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Opinión

Tiempo de vals

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Hoy bailé con uno más guapo que el mismísimo Chayanne.

Todo evento social implica protocolo. Fiesta de graduación del bachillerato y el mentado vals. Esperé este momento por más de 15 años y 894 loncheras empacadas. Y —como me pasa siempre— me quedé corta de palabra, obra y omisión. Por mi culpa.

No logré antelarme al momento. Mierda. Nunca imaginé sentir tanto y sentirlo todo junto. Dos minutos de vals que implican coreografía, sonrisa, lágrima reprimida y el compás del un dos tres un dos tres frente a cientos de personas.

«La condición ya la sabés, mama: nada de llorar». Mientras rodeaba mi cintura con su mano, el vals apenas empezaba. Debo concentrarme en la coreografía y en no caerme. En no caerme al piso y en no caerme en pedazos, actos que —aclaro— no son lo mismo.

«Te quiero, mama, aunque a veces seás enojada». «Te digo exactamente lo mismo yo a vos. Pero disculpame, hijo. Me falta mucho por aprender. Nunca había sido mamá antes». «Tampoco yo había sido hijo nunca». Y ambos sonreímos de medio lado.

«Acordate de la media vuelta. No lo arruinés, mama». Vueltas, medias y enteras: en eso tengo ya experiencia. Y no digamos en arruinarla.

Pienso en todo lo que quiero decirte, en hacer un resumen de los últimos 18 años y en hacerte saber lo importante que es este vals para mí. Pienso en que me has acompañado por casi la mitad de mi vida y en que no termino de agradecer a Dios por eso.

Pienso en que tenés razón: estoy enojada. Y en que muchas veces tengo miedo. Miedo de no ser capaz, de no ser apta. De no cumplirte. De no darte lo mejor. De fallarte.

Perdoname, hijo, por irme de casa tan temprano. Por regresar tan tarde. Por estar siempre cansada. Porque a veces no tengo lo que pedís. Porque a veces lloro. Por todo lo que te digo y todo lo que no. Y porque peleo. Porque casi siempre peleo. Te decía que tenés razón: estoy enojada, hijo. Enojada porque las cosas no han salido como planeé. Porque me sigo equivocando. Porque la vida no siempre es justa. Porque a veces todo es difícil. Porque no sé de paciencia.

Enojada porque temo no haberte dado un buen ejemplo. Porque me da miedo que te parezcás tanto a mí. Porque se pasaron los años —un dos tres un dos tres—. Porque te convertiste en hombre y no me di cuenta.

Porque no hice un compendio de todo lo que quiero decirte hoy. Te graduaste. Te graduaste y lo estamos celebrando juntos. Juntos desde hace 18 años.

Años que pasaron, y yo sin decirte que nunca te había visto bailar y que en verdad creo que sos más guapo que el mismísimo Chayanne de Puerto Rico, pero no te lo digo por prudencia. Sé que a veces te doy vergüenza, y eso lo comprendo. También me doy vergüenza a veces.

Decirte que nunca voy a desear para vos nada que no sea lo mejor. Lo mejor de lo mejor. Que a veces quisiera que todo fuera genial, pero dejar que aprendás las lecciones de vida —por jodidas que sean— es mi trabajo. Ese y acompañarte en las buenas y —más— en las malas. Y que me esfuerzo en hacerlo bien, aunque a veces no te lo parezca.

Decirte que confío en vos. Confío plenamente porque te sé un hombre íntegro. Porque, a pesar de mí, saliste bueno, patojo. Porque en tus ojazos de gato adivino un futuro brillante. Porque es lo que merecés.

Decirte que se pasan los años —un dos tres un dos tres— y que seguís siendo lo mejor que me ha pasado. Strauss y Chayanne no me dejan mentir: todo lo que tengo te lo di, te lo doy y te lo daré. Contá con ello.

Que me queda confiar y que no tengo ni una sola duda.

Que te quiero siempre y te quiero feliz, feliz como te veo hoy bailando este vals.

 

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