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Un discurso por la vida y el agua
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Un discurso por la vida y el agua

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Tipo de Nota: 
Opinión
11 04 16

Quien diga que Guatemala es un país en el que se habla de odio, en el cual el racismo está a la orden del día y uno donde de la violencia no se salva nadie, tiene razón.

En los medios de comunicación se hace gala de todo esto: columnistas que no tienen empacho en denigrar a aquellos que no piensan como ellos o que no tienen sus mismas luchas. Se habla de campesinos bochincheros y terroristas, de izquierdosos vividores del conflicto, de feminazis. Y existen mientras haya quien lea, crea y repita. No son solamente uno o dos columnistas perdidos. Son varios en los grandes medios de comunicación escrita, de televisión y de radio. No debemos olvidar que las ideas que se difunden son poderosas y que los discursos que se asumen como realidad son peligrosos.

Me he preguntado cómo combatir ese discurso nefasto que no permite trascender la realidad que vivimos hoy en Guatemala. Sé que enoja, que a veces es un ejercicio de paciencia que no todos logramos llevar a buen término. Se vale denunciar el discurso y es necesario preguntar a quién favorece que sigamos viendo con odio a los que defienden otros intereses que no son ni sacar oro ni hacer cemento ni olvidar plácidamente, sin opción a una justicia reconciliadora. Es determinante evidenciar la carencia de argumento y la repetición de falacias que, de tanto repetirlas, se vuelven verdad. Es necesario indignarse y hacerlo saber.

Pero en Guatemala, en este país que lucha y lucha y lucha, tenemos otros referentes. Así pues, propongo recuperar y hacer propios discursos dignos, que nacen de las resistencias y de las luchas que por décadas se han mantenido en el país. Caminar, por ejemplo. Defender la tierra y el justo derecho a pensar en otras formas de vivir en comunidad y de desarrollo. Demandar con digna necedad otra manera de hacer política. Insistir en la necesidad de cambiar este sistema político. Así transformaríamos nuestra manera de ver el mundo y nos daríamos cuenta de que ese discurso que vomita odio e intolerancia no nos permite ver que el verdadero fin es mantener privilegios y que para protegerlos es necesario conservar siempre en pugna a los que sufren por esos privilegios. De no ser así, tal vez podríamos hablar de transformaciones profundas, pero para ello se requiere identificar, como lucha propia en las ciudades y en los espacios urbanos, esos actos de valentía de Barillas, de La Puya, de San Juan Sacatepéquez. De quien viene caminando.

Ha salido la Marcha por el Agua. Viene de cuatros puntos del país. Camina por el derecho humano más importante (y por el bien comunitario y público más esencial, que definirá nuestra forma de vivir en las próximas décadas). El agua debe defenderse en los barrios a los que no llega, en los condominios que deben pagar precios altísimos. Lo vienen defendiendo en los territorios, frente a sequías, ríos desviados y grandes piscinas de agua para lavar oro, para regar monocultivos que dejan infértil la tierra.

Es una lucha compartida. Es un discurso de la vida. Frente al odio, la defensa articulada es el arma más importante. Y nace de un discurso de resistencia, de lucha, de vida. Le propongo sumarse a la Marcha por el Agua, por todos.

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