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Trata de personas: Esclavos modernos en desamparo

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Guatemala actualmente está en el Nivel 2-lista de vigilancia. Si el informe de 2011 sitúa a Guatemala en un rango inferior, cuando se publique en junio próximo, el país dejaría de percibir la donación anual de US$126 millones (unos Q1,008 millones) en asistencia extranjera no humanitaria.
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Trata de personas: Esclavos modernos en desamparo

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En 2010, el Ministerio Público (MP) recibió 246 denuncias por trata de personas. Los casos involucran víctimas que fueron explotadas laboral y/o sexualmente. Pocas reciben atención del Gobierno, y encontrar las víctimas es un reto: el MP sólo tiene 13 fiscales y auxiliares fiscales para investigar los casos. Sin embargo, el Estado guatemalteco tiene otro elemento de presión. En junio próximo, Estados Unidos publicará la calificación que otorga a cada país según la atención que ofrece a las víctimas de trata. Si Guatemala sale mal librada, podría perder los Q1,008 millones anuales en asistencia extranjera no humanitaria, que recibe de EE. UU.

Por Lissbeth Vásquez

Claudia** tenía 16 años cuando necesitó trabajar. Se había convertido en madre, y no tenía otra forma de mantener a su bebé. Sin embargo, conseguir empleo no era fácil, especialmente en la capital, donde vivía. “No tenía educación suficiente”, le cuenta a Plaza Pública. De pronto, la solución apareció cuando encontró una oferta laboral en el periódico.

El empleo implicaba un salario de entre Q2,000 y Q2,500 semanales y, en apariencia, consistía en trabajar como masajista. Claudia fue contratada y todo transcurrió con normalidad, hasta la segunda semana. Su ilusión se desvaneció cuando la obligaron a atender sexualmente a los hombres que visitaban la casa con fachada de sala de masajes. Estaba atrapada y convertida en una víctima de la trata de personas, que en 2010 generó 246 denuncias en el MP y 126 en la Policía Nacional Civil (PNC).

El Código Penal describe la trata de personas como “la captación, transporte, traslado, acogida o recepción de una o más personas, mediante amenaza, uso de la fuerza, engaño o plagio, para fines de explotación”. Actualmente, Guatemala está catalogada como “un país fuente, tránsito y destino de víctimas de trata de personas, específicamente para trabajos forzados y explotación sexual”, por el Departamento de Estado de EE. UU.

En 2010, el Departamento de Estado denunció que el Gobierno de Guatemala hizo esfuerzos insuficientes para proteger a las víctimas de la trata, y que “confió enormemente en las organizaciones no gubernamentales y organismos internacionales, para proporcionar la mayoría de los servicios a las víctimas”.

¿Quiénes son las víctimas?

 El caso de Claudia es típico. La edad promedio de las víctimas oscila entre entre los 16 y 17 años, según Alexander Colop, fiscal de la Unidad de Trata de Personas, aunque el perfil de víctimas también incluye a niñas, niños y adultos. “Los factores de riesgo se ven bien marcados”, dijo el fiscal a Plaza Pública. “El factor económico es determinante porque necesitan agenciarse de dinero, y les ofrecen empleo”.

 La pobreza y el desempleo colocan a las víctimas potenciales en una posición de vulnerabilidad, de acuerdo con Mariela Marroquín, titular de la Secretaría contra la Violencia Sexual, Explotación y Trata de Personas (SVET). La funcionaria advierte que los tratantes suelen engañar a las víctimas, haciéndoles creer que reciben una oferta de trabajo atractiva.

La raíz del problema también está en la posición geográfica del país. Algunas personas que intentan emigrar hacia EE. UU. no consiguen salir de Guatemala y son explotadas. Otras víctimas, como Claudia, son del mismo país donde caen en las redes de los tratantes. “Ser parte del CA-4 (convenio suscrito entre Guatemala, El Salvador, Honduras y Nicaragua que permite el libre tránsito entre estos países), genera que Guatemala sea un lugar de tránsito y destino de trata de personas”, dice Colop. “En Guatemala empiezan a generarse las solicitudes para pasar a México con visa”.

Heridas visibles

El daño psicológico ocasionado a las víctimas de trata de personas es profundo, y se agudiza cuando no recibe la atención adecuada. Los síntomas incluyen crisis emocionales, baja autoestima, depresión, trastornos del apetito y sueño. En casos severos las víctimas se autoagreden. “Estas niñas han sido tan dañadas que muchas veces pierden el sentido de la vida”, afirma a Sandra López Palencia, psicóloga clínica en El Refugio de la Niñez.

Claudia creía haberse acostumbrado a su esclavitud, aun cuando después le permitían salir a la calle. “Uno se va adaptando al lugar y le permiten visitar a su familia”, dice. Sus captores sabían que regresaría, como lo saben en el caso de otras víctimas. Saben cómo engancharlas con cadenas intangibles y pesadas: la adicción a las drogas. Claudia encontró tres aliados que le permitían sobrellevar la situación: alcohol, marihuana y cocaína. “Era una manera de no sentir lo que estaba haciendo y que el tiempo pasara sin que me diera cuenta; quería evadir el mundo que estaba viviendo”, recuerda. “Conocía a un muchacho que me iba a dejar [la droga]; sólo lo llamaba, y me iba a dejar lo que [yo] quería”.

Presiones y resultados

Claudia es una de las pocas víctimas que ha conseguido ayuda. Su larga recuperación comenzó después que el Ministerio Público consiguió una orden judicial para allanar la falsa sala de masajes donde la explotaban. Un juez ordenó el traslado de Claudia a El Refugio de la Niñez, una organización no gubernamental (que asiste a niñas entre 12 y 18 años de edad, víctimas de explotación sexual y trata de personas), de las cuales dependía el Estado para dar asistencia.

Las víctimas que no reciben atención enfrentan serias dificultades para reconstruir su vida, y fue la ausencia de centros de atención gubernamental en Guatemala una de las razones tras las duras críticas del Departamento de Estado. Esta entidad realiza un informe anual internacional sobre el tema desde el año 2000, que se redacta con información obtenida de las embajadas de EE. UU., funcionarios de gobierno y organizaciones no gubernamentales e internacionales.

Guatemala actualmente está en el Nivel 2-lista de vigilancia. Si el informe de 2011 sitúa a Guatemala en un rango inferior, cuando se publique en junio próximo, el país dejaría de percibir la donación anual de US$126 millones (unos Q1,008 millones) en asistencia extranjera no humanitaria.

“Debido a una importante incidencia de la sociedad civil, organismos internacionales y el Departamento de Estado, ha habido una presión muy fuerte para que [el Gobierno] realmente caminara [con] el tema”, asegura María Eugenia Villarreal, directora de la Asociación para la Eliminación de la Prostitución, Pornografía, Turismo, Trafico sexual de niñas, niños y adolescentes (Ecpat-Guatemala). Los avances del Gobierno en los últimos dos meses se deben en buena medida a esta presión, a decir de Villarreal.

El pasado 2 de marzo se inauguró en la capital el albergue Luz de Esperanza, con capacidad para atender a 20 víctimas adultas. Asimismo, se habilitó dos áreas en el Hogar Solidario, para atender a 16 niños, niñas y adolescentes. En 2011, la Unidad de Trata de Personas del MP también obtuvo más recursos —aunque pocos— para investigar los casos y ubicar a las víctimas: consiguió un vehículo más, otro fiscal y dos auxiliares fiscales adicionales, pues en 2007 se instauró con sólo dos fiscales, ocho auxiliares fiscales y dos vehículos para todo el país. Colop agrega que otros fiscales en los departamentos están siendo capacitados para investigar adecuadamente los casos.

Justicia: la tarea pendiente

Villareal asegura que todavía hay desafíos abiertos. “En el caso de la persecución penal, la investigación y sanción, todavía hay mucho que trabajar”, dice la directora de Ecpat-Guatemala. “El Ministerio Público todavía no ha creado la Fiscalía contra la Trata de Personas, sólo funciona a nivel de Unidad”. Villareal asegura que se ha solicitado en múltiples ocasiones a la Fiscalía General que eleve la Unidad a calidad de Fiscalía.

El Organismo Judicial (OJ) sólo ha dictado nueve condenas desde la instauración del Delito de Trata de Personas en 2005, según los registros del Centro Nacional de Análisis y Documentación Judicial (Cenadoj). También dictó otras 11 sentencias absolutorias. Las cifras contrastan con los 246 casos denunciados en el MP en 2010 y los 126 que registra la PNC, según datos que la SVET recopila. Se desconoce si hay duplicidad de denuncia, si los denunciados a la Policía ya están incluidos en la lista de los denunciados al MP.

Marroquín revela que no hay estadísticas unificadas y que “las estadísticas no reflejarían la situación real”, pero que la SVET trabaja en la implementación de un sistema de registro unificado, para tener una mejor perspectiva del problema. Agrega que también se gestiona un programa de resarcimiento para las víctimas de violencia sexual, explotación y trata de personas que podría comenzar en julio.

Mientras tanto, Claudia superó las primeras dos semanas de desintoxicación, y su rehabilitación duró casi un año y medio. Su caso aún está abierto en el OJ y Claudia espera que no quede impune. Actualmente, trabaja y sostiene a su bebé.

 


La recuperación de la trata

En el centro de la espiral de la trata de personas yacen niñas, niños, adolescentes y adultos enredados en las marañas de los victimarios. Sufren serios daños emocionales que requieren de atención especializada, pero a decir de una de las víctimas, “es una situación difícil, pero no imposible de superar”.

Claudia** relata que, durante su recuperación, el síndrome de abstinencia de las drogas la desesperaba. Era inevitable luego del consumo diario y prolongado de narcóticos. “Consumía día, tarde y siempre”, relata. Sin embargo, le fue ganando la batalla a la ansiedad con ayuda de las terapias de relajación que le enseñaban en el refugio.

El problema no era sólo la adicción a las drogas. Todo su mundo entró en conflicto. “Sabía que estar en el refugio era una oportunidad para cambiar, pero también me venían pensamientos negativos a la mente, como ‘¿Por qué se tienen que meter en mi vida?’”, relata. “Me sentía incómoda y molesta; lo veía como un encierro”.

Claudia experimentaba el síndrome de reacomodamiento, que implica que las víctimas no se consideran como tales. Incluso, se convencen de que les corresponde el trabajo que están haciendo. “Se les ha hecho tanto daño a su autoestima y no han logrado comprender que el problema les hace daño”, explica —respecto al síndrome— Sandra López Palencia, psicóloga clínica de El Refugio de la Niñez. “La parte del ‘tener’ para ellas se vuelve más importante que el propio ‘ser’. Algunas de las adolescentes cuando vienen aquí se preguntan ‘¿Para qué voy a estar acá, si allá afuera tenía Q1,000 diarios y un celular moderno?’”.

Debido a las condiciones de la recuperación, el tratamiento psicológico se basa en el principio de individualidad. Se estructura a partir de cada caso particular y el daño psicológico sufrido. “Parte fundamental de apoyar a la víctima es devolverles el sentido de vida, [y de] que su persona es importante, que son valiosas y tienen derechos”, indica López Palencia. En la terapia también se procura crearles destrezas y habilidades para revalorizarlas.

La psicóloga explica que el tratamiento psicológico incluye sesiones grupales llamadas “comunidad terapéutica”, por la mañana y tarde, donde las niñas y adolescentes expresan sus sentimientos. “Vamos a encontrar niñas que nos van a decir: ‘Estoy mal, me quiero morir, me siento un estorbo, me siento una basura, me siento inútil, no sirvo para nada’”, dice López Palencia. “Otros días las niñas nos dicen: ‘Estoy bien, estoy dispuesta a seguir luchando, a seguir adelante; me siento segura, protegida”.

Claudia cuenta que en el hogar todas se alientan entre sí. “Yo les decía que sigan adelante y que nada es imposible”. Ella estuvo tres meses internada en el refugio, batallando, aprendiendo y liberándose del pasado. Poco a poco regresó a la realidad y supo que tenía una oportunidad para rehabilitarse. Al salir, tuvo un tratamiento de seguimiento que continuó durante un año, que le sirvió para realizar un plan de vida, un plan que le permitiría aferrarse a la vida misma.

 


**Se utilizó un nombre ficticio para proteger la identidad de la persona

 

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