias que hay hoy. ”Su caso ha generado procesos en los que el empoderamiento comunitario es el eje central”, afirma Mario Hernández, de la Asociación para el Desarrollo Semilla de Sol, que primero trabajó en Fundación Solar, la otra ONG que acompaña en proyectos comunales de paneles solares o centrales a pequeña escala. 

Frente a los más de 1,500 asociados de Chel, la Asociación Hidroeléctrica de Batzchocolá sólo tiene 160 usuarios en tres comunidades. Su crecimiento fue mucho más sostenido que el de Chel. Semilla de Sol negocia desde 2018 en el Congreso un cambio en la Ley de Electricidad para que Batzchocolá pueda convertirse en un Generador y Distribuidor de energía renovable (GDR), denominación que le permitiría vender energía al Sistema Eléctrico Nacional. Chel está muy lejos de esa posibilidad.

La supervivencia de la microcentral en que trabaja Baltasar Matón se complica en una aldea ubicada en el corazón de la historia más sangrienta de Guatemala. Chel pertenece al municipio de San Gaspar Chajul, uno de los tres lugares que conformaron la región Ixil. Esta fue la zona más masacrada por el ejército durante la guerra civil en Guatemala, por ser tácticamente considerada área de influencia del enemigo: la guerrilla comunista. 

El Chel, un río transparente que atraviesa la aldea, ocho veces se tiñó de rojo. Era la sangre de los cadáveres de los asesinados por el Ejército en los años más duros del conflicto armado interno. Hay ocho masacres registradas en Chel entre 1980 y 1983 cometidas por el Ejército y por Patrulleros de Autodefensa Civil —civiles que los militares armaron como unidades de apoyo en las aldeas—. Así aparece en el Informe de Recuperación de la Memoria Histórica, el único documento que sistematizó mediante reconstrucciones orales los asesinatos en la guerra. Las masacres de Chel no tienen una cifra exacta de víctimas pero hay alrededor de 200 muertos sólo en dos masacres. 

La guerra dejó más de 200,000 muertos. Para 1996, año en que se firmaron los Acuerdos de Paz, el tejido social de Chel estaba roto. Entre los vecinos que apoyaban al Ejército, los que simpatizaban con la guerrilla y los que no iban con nadie, había mucha polarización. Ese año, el hoy diputado por Quiché Estuardo Galdámez, el político con más poder en la región, asegura que quemó simbólicamente el destacamento militar de Chel, donde él fue comandante a principios de los ochenta. Eran unas instalaciones ubicadas en terreno de la inmensa finca La Perla, propiedad de la también poderosa familia Arenas, que manifestó su claro apoyo al Ejército al crear la primera Patrulla de Autodefensa de Guatemala, con más de 400 hombres de la región ixil. 

Desde su silla de diputado, el histriónico Galdámez fue uno de los más visibles opositores de la Comisión Internacional contra la Impunidad (Cicig), que pidió en varias ocasiones poder investigarlo por indicios de varios delitos. Después de dos legislaturas con distintos partidos, fue el candidato a presidente de FCN-Nación, el partido del actual presidente Jimmy Morales. Pero quedó en séptimo lugar en la primera vuelta y obtuvo el peor resultado de la Historia para un partido oficial.

En su despacho, parece un rey dando audiencias, dada la cantidad de gente que espera reunión con él. “La quema del destacamento fue la señal de que se quemó la guerra”, dice, rodeado por cuatro hombres de Cunén (Quiché), dos asistentes y otro diputado también exmilitar. Galdámez estuvo en 2018 en la Comisión de energía del Congreso, que define si es necesario impulsar proyectos como el de Batzchocolá o promover —que no lo ha hecho— que las asociaciones reciban subsidios. 

Un año después de salir de la comisión, el diputado se da a sí mismo mucha importancia en los proyectos pequeños y grandes de generación de energía en Quiché. Sobre todo con el de Hidro Xacbal, la tercera hidroeléctrica más grande del país. Hidro Xacbal está a siete kilómetros de la microcentral de Chel. Pero hace quince años no había carretera y hasta allí podían llegar los materiales para construir la microcentral de Chel. 

En 2002, el pueblo sin tejido social se unió para construir la microcentral. Gesto más simbólico aún. Hoy, como en muchas aldeas, el lenguaje del silencio planea sobre el pasado en Chel. No es un tema que los vecinos mencionen abiertamente. Pero la cronología habla por ellos. A sólo seis años de los Acuerdos de Paz, como toda la comunidad quería tener electricidad, centenares de hombres cargaron sobre su espalda el material subiendo y bajando la montaña que les separa de Hidro Xacbal para construir la central a pequeña escala. 

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La junta directiva de Asochel hizo un censo de asociados a futuro. Según el número de horas trabajadas, tendrían derecho a ser socios de la microcentral. “Se tuvo que hacer el esfuerzo de acarrear y de cargar a puro hombro, a pura espalda, en bestias”, recuerda Julio César Itzep, presidente actual de Asochel. Los que llegaron a 113 días, se convirtieron en socios. Los que hicieron más de 113 jornales, también. Los que no los cumplieron, pagaron Q por cada jornal faltante para asociarse. Asociarse es sinónimo de obtener energía. 

Un río teñido de rojo

Desde 2011, los desarrolladores del mercado generador de energía hídrica se expandían a los territorios indígenas de las tierras altas del noroccidente de Guatemala. Como el norte de Quiché, donde está Chel. Así aparece registrado en el Informe de Desarrollo Humano de 2015 del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo. Los proyectos hidroeléctricos más grandes en esta región, destaca el informe, están ubicados en territorios de comunidades indígenas y en las antiguas fincas cafetaleras, tal es el caso de Hidro Xacbal.

“Xacbal”, en ixil, el idioma de la zona, significa “río”. El Chel, el río que se tiñó de rojo, es afluente del río Xacbal, donde opera Hidro Xacbal, propiedad de la hondureña Grupo Terra. Estrechamente vinculada a la familia Arenas, en 2004 le compró la tierra donde desde hacía tres años la familia de terratenientes buscaba construir una hidroeléctrica. 

En 2010, Hidro Xacbal entró en funcionamiento. Pero desde 2009, Grupo Terra buscaba ampliar con una segunda central su operación en la zona. Como parte de los acuerdos para operar en un territorio con históricas disputas de lindes de tierras entre finqueros y aldeanos, la empresa hondureña pagó la red que interconecta las once comunidades de la microcentral de Chel y dio un préstamo que Asochel usó para pagar los terrenos por donde pasó el proyecto de microcentral. “Ahí se tenía que haber trabajado para que no hubiera problema de generación [de energía]”, cuestiona Mario Hernández, de Semilla de Sol. 

El estudio de la cantina

El lunes al mediodía, un día después de la borrachera de los agricultores en su cantina, Pancho Silvestre hace cuentas con su gorra puesta. Entre semana, es profesor de educación primaria del otro lado del río Chel. También tiene dos tuctuc, esos triciclos motorizados que resuelven el transporte en muchas comunidades guatemaltecas. Casi nunca pasa por la cantina. Hoy está porque tiene que hacer inventario. Después del jolgorio de la noche anterior, sólo hay un hombre bebiendo cerveza en una mesa que doce horas antes estaba llena de botellas. De primeras, Silvestre se muestra reticente a platicar.

Con casi cuarenta años, Silvestre abrió su cantina hace tres años. Antes de hacerlo, hizo un estudio de impacto económico. Cuestiona la doble moral de los que le critican por tener una cantina. “Hay mucha gente que ha venido a regañarnos, pero uno no va a buscar a su casa para vender, si no que la gente viene al negocio, esa es la diferencia”. 

Habla de pie, como con prisa por acabar la conversación. “Dándole servicio a la luz, puedo utilizar la refri, la iluminación, la rockola… De repente puedo pensar en otro uso: donde genere más ingresos”, dice este pragmático hombre de negocios cuyo padre solo pudo cubrir 79 jornales acarreando materiales cuando se construyó la microcentral. 

Por la luz de su casa, Silvestre paga unos Q80 mensuales. Tiene estufa eléctrica, microondas, licuadora, televisor y equipo de sonido. Por la de su cantina, entre Q220 y Q385 mensuales. “Por ser una asociación, creo que es un precio justo, pero aunque la gente tenga más visión de realizar proyectos, si se acaba la energía, estaríamos desconectándonos”, dice, consciente del estado de la microcentral.

Afuera de la cantina, mientras Pancho Silvestre hace inventario, el único electricista de Chel limpia una lámpara. Colgado de un poste al que se subió como quien sube un cocotero. Un estruendoso gallo canta mientras las gallinas picotean alrededor y tres niños gritan jugando bajo Pancho Cruz, el electricista del pueblo. Antes de 2018, Cruz trabajó temporalmente en Hidro Xacbal por Q6,000 mensuales, pero eligió bajar su sueldo a la mitad, a cambio de trabajar en el mantenimiento de las 300 lámparas y  todo el cableado que la microcentral dispuso para las once aldeas. “Uno se acostumbra a recibir un poquito de volumen, pero lo que me satisface a mí es que estoy atendiendo bien a mi comunidad”, dice, mientras enseña a un joven a entender cómo funciona la electricidad. 

Cada semana, lamenta Cruz con una sonrisa, la asociación hidroeléctrica le cambia al aprendiz. Él, que sólo tiene un primo electricista que le ayuda regularmente, no se queja. Cruz, uno de los trabajadores fijos de la microcentral, se mantiene en las calles de Chel. A diferencia de Baltasar Matón, el maquinista que nunca va a la cantina, que vive por lo menos 96 horas por semana metido en la microcentral.

Antes de ir a dormir al cuarto que tiene en la hidroeléctrica, Matón platica con toda su familia. Su mujer, Elena, está parada a la puerta de su casa, donde guarda el telar con el que trabaja como la mayoría de mujeres de Chel. Está rodeada de vecinas. Baltasar está al lado, afuera de la casa de su padre, Francisco. Ambas casas están pegadas. Viven en la única calle adoquinada de Chel, que es la misma que la de Lázaro Cruz, el hombre que compró el primer televisor de Chel, a una cuadra del río. 

Apoyado de pie junto a un poste, Francisco traduce de ixil a español a su papá. Con 64 años, Francisco fue toda su vida agricultor. Con el resto de hombres de su comunidad, dedicó casi tres años a jalar cable, hacer zanjas y cargar arena para tener luz. Logró 108 jornales y tuvo que pagar un poco por asociarse. A cambio, hoy vende chocobananos en el pueblo, que congela en la refrigeradora que compró hace siete años. 

Baltasar da Q500 de los poco menos de Q3,000 de su salario a sus padres. A cambio, su mamá le da de comer a él y su familia. También da “algo” a Elena, la mujer de veinte años a la que nunca le ofrecieron ser maquinista. 

Doce años después de que la electricidad llegara a Chel, Baltasar Matón tiene un radio, su refrigerador y un televisor de reciente adquisición. “Ahorita estoy ganando alto”, dice Matón, con la cara iluminada. Esa altura salarial a la que se refiere le permitió comprarse el primer televisor de su vida en 2018. Se puso a pensar en los ratos que está de descanso, en que se aburre a veces. Aunque el futuro no le quita que pueda tener que migrar a Estados Unidos, Baltasar Matón se sonríe a sí mismo. Su diversión, como la de la mayoría en Chel, mutó con la electricidad.

Este reportaje forma parte del proyecto periodístico Centroamérica Desconectada producido por El Intercambio para verlo completo puede ingresar al siguiente enlace: www.elintercamb.io/centroamericadesconectada

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