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Terrorismo de Estado de ayer y de hoy

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Terrorismo de Estado de ayer y de hoy

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A través del caso Molina Theissen, Camilo Villatoro reflexiona sobre el terrorismo de estado, sus formúlas y mecanismos en Guatemala y en el ámbito internacional.

Redes-lateral

Nunca ocurre en un juicio, pero cuando...

A las 12 horas de espera del veredicto, café en mano, la mente más saludable atraviesa el fuero de la realidad y examina la sala de justicia con ojos de perica australiana o convicto tercermundista: afuera custodios fantasmagóricos colocan trancas y prenden fuego con todo y asistentes, periodistas, visores internacionales.

No es esquizofrenia hollywoodense, sino consciencia de una indignante historia de incordios campesinos calcinados en embajadas durante la guerra sucia, a la quema de niñas bajo la tutela del gobierno de turno; una depurada modulación de la incineración colectiva no sería mal sueño, sino persistencia olímpica. La historia no se repite, pero hay dispositivos del poder que no pasan de moda.

Excurso y nausea

Un hipotético inglés, luego de enterarse de estos crímenes de lesa humanidad pregunta a su refugiado guatemalteco favorito si de veras suceden estas cosas. Con pena ajena y un extraño placer en la derrota, el implicado responde: “digamos que es uno de esos países donde se juega fútbol con cabezas no precisamente porcinas...” Stop It! No hay inglés que resista tanta verdad en el desayuno.

Fetichismo del desarrollo económico: la ONU, organismo del canon civilizatorio, aboga por los derechos humanos, a la par el G8 emprende cruzadas de misiles teledirigidos contra países casualmente petroleros, geo-es-tra-té-gi-cos. Los emporios comunicacionales consolidan la idea en el europeo promedio, de un terror estatal lejano y más bien propio de la periferia salvaje. Pero cuando la mentira cae en favor de una verdad histórica donde el privilegio europeo dependió primero de la carnicería a secas y después del neocolonialismo económico, un chute de la enajenación predilecta ayuda a volver a sentir que el té de las 4:00 sabe a té de las 4:00.

Simone Dalmasso

Contraria a la amnesia terapéutica, nuestra fuga consiste en anular el asombro y volver chimenea navideña las hogueras de la intransigencia[1]. Acostumbrados a la brutalidad, es difícil perder la confianza en la impunidad guatemalteca. Se impregna en la cultura, sumada la sistematización de la ignorancia como proyecto estatal; mal de muchos adoptado por los Estados nacionales como medida de ajuste económico marca FMI. No por nada el neoliberalismo se ensaña con la educación pública.

Gran lugar común decir que las lobotomías en masa reproducen desigualdad. Sin embargo, hace falta decir que el fenómeno no es falla sino fundamento del Estado, cuando desarrolla un híbrido tecnológico entre lavado cerebral y terror para facilitar el consenso entre zombies, que nieguen, acepten u olviden, según la prioridad.

El Estado es el establecimiento social de la dominación entre clases. Información fundamental que nos negará la pedagogía neoliberal. A cambio tendremos un curso de emprendedurismo o cosa por el estilo.[2] ¿No hay suficientes cursos presenciales de emprendedurismo en cada tramo de la vía pública? ¿Acaso no practican la libre competencia los vendedores de camioneta, los merolicos de mercancía china y los malabaristas de la miseria?

Tanto lo estatuido como lo consuetudinario que pueda yacer en la cultura, se equilibra en favor de la desigualdad, que no es síntoma del terror de Estado, sino su logro sostenible. Donde unos viven miseria, otros acumulan riqueza. En Guatemala el Estado de posguerra “falla” al combatir la desigualdad, pero es efectivísimo para garantizar la acumulación de sus beneficiarios capitalistas. Por supuesto, no es lo mismo el Estado guatemalteco que... digamos... el sueco, donde el canibalismo, tal y como lo conocemos en la orilla del mundo, parece agua pasada, gracias, en parte, a un pasado de neutralidad y comercio con los nazis en la IIGM.[3]  Quien no rastrea minuciosamente los orígenes de las situaciones actuales, está condenado a creer ingenuamente en la generación espontánea.

Mientras el centro ha expoliado sistemáticamente a la periferia para abrir paso al capitalismo y a la enunciación del primer mundo, en Guatemala la herencia colonial oligárquica, los capitales transnacionales, el estamento de la corrupción burocrática y el capitalista ilícito, se reparten los dividendos del molde estatal de posguerra: paz aparente que vela la verdadera violencia de Estado.

Simone Dalmasso

Escritorio y picana

Hannah Arendt diría que no hay pasión en el terror, sino banalidad burocrática, un marcar tarjeta en la fábrica del suplicio. La pulsión sádica de estos burócratas ha necesitado años de discreta profesionalización en las papilas caníbales. Este oficio especializado timbró el domicilio Molina Theissen el medio día del 6 de octubre de 1981. Abriría la puerta de su casa, por última vez, un muchacho de 14 años.

El canje terrorista de Marco Antonio Molina Theissen en castigo por la fuga de su hermana mayor, militante del PGT, de la sucursal del infierno en Quetzaltenango —antigua brigada militar Manuel Lisandro Barillas—, no fue excepción de forma, sino replica de los métodos antisubversivos de la Doctrina de Seguridad Nacional que la memoria crítica hoy describe con horror, aunque la académia la define como

una elaboración compleja de un conjunto de ideas políticas, filosóficas, religiosas y militares sobre la seguridad del Estado que (...) finalmente, se institucionalizó por las fuerzas armadas latinoamericanas desde inicios de la década de 1960 (...) Independientemente de sus expresiones nacionales, la misma tuvo cuatro características principales: una visión organicista de la sociedad y del Estado; el concepto de “enemigo interno” como patología que degenera el conjunto social; una perspectiva negativa de la política que hizo que se lleve a la misma a una mínima expresión, y la constitución de las fuerzas armadas como árbitros políticos garantes de los intereses nacionales.[4]

“Independientemente” incluso de las expresiones de esos “árbitros políticos”, todos herederos ideológicos y pragmáticos de la contrarrevolución del 54, pero confabuladores naturales cuando se trataba de ejercer poder de acuerdo a determinados intereses.

Para Héctor Rosada, perito experto en temas militares en el caso Molina Theissen, el golpe del 82, que depondría a Romeo Lucas García, “buscó recuperar el control absoluto de los aparatos de represión, tarea que había quedado supeditada en cuerpos civiles clandestinos, aparatos paramilitares y organismos de inteligencia, lo que fue captado por la sociedad como un retorno al orden y el fin del terrorismo, un terrorismo que había buscado ‘eliminar cualquier posición de centro en el espectro político guatemalteco’”.[5]

Simone Dalmasso

Conforme los crímenes que se le imputaron en el caso Molina Theissen, Benedicto Lucas García, jefe del Estado Mayor del Ejército durante la presidencia de su hermano Romeo Lucas García, se excusa en la premisa de que los métodos de guerra sucia (secuestro y detención clandestina) eran cosa de escuadroneros de la muerte, de la policía judicial, o de “la famosa mano blanca” del MLN.[6] La carta de la fortaleza de la extrema derecha y la arraigada cultura anticomunista de Guatemala, es la preferida del exgeneral.[7]

Tal discurso expiatorio constituye la llamada “teoría de las extremas”. Según las revelaciones del año 82 vertidas por Elías Barahona (infiltrado del EGP en la Secretaría de Prensa del Ministerio de Gobernación durante el gobierno de Lucas García), la teoría de extremas conforma la 1ra parte del Proyecto Contrainsurgente, consistente en “explicar el secuestro y asesinato selectivo de miles de víctimas ‘como resultado del enfrentamiento violento de las extremas políticas, cuando en realidad eran oficiales del ejército y policías los que con el nombre de Ejército Secreto Anticomunista y Escuadrón de la Muerte cometían los crímenes a plena luz del día y con toda impunidad’”.[8]

El topo es contundente: hay un aparato estatal y un programa político que organiza el terror contrainsurgente. Lógico pensar que en ciertos momentos, escuadroneros, fanáticos anticomunistas del MLN y similares, se sumaran voluntariosos a los actos de aniquilación. El aparato estatal no iba a perseguir los crímenes del paramilitarismo contra la subversión.

No obstante, la fórmula política y los giros discursivos entre gobiernos militares, la Doctrina de Seguridad Nacional no varió mucho. El fin siempre justificaba los medios, fueran estos la ejecución extrajudicial, la desaparición, tortura y hasta la criminalización de personas contrarias a los valores consagrados de la época.[9]

Con cambios conforme el tiempo, los aparatos represivos nunca dejaron de ser efectivos, aún en nuestros días. A veces paramilitares, y otras, la policiaca, a conveniencia. La teoría de las extremas es un postre para la suspicacia más elemental.

La Policía mantuvo un vínculo operativo con el Ejército. De forma institucional desde 1972 cuando se crea el Departamento de Operaciones Conjuntas, nombre inicial del Centro de Operaciones Conjuntas de la Policía, cuando la Oficina de Seguridad Pública de la Agencia de Desarrollo Internacional (ops/usaid [¡la USAID!]), recomienda que la Policía Nacional sea más integrada al Centro de Operaciones Conjuntas del Ejército.[10]

Benedicto, et al.

La tecnología de la represión militar de Latinoamérica de la segunda mitad del siglo XX tiene su origen en el colonialismo tardío y la cultura militar francesa que combatió los movimientos independentistas en Indochina y Argelia. Gran paradoja, en Indochina aprenden en la derrota cómo se fragua una guerra moderna, y en Argelia, pese a aplicar los principios de la nueva doctrina de manera implacable a partir de 1957, los independentistas logran el cometido en 1962. El destino del colonialismo contemporáneo era el de la sujeción de la periferia más bien mediante la estrangulación económica, como aprendiera el imperialismo británico con la independencia de India.

No obstante, el fracaso (o gracias a ello), son los militares franceses los que formulan la “teoría de la guerra revolucionaria” (o “antisubversiva”), a partir de la Campaña de Indochina contra el Viet-Minh. Esta teoría se aplica en un contexto de guerra “sin línea de frente, donde el enemigo está por doquier”. Lo que significa que enemiga es también la población civil que colabora (o no) con un movimiento masivo de grandes convicciones ideológicas. No se trata de ganar la guerra de forma regular, sino de desmontar células clandestinas, donde el trabajo militar se pone a disposición de la búsqueda de información (trabajo de inteligencia). Por supuesto la información se recava interrogando de buenas maneras al ciudadano de a pie. “¿Es usted subversivo?”, “Sí, ¿en qué le puedo ayudar?”, y así en una cadena de bienentendidos que llevan al subversivo a convencerse de su mala fe, subvertir sus ganas de vivir y saltar al mar desde una avioneta color verde, o gris, o no se sabe —esa información es siempre confidencial.

Simone Dalmasso

Desarrollada la metodología de la tortura y la desaparición en la Escuela de Guerra francesa, no tardará en exportarse el modelo a otros países, Portugal e Israel. Los aprendices pioneros del método en América Latina, fueron argentinos. En 1957, el coronel —después general— López Aufranc, uno de los militares del golpe de Estado del 76, fue elegido por el Estado Mayor de Argentina para educarse durante un mes en la “doctrina francesa”. En el documental Escuadrones de la muerte: la escuela francesa,[11] afirma haber aprendido mucho de esa experiencia:

Los profesores tocaban siempre el tema de la guerra revolucionaria, que era un tema totalmente nuevo para nosotros (...) No conocíamos la importancia de la población en este tipo de guerra, habíamos pensado siempre en la guerra clásica, del infante con el fusil, pero no habíamos pensado en el hombre armado con un cuchillo o una soga para estrangular a alguien; así que se aprendió... Con la sangre se aprenden muchas cosas.

Nuesto López Aufranc se llama Benedicto Lucas García. Llegó a Francia antes que el militar argentino, en 1955, no para recibir un curso particular de guerra antisubversiva en la Escuela de Guerra, sino para terminar de formarse como oficial en la escuela Saint Cyr de oficiales del Ejército francés. Además, recibió por parte del gobierno francés dos becas para cursos de monitoreo de paracaidistas.[12]

Desenlace irónico. El cadete Lucas no hubiera recibido esa formación vanguardista si no se subleva junto a otros compañeros en la rebelión de cadetes del 2 de agosto del 54, movimiento de orgullo militar que puso al descubierto lo más bien endeble del Ejército de Liberación Nacional, ejército mercenario y apócrifo de la operación encubierta de la CIA para derrocar a Árbenz. La rebelión tuvo una salida política, que incluyó a la postre mandar a los cadetes a becas al extranjero, como la que beneficiara al cadete Lucas en la Francia colonialista.

Benedicto Lucas es la pieza militar clave para entender la estrategia militar contrainsurgente del periodo más denso de la violencia estatal, entre los años 81 y 82, que podría resumirse en las palabras de un oficial del Ejército: “Hay que volverse guerrilla en el terreno (...) para contrarrestar la iniciativa de la guerrilla”.[13] Una táctica de espejo donde la diferencia estriba en que el Ejército tenía los recursos suficientes para desplegar grandes contingentes militares.

Las fuerzas de tarea y la creación de grupos de colaboradores civiles en los sitios de campaña (luego llamadas Patrullas de Autodefensa Civil) también son invención de la época de Lucas, y definen la estrategia militar que derrotara militarmente a la guerrilla, consistente en último término, en las numerosas masacres que dieron el carácter genocida[14] al Estado contrainsurgente.

El riachuelo en la sequía

Pasaron 36 años —13 horas extras casi daban igual— pero el rostro de Emma Theissen de Molina era todo angustia y estoicismo en espera de una victoria para la memoria colectiva.

Estoicismo... esa palabra que nadie sabe... Los militares de este país la usan durante las graduaciones de los pelotones de la muerte, donde acaso significa que un soldado es capaz de comerse un perro en una prueba tenaz de su incapacidad de sentir, sentir nada más. Pero en Emma probablemente querría decir que una madre no da tregua a la paz incompleta que otorga una condena favorable pero insuficiente. El último fin es saber qué hicieron de Marco Antonio. Poder decir adiós.

Simone Dalmasso

En espera también aquella gente sumada al repudio de la ignominia. Cohabitaron la sala con los familiares de la triste cadena de mando al servicio de la operación de inteligencia que devendría en la detención ilegal, tortura y violación de Emma Guadalupe Molina Theissen. Y así 13 horas a la espera. Extraña sensación de riachuelo creciente en medio de la sequía.

Llegado el momento cayeron todos, excepto Letona. El estólido subordinado de la brigada militar quedaba fuera de la cadena de mando, según la relatoría condenatoria. Pero cayó la inteligencia al servicio de la muerte, lo más importante.

Manuel Antonio Callejas y Callejas, había sido figura emblemática de la inteligencia militar entrenada en la Escuela contrainsurgente de Las Américas y “cofrade mayor” de la estructura de poder paralelo más poderosa que haya parido el Ejército. Como oficial de inteligencia, Callejas viajó a Argentina en 1980, país en que los escuadroneros de la muerte franceses tenían sede académica de la guerra moderna para el resto del continente. De ahí que el secuestro de personas por parte de militares vestidos de paisano irrumpiendo en domicilios particulares y la desaparición de niños como presión psicológica, sean métodos análogos de la inteligencia militar en ambos países. [15]

Lo que diferencia el caso guatemalteco del argentino, es que mientras en aquel país se conocen innumerables testigos de centros de detención clandestinos y existe una lucha constante de la sociedad civil para condenar estos crímenes, en Guatemala el tema es tabú histórico. El caso Molina Theissen es el primero donde la justicia guatemalteca condena hechos relacionados con esta práctica, y donde la querellante, Emma Molina Theissen, no oculta su pasado de militancia en la izquierda proscrita de su época.

En este país, las víctimas del secuestro político y la cárcel clandestina sufrieron una revictimización por parte de sus organizaciones, dada la sospecha de que el escape de la tortura implicaba delación. También se ha hecho lugar común el erróneo de que a los guerrilleros y militantes clandestinos no se les puede considerar víctimas de la crueldad militar antepuesta su lucha abierta contra el Estado.  Se olvida con muy poca vergüenza que la tortura no cabe en los protocolos internacionales de guerra, cuando debe ser lo primero a recordar.

Recordar es vivir

Que el terrorismo de Estado existe bajo nuevas fórmulas y modulaciones, siempre con el respaldo de la desinformación, el analfabetismo y la lobotomización de la sociedad. La consigna: la corrupción y la inutilidad de las instituciones. La excusa de la criminalidad es la nueva teoría de extremas. Este velo cae por su propio peso: coroneles del Ejército son, de hecho, jefes de maras.

El Estado no reacciona porque el pobre es fallido. El aparato estatal que contuvo militarmente a la subversión comunista ha abandonado en gran medida el monopolio de la violencia para dárselo en bandeja de plata al crimen organizado, en tanto el presupuesto militar no escatima aumentos. La policía sabe usar gas pimienta para parar una fiesta,[16] pero cuidan los puntos de droga como si a estúpidos hijos. Paradoja conveniente de un Estado, no fallido, fallante.[17] 

La lucha por la tenencia de la tierra sigue siendo el principal blanco del terror. Criminalización, cárcel y asesinatos impunes de líderes campesinos. Durante y después del juicio Molina Theissen hubo una oleada en crescendo de ejecuciones de líderes de organizaciones campesinas (hubo tres líderes muertos una misma semana).

Simone Dalmasso

El Partido Guatemalteco del Trabajo (partido comunista), espacio de militancia de Emma Molina Theissen, había sido la organización que con mayor persistencia había trabajado por la redistribución de la tierra. Antes de ser declarado ilegal por la contrarrevolución, había impulsado la Reforma Agraria arbencista. Durante la guerra, no dejó de hacer trabajo político agrario en Alta Verapaz,[18] tierra del terrateniente y militar Benedicto Lucas García. La Franja Transversal del Norte, es el territorio con mayor problemática agraria del país. Su historia concentra numerosos líderes agrarios perseguidos y asesinados.

Que una mujer haya logrado enjuiciar a sus verdugos, cinco carniceros burocráticos de la contrainsurgencia, es bueno. Que sea una comunista es mejor.

 

[1] A partir de 1954, las primeras hogueras intransigentes fueron las de libros prohibidos. Todo aquello que sonara a rojo y pareciera ruso. Dostoyevski, por ejemplo.  La Contrarrevolución inaugura una época de oscurantismo que obviamente sobrevive hasta estos días.

[3]“Suecia aceptó oro robado en su comercio con Alemania en la II Guerra Mundial”: https://elpais.com/diario/1997/01/29/internacional/854492406_850215.html

[4] “Las dictaduras militares en Guatemala (1982-1985) y Argentina (1976-1983) en la lucha contra la subversiónLatinoamérica”. Revista de Estudios Latinoamericanos. Volume 60, May 2015, Pág. 27. Descarga o consulta en línea en: https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S1665857415000022#fn0210  

[5] Id. Pág. 22.

[7] Ver la entrevista a cargo de Pamela Yates (1 de marzo de 1982), a menos de un mes de concretarse el golpe de Estado que depusiera a Romeo Lucas García. En: https://youtu.be/RGIURwqU20A , y  https://skylight.is/2016/01/justice-in-guatemala/

[8] «La segunda etapa consistió en desencadenar una guerra civil y lanzar, a la par, una ofensiva reformista basada en principios democráticos.» Pág. 22

[9] “Unas 156 personas LGBTI fueron perseguidas por las fuerzas represivas durante la guerra en Guatemala”. Reciente publicación de una investigación del Archivo histórico de la Policía Nacional (AHPN). https://www.efe.com/efe/america/sociedad/unas-156-personas-lgbti-fueron-perseguidas-durante-la-guerra-en-guatemala/20000013-3620812

[10] Centro de Operaciones Conjuntas de la Policía Nacional. 1975-1985. Archivo Histórico de la Policía Nacional. Colección de Informes. Volumen 6. Guatemala. 2012 Pág. 10. http://archivohistoricopn.org/media/informes/6.%20coc_pn.1975-1985.pdf

[11] Se ha vuelto cliché afirmar –superficialmente- que los Estados Unidos son los responsables del adoctrinamiento con que se forma el aparato contrainsurgente aplicado por el Estado guatemalteco desde la década del 60. Lo cual es cierto en vasta medida, gracias a la existencia del Programa de Asistencia Militar (Map) con el que Estados Unidos proporciona armamento y entrenamiento de oficiales guatemaltecos en La Escuela de las Américas en Panamá como en diferentes escuelas en el área continental de los Estados Unidos (El Estado Mayor Presidencial de Guatemala: una aproximación., pág 12). Este documental explica, en cambio cómo los mismos estadounidenses tuvieron que recurrir a la doctrina francesa dada su inexperiencia militar en la llamada “guerra moderna”.

[12] “Benedicto Lucas, el estratega contra la guerrilla”:  http://www.prensacomunitaria.org/benedicto-lucas-el-estratega-contra-la-...

[13] Vela Castañeda, Manolo. Los pelotones de la muerte: la construcción de los perpetradores del genocidio guatemalteco.  Pág. 183

[14] Lejos de encuadrarnos en las definiciones legalistas de genocidio, aquí entendemos el término en diálogo con el debate conceptual de Manolo Vela en el libro Los pelotones de la muerte.

[15] “Especialista revela cooperación Guatemala-Argentina en Inteligencia militar para desapariciones forzadas”:

https://elperiodico.com.gt/nacion/2018/03/26/especialista-revela-cooperacion-guatemala-argentina-en-inteligencia-militar-para-desapariciones-forzadas/

[17] Falla a propósito, deja de hacer, pero garantiza la existencia de la sociedad de clases, la acumulación y la desigualdad, que es su verdadero fin.

[18] Ver: Grandin, Greg. Panzos: la ultima masacre colonial. Latinoamerica en la guerra fria. Editorial AVANCSO.

 

 

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