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Somos moscas

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Como moscas en manos de niños caprichosos somos para los dioses: nos matan para su recreo.

Somos las moscas de Shakespeare, la araña de Cortázar. Somos el niño sobre el que su padre descarga sus frustraciones cuando llega a casa, borracho y sin un centavo, y la madre a la que viola para dejar claro quién manda aquí. Somos el último árbol de un bosque apartado que ya oye cómo se aproximan las salvajes motosierras de la civilización. Somos el río sobre el que se vierte impunemente la mierda, impunemente la mierda, sombríamente la mierda. Somos, también, el empresario que en su desvelo se pregunta por qué este ministerio, por qué aquella entidad, le bloquean el permiso que necesita si lo ha hecho todo bien mientras recuerda lo que le dijo aquel amigo: no lo hagas, ese sector ya tiene dueño. Somos moscas, somos arañas. Somos una pira de niñas en un orfanato. Somos cuatro policías acribillados en mitad de la nada mientras charlaban de sus problemas, se hacían chistes nocturnos o aplastaban distraídamente un bicho contra una pared apenas iluminada.
Somos: una sociedad que atrozmente abandona a sus niños y a sus viejos. Y a sus pobres. Y a su clase media. Y a su periferia (donde todo es periferia). Y a sus maestros. Y a sus médicos. Y a sus campesinos. Y a sus empresarios pequeños o medianos y honrados. Y a sus cerebros.

Somos, de hecho, el abandono y la ceniza: somos la huesera.

Y los dioses son ellos. El capricho son ellos. El dinero mal habido y la impunidad.

Los que con sin preocupación y sin empatía, como si nadie tuviera valor alguno al margen de sí mismos.

Los que con arbitrariedad.

Los que con antojo.

En este país de arbitrariedad y antojo que enarbola leyes con una sonrisa sardónica en la esquina de los labios y grita “¡Estado de Derecho!”, ufano, patriotero, soberano, soberanamente torcido, injusto.
La arbitrariedad. O la corrupción, o la imposición por la fuerza (es decir, no la fuerza de las razones: la fuerza del dinero, de las armas, de las amistades perniciosas) de los que se nos imponen por la fuerza. La fuerza, la arbitrariedad, el dinero que tienen.

¿Y quiénes son ellos? No es fácil decirlo; no porque no haya nombres, sino porque cuesta delimitarlo: cada día que pasa entre la lista de ellos se desliza imperceptiblemente, casi con naturalidad, uno de nosotros. Tu dentista, tu ex novio, tu hija, tu banco, tú mismo.

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¿Pero quiénes son ellos, los arbitrarios, los desentendidos, los niñatos?

Claramente, el ministro que avala una hidroeléctrica contra todo dictamen técnico. El ministro que decide que investigará a las empresas que desvían ríos y luego decide que ya no.

El ministro que indica que todo bien, que sus cuentas bancarias, normales, mientras su cartera se convierte en un business center de negocios que matan.

La subsecretaria que se ha convencido de que un viaje a ver niños la convierte en especialista en protección de menores.

El secretario –el juez– que ve con normalidad lo ilegal: cobrar dos salarios del Estado. El juez que, anquilosado por la burocracia del mal banal, envía maquinalmente a un niño al hogar flamígero.

La funcionaria corrupta que utiliza para sus negocios a otros funcionarios corruptos, ahora despechados. Los funcionarios corruptos despechados.

El industrial que se dice hecho a sí mismo mientras soborna a un funcionario, pudre los cultivos vecinos con vertidos o fertilizantes a los que llama, aseadamente, “externalidades negativas”.

La empresa que obtiene de manera fraudulenta la información de todos los habitantes del país.

Odebrecht, sus amigos.

Los que se oponen a la reforma constitucional aduciendo miedo al pluralismo jurídico, clamando "nos van a quemar, linchar, nos van a volver parias, nos van a quitar nuestro derechos, dónde queda la igualdad", y cuando las autoridades indígenas aceptan eliminar ese aspecto de la discusión, se quedan callados, duermen el debate, le ponen cloroformo, secuestran la iniciativa, y comienzan a hablar de otras cosas más o menos agradables pero bastante más inocuas.

El que ejecuta –los que ejecutan– extrajudicialmente.

Los parricidas. Los genocidas reconvertidos. Los asesores reconvertidos en padres de la patria. Los padres de la patria que en un arrebato de dignidad mal impostada claman porque alguien les ha dicho que el chiste que habían montado era, digamos, un chiste. Los padres de la patria, uno de cada tres acusado de algún delito. Los padres de la patria que quisieron decretar impunidad para sus delitos como quisieron decretar que no hubo genocidio. Los padres de la patria, que no notan que lo que llevan en el cuello no son corbatas, sino sogas, o péndulos que miden el tiempo que les queda hasta que su propia historia los destruya.

El mandatario local que, acariciando su efigie en los cuadros que decoran las dependencias del gobierno, como un ombligo que se mira al espejo, toca su banda presidencial en busca de autoestima, y sin que su frente refleje ninguna luz (ni siquiera la de los focos) sale a decir ante las cámaras que cuidadito, que aquí manda él y que puede echar a quien se le dé la mismísima gana.

Los Trump (alguien escribió que el problema más reciente de los EEUU es que no tiene dentro una embajada estadounidense que imponga orden), los Putin, los Maduro, los Rajoy: esto no es local. Los que miran el mundo o los países (cervezas y ricitos sobre la mesa) como si no fueran más que un tablero de Risk en el que se libra un juego intrascendente, apenas un desafío a su capacidad intelectual, apenas una forma de engrandecer metafísicamente a la Nación, y aplastan mutuamente sus ejércitos de moscas, sus ciudadanías dípteras.

Somos la mosca de Shakespeare, la araña de Cortázar.

La araña a la que el narrador le arranca la patita con un placer moroso, la pone en un sobre, escribe Señor Ministro, agrega la dirección, baja a saltos la escalera, despacha la carta en el correo de la esquina, se demora en un café, toma el autobús, baja frente al Ministerio, entra, firme y serio, en el gran despacho de espejos exactamente en el momento en que un ujier vestido de azul entrega al Ministro una carta, y lo ve abrir el sobre, meter dos dedos delicados y retirar la pata de araña, quedarse mirándola, y entonces imita el zumbido de una mosca y ve cómo el Ministro palidece, quiere tirar la pata pero no puede, está atrapado por la pata, y el narrador le da la espalda y sale, silbando, anunciando en los pasillos la renuncia del Ministro.

Nos desesperamos.
Sentimos que estamos indefensos.
Nos hacen sentir que estamos indefensos.
Les damos igual.
Pero no seamos cobardes: “los cobardes mueren mil veces antes de su muerte verdadera”.
Y es cierto que no somos invulnerables y nada asegura confeti y brindis al final, pero no estamos indefensos: somos –es decir, podemos ser– el espanto del ministro (del gobernador, del dueño, del señor feudal), mientras no seamos sus cómplices.
Mientras no seamos sus auxiliares, sus ayudantes, sus escribanos, mientras resistamos, nos opongamos, mientras no nos pleguemos o sucumbamos u obedezcamos con una obediencia que es sumisión, mientras nuestras protestas y propuestas no se vuelvan también arbitrarias y caprichosas, seremos como los indios que, acechantes en el borde filoso de la montaña, aterran la imaginación conservadora.

Y ellos tendrán que ser los cobardes, los que morirán mil veces antes de morir.

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