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Sebastián López, 75, lleva la imagen de su hermano, Edgar, encabezando el cortejo fúnebre hacia el cementerio de Comitancillo, el 13 de marzo. Simone Dalmasso

Terminó la espera y Comitancillo lloró a sus migrantes

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Terminó la espera y Comitancillo lloró a sus migrantes

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Al final de la tarde del domingo enterraron a Santa Cristina García e Iván Gudiel Pablo Tomás, ambos de 22 años, y a Rivaldo Danilo Jiménez, de 18. El cementerio de la aldea San José Tuilelén, de Comitancillo, San Marcos, queda en la cima de una montaña. Desde ahí, como en todos lados, se ve el volcán Tajumulco. Cientos de personas participaron en el cortejo fúnebre. Era un río de gente. Y una banda, que interpretó varias melodías. La escena se repitió en el municipio todo el fin de semana. Fue el lugar de despedida para los migrantes que murieron en la masacre de Tamaulipas, México, hace siete semanas.

Redes-lateral

Santa Cristina se fue a Estados Unidos para pagarle una operación a su hermana de un año y medio que tiene labio leporino. Su mamá, Olga Pérez Guzmán, cuenta que su hija migró porque sus amigos la animaron. «Le decían que allá iba a ganar más», dice.

«Me costó aceptar que mi hija había muerto», afirma doña Olga con voz entrecortada. 

En la casa de Cristina está instalado un altar desde que emprendió su viaje. Su madre explica que eso se hace siempre que un hijo se va a Estados Unidos. «Colocamos un altar con fotos, agua y veladoras. El agua porque a ellos les da sed en el camino».

Fue un fin de semana de duelo en Comitancillo. 11 de los 16 migrantes asesinados en Tamaulipas, México, el 22 de enero, eran de ese municipio. Desde el viernes familiares y vecinos se prepararon para recibirlos, velarlos y enterrarlos. Hicieron espacio en las casas, levantaron altares, rajaron leña, cocieron maíz y destazaron varias reses para preparar los velorios. Los que están en EE.UU. también enviaron dinero para ayudar a las familias de los migrantes.

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Los cuerpos llegaron el viernes por la noche. Primero los llevaron al estadio local, donde hubo un homenaje. Ese día, por la mañana, arribaron a la Fuerza Aérea Guatemalteca (FAG) de la ciudad de Guatemala. Familiares, amigos y vecinos siguieron la transmisión. Como no hay televisión en todas las casas, organizaron reuniones en algunas.

Hubo un acto protocolario al que asistió el presidente Alejandro Giammattei. Declaró tres días de duelo nacional. 

Cuando los cuerpos ingresaron al estadio mencionaban a cada uno y la gente, que abarrotó el lugar, aplaudió cada nombre. Elfego Roliberto Miranda Diaz, Marvin Alberto Tomás López, Ribaldo Danilo Jiménez Ramírez, Edgar López y López, Adán Coronado Marroquín, Madelyn Estéfanie García Ramírez, Santa Cristina García Pérez, Osmar Neftalí Miranda Baltazar, Iván Gudiel Pablo Tomás, Paola Damaris Zacarias Gabriel, Dora Amelia López Rafael, Bramdon David García Ramírez, Anderson Marco Antulio Pablo Mauricio, Rubelsy Elías Tomás Isidro, Leyda Siomara Gonzáles Vásquez y Uber Feliciano Vásquez. 

«¡Bienvenido a tu cancha Zurdo!», gritó un hombre durante el homenaje. Se refería a Marvin Alberto Tomás López, de 22 años, jugador de fútbol. Ahí estaban todos sus compañeros de equipo, con el uniforme puesto.

El Zurdo, el mejor jugador de fútbol

Ángela López recuerda el día que su hijo Marvin Alberto Tomás López preparó su mochila con dos pantalones y dos camisas y se fue para Estados Unidos. Solo llevaba los zapatos que tenía puestos. Su misión era clara: saldar sus deudas y enviar dinero para pagarle una operación de una hernia y construirle una casa.

A Marvin Alberto le decían «Zurdo». Su madre recuerda que la última vez que lo vio él estaba feliz. «Parecía que iba a jugar futbol. Se bañó y preparó sus cosas», cuenta. 

Mónica Aguilón, estudiante universitaria, gestora cultural e integrante del Consejo Comunitario de Desarrollo (Cocode) de Comitancillo, acompaña a las familias de los migrantes desde que se enteraron de la masacre.

«Varios se despidieron como si fuera el último adiós, quizás fue un presagio o una advertencia», dice.

El Zurdo era uno de los «jóvenes de Comitancillo», como llaman desde finales de enero a los migrantes que murieron en Tamaulipas, México. Lo recuerdan como un buen jugador de fútbol. Celso Raúl Miranda cuenta que era defensa lateral izquierdo en el Juventud Comiteca, el equipo local. «Era como mi hermano», afirma. 

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Lidia es una de las hermanas de Marvin Alberto. Dice que desde que se fue les enviaba mensajes por teléfono celular para avisarles por dónde iba. “Unos días antes de recibir la noticia de la masacre dejamos de recibirlos. Cuando nos enteramos de su muerte ya no volvimos a prender el teléfono, sigue apagado», afirma. Supieron que era una de las víctimas de la masacre por redes sociales, luego les llegó la notificación oficial para que reclamaran su cuerpo.

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En un rincón de la casa está el altar que le dedicaron a Marvin Alberto. Lo hicieron donde él tenía su cama. Ahí colocaron su féretro para velarlo. La casa es pequeña, las paredes de adobe, el piso de tierra y el techo de lámina. No hay cocina ni comedor. Por una puerta se cuela la luz e ilumina el lugar donde dormía. Ahora el lugar tiene flores, unas medallas y una veladora que alguien cambia cada cierto tiempo.

Lidia saca de una bolsa de plástico dos camisolas que usaba su hermano, ambas con el número 16. Doña Ángela desgrana unas mazorcas, mientras cuenta que su hijo logró estudiar hasta el bachillerato. Se graduó en 2019.

No saben cuánto quedó debiendo por el viaje. Lidia dice que dieron la escritura de un terreno como garantía.

«Nadie cree en nosotros, menos en la juventud», dice Miranda. «Tenemos pocas oportunidades, no solo en el deporte. Yo, por ejemplo, trabajo en un tuc tuc, pero el Zurdo siempre prefirió trabajar en el campo». 

Aguilón coincide. Dice que en Comitancillo los jóvenes no tienen oportunidades laborales, la única es el campo, sembrando maíz. «Por eso muchos quieren irse para Estados Unidos», afirma.

La pobreza es uno de los motivos de la migración en Comitancillo. «Las jornadas son de hasta diez horas y las pagan a Q50, Q40 menos que el salario mínimo para el campo. Apenas alcanza», afirma Aguilón.  

Miranda comenta que la obsesión de Marvin Alberto era el deporte. También quería sacar adelante a su familia. «El año pasado le pregunté por sus planes y me dijo que estaba ordenando unos papeles para un trabajo, pero nunca contó que se iría para los Estados Unidos. No pudimos despedirnos», dice. «Me duele su historia. Ahora estamos jugando un campeonato y se lo vamos a dedicar a él».

Doña Ángela no pudo viajar a la capital para recibir el cuerpo de su hijo. Se recupera de la operación que le pagaron migrantes de Comitancillo en EE.UU. También le construyen una casa. «Se enteraron de los sueños que llevaban los jóvenes y empezar a cumplirlos», cuenta Aguilón. 

Pero ahora el único consuelo de doña Ángela es vivir cerca del cementerio donde enterrarán a su hijo. «Cuando me sienta triste podré ir a dejarle unas flores o una veladora para quitarme el sentimiento», dice. 

De regreso a Misisipi y un corrido

Edgar López y López tenía 50 años y más de 20 de vivir en Misispi, EE.UU. El año pasado fue detenido y deportado a Guatemala. Decidió irse de nuevo para reunirse con su familia. Es una de las víctimas de la masacre de Tamaulipas, México.. 

Fue detenido en su trabajo, una planta de pollo en la ciudad de Carthage. Tenía tres hijos y cuatro nietos. Dos de sus hijos, Evelyn, de 21 años, y Darby, de 11, viajaron a Guatemala para enterrarlo. Es la primera vez que visitan el país. Su esposa no pudo venir porque no tiene papales en EE.UU. Si sale, ya no puede entrar. «Él siempre nos inculcó buenos ejemplos», dice Evelyn. No tiene ninguna duda de regresar a Misisipi. 

Comitancillo, San Marcos, está a 300 kilómetros de la ciudad de Guatemala y a más de dos mil de Tamaulipas, México, el lugar donde murió Edgar López y López. 

Según el Censo de 2018, Comitancillo tiene 59,489 habitantes. Su población habla mam y español. La pobreza obliga a buscar oportunidades afuera. «Aquí la mayoría de los jóvenes quiere terminar el diversificado y luego irse para Estados Unidos», dice Mónica Aguilón, integrante del Codede.

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«Otro de los problemas es el alcoholismo. Es muy grave el consumo de licor clandestino», agrega. Narra lo doloroso que es ver a niños consumiendo. «Es más barato un vaso grande de alcohol que una bolsa de agua pura».

Junto con otras mujeres quiere reducir o eliminar la venta de licor. «Aunque los hombres son los que más consumen, también es un problema que afecta a las mujeres, porque causa violencia en el hogar e, incluso, violencia sexual. Y todo queda en silencio», afirma.

En una de las veredas que une a dos comunidades, Aguilón toma un descanso y mira al cielo. «Aquí no había pasado nada tan impactante como lo de los jóvenes. Nos desconcertó a todos, nos robó la calma», exclama.

Fueron semanas de incertidumbre, desde el 21 de enero, cuando no tuvieron más comunicación con el grupo de migrantes. El 22 de enero fue la masacre. Un día después las autoridades mexicanas informaron del hallazgo de dos camionetas quemadas en un área rural de Camargo, Tamaulipas, un paso habitual para quienes buscan llegar a Estados Unidos. 

En uno de los vehículos había 19 cadáveres. Durante los días siguientes se informó que 16 de las víctimas eran migrantes guatemaltecos. Por el crimen están detenidos 12 policías mexicanos y se cree que está vinculado al narcotráfico.

Adán Coronado Marroquín, de 31 años, murió en la masacre. Era el guía del grupo. Así le llaman en Comitancillo a los coyotes. En su casa también construyeron un altar con su foto. 

Durante su velorio la banda San Nicolás llegó desde Totonicapán para cantarle. Le compusieron un corrido que narra la tragedia. «Les voy a explicar bien», dice uno de los estribillos. «Dejaron a sus familiares con una tristeza grande».

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