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María Marta Vásquez Chan junto con su alumna, Catarina Tistoj, durante una clase. La diabetes avanzada de la señora le afecta la vista, perjudicándola en el proceso de aprendizaje. Gilberto Escobar

Sin saber leer estas madres asumieron la educación en casa

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Sin saber leer estas madres asumieron la educación en casa

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Con el modelo de educación a distancia varias madres de familia pasaron a ser maestras en casa, pero en Totonicapán eso es un problema: Una de cada tres mujeres no sabe leer ni escribir. Marta Vásquez, alfabetizadora de Conalfa, cuenta las dificultades para impartir clases a estas mujeres, su mayor problema no es la pandemia, es el machismo.

Redes-lateral

«Venga en este momento mi marido no está» era el tipo de llamadas telefónicas de menos de 10 segundos que recibía María Marta Vásquez Chan en 2020. Era una participante que aprendió a leer y escribir a escondidas de su cónyuge en San Andrés Xecul, un municipio de Totonicapán.

María Marta Vásquez Chan es alfabetizadora desde 2010 en el Comité Nacional de Alfabetización (Conalfa). Enseña a leer y a escribir a mujeres mayores que no fueron a la escuela a la edad conveniente.

La maestra podría estar haciendo otra cosa, quizás montando un negocio de tejidos típicos, o delantales, el estipendio no cubre sus necesidades. De los 900 quetzales que recibe mensuales de Conalfa, invierte buena parte en comprar víveres para repartir a las mujeres de su grupo. «Quiero verlas salir adelante, sacarlas de la situación emocional de donde se encuentran, si uno sabe leer y escribir sabe defender sus derechos».

Por calles empedradas de ese municipio va Marta, cargando materiales didácticos en una cartera que cuelga de su hombro, imparte clases los lunes, martes y jueves. Debe sumar por cada participante 10 horas de clases a la semana. En 2021 tiene diez alumnas, la menor tiene 18, y las demás pasan de los 45, por cada alumna recibe un estipendio de 90 quetzales.

Un día antes Marta debe asegurar la disposición de las alumnas para recibir la clase, «a veces me llaman y dicen puedo ahora, voy y las atiendo» cuenta. Va de casa en casa, gastando sus sandalias, no existe otra manera de hacerlo, afirma.

«Las mujeres no tienen teléfonos donde se pueda conectar al internet, si mucho llegan a tener un frijolito» cuenta Marta, esa es una de las razones del por qué ella imparte clases en la casa de cada participante.

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Antes de la pandemia

Marta se acomoda en una silla dentro de su casa, ve la habitación que usaba como salón de clases, ahora está vacío. En las paredes de concreto quedaron pegados carteles con el abecedario, algunos con las vocales y una pizarra donde quedó la última lección antes de suspender las clases.

La mesa es grande, caben hasta 15 participantes. En una esquina quedaron los lapiceros que utilizó el grupo de Marta en 2020, allí duermen libros, carteles y tareas inconclusas.

«Antes aquí era alegre, a los hijos de las señoras que venían a recibir clases les daba algún dulce y una tarea para impedir que interrumpieran haciendo berrinche», cuenta Marta.

Antes del COVID19 el grupo recibía clases de 15:00 a 17:00 horas «con la llegada de la pandemia empecé a hacer visitas de casa en casa para enseñar a leer y escribir, se veía venir un reto considerable» cuenta la maestra.

Marta suspira, le da cierta nostalgia la situación, pero le preocupa más el escenario que enfrentan la mayoría de las mujeres que participan en su grupo, «me cuentan sus penas, la mayoría son problemas familiares procedentes de la violencia económica y violencia en el hogar. Se desahogan, yo solo puedo animarlas».

«Trabajar con mujeres mayores en este proceso de alfabetización es diferente a hacerlo con quienes traen un proceso de aprendizaje acorde a su edad, el tiempo se nos va en resolver los problemas que ellas enfrentan en el hogar, no puedo aconsejarlas que dejen al esposo, eso sería ponerlas en contra de su conviviente y eso se convertiría en un problema» cuenta Marta. Sin quererlo, la maestra pasa de ser catedrática a consejera.

Antes de la pandemia las motivaciones de las mujeres por aprender a leer y escribir se centraban en escribir su nombre, poder firmar, o leer algún texto de la biblia para participar en la iglesia. Ahora a esos sueños se les sumó el interés de alfabetizarse para ayudar a sus hijos en las tareas de la escuela.

Marta cuenta que ahora se le ha sumado la tarea de ayudar con los deberes de los hijos de las mujeres a las que alfabetiza. «En este grupo las mujeres están apresurando el proceso de alfabetización para ayudar a sus hijos en las tareas, ellas se han vuelto también maestras en el hogar a pesar de sus limitaciones. Algunas mujeres se apoyan con los hijos mayores que sí fueron a estudiar y logran resolver cosas básicas en casa, otras piden auxilio con alguna vecina, o el extremo sería buscar una asesoría».

Sandra Chuc Norato es académica de Totonicapán, ha investigado sobre la gestión y desarrollo local, reflexiona sobre las implicaciones entorno a que las mujeres aprendan a escribir su nombre y firmar: significa empoderamiento, identidad propia y autonomía.

«Que las madres aprendan el rol de maestras en casa está vinculado con los roles reproductivos asignados a las mujeres históricamente, y en tiempos de pandemia estos patrones se han cimentado» cuenta Norato.

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Panorama critico

Según el censo nacional de 2018 estos son los cuatro departamentos con alto porcentaje de mujeres sin saber leer ni escribir; primero Quiche con 42%, le sigue Alta Verapaz con 41%, tercero Huehuetenango con 36%, y en cuarto lugar Totonicapán con 35%.

Los primeros tres departamentos con menor porcentaje de mujeres que no saben leer ni escribir son Guatemala con 8%, Sacatepéquez 13%, y Escuintla con el 15%.

Esto quiere decir que en Totonicapán de 100 mujeres 35 no saben leer ni escribir, versus la estadística del departamento de Guatemala de 100 mujeres 92 saben leer y escribir, solo ocho no.

«Haciendo la lectura estadística del último censo poblacional, se puede traducir que a mayor ruralidad mayor desigualdad» detalla Chuc Norato. Según el Instituto Nacional de Estadística (INE) Totonicapán tiene el 51% ruralidad.

Care Guatemala es una ONG que apoya la alfabetización con mujeres indígenas en Totonicapán, Quiche, Sololá y Chimaltenango. Carmen Tax es trabajadora social de esta organización, y es especialista del proyecto Liderazgo y Alfabetización de Mujeres Indígenas. Ella es de Totonicapán y conoce ese contexto. «Las prácticas de crianza son una de las causas que hacen que las mujeres no puedan leer ni escribir. Por ejemplo, se niega el estudio a las mujeres porque ellas se van a casar y su labor será tener y criar hijos, es por ello que no les dan la misma oportunidad a las mujeres a la de los hijos» dice.

Tanto Sandra Chuc Norato y Carmen Tax coinciden en que la brecha es profunda en un contexto donde el sistema educativo presencial fue desplazado por lo virtual.

Según el censo poblacional de 2018, el departamento de Totonicapán tiene 418,569 habitantes, de esta población 65,502 utiliza internet. Eso quiere decir que solo el 16% tiene acceso a internet.

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Machismo esa piedra en el zapato

«En Santa María Chiquimula (Totonicapán) sucedió un caso peculiar. El proceso de alfabetización lo estaba dando un hombre, la noticia llegó a los oídos de los esposos de las mujeres que estaban participando en ese grupo, a partir de eso se debió cancelar por obvias razones. Es por ello que el personal que alfabetiza en Totonicapán en su mayoría son mujeres, si son alfabetizadores hombres tenemos problemas en los grupos».

Velda Antonio Hernández es la coordinadora departamental de Alfabetización de Totonicapán en Conalfa, cuando dice «por obvias razones» está sintetizando las implicaciones de un gran problema: el machismo.

La especialista Carmen Tax cuenta que en las comunidades, o al menos en los lugares que ejecutan proyectos, han visto que los hombres no dejan a las mujeres participar o asistir a reuniones, y ese ha sido uno de los obstáculos que impiden que sean activas en sus comunidades.

Según registros de Conalfa en 2021, en los ocho municipios de Totonicapán se inscribieron 6,086 participantes, una cifra en aumento en comparación a la del 2020. De estos 4,871 son mujeres y mil 215 son hombres. Esta población la atienden 554 alfabetizadores.

Uno de los motivos que ve la coordinadora de Conalfa en el aumento de participantes inscritos para el 2021, es que las madres deben buscar una salida para apoyar en la educación a sus hijos e hijas desde casa. Es una tarea que alguien debe asumir en el hogar y en general son ellas quienes lo hacen, pero si no cuenta con educación primara es una tarea difícil de lograr. «No podemos estandarizar la alfabetización de forma virtual porque para quienes no saben leer se les complica el acceso a la tecnología» relata la coordinadora de Conalfa.

Hernández concuerda con Marta, la alfabetizadora de San Andrés Xecul, las mujeres quieren aprender a leer y escribir para ayudar a sus hijos en las tareas de la escuela, pero también agrega «muchas mujeres le han dicho que quieren aprender porque nunca tuvieron la oportunidad de estudiar cuando vivían con sus padres, siempre les dieron la oportunidad a los hombres en la familia».

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Clases bajo los duraznales   

Es jueves y es día de plaza en San Andrés Xecul, eso hace que el movimiento en el mercado municipal sea concurrido. Para Marta también será un día ocupado. Se levantó junto con el cacareo de los gallos, ya le confirmaron la primera clase a las 8:00 a.m., la segunda dos horas después. Los materiales didácticos están preparados, visitará a dos mujeres.

Santos Cux Álvarez tiene 49 años, es de San Andrés Xecul, vive a 10 minutos de la casa de Marta, el camino para llegar es intenso, una eterna cuesta. Ella también debió madrugar y preparar el espacio donde recibirá clases: su patio.

Lleva tres años en el proceso de alfabetización, le cuesta leer y escribir. Antes llegaba a la casa de Marta, ahora recibe clases en un espacio repleto de árboles frutales. No hay pizarra y tampoco mesa, todo es improvisado, menos las horas que tarda la lección.

Marta saluda en el idioma de la región el Quiché, la clase no inicia de inmediato. Tanto maestra y alumna se ponen al tanto de los pormenores familiares, paso seguido la revisión de las tareas, y luego una lección.

Cuando no recibe clases, Santos camina todos los días de casa en casa para hacer limpieza, lavar ropa, o hacer los oficios domésticos en casa ajena. El único día que no va es el domingo. Ese día se dedica a limpiar y cuidar de sus árboles frutas, los cuales presume con orgullo.

Ella, al igual que otras mujeres de ese municipio, no logró estudiar a la edad indicada «aquí desde muy pequeños muchos van a trabajar de casa en casa» cuenta la maestra quien pone como ejemplo a niños que últimamente ha visto trabajando.

«Lo que comemos alimenta nuestro cuerpo, gracias a la comida tenemos energía para todas las actividades que hacemos» es el párrafo leído por Santos, le cuesta leer, va lento, letra por letra, al finalizar respira con gran alivio.

Marta utiliza todos los elementos de la casa de Santos para hacer más fácil el aprendizaje, los duraznos, el lavadero, los perros, el color marrón de las paredes, las láminas añejas de zinc, el único foco de la casa, todo puede ser un elemento didáctico.

La motivación de Santos por aprender a leer y escribir data de hace tres años, su impulso fue poder escribir su nombre, algo que ya lo logra, aunque todavía con mucha dificultad. Ahora puede leer direcciones, ver la hora, hacer un listado de compras para el hogar, en casa no necesita ayuda de para hacer sus tareas. Dice que es importante que las mujeres vayan a la escuela.

Pasadas dos horas, maestra y alumna se despiden, entregó las tareas según las instrucciones. Ambas acuerdan el próximo día para la siguiente sesión y seguir con la clase.

Catarina Tistoj es la segunda estudiante, tiene 52 años. Se dedica a zurcir piezas a máquina, de eso dependen sus ingresos económicos. Dos máquinas SINGER están instaladas frente a una ventana que da claridad, sus problemas de la vista se derivan de la diabetes desarrollada hace cuatro años. Cuando llega la maestra deja las máquinas y se dedica a aprender la lección del día. Dedica tiempo para ella.

Floridalma la ve de cerca, tiene 32 años, es una de las cuatro hijas de Catarina, y pasó por el mismo proceso de alfabetización que su mamá. «Fue de gran ayuda y eso ahora es lo esencial para apoyar a mis dos hijos con las tareas que dejan en las clases virtuales, no entiendo mucho de internet, pero no tengo necesidad de enviar a mis hijos en busca de ayuda». Cuenta que otras mamás prefieren enviar a sus hijos con las vecinas para que los ayuden con las tareas, otras simplemente les dicen que mejor no reciban clases. Floridalma está orgullosa de poder ser ahora la maestra en casa de sus hijos. Si tardó en lograrlo es porque su padre se negó a darle estudio.

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El precio de la corrupción

Sonia Marina Gutiérrez Raguay es diputada del partido político Winaq, ella participa en ocho comisiones del Congreso de la República de Guatemala, una de ellas en la comisión de la mujer.

«Estamos llegando a un nivel de retroceso. Antes de la pandemia ya se sabía de los atrasos del sistema educativo y desafíos en cuanto a superar los niveles de analfabetismo en el país, y este problema golpea más a los pueblos indígenas y en lo específico a las mujeres». La diputada reclama el papel del Ministerio de Educación «cuenta con recursos, el problema es que no hay capacidad para orientarlos a programas que permita dar una calidad educativa» recalca.

Raguay insiste en que el analfabetismo es el resultado de la corrupción, y en que el panorama es desalentador para los próximos años «ese horizonte se ve más cruel para las mujeres indígenas».

Marta no tiene planes de retirarse, ella seguirá alfabetizando y buscando de casa en casa a mujeres interesadas en aprender a leer y escribir. Enero, febrero y marzo son los meses donde ella sale con libreta en mano ofreciendo una ventana de oportunidades a mujeres mayores que no estudiaron en la edad conveniente. «Ver a las mujeres aprender a escribir y leer es una alegría que no tiene explicación» afirma.

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